jueves, 1 de enero de 2015

Reflexiones para un año nuevo


Entre los muchos defectos que arrastro por la vida, se encuentra uno que nunca fui capaz de orillar. Por mucho que lo intento, no puedo dejar de pensar. Yo creo que esto me persigue desde que, allá por los años cuarenta del siglo pasado, en las catequesis que nos impartían todos los jueves más los de iglesia, nos decían que pensar -según en qué cosas- era pecado. Yo me esforzaba para no pensar, y me cabreaba conmigo mismo porque no era capaz de evitarlo por mucho que me empeñara. Es más, cuanto más intentaba no pensar en aquello que era pecado pues la mente, quizás rebelde (nunca fui rebelde) que seguramente yo tenía, se me iba al verde como decían las personas mayores.

En fin, que yo quería decir que tengo el vicio de pensar desde mi más tierna infancia. Así un día pensando, pensando, decidí pasarme una jornada conmigo y mi hatajo por aquellos caminos y cañadas que solía recorrer con mis ovejas para ganarme el cocido diario. Cogí el andaniño mental y subí por el camino-cañada de Portillo, di unas cuantas vueltas por El Bosque, conté una pequeña parte de lo que veía y retorné por la misma vereda.

Me pareció bien lo que acababa de hacer, y seguí pensando –ya he dicho que no lo puedo evitar- y dije: ¿Por qué no repetir la misma ruta ahora, más de 50 años después? Y lo hice. Comencé en el mismo punto de partida y desde el comienzo todo estaba tan cambiado que no era capaz de reconocer el camino. Cuando quise ponerme en marcha no encontré el corral. Me puse a buscar y estaba transformado en un precioso jardín. Para salir al callejón de acceso, las traseras eran de chapa en lugar de madera, el piso estaba asfaltado (ya no se levantaba polvo). Seguimos andando mis imaginarios hatajo, mis perros -Belmonte y Cadete- y yo con mi alforja, mi manta y mi cayada y ya todo se me volvió patas arriba: aquello no se parecía en nada a lo que mi disco duro había almacenado.

Al terminar mi segundo día con “El pastor y su hatajo” que, por llamarlo de alguna manera, así lo titulé, quedé aterrorizado; sí, sí, he querido decir y he dicho aterrorizado, no precisamente por lo que a mí pueda afectarme que por mucho que quisiera ya no es posible, pero sí por las generaciones venideras; por todos, pero es que tengo cuatro nietos y es por ellos por los que me asusté porque me di cuenta de que, si no frenamos un poco, en mi pueblo no son posibles otros 50 años.

Después de “Un día con el pastor y su atajo” vinieron otras cosas mías: los toperos, por ejemplo, paseos, la era… y más cosas que ya están en La Pizarra de Gaude” de forma que si una cosa me asusta, la siguiente me asusta más.

Y voy al grano: Hace pocos días quise protestar por el significado que dan en el DRAE a la palabra ubre y para apoyar mi teoría dije: lo ilustraré con una foto del pastor ordeñando al estilo que yo lo hacía y rogué que hicieran -para mí- una foto simulando la forma en que yo ordeñaba hasta enjutar la ubre a las ovejas (con sus dos tetas y por sus dos pezones) y al contemplar las fotos que para mí hicieron volví a asustarme. Voy a decir por qué:

Al ver la ubre de la oveja me dije: ¡joder! ubres como esa no se daban en mis tiempos. Entonces fui repasando fotos y me di cuenta de que el mundo pastoril que yo conocía, no era lo mismo.

Mis ovejas, y sus hijos, estaban alegres
Las ovejas parecían cabras con lana, anestesiadas. Pero lo que más llamó mi atención fue el aspecto de las ovejas: estaban, o me parecían, tristes, las orejas y los vientres caídos, ninguna levantaba la cabeza, no vi por ninguna parte los lechazos saltando satisfechos entre sus madres, como ocurría en mis años de pastor, a pesar de que las ovejas tenían las ubres más reducidas y por ende producían menos cantidad de leche. Pensé –otra vez vuelta la burra al trigo con pensar- que podría ser que en aquella leche de aquellas ovejas había vida salvaje, quiero decir que era así como más natural: sin conservantes ni colorantes como ahora se dice, o sea que pensé (¡y dale con pensar!) que de aquellas ubres salía leche absolutamente natural: sin sedantes ni antibióticos, la vida de los corderos la protegía la buena salud de la madre con sus defensas a tope. Ahora, tanto madres como hijos están adormilados, tristes, ¿sedados? quizá sí, sedados para que no retocen y quemen energías, y pongan sobre su, programado esqueleto, más carne en menos días: todo producción.

Como ya he dicho que no puedo dejar de pensar, seguí pensando y llegué a la conclusión -seguramente equivocada- de que mis ovejas habían desaparecido: habían sido sustituidas por máquinas transformadoras vestidas con lana. ¿Qué transforman? Pues el, también transformado, pasto –mejor dicho, pienso- en un líquido blanco al que llamamos leche. Ahora viene un camión-cisterna cargado con vitaminas y todo tipo proteínas para que la oveja las transforme en esa cosa blanca llamada leche. Para evitar que las ovejas se constipen añaden unos antibióticos que impedirán que el animal deje de producir y se dé de baja por enfermedad.

Las mías, las ovejas de mi tiempo, comían tomillo, también amapolas, trigo, cebada, todo tipo de hierbas que crecían por doquier y cuando las dolía la cabeza pues… ajo y agua. Así, de aquella leche salía el queso aquél que yo describía en “La pizarra de Gaude”, queso de Camporredondo, imposible de imitar hoy.

A ver cómo quieren que no me acojone cuando comparo lo que había hace 50 años y lo que hoy sólo está en las grabaciones que algunos llevamos en nuestra “azotea”. ¿Qué es lo que llevamos grabado allí arriba? Pues verás: ya que hablamos de ovejas, diré que ovejas puras, sin trucar, como mandaba su raza desde tiempo inmemorial, fuertes, con ubres y tetas por las que salía leche natural transformada de pasto sin transgénicos, o sea, pastos de los que nacían, de la tierra virgen, agua de lluvia y sol.

Seguimos con más cosas grabadas: tenemos grabado arroyos con agua, hoy necesitamos perforaciones a cientos de metros de profundidad, porque aquello de regar por inundación sin más que atajar el arroyo (hacer balsa, decíamos) parece de películas de ciencia ficción.

Como corría el agua por cauces y arroyos, había cangrejos de pata blanca, de aquéllos que tanto le gustaba hablar a mi escritor Delibes. También había peces, y pezas, como digo que llamábamos a los que excedían del tamaño normal. Y por las noches, principalmente, si te dolía la cabeza no intentaras dar un paseo por el arroyo al pasar por el Puente grande o el bodón de la era por te martillaban las sienes las ranas con su constante croar, o los grillos con su cri, cri, cri….De vez en cuando, sobre todo cuando iba a llover, encontrabas escuerzos (sapos) nada más salir a la puerta de casa, y no sé por qué digo a la puerta de casa porque, a veces, los encontrabas en el portal arrastrando su desarrollada panza.

Si alguna mañana se te pegaban un poco las sábanas, si te dormías quiero decir, te despertaba la abubilla con su tú- tú- tú sobre el caballete del colgadizo donde ordeñaba las ovejas. Pero si te asomabas por los balcones de la casa en su parte norte lo que podías ver era, sobre el viejo moral, las bandadas de jilgueros cuyo canto hasta era molesto, mezclado con el de los verderones, los tordos, los grajos…

Como no puedo dejar de pensar, pues también me acuerdo: en el término de mi pueblo se cazaban avutardas. Sí, sí, no se asusten, en aquel tiempo nadie se rasgaba las vestiduras por cazar avutardas porque las había a cientos.

Hemos hablado del agua en los cauces y arroyos y sólo hemos contado una parte de la vida que, ahora que están secos, se ha perdido. En “La pizarra de Gaude” ya hablamos en su momento de los toperos ¡Dios bendito los topos (ratas de agua) que había por todas pestañas!

Como había agua, había eneas, como había eneas había carricerillos que anidaban sobre ellas… en fin que, pensando, pensando llego a la conclusión que “por mal camino a buen pueblo” no sé si es posible llegar, y me parece que no hemos elegido el mejor camino. Creo haber leído en alguna parte: ¿Para qué correr si has errado el camino?

Y, pensando, pensando digo: creo que hemos errado el camino y corremos desbocados.

¿No deberíamos atemperar? Posiblemente nuestros nietos nos lo agradecerían.

Camporredondo 1 de enero de 2015.

P.D. Hemos dejado, de momento, la parte correspondiente a los insectos. Quizá en otro momento volvamos sobre el tema. Por ahora digo: no me quejo de que haya muy pocas moscas, avispas, ABEJAS, escarabajos… y más. Lo que me asusta es que no puedan vivir.


… Yo, entretanto, sigo pensando.

2 comentarios:

  1. ¡Excelente reflexión y magníficamente escrita! Un auténtico regalo de Año Nuevo. Abrazos.

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    1. Sólo si se leen con el corazón las cosas que yo intento contar tienen éxito.

      Gracias Luciano.

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