Por
muy lentamente que se nos vaya inoculando, el veneno no deja de ser
veneno y si no somos conscientes de ello acabará matándonos.
No sé si voy a ser capaz de transmitir los sentimientos -mis sentimientos- ante lo que observé en la naturaleza en mis años más jóvenes y lo que observo en este momento, en el que parece que hemos descubierto que, si el mañana no existe… ¿para qué vamos a preocuparnos?
Intentaré acompañar al pastor con su alforja al hombro, su cayada y sus canes una jornada completa, allá por la mitad del siglo XX, e intentaré transmitir lo que mi retina captó y así os lo iré contando.
De la misma manera –sin pastor- repetiré itinerario hoy, metidos ya de lleno en el siglo XXI, para poder observar y comparar de qué manera vamos progresando y qué dosis de veneno llevamos acumulado para, si es posible, o es necesario, podamos corregir el rumbo, o reafirmarnos en que la dosis sigue siendo tolerable.
Suerte –la necesito- y vamos allá:
No sé si voy a ser capaz de transmitir los sentimientos -mis sentimientos- ante lo que observé en la naturaleza en mis años más jóvenes y lo que observo en este momento, en el que parece que hemos descubierto que, si el mañana no existe… ¿para qué vamos a preocuparnos?
Intentaré acompañar al pastor con su alforja al hombro, su cayada y sus canes una jornada completa, allá por la mitad del siglo XX, e intentaré transmitir lo que mi retina captó y así os lo iré contando.
De la misma manera –sin pastor- repetiré itinerario hoy, metidos ya de lleno en el siglo XXI, para poder observar y comparar de qué manera vamos progresando y qué dosis de veneno llevamos acumulado para, si es posible, o es necesario, podamos corregir el rumbo, o reafirmarnos en que la dosis sigue siendo tolerable.
Suerte –la necesito- y vamos allá:
Un día con el pastor y su hatajo
Transcurría
el VI decenio del siglo XX (1957) cuando, un día del mes de mayo, el
pastor apacentó su rebaño y, tras el acostumbrado desayuno, colgó de su
hombro izquierdo la alforja con la merienda, la cubrió con la chaqueta a
cuadros y cubrió su azotea con la gorra de visera.
Como elementos auxiliares para su trabajo sostiene sobre su mano derecha una rústica cayada y una honda, hecha con un atillo, cuelga de su cinto. Son sus fieles ayudantes dos canes que le acompañan siempre: el Belmonte y el Cadete.
Al salir del corral, en el callejón de acceso, las ovejas esperan que el guía se ponga al frente para seguirle hasta el careo preparado para el día. Cuando cierra la trasera, el pastor dirige su hatajo por la calle de Gaspar Rodríguez Pardo hacia el oeste.
Al doblar la primera curva de la carretera, desde la tronera de una casa abandonada, una joven, casi una niña, abandona su atalaya para aparecer de nuevo en la puerta de entrada. ¿Quién será?
Como elementos auxiliares para su trabajo sostiene sobre su mano derecha una rústica cayada y una honda, hecha con un atillo, cuelga de su cinto. Son sus fieles ayudantes dos canes que le acompañan siempre: el Belmonte y el Cadete.
Al salir del corral, en el callejón de acceso, las ovejas esperan que el guía se ponga al frente para seguirle hasta el careo preparado para el día. Cuando cierra la trasera, el pastor dirige su hatajo por la calle de Gaspar Rodríguez Pardo hacia el oeste.
Al doblar la primera curva de la carretera, desde la tronera de una casa abandonada, una joven, casi una niña, abandona su atalaya para aparecer de nuevo en la puerta de entrada. ¿Quién será?
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Foto tomada en la inauguración de las fuentes el año 1942. Por el callejón de la
izquierda salía el rebaño. Al fondo, el herradero
|
La trasera abierta
del corral de la casa que hace chaflán con la calle que conduce a las
eras de atrás y al camino de La Parrilla, formando una Y con la calle de
Gaspar Rodríguez Pardo, nos permite ver el colgadizo-herradero bajo el
cual el herrador, pujavante en ristre, rebaja los cascos del animal
presto para ser herrado. Bajo las bocatejas de esta casa y dos más
colindantes de la misma arquitectura (dos plantas más el sobrado), los
aviones han trabajado en la reconstrucción de sus hogares de barro,
dentro de los cuales un año más comienza a latir la vida. No hay
bocateja que no cobije un pequeño hogar.
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Avión |
De
la casa de la tronera sale la jovencita. ¿Qué ocurre? El resbalón de la
puerta parece que se resiste a cumplir su cometido. Al acercarse el
pastor, la llave cierra. La niña emprende el camino de vuelta al hogar,
el pastor parece nervioso. Los dos se miran a los ojos y ella se
ruboriza. Algo se dicen y se despiden. El corazón de los dos niños se
desboca. Lo que acaba de ocurrir ¿es fruto de la casualidad?
Unos
pasos más adelante, cuando “La Seca” (campana) comenzó a tañer, un
sonido estridente se dejo oír en todo el pueblo. Las grajuelas
(grajillas), asustadas, levantaron el vuelo para, cuando el badajo de la
campana dejara de golpear, volver a sus nidos en la torre.
Por
la calle de Gaspar Rodríguez Pardo el rebaño sigue avanzando dejando
tras de sí una inmensa polvareda. A su paso las ventanas se van cerrando
para evitar que el polvo penetre en el interior de los hogares. Sólo
una ventana se cierra cuando el hatajo ya ha pasado ¿...?
Algunos geranios adornan las fachadas de los hogares de Camporredondo.
Al
llegar al final del pueblo el pastor gira a la derecha para enfilar la
cañada que, por el camino de Portillo, conduce hasta El Bosque. A la
izquierda deja la báscula de Monzón y unos metros más adelante la de
Santa Victoria. A la derecha está la báscula de Aranda. En ellas se
recogen las aproximadamente 5000 toneladas de remolacha que
Camporredondo produce y que son la base de su economía. Pero esto será
para el invierno. Ahora debemos seguir al pastor para con él ir
desvelando todos los entresijos que el campo nos depara.

De
las hojas de los árboles y de la hierba verde, como perlas
transparentes, cuelgan las gotas de rocío que, poco a poco, el sol con
sus implacables rayos irá haciendo desaparecer.
El
Belmonte sale disparado, como un tiro: una oveja no soporta el verde
provocador de la cebada y se dispone a recolectarla antes de tiempo. El
can lo evita y el rebaño sigue cañada adelante.
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La calera |
Unos metros más
allá, tres montículos nos indican dónde se transforma la piedra en cal para la
construcción de edificios: son las caleras. En la primera, la del abuelo
Calixto, ya hace tiempo que se dejó de producir. En las dos que hay
en el ángulo que forman la cañada con el camino del Cañuelo, y aunque
hoy estén apagadas, aún se produce. Otro día explicaremos cómo, mediante
el fuego, se conseguía esta transformación de la piedra.
En
la cima de los majanos que bordean la cañada, la abubilla, tú-tú-tú,
saluda al día que comienza. Gran cantidad de insectos irán a parar al
zurrón (buche) de los glotones pajarillos que esperan bajo las piedras
para lanzar un cañonazo de su detritus si alguno es osado de meter la
mano en el hueco donde tienen su nido. Extraordinaria colaboradora del
agricultor es la abubilla, devorando gran cantidad de insectos
perjudiciales para la agricultura. Bonito es su color y agradable su
presencia, tanto como fétido es su olor.
El rebaño no espera y nosotros debemos seguir su ritmo.
Atrás
dejamos el camino de El Cañuelo. Suponemos que si se llama así será
porque allá, al comienzo de la cuesta, entre los junquerales que allí se
divisan, nace un pequeño chorro de agua, humilde pero constante (dicen
que jamás se secó). Allí, en el pequeño regato que forma hasta que -cual
humilde Guadiana- desaparece bajo las arenas, acuden a beber, o a
bañarse, todos los pájaros del contorno: perdices, charros (rabilargos),
collalbas, gurriatos (gorriones), valencianas (gorrión chillón), el
mirlo, colorines (pardillo), jilgueros, verderones, el milano, el
ratonero, ruiseñores, la oropéndola, el pájaro mosca, el arrendajo,
palomas torcaces, tortolillas, zuritas, cogujadas, alondras, calandrias,
tordos, el azor, el gavilán, picapinos, el alguirroche (cernícalo),
carracos, abejarucos, maricas (urracas), grajos, grajuelas, críalos,
cucos, abubillas, zorzales... en fin, todos los componentes de la amplia
fauna que alegra y da vida al contorno del pueblo. Y dicen que aquella
agua cuece muy bien toda clase de legumbres.
Allí
también acuden los tramperos con lo que llaman liga para cazar,
enjaular, o llevar para la cocina, todo aquel pájaro que fatalmente se
pose sobre el entramado de juncos y palos impregnados del pegamento.
Pocos
metros hemos recorrido cuando escuchamos el canto de la perdiz:
coreché-coreché que emite desde los herbazales de los vallados que hay a
lo largo de la ladera entre el camino de La Parrilla y la cañada que
nosotros pateamos, donde todos los años traen a la vida a sus
perdigones.
Un
bando de torcaces alza el vuelo cuando llegamos a la altura de las
primeras viñas, donde el barco se estrecha para iniciar la subida a El
Bosque y hacia el pinar de los Hoyos dirigen su vuelo. Aquí el olor a
salvia se mezcla con el del guazo, cantueso, tomillo y sardinilla, capaz
de complacer a la nariz más exigente. El campo es un inmenso jardín que
nadie, excepto la sabia naturaleza, controla.
Cuando
coronamos la cuesta, en dirección al pago de Los Corrales, sobre un
campo sembrado de yeros, un grupo de avutardas nos observa.
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Grupo de avutardas |
El
rebaño ha llegado a El Bosque y comienza a extenderse sobre la gran
alfombra de tomillo... Cucú, cucú, el cuco nos anuncia que busca por
aquel entorno nido ajeno donde depositar sus huevos para que otros críen
a sus polluelos. Su canto nos invita a pensar y nos preguntamos: ¿de
dónde le viene el nombre a este pájaro? Cuando del “rey de la creación”
se dice que es un cuco ¿qué queremos decir? ¿Quién da nombre a quién?
¿El pájaro porque se aprovecha del trabajo de sus congéneres, o al
pájaro le llegó el nombre tomándole como referente del ser humano que
vive a costa del vecino? En otro momento quizás intentemos averiguarlo.
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Crialo |
El pastor nos recuerda cómo una vez descubrió un nido de marica y cuando trepó al pino lo que allí había era un hermoso pájaro, gordo y brillante, pero que sus colores nada tenían que ver con el blanco y el negro propios de la urraca.

Seguimos avanzando por el pinar. El día es espléndido y el ambiente es muy saludable. Las ovejas buscan entre la estepa, el cantueso y demás plantas aromáticas su bocado más apetecible; la primavera está siendo generosa y el pasto no escasea.

El picapinos
golpea sobre el viejo pino a destajo acondicionando la casa madera que
tiene en la que cría a sus polluelos aislados de temperaturas extremas.

El
pastor da tiempo a que llegue el mediodía para cambiar de pasto a las
ovejas, cuando ante nosotros aparece un grupo de liebres que parecen
perseguirse: es un celo. Corriendo, pero sin prisa, se pierden en
dirección a la cañada merinera. Todo queda tranquilo hasta que los
perros del pastor guiados por la estela que dejan los leporinos, siguen
su rastro. De pronto una de las liebres aparece en dirección al rebaño y
al verle se detiene quedándose amonada frente al pastor, confundiéndose
con la tierra entre gris y rojiza.

Este hecho, por lo insólito, no puede quedar entre los secretos que el bosque guarda.
Un
grupo de trabajadores del campo se divisa allá por el pago denominado
El Bosque. Cada uno se afana con su binadera surco adelante, para
limpiar de malas hierbas y planta sobrante el terreno, dejando a la
distancia establecida una sola remolacha. A esta tarea le llaman capar.
Están capando remolachas.
Hacia allá, con su trofeo en la mano, se dirige el pastor.
Pero… ¿cómo la has cogido? ¡Vaya tino! ¡Y será porque no es grande!
El pastor relata los hechos con todo detalle y por un momento se siente el rey del bosque.
No
debe ser casual el recorrido que el rebaño ha seguido a lo largo de la
mañana. En aquel grupo de trabajadores, de la binadera, se encontraba la
niña de la tronera y el pastor sabía, desde la primera hora, dónde se
encontraba su amor.
Es
mediodía, y las gotas de rocío hace rato que desaparecieron de la
hierba tierna del valle. El hatajo vuelve a recorrer el camino pateado
por la mañana, pero en sentido inverso. El pastor dirige ahora su rebaño
hacia El Sotillo de Abajo: allí hay un campo con buen careo. Entre el
verde de la hierba y el rojo de la flor de las amapolas, el rabadán
alcanza a ver el blanco de la leche que saldrá de las ubres de sus
ovejas a la mañana siguiente y hacia allá se dirige.
Son
las tres de la tarde cuando el hatajo cruza el puente grande o puente
del Arroyo de los Machos, para seguir la dirección que lleva, por el
viacrucis de piedra, hacia la ermita.
Pasando
el cruce con el camino del cementerio el pastor debe tener cuidado.
Allí, en la pradera, las mujeres de Camporredondo tienden a asolear y
secar la ropa que han lavado en el arroyo que, bajando por El Olmillo y
la ermita va a unirse al arroyo principal que se desliza por la vega y
el Masegar para verter sus aguas al río Cega.

En
la hilera de chopos que jalonan la parte sur-oeste del arroyo bulle la
vida: los jilgueros y verderones han construido allí sus nidos y con sus
trinos y gorjeos alegran la vida de la lavandera y el agricultor. De
una rama del árbol más frondoso ha colgado su nido, a modo de cesta, la
oropéndola.
El rebaño ha llegado a la ermita donde, por el puente de piedra, cruzará el arroyo en dirección al pinar negral.
El
puente de paso lo forman dos piedras. Una de ellas es especial: Tiene
unas grabaciones que nosotros no somos capaces de descifrar. Son piedras
que, según nos cuenta José Criado, monaguillo en aquel tiempo, fueron
traídas desde el interior de la iglesia del pueblo en el año 1931.
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Piedra completa y detalles A y B de la misma |
El
pastor y su hatajo se aproximan a su objetivo. Al llegar al pinar el
camino gira 90º al oeste, hacia el lugar donde el pastor se las prometía
muy felices para su rebaño, pues el careo se presentaba espléndido.
Este
camino es transitado por carros tirados por animales, también por
animales de carga, personas... en fin, es un camino de servicio para el
campo.
En la espléndida
huerta que hay allí mismo, donde el camino gira a la derecha, dos
hombres charlan animadamente. El pastor, ayudado por sus fieles canes,
dirige su hatajo por este camino que lleva hasta el careo. Cuando el
pasto empieza a ser engullido por el ganado, uno de los participantes en
la conversación abandona ésta para dirigirse hacia el rebaño. El saludo
que dirige al pastor, sacando libreta y lápiz, es:
- ¿Cómo se llama usted?”
Extrañado, el pastor contesta:
- Sindo
- Sindo, Sindo ¿y qué más? -pregunta de nuevo-
- Martín Pérez
- y ¿cuántas ovejas lleva?
- Doscientas ¿por qué?
-¡Cómo que por qué! ¡Porque queda usted denunciado! ¿No sabe que por el camino no pueden pasar las ovejas?
El
pastor no lo entiende y trata de replicar. De nada le vale, aquel señor
es la autoridad, y sólo él decide quien pasa por aquel camino público.
-Y cállese o le pongo otra denuncia por resistencia a la autoridad.
Y
es que aquel “señor” es el guarda del pinar y tiene suficiente
autoridad como para decidir quién puede, o no, usar los caminos
públicos.
Así
acabó el día que el pastor había comenzado con mucha ilusión, pero que
la “autoridad” se encargó de frustrar. Y es que en estos tiempos hay
autoridades y súbditos. No hay posible recurso.
El
pastor pasará una semana ordeñando a sus ovejas para pagar la multa que
le han impuesto por tener la osadía de pasar con su rebaño por un
camino público sin pedir permiso a la “autoridad” pues, por su juventud,
no sabe que sobre la fuerza de la razón, impera la razón de la fuerza.
El rebaño volvió al corral, el tiempo, inexorable, siguió su curso y por fin, amaneció un nuevo día.
“Solamente aquél que contribuye al futuro tiene derecho a juzgar el pasado”.
NIETZSCHE
oOo
Como
si de un sueño se tratase, los protagonistas de “Un día con el pastor y
su hatajo”, quisieron pasar otro día como el narrado. Pero habían
transcurrido más de cincuenta años y algunas, muchas cosas, el tiempo y
los seres humanos se habían encargado de transformar.
Quisieron comenzar en el mismo punto de partida, pero…
¡Oye! ¿Dónde están las ovejas? No, no, las ovejas ya no pasan por las asfaltadas calles del pueblo. ¡Todo lo ensuciaban!
Y, ¿tú sabes que fue del Belmonte y el Cadete? Pues... murieron de viejos.
¿Dónde
está el herradero? El oficio de herrador ya no existe; los animales de
carga y tiro, han sido sustituidos por caballos de acero, propulsados
por energías más “cómodas”.
Los
aviones que tanto alegraban las mañanas del pueblo ¿también ensuciaban?
Tal vez encontraron aleros más confortables en otra parte y no
quisieron volver. Ahora tendría usted que esperar largas horas para
poder contemplar una pareja.
¿Y
la casa de la tronera? La derribaron. Ahora hay un edificio de planta
baja con rejas en las ventanas para protegerse de los ladrones.
Y
la niña que se asomaba por la tronera ¿qué fue de ella? La niña, la
jovencita, enfermó de amor. Tan fuerte fue su ataque que hoy es una
maravillosa abuela que ama a sus nietos, como ella sabe amar.
Pero…
¿dónde están las grajuelas de la torre? ¡Anda! como ya casi no se tocan
las campanas, yo creí que por eso no se oían las grajuelas. Se habrán
ido, ¡no las había echado de menos!
¿Y
las ventanas que se cerraban para evitar que el polvo que el rebaño
levantaba entrase por ellas? Están cerradas, permanentemente, por falta
de vida en el interior.
¡Oye!
¿Y las básculas? Fueron desmontadas. Desaparecieron. Hoy se llevan las
remolachas, en grandes medios de transporte hasta las fábricas y, hasta
es probable que éstas también desaparezcan. Compramos el azúcar de
importación que es más barato. ¡Ah, ya!
¡No veo las caleras! El cemento sustituyó a la cal en la construcción y la poca que se produce se hace en hornos especiales.
Vengo
observando que abubillas casi no se ven, ¿eran marranas, verdad? ¡Mejor
que se hayan ido! Hombre, no diga eso, porque de vez en cuando alguna
sí que se ve.
Las caleras, por supuesto que con el hormigón está justificado que desaparecieran porque… no las veo.
Pero…
veo que en el regato de la fuente de El Cañuelo no hay actividad ¿qué
ha pasado? ¡Jolín! pues resulta que como ya no necesitamos cazar pájaros
no me había enterado que no acuden a beber, ¡qué sé yo! ¡Beberán en
otro sitio!
¡No oigo el coreché! Es que quedan muy pocas perdices, no llegarán a la docena en todo el término del pueblo.
¿Dónde
están las viñas de donde, de vez en cuando, nos comíamos un racimillo?
¡Joder, se pone pesado! Pues las arrancamos porque no daban más que
trabajo. ¡Ya! Los paseos, con el amor al lado, hasta el majuelo…y las
fiestas de vendimia, y los lagarejos entre la gente joven, y el gajo que
aparecía en el “sobrao” de la casa, que estaba tan bueno cuando las
uvas ya eran pasas, ¿ya no tienen ninguna importancia? Mire: ahora el
cansado paseo lo hemos sustituido por la novela de la tele, que es mucho
más cómoda, y las pasas las compramos en los supermercados y ya está.
Ves, eso sí que es acertado, si será buena solución la tele, que nos
evita el paseo y hasta el diálogo ¡Viva la tele!
Cuando
llegamos al páramo quise mirar para contemplar el lento y pesado vuelo
de la avutarda pero nuestro joven interlocutor me sacó de dudas: él no
conoció esa ave en el término de Camporredondo. No quisimos adentrarnos
en el pinar porque nos dijo: las canteras se abandonaron hace muchos
años, liebres hay pocas, y las rapaces y ardillas escasean en nuestros
pinares.
¿Y el cuco? seguí preguntando. Es muy raro escuchar su canto.
¿Aún
sigue disparando el pastor su garrote? Difícil me lo pone. Hay pocas
liebres y, desde luego, no quedan pastores de quince años.
¡No
veo a los campesinos con sus binaderas! Las binaderas son piezas de
museo. Hoy las máquinas y herbicidas se encargan de aquellas tareas.
Y POR LA TARDE, CAMINO DEL SOTILLO DE ABAJO...
Decidimos
hacer el camino hacia El Sotillo de Abajo pero, al comienzo, me quedé
“pasmado” ante el espectáculo y, tuve que preguntar ¿dónde está el
Arroyo de losMachos? ¡Coño, pues no lo ve! Hicimos un puente más amplio
porque, como resulta que no trae agua, eliminamos el vado donde bebían
los machos y se cogían cangrejos y así es mucho más práctico. O sea que…
¿cangrejos tampoco? No hombre no, desaparecieron hace muchos años y
antes de que me lo pregunte le diré que peces y topos tampoco, ni
carricerillo… ni tantos otros bichos que vivían sobre el arroyo.
No salgo de mi asombro, por lo que unos pasos más adelante pregunto:
La
pradera que había aquí, donde tendían la ropa las mujeres de
Camporredondo y cantaban los grillos ¿dónde está? Hombre, como no baja
agua por el arroyo, porque lleva muchos años seco, pues la pradera tenía
que desaparecer y desapareció, pero no pasa nada.
Oye:
hace 50 años se regaba con el arroyo sin más que hacer una pequeña
presa -la balsa lo llamábamos- pero si ahora no baja agua ¿cómo se
apañan los agricultores para regar? Bueno, se hicieron pozos; dicen que
en aquel tiempo con tres metros bastaba para no agotarlos, ahora están
sobre los ocho metros y bajando, lo malo -y esto sí que empieza a ser
preocupante- es que un poco más abajo el terreno es impermeable...
Tampoco
está el vía crucis de piedra. Tampoco... Oiga, pare. Pare, que se ha
lanzado. Todo eso desapareció. ¿No ve que hemos progresado? ¿Y no sabe
que progresar tiene un precio?

Y hasta la ermita llegamos y… ¡Dios bendito! ¿Éste es el vado que siempre estaba lleno de agua, berreras, ranas y peces? Bueno, empezó por secarse un poco en pleno verano, en vez de dar agua a los machos en el arroyo se lo dábamos en un herrada, después se secaba ya todo el verano, después bajaba un chorro en invierno y por fin se secó sin darnos cuenta, pero así es más fácil cruzarlo, ya no hace falta puente.
Hombre, dentro de cincuenta años ya le
encontrarán una solución. De momento sigamos disfrutando de lo que
tenemos.
Tampoco veo la piedra con aquellas grabaciones que no sabíamos descifrar. Verá: aquella piedra, una vez limpia y protegida contra humedades, la corporación municipal, el consistorio, con su alcalde al frente, acordó trasladarla al cementerio para cubrir unos restos humanos.
Tampoco veo la piedra con aquellas grabaciones que no sabíamos descifrar. Verá: aquella piedra, una vez limpia y protegida contra humedades, la corporación municipal, el consistorio, con su alcalde al frente, acordó trasladarla al cementerio para cubrir unos restos humanos.
A
partir de aquí pensé: ¿sería posible regresar en el tiempo? ¡No! Me
dije, eso es imposible, y no deseable. Con ello volvería también el
polvo a las carreteras, volvería el hambre, el niño esclavo, la señora
arrodillada al borde del arroyo y los niños con la binadera en la mano. Y
volvería el “señor autoridad” -siempre infalible- capaz de ahogar a
cualquier ser humano un espléndido día de primavera, aunque éste fuera
un niño que soñó con la leche que podrían dar sus ovejas, pero que
cometió el pecado de conducirlas por un camino que todo el mundo usaba.
Lo
que sí creo que deberíamos hacer es caminar más despacio y con paso más
firme, eliminando lo inservible y conservando todo aquello que
mereciera la pena de ser conservado. Así no arrasaríamos.
Oye, ¿qué ha sido de Sindo? Dejó la cayada, colgó la alforja y la manta, se fue al servicio militar y desapareció. Quién sabe...
“El tiempo no es sino el espacio entre nuestros recuerdos”
Amiel
Dos de febrero de 2.006
EL PASTOR