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martes, 28 de junio de 2016

¿El más experto?: el DRAE.



Reflexión previa a la entrada de hoy.

No, no debo meterme por terreno resbaladizo porque, seguro, patinaré. Eso ya lo sé. Pero si no me meto en algún berenjenal de éstos nunca sabríais, por vía directa, que nada hay más atrevido que la ignorancia. Y como quiero colaborar a vuestra amplia cultura pues… allá voy, cuesta abajo y sin galga en el carro.

Soy aficionadillo a la obra de Delibes, eso lo sabéis: yo os lo he dicho reiteradamente. Pero lo que no os he dicho nunca es que también me gusta leer comentarios, críticas, opiniones de todo tipo, referidas a D. Miguel y su obra. Y como casi todas son favorables, bien documentadas y razonadas, pues no puedo decir más que, con casi todas, estoy de acuerdo. (Ya sé que algunos me aplicarán la fábula de Tomás de Iriarte; “El oso, la mona y el cerdo”, pero es lo que hay).

Acabo de decir que con casi todos los comentarios sobre la obra de Delibes estoy de acuerdo, pero dentro de ese “cuasi” se encuentra mi total desacuerdo con la forma de entender y comentar la obra del escritor por parte del “experto” que, creo, comenzó intitulándose experto antes de leer la narrativa de D. Miguel para, a medida que transcurría el tiempo, ir aprendiendo por dónde van los –nunca mejor dicho- tiros del escritor.

Pregunto: ¿con solo buscar, en el DRAE, las palabras que el escritor maneja y contarnos lo que, según el diccionario de la Real Academia significan, ya se es experto en Delibes? ¿Tan fácil es? Entonces ¿cómo calificaríamos a los comentaristas a los que más arriba me he referido? El título de hoy en mi entrada en “La pizarra de Gaude” no es tomado al azar: es título pensado y meditado para el caso que nos ocupa. Quiero invitaros a repasar el glosario de Cátedra Miguel Delibes para que veáis y podáis opinar.

Y después de este pequeño comentario, seguimos:

“Cuando el viejo se lo propuso a la muchacha, la Desi palideció, pensando en la Adriana, la resinera, y en Moisés, el que se abrasó la cara en el horno de achicoria, le dijo que se iba con él y que qué le había sucedido al señorito Isaías”. (…)

Has leído bien, sí. Delibes, en "Obra completa 1ª edición página 394 La hoja roja”, nos habla de la achicoria cultivada y del horno en que se tostaba. Entonces, si a nosotros lo que nos interesa… si queremos ser expertos en la narrativa de Delibes… ¿quiere alguien decirme qué pinta aquí lo que sigue?

Achicoria
LHR p. 177, passim
(...) el que se abrasó la cara en el horno de
achicoria, y le dijo que se iba con él y que qué le había sucedido al señorito Isaías.
achicoria.
(De chicoria).
1. f. Planta de la familia de las Compuestas, de hojas recortadas, ásperas y comestibles, así crudas como cocidas. La infusión de la amarga o silvestre se usa como remedio tónico aperitivo.

Pues esto lo encontramos en el glosario de la Cátedra Miguel Delibes (¡vaya tela!) cuyo autor es el mismo de lo que sigue:

(...) en el horno de achicoria (La hoja roja). Achicoria: planta de hojas recortadas y comestibles. Cuando no había café se bebía achicoria.

Y los dos razonamientos son fruto de lo que indico a continuación.

Dice el DRAE:

achicoria.
(De chicoria).
1. f. Planta de la familia de las Compuestas, de hojas recortadas, ásperas y comestibles, así crudas como cocidas. La infusión de la amarga o silvestre se usa como remedio tónico aperitivo.
2.  f. Bebida que se hace por la infusión de la raíz tostada de esta planta y se utiliza como sucedáneo del café.

Que es lo que nos dice el DRAE. Y… ¿qué decía yo al principio? Pues eso: el más experto, el DRAE. ¿Que no te crees lo que digo? Pues vete a la Cátedra Miguel Delibes y echas una ojeada al "espléndido" glosario con que nos obsequia; es digno de un premio Nobel que, de no existir, tendrían que crear como premio a la mejor investigación en lenguaje rural castellano: ¡joder, qué pena!

Nuestro/su deseo es ser experto en la narrativa de Delibes, o eso cabe deducir. Pero el esfuerzo requerido es tremendo. Si queremos saber tanto como sabía el escritor sobre el mundo rural, después de haber pasado muchas horas, muchos días y muchos años, pegando la hebra (pegando y fumando un cigarrillo de hebra mientras charlaba) con la gente de campo... mira que lo digo veces: si quieres comprender el lenguaje rural, el que manejaba Delibes, y no has nacido y crecido en el pueblo, o pateas muchos terrones y charlas con sus destripadores, o no te molestes: siempre serás un analfabeto profundo, por más que tengas todos los títulos académicos habidos y por haber. Y cuanto más hables, más meterás la pata.

Pero ¿qué ocurre si tienes prisa para que se te escuche o se te vea en seguida por televisión? Pues eso, recurres al más experto que conoces: el DRAE. Pero te vuelvo a decir, el Diccionario lo hacen personas que, como tú, jamás han pisado un cavón y en cuanto pisan el terrón, como tú, en seguida tropiezan y se caen. Pero en la academia son, casi, infalibles.

Total que yo, como hombre rural que soy, y me siento, te agradecería que el lenguaje rural vaya por un lado y la academia por otro, no trates de academizar mi lenguaje porque sería un asesinato -de mis viejas y entrañables palabras- con premeditación y alevosía.

Y como final te digo: si quieres saber algo sobre el horno donde se tostaban las achicorias -el equivalente a aquél en el que se quemó la cara Moisés- te aconsejo (¿quién soy yo para aconsejar?) que te des una vuelta por “La pizarra de Gaude”, allí encontrarás (gratis) lo que buscas. Y si a pesar de todo no quedas satisfecho, te lo ruego: pregunta, podemos explicar desde el momento de preparar la tierra para su siembra, hasta que se empaqueta la achicoria para su venta como sucedáneo del café, después de pasar por el horno, claro. Y si otro día quieres que hablemos de la achicoria silvestre pues también podemos hacerlo. De momento te anticipo que las ovejas y los conejos domésticos las comían, y comen si se las dan, con todas ganas del mundo.

Permitidme, aunque sea de pasada: yo digo que la mejor ensalada del mundo es la de ajunjeras (que otros también llaman achicoria). Otros de mi pueblo, mayorcitos como yo (entre ellos Marciano, mi cuñado) sostienen que la mejor es la de los tallos de achicoria cuando se ha enterrado la raíz y se cogen blanquitos antes de salir a la superficie (cuestión de gustos). ¡Ah! y las hojas de la achicoria -sucedáneo del café- nunca las vi comer, ni crudas, ni cocidas (son muy amargas). Las ovejas y los conejos sí, con tantas ganas como las silvestres.

Rematamos la faena con una pequeña anécdota: Allá por los años cincuenta del siglo XX, un joven de mi pueblo, metido en juerga, gritaba a pleno pulmón, para que todo el mundo se enterara de la importancia que tenía esta planta para la economía rural: “¡VIVA LA ACHICORIA!” Y yo, eco retardado de su grito, repito: ¡VIVA!
Camporredondo 6 de abril de 2015

miércoles, 8 de julio de 2015

Boruga 2

En fecha 4-6-2014 en “La Pizarra de Gaude “sección “en camisas de once varas” ya hice un  comentario sobre esta palabra.

Al observar que ahora el autor del “diccionario” ha incluido alguna mejora pensé: algo debemos mejorar para ponernos a tono con el nuevo-viejo “diccionario” y ahí va:

Quiero y debo agradecer la mejora, porque con ella sé que la boruga -que yo desconocía- no es exclusiva de Cuba y República Dominicana (países de las Antillas) como nos dice el DRAE y recoge el autor en el “diccionario” editado por Instituto castellano y leonés de la lengua. Ahora, en el editado por ediciones Cinca, nos amplía la zona y parece que el refresco es común a las 13 islas antillanas: gracias.

Dice el autor en la mejora incluida en el “Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes” editado por ediciones Cinca:

Boruga: En las Antillas, refresco de requesón batido con el suero de la leche y azúcar. (Investigación de campo)

Sin embargo, me llama la atención que en la correspondencia que, al parecer, mantiene el autor del "diccionario" con el escritor, la palabra boruga -que ahora nos ocupa- no aparece incluida entre la correspondencia que nos ofrece en el último diccionario. No tengo por qué dudar, ni dudo, de lo que el "experto" autor nos dice: "Boruga: una fase del queso. (Miguel Delibes, 1 de octubre de 2003)"

Pero lo que me sugiere es una pregunta: en la entrevista que para el periódico El Mundo concedió a la periodista Pilar Ortega Bargueño, en la que, parece, que el escritor no se muestra muy satisfecho con la obra de Jorge Urdiales, entre otras cosas, Delibes dice: “… No subrayó mis subrayados. En ese diccionario hay palabras de pueblo y palabras de región. No todas valen…” (el recorte del periódico ya lo incluí en una entrada previa). Entonces -porque no lo entiendo- pregunto: si en la correspondencia que Urdiales nos ofrece, Delibes contesta a todas las palabras consultadas, sin subrayar ninguna, ¿se refiere el escritor a otra correspondencia no presentada a sus lectores por el señor Urdiales? Me surge la pregunta porque me sorprende que Delibes nos diga que boruga es una fase del queso, cuando parece ser -yo lo desconozco- que el refresco se obtiene batiendo la cuajada con el suero añadiéndole azúcar. Por tanto, nada que ver con aquello que, después de elaborado, será queso.

Resumiendo: boruga es un refresco que se obtiene batiendo la leche cuajada con el suero y añadiéndole azúcar. ¿Qué tiene que ver el queso con el refresco? Sí claro: los dos son derivados de la leche, sí: como el yogur. En este caso cuajamos leche con el ánimo de hacer un -no me cabe duda- buenísimo refresco. El queso lo haremos en otro momento, de la forma que ya dijimos en “La pizarra de Gaude” “El queso de Camporredondo”.

Nota aclaratoria: Sí, ya sé que el DRAE al referirse a la boruga también le da el significado de requesón… Pero es que yo, que sólo soy un humilde hombre de campo digo, porque así fue, al menos, desde que en mi pueblo se hacía el queso: la cuajada y el requesón son dos productos derivados de la leche; pero no son lo mismo. La cuajada se obtiene al cuajar la leche y el requesón se obtiene del suero hirviéndolo después de separarlo de la cuajada. Sí, sí, sí, los dos son derivados de la leche, pero son distintos… ¿el queso también es requesón?

Reconozco que soy obstinado (cabezota) pero es que no hay nadie que rebata lo que digo: yo cogía el herradón y ordeñaba las ovejas. Después mi madre filtraba la leche, le añadía el cuajo y la templaba para que cuajara con más rapidez. Una vez cuajada, separaba la cuajada y el suero. Con la  cuajada hacía el queso y del suero –previa cocción- sacaba los buenísimos requesones. Los residuos de este proceso se daban a los cerdos que, dicho sea de paso, iba muy bien.

Añadimos un esquema que, creo, es aclaratorio. La fase del queso la forman las casillas 1 al 8, y la fase boruga la forman las casillas 1 al 3 y  9.



1
.-
Leche filtrada
2
.-
Cuajo
3
.-
Leche cuajada
4
.-
Cuajada
5
.-
Suero
6
.-
Queso
7
.-
Requesón
8
.-
Residuos. Suero para los cerdos
9
.-
Boruga.

Curiosidad: en la tercera edición del Diccionario de la Lengua Castellana (1791), la palabra boruga no estaba recogida.

Camporredondo 12 de junio de 2015


martes, 2 de junio de 2015

Araña

Sigo en mi afán por amachambrar todas las palabras que, como la que nos ocupa, están en trance de desaparecer. Eso pienso yo.

No digo que la araña (arácnido que fabrica telas) pueda desaparecer, pero sí puede desaparecer la araña como útil para pescar cangrejos. Aquélla con la que conseguimos buenas capturas, de esto hace ya algunos años. Después creo que se prohibieron, pero el que ahora teclea ya se había cortado la coleta como pescador de cangrejos. Aunque las conservé durante muchos años.

Comprendo que el señor Urdiales haya tenido, a mí me lo parece, alguna dificultad a la hora de describir la araña como útil de pesca, sin otra referencia que la que le aportó Miguel Delibes a su consulta:

"Araña: Especie de araña de metal para pescar cangrejos. (Miguel Delibes 1 de octubre de 2003)"

En el “Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes”, editado por Fundación Instituto castellano y leonés de la lengua, el señor Urdiales pone todo su esfuerzo en describirnos la araña, pero yo –ya sabéis que soy duro de mollera- no conseguí entenderlo más allá de lo que sabía por haber tenido algunas docenas de ellas. El señor Urdiales recurrió al DRAE y, con lo que allí se dice, ocupó dos páginas del diccionario, total para que yo, por aquello que dije antes, no consiguiera enterarme de su forma.

Ahora, en el nuevo-viejo diccionario editado por ediciones Cinca, el autor ha mejorado, o intentado mejorar, lo que dijo en el primero y éste es el resultado:

"Araña: Alambre de unos 20-30 cm. para pescar cangrejos que se dobla en forma de círculo. Por cualquiera de sus extremos se pinchan las lombrices hasta cubrir todo el alambre. Posteriormente se doblan los extremos del alambre y se unen. En uno de ellos se engancha el hilo que sirve para echar y sacar del río la araña. También se le pone algo de peso (una piedrecita) al alambre para que no se quede flotando. (Investigación de campo)"

Comoquiera que yo sigo sin enterarme, recurro a mi cuñado Marciano y le digo: hazme un dibujo de la araña para pescar cangrejos, porque si yo intento hacer una descripción de ella, seguramente no me va a salir mejor que al “experto” en la narrativa de Miguel Delibes, y la gente no puede hacerse, ni por asomo, idea de cómo era este artilugio con el que sacábamos cangrejos a esjarrapellejo. Y aquí os presento el resultado:

Araña para pescar cangrejos: abierta y cerrada. Faltan las lombrices.

A partir de aquí vosotros ya tenéis una imagen de cómo era la araña para pescar cangrejos. Marciano nos ha dibujado dos posiciones: Abierta y cerrada. Así podemos explicar, con un margen mínimo de error, cómo se usaba este artilugio que tan buenos resultados –os lo puedo asegurar- daba.

Con las patas de la araña abiertas, se llenaban los alambres (se pinchaba la lombriz a lo largo del  alambre) con lombrices de tierra –son las más apetecibles- y cuando estaban llenas se cerraban, se echaban al río, o al arroyo, y a esperar. Puedo asegurar que había que esperar poco rato para que la pinza del cangrejo se cerrara sobre la lombriz. Una vez que la pinza se cerraba ya podías sacar la araña con toda tranquilidad que por nada del mundo se soltaba el cangrejo. 

Si esperabas un poco podías sacar una docena agarrada a la araña, pero corrías el riesgo de quedarte sin lombrices en poco rato.

Para evitar el gasto en lombrices -yo no lo hice- había quien ponía un muelle alrededor de la lombriz y de esta manera el cangrejo luchaba por comérsela pero lo tenía complicado.

Como contrapeso, para que la araña se hundiera, la semiesfera, o cuerpo de la araña, era de plomo, de esta forma la araña se mantenía con las patas para arriba que es lo que el pescador quería.

Éste era el tipo de araña industrial. Pero he sacado cangrejos, sin ir preparado para ello, con una cuerda y un trozo de chorizo atado en la punta. El cangrejo cuando se pone a tripear se olvida de todo: hasta del peligro que corre por tragón.

Si tenéis laguna duda podéis preguntar: la respuesta es gratis.


Camporredondo, 16 de mayo de 2015

domingo, 26 de abril de 2015

¡Joder qué imaginación...!

¡Joder qué imaginación tiene el experto!

En cualquiera de las dos glorias que siguen... ¿dónde colocaríamos el puchero con los gabrieles y el tocino?
A todo trapo: gloria en Camporredondo (Valladolid)

4 h.
Así era la Castilla de Delibes. En esas casas se comía cocido todos los días. Hecho en la gloria, toda la mañana.














Chimenea, hogar, llar... o simplemente fuego de
morillos, donde se cocían los gabrieles y las patatas.
“Habló el buey y dijo mu”. O lo que es lo mismo; habló Urdiales y dijo: el cocido se hacía en la gloria durante toda la mañana. La Diputación que oyó esto, habló y dijo: paguemos a este “experto” para que predique estas enseñanzas por nuestros pueblos y ciudades. El ministerio de in-cultura rural exclamó: permitamos que expertos como éste prediquen tanta sabiduría por colegios e institutos, al fin y al cabo es más fácil gobernar bueyes que digan “mu”. Y llegó el paleto (yo) y dije: de todos estos sabios, me quedo con el buey.

He querido abrir esta entrada con dos hermosas glorias en pleno rendimiento en la Castilla de Delibes donde, es cierto, se comía cocido todos los días  –y patatas todas las noches- y aquél y éstas se cocían a fuego lento durante toda la mañana los unos, y parte de la noche las otras -casi siempre viudas- en la cocina bilbaína o económica, o en la humilde placa anterior a la bilbaína, o en la chimenea, hogar, llar… o -llámelo usted como quiera- entre los morillos. Todo menos en la gloria porque… dígame el señor Urdiales -que parece bien informado- ¿dónde colocaría usted el puchero con los gabrieles y el tocinillo? Bueno, creo que se impone informar, de manera un poco más rigurosa, y eso es lo que vamos a hacer desde la boca de abastecimiento a la gloria.

La gloria, calefacción por suelo radiante (posiblemente de época romana) mediante el fuego era y, como vemos, todavía sigue siendo, una serie de túneles o cañones debajo del piso, por los que se canaliza el fuego -que el combustible genera al arder- hacia la chimenea o salida de humos. En el tránsito de la llama, buscando la salida, va calentando el suelo -para calentar el suelo, no para cocer los garbanzos- y por radiación calienta las habitaciones por las que pasa. Así de sencillo.

Cómo y por qué de la forma de encender la gloria: por la boca de abastecimiento se aporta el combustible, normalmente hornija (ver lo que es hornija en el “Diccionario de Camporredondo”), pero también en las zonas de Castilla en las que abunda la paja se atiza con este combustible, o con burrajo… en fin, cualquier material que genere una llama y que, además, sea económicamente asequible para la, generalmente débil, economía doméstica.

Una vez metida la leña a la entrada del cañón de la gloria se prende (se enciende) y comienza la combustión. Por ende, el suelo se va calentando. Mientras la llama es intensa se mantiene abierta la boca de entrada de la leña y la salida de humos (cortafuegos en la chimenea). Como el calor tiende a subir y como la chimenea está muy alta –por encima del tejado- se establece una corriente de aire desde la boca de abastecimiento hacia la chimenea. Cuando la llama va cesando, se van cerrando tanto la boca de entrada como el tiro o salida de humos, hasta que la combustión cesa por completo , que es cuando se cierra de forma hermética, o casi hermética. ¿Para qué se cierra de forma casi hermética? Pues para evitar que el calor que siguen generando las brasas, más el acumulado por efecto de la combustión, se escape. De esta manera, si en el cañón de la gloria hay calor acumulado (y lo hay) el suelo se mantiene caliente durante todo el día. El calor se mantiene hasta el día siguiente en que volveremos a repetir la misma operación.

¿Qué conclusiones sacamos de esta explicación? Pues que el tiempo de apertura de la boca de abastecimiento, como el tiro, o cortafuegos, de la salida de humos, deberá ser el menor posible.

A partir de aquí habrá que sacar alguna enseñanza: no es posible que cozamos los gabrieles en la gloria, porque además de ser imposible (¿metemos el puchero en el cañón y cerramos?), la cocinera tendría que bajarse a la cueva, se vería obligada a mantener la boca de abastecimiento abierta, y el calor se nos escaparía.

Bueno, además, ¡qué cojones hago dando explicaciones sobre algo que es absurdo! El cocido en los pueblos de la Castilla de Delibes se cocía a fuego lento en la forma que ya hemos dicho más arriba, lo que pasa es lo que, también he dicho hace un rato: “habló el buey y dijo ¡mu!”

Lo verdaderamente preocupante de todo esto es que, de los que escuchan o leen a Urdiales; unos, los que saben, se ríen pero no actúan y los que, por su juventud, no saben de qué va el tema, pues lo aceptan y asimilan. Así se deforma la historia: para ilustrar en colegios e institutos el Ministerio de in-cultura les pone un profesor analfabeto en lenguaje rural. Hasta donde no llegue el ministerio llega la Diputación, o la Fundación Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, o la Cátedra Miguel Delibes… en fin, todas estas instituciones que, con el DRAE en la mano, son infalibles, pero en cuanto les metes por los caminos sin asfaltar, o tienen que pisar terrones, no saben dar un paso y patinan: resbalan y caen.

Deducción que yo saco: al señor Urdiales le hablaron de la gloria como forma de calefacción, después le dijeron que en los pueblos de Castilla se comía el cocido todos los días… el experto lo metió en la coctelera y sacó: comen cocido todos los días, se calientan con el calor de la gloria, como no sabe lo que es la gloria, recurre al DRAE que le complica más y dice: aprovechando el fuego de la gloria cuecen los garbanzos del cocido. ¿Acierta? Pues está claro que no. Pero, por si las moscas, dice: “en los pueblos de la Castilla de Delibes…”. Entonces yo digo: no señor Urdiales, eso no es así y, además, Delibes nunca lo dijo, porque Delibes conocía, como yo, la forma en la que se cocía el cocido castellano. Así que otra vez más le digo: señor Urdiales, usted con su bienintencionada ignorancia, está haciendo mucho daño al leguaje y costumbres castellanas.

Después de todo lo dicho pienso, parecerá raro, pero sí que pienso: el Isidoro de Delibes llevaba el pueblo escrito en la cara y como tal era motivo de mofa. Ha pasado un poco tiempo e Isidoro, que sigue llevando el pueblo escrito en la cara, aquí le tienes intentando hacer comprender a los maestros del lenguaje lo que es una gloria. Que no es la Gloria-Cielo que ellos nos enseñaban, no; esta gloria es con la que nos calentábamos. Eso sí los garbanzos los cocinaban nuestras madres y abuelas con leña, sí, pero no en la gloria.

Y dice el DRAE:
gloria.
(Del lat. gloria).
6.f. Hornillo dispuesto para calentarse y para cocer las ollas.

Esto dice y se queda en eso: en la gloria.

Sí, sí, sí. Ya sé que el DRAE dice todo esto. Pero como la Castilla de Delibes es la de la gloria- calefacción por suelo radiante (la de los romanos) creo que es a ésa a la que debemos referirnos. La del DRAE, o el Diccionario de la Real Academia nos dice cómo es, o era, o el experto debe decirnos en qué zona de esta Castilla de nuestros amores se llama gloria a los fogones en los que se cocían los gabrieles. Así que quedo a la espera de que alguien nos muestre este tipo de gloria para calentarse o cocer el cocido a fuego lento. Y si alguien descubre que no es cierto lo que más arriba digo lo rectificamos: todo menos cargarnos la gloria tradicional por suelo radiante: la de la Castilla de Delibes.

Y sigue el DRAE:
gloria.
(Del lat. gloria).

7. f Estrado hecho sobre un hueco abovedado, en cuyo interior se quema paja u otro combustible para calentar la habitación.

La verdad es que el DRAE tampoco ayuda mucho. La definición que nos da de gloria, al menos desde la Castilla de Delibes, no es muy acertada. Comparemos la definición con las fotos del encabezamiento del escrito. Lejos de ser un estrado es un túnel bajo el suelo de la casa. En fin, espero haber dejado claro lo que es la gloria en la Castilla de Delibes.

Camporredondo, 27 de marzo de 2015.

martes, 10 de marzo de 2015

Y vuelta la burra al trigo

Demos otra pequeña vuelta por mi lenguaje: el lenguaje que usaba Delibes y del que, constantemente, nos decía que no era suyo, sino del mundo rural. Él lo aprendió (así lo decía) pegando la hebra con nosotros: los hombres y mujeres de pueblo. Sí, sí, los paletos, aquéllos que no tuvimos ocasión de pasar por la academia pero que somos, en nuestro lenguaje, verdaderos doctores cum laude; como es el experto académico en el lenguaje académico, pero que aquí no da la talla (por mi parte, nada que objetar a sus títulos). Y no somos expertos en Delibes, sino somos los humildes profesores (en lenguaje rural) de nuestro querido, admirado y gran escritor Miguel Delibes Setién del que nos sentimos muy orgullosos y al que estaremos eternamente agradecidos por su colaboración al mantenimiento de nuestro lenguaje: el lenguaje rural, que él, desde su cielo, seguirá protegiendo (falta nos hace).

Ya sé que es como “machacar en hierro frío”. Yo me había prometido no volver -pies atrás- sobre “En Camisas de Once Varas” ¿se acuerdan? Pero el diablo todo lo enreda y por ahí me llegó que, hace unos días, un vecino de Camporredondo me preguntó: “¿has oído por radio lo que dice Jorge Urdiales sobre una palabra que… creo que era colorada o algo así?” Eso me dijo. Hombre, creo que esa palabra poco tiene que ver con las obras de Delibes dije yo. Ahí quedó la cosa, pero, escarmentado de tiempos pretéritos, me picó el gusanillo y busqué, en google, la palabra “colorado” en las obras de Delibes.

Mira por donde, me salió Jorge Urdiales y pensé: espero que, con el tiempo, este “experto” en Delibes haya aprendido –falta sí que le hacía-. Y fui repasando sus últimas apariciones en radio y hasta, creo, en televisión. Lo que trataré a continuación es algo de lo que encontré. Pero antes quiero decir que no le comunico a él directamente mis diferencias (posibles errores míos) en su blog, porque en vez de repucharse o defender sus teorías públicamente, se limita a eliminar mis comentarios. Entiendo que no se puede establecer debate entre un filólogo-doctor cum laude en ciencias de la información, y un paleto ex pastor y ex agricultor (destripaterrones al fin y al cabo). Le agradezco su deferencia. Es posible que él cavile: pobre paleto, no quiero dejarle en ridículo, y por eso elimina mis rurales comentarios.

Decía que esto es algo de lo que encontré en sus últimas actuaciones:

Fecha: 11 de febrero de 2015, a las 16:32.

Lo que tiene Godofredo entre las manos es un cedazo. Así se llama en el pueblo de Godofredo
y así lo llamaba Delibes. En "El tesoro" escribe que "la oscilación de los cedazos no cesaba".
¡Ojo! Que estas denominaciones van por provincias, por comarcas. Como bien decís,
en otras zonas se llama garbillo, zaranda, ceranda o criba, etc.


Tal como lo encuentro lo reproduzco para vosotros: ni quito, ni pongo.

A partir de aquí lo primero que se me ocurre es preguntar ¿cómo se llama el pueblo del señor Godofredo? Es para ponerme en contacto –ya lo hice en alguna otra ocasión- con algún lugareño y preguntarle: si a la criba le llaman cedazo ¿qué nombre le dan al cedazo... cedazo? Me temo que es otra de tantas “investigaciones de campo” para justificar aquello que el autor desconoce.

Delibes, en “El Tesoro”, habla en varias ocasiones de cribas, no de cedazos, y sólo en una, al parecer -me gustaría saber si no es error de imprenta-, habla de cedazos (“la oscilación de los cedazos no cesaba”). Aquí hay otra incongruencia, con el cedazo no se acriba: se cierne. Con lo que se acriba es con la criba: criba= acribar, o cribar que es lo mismo; cedazo = cerner (la tierra que contiene cascotes, posibles monedas o piedras no se cierne, se acriba). O sea, con el cedazo nunca cribaremos sino que cerneremos.

Bien. Lo que el señor Godofredo tiene en sus manos es una criba y no un cedazo, Me explico: el cedazo es -dentro del nombre genérico cribas- el que sirve para cerner: separar la harina de los salvados, o sea, cedazo: criba compuesta por un aro de madera y una tela con agujeros finísimos que sirve para separar la harina –casi polvo- del salvado (cascarilla del grano de trigo) que es más grueso.

La criba que el señor Godofredo tiene en sus manos y, por lo que puedo apreciar del diámetro de sus agujeros, es con la que se acribaba el grano para separarlo de las grancias (granzas en otra parte).

Sigamos: criba, zaranda, garbillo… zarandillo si la criba es pequeña etc. es el nombre genérico de una serie de artilugios que sirven para acribar, o cribar, o lo que es lo mismo: separar una cosa de otra.

Para no dejar nada en el tintero quiero añadir que en la máquina aventadora, beldadora o máquina de limpiar, hay un parte que se llama cuerpo de cribas, en el que se colocaban según necesidades la criba de espajar o espajadora, la de acribar – que no es lo mismo- y el harnero que es el que se encargaba de separar granos más gruesos de los muy pequeños y las semillas indeseables. Ya os habréis dado cuenta que el conjunto se llama cuerpo de cribas, quiero decir que cribas es el nombre genérico.

Con las fotos que a continuación acompaño haré una breve reseña de lo que se hacía con ellas. De esta forma deseo y espero, sin más pretensiones que hacer justicia sobre este mundo maravilloso que es el rural, que nadie confunda a las nuevas generaciones y que el académico –si tiene a bien asomarse a “La Pizarra de Gaude”- pueda aprender de primera mano lo que eran y para que servían las…

CRIBAS

Cedazo. Especie de criba para cerner la harina.
Tela de agujeros finísimos.
Cedazo: especie de criba que servía para separar el salvado de la harina para hacer el pan, los bollos de peluca, rosquillas, magdalenas y otras delicias.

En tiempos en que la fiscalía visitaba los pueblos, y no con el ánimo de ayudar, sino con todas las ganas del mundo de dejarnos sin pan y hasta sin harina -nunca venían a sembrar ni a segar- fue el momento álgido del cedazo.

Allá, en la casa vieja de la calle Real, teníamos una artesa con dos largueros a lo largo del eje sobre los que se deslizaban los dos cedazos en tándem para que cundiera más y allí, en el menor tiempo posible, se cernía la harina de trigo. Con la harina se cocía el pan, y los salvados se daban a los cerdos, envueltos con patatas marraneras, cocidas. 

Palabra cerner: separar -con el cedazo- la harina del salvado

Harnero pequeño. Agujeros mayores que los del cedazo.
Harnero: Criba con la que se separaban del grano la tierra y las semillas indeseables. También se usaba, siempre, para seleccionar las semillas para la siembra.

El harnero, con los agujeros adaptados a la necesidad del agricultor, dejaba pasar las semillas y granos más pequeños y quedaban en él los mejores chochos para la siembra. El nuestro, el del que esto teclea, no era como éste, sino mucho más grande.

Nota al harnero: siento que el que había en casa desapareciera, por lo que he tenido que servirme de éste de la fotografía que, aún siendo más pequeño, sus características –aro, piel y agujeros- son las mismas.

Criba para separar el grano de las granzas. Agujeros mayoras que los del harnero

Criba de, o para, acribar (para separar las granzas del grano): era ésta la que llevaba el nombre de criba, las demás tenían nombre añadido pero la de acribar era la criba sin más.

En los tiempos en que se separaba el grano de la paja con el bieldo (aventaba, o beldaba, con el bieldo) el espajado era lo que hacía el viento: separar el grano y la paja. Pero el viento no distingue entre grano y paja, sino que lo hace a peso. Por eso no distingue el grano de las grancias (granzas para otros).

Las granzas no son ni más ni menos que los nudos de las cañas del bálago y trozos de espiga sin trillar. O sea, las grancias y el grano caen juntos y para solucionarlo estaba la criba: había que acribar.


Especialistas -hermanos Busto- separando los garbanzos de las granzas: acribando.
Pude ser yo, pero no, son dos primos míos.
Para acribar eran necesarias dos personas, una que sujeta la criba entre las manos y va dando movimientos de vaivén (zarandeo) y otra que con el badil iba añadiendo a medida que la criba quedaba vacía (no siempre hubo cosechadoras).


Criba para garbanzos o cribón. Los agujeros de mayor diámetro.
Criba para garbanzos, también llamada cribón: la misión de esta criba era similar a la que acabamos de describir. Había una diferencia: los agujeros eran de mayor diámetro como corresponde a la diferencia entre el grano de trigo y el garbanzo.

Con los, posiblemente, dos últimos maestros en el manejo de la criba de la foto (hermanos Busto) me parece que sobran explicaciones.

Como final: criba es el nombre genérico con el que se definen una serie de artilugios para la era, pero según su utilidad tenía un nombre propio. O sea lo que el señor Godofredo tiene en su mano: no es un cedazo -inútil en la era o buscando tesoros- sino la criba de separar el grano de las granzas: acribar.

Nota a la criba: Para cribar tierra, o tesoros, las cribas que se usaban eran de alambre.

Y con esto espero que el "experto" doctor aprenda (falta le hace) lo que eran las cribas y otros útiles sobre los que volveremos SDQ.

Sólo añadir que el zarandillo no era más que una criba, una zaranda, un garbillo… sólo que más pequeño “Me hace andar como un zarandillo” venía a decir que le hacía andar de un lado a otro y además rápido como corresponde a la criba–zarandillo que por ser más pequeña debía moverse rápidamente.

Y ya que, de pasada, más arriba hemos hablado sobre “pegar la hebra”, quiero remitir, a los posibles interesados, a “La Pizarra de Gaude” “Diccionario de Camporredondo”, para ver sobre el significado que en mi tierra tenía esta palabra.

Volveré si me dejáis pues, hay tela para cortar.
Camporredondo, 28 de febrero de 2015.

PD. Quiero lanzar, una vez más, un SOS en favor de una cultura que ya ha desaparecido y que si queda en manos de premios “nobel” que confunden lo que es una perdiz sobre un cabón (cabón error de imprenta: cavón) o una piedra, con carbón de piedra, pues a partir de unos pocos años la vieja cultura rural, a partir del siglo XXI estará toda basada en falsas y caprichosas interpretaciones. Por todo ello, ruego a prensa, radio, televisión y autoridades que velen por lo que en ellas se emite porque es por donde llega a todos los hogares, y si alguien no controla, la responsabilidad no será del que no lo entiende, sino del que lo publica.


Gracias en nombre de mi vieja cultura: la cultura rural.

lunes, 2 de marzo de 2015

La grama.

Nuestro sabio refranero, dice:”Hacienda, tu amo te atienda y si no que te venda”. También este otro: “El ojo del amo engorda el ganado”.

Apoyada en estas dos contundentes y sabias sentencias, vamos con la entrada de hoy.

Había una vez un terrateniente –que lo era por herencia- que dado que su progenitor la había dejado terreno suficiente, y muy productivo -sin más que preocuparse de observar el cultivo de lo heredado- para vivir desahogadamente, decidió fijar su residencia en la ciudad donde -eso creyó él- la vida era más alegre y cómoda, y podía disfrutar de su espléndida hacienda.

Para dirigir la heredad nombró un cachicán (encargado) para que tomara todas las decisiones necesarias para su buen funcionamiento. De esta manera, el “señor” sólo se ocuparía de recoger y administrar los cheques que del banco, con regularidad, le fuera remitiendo. La vida así sería más llevadera lejos del polvo, el barro, el calor, el frío, las tormentas... en fin todas esas calamidades, para él insufribles, que en el campo se padecen. ¡Esto es vida! comentó para sus amigos el nuevo y rico terrateniente.

La hacienda continuó su marcha bajo la vigilancia de su nuevo director: el cachicán.

Comoquiera que el terreno estaba bien cultivado, la primera cosecha fue espléndida, con lo que el heredero se encontraba todo ufano y orgulloso por la decisión que había tomado: él se pasaba la vida bien comido, bebido y distraído sin preocuparse de dar una vuelta por el pueblo.

Los obreros seguían con la rutina de arar y sembrar. Un día, el cachicán -que era nuevo en la heredad- observó cómo los obreros, siguiendo la tradición, unos araban y otros, con el garucho, recogían la grama y mantenían el terreno limpio de esta rastrera e indeseable planta. ¿Qué es lo que hacen ustedes? preguntó con mucha educación. Pues ya ve usted, lo que hacemos siempre: recoger la grama, respondieron los braceros. No, no, a partir de hoy se cultivará como yo diga, ¿no saben ustedes que eso es abono para la tierra? Queda terminantemente prohibido el uso del garucho en estas tierras. Y así se hizo.

Así las cosas, las cosechas fueron disminuyendo paulatinamente, hasta que pasados unos (pocos) años el amo se vio en la necesidad de ir rebajando su nivel de vida pues los cheques cada vez eran más raquíticos y ya no daban para tanto.

El heredero llamó al encargado a su refugio en la gran ciudad y quiso saber por qué los cheques habían ido disminuyendo de forma tan alarmante.

Mire usted señor: no sé lo que ocurre, pero el terreno ha sido invadido por una extraña planta que le convierte en un prado y no deja crecer la semilla. Yo le sugeriría que, si usted lo cree conveniente, vendiera la heredad antes de que sea tarde.

El "señor" lo pensó un momento y le dijo al cachicán: creo que tiene usted razón, antes de que los agricultores vecinos, posibles interesados, se den cuenta de la baja productividad del terreno, póngalo usted a la venta y véndalo. Señor, respondió el cachicán, si usted me dice el precio yo intentaré venderlo al mejor postor. Y así lo hicieron, el hábil cachicán volvió al pueblo y al cabo de unos días reclamó una reunión de urgencia con el propietario: no he podido conseguir, dijo, el precio que usted fijó, pero si usted quiere, para evitarle incomodidades yo me quedaría con la heredad en… y rebajó el precio de salida. El comprador y el vendedor se pusieron de acuerdo y el, “listo,” nuevo propietario volvió al pueblo con la escritura bajo el brazo.

Reanudaron las faenas del campo y el amo dijo: desempolvad los garuchos y recoged la grama, démonos prisa que la sementera está al caer. Señor, dijo uno de los obreros, usted nos dijo: “dejad la grama que es abono para la tierra”. No importa lo que yo dijera, los tiempos han cambiado y hay que coger los tiempos según vengan.

Y colorín colorado… “Hacienda tu amo te atienda o si no que te venda” ¿está claro?

El otro refrán, “el ojo del amo engorda el ganado” viene a decir lo mismo. Pero ese lo dejamos para cuando el torpe y vago sea el ganadero y el listo, en vez ser el cachicán, lo sea el rabadán, y el terreno sea el rebaño de ovejas… ¡Ya me entendéis!


Camporredondo 22 de febrero de 2015



lunes, 23 de febrero de 2015

Los hermanos agricultores

En un rincón de Castilla, de cuyo nombre no quiero acordarme… ha muchos años, vivieron dos hermanos agricultores que tenían puntos de vista muy dispares en la forma de cultivar la tierra: uno aprovechaba la mínima ocasión para ponerse manos a la obra: arar y sembrar. Y el otro gustaba de hacer las labores sólo cuando el terreno estuviera en buena sazón, según su criterio.

Cuando terminaron las labores de era… recogieron paja y grano y barrieron la era, no quedaba más tarea que ir preparando la tierra para la siguiente cosecha.

Arando con el arado romano en El Henar.
Uno de los hermanos, sin pensarlo dos veces, unció los machos, cogió el arado de vertedera y salió dispuesto a voltear la tierra antes de que lloviera. Al salir, con la yunta, del corral, encontró al otro hermano que, extrañado, le preguntó: ¿pero dónde vas? A lo que el otro le responde: ¡joder! ¿No lo ves? Voy a arar. Pero hombre, ¿no ves que está muy duro el terreno? Te va a costar mucho levantar el rastrojo y levantarás muchos terrones. Si, contestó el otro, eso ya lo sé, pero cuando llueva tendré buena parte de la tierra preparada para sembrar. Yo no, dice el otro, prefiero esperar las lluvias de otoño y con buen tempero será más fácil.

De esta manera uno fue labrando despacito y el otro esperó la llegada de las lluvias de otoño.

Llegaron las lluvias y, pasados unos días, que parecía que ya no escamparía nunca más, los hermanos salieron a la puerta para observar el tiempo y uno dice ¡oye! ¿Qué te parece si enganchamos y vamos sembrando? ¡Quita hombre!, ¿no ves que está muy pesado? Ahora no se haría buena labor, espera unos días y verás que buena labor se hace. Bueno, bueno, dice el otro, aún así yo voy a ir sembrando.

Pasaron unos días y cuando, según el criterio de uno de los hermanos, el terreno estaba en su punto, el otro ya tenía todo sembrado. Más, hete aquí, que al encargado de abrir los grifos allá arriba se le ocurrió abrirlos y se le debió de olvidar cerrarlos, de forma que cuando dejó de llover ya era tarde para la sementera.

Pasó el invierno, llegó y pasó la primavera y, llegó el verano. La cosecha del que sembró en su tiempo no debemos decir que fue espléndida, mientras que la del otro hermano encañeció (encañó) y se agostó sin apenas haber espigado.

Como la cosecha de uno de los hermanos fue muy mediocre, y había que sembrar para la siguiente y no habiendo ni semilla, ni para comprarla, el hermano cuyo granero estaba barrido se presentó en casa del otro y le dijo: ¿no podrás prestarme unas fanegas para la siembra? Es que como la cosecha ha sido mala no tengo semilla. Sí hombre, no faltaría más, y le dio el grano necesario para la sementera.

El invierno siguiente fue muy duro, sobre todo para las paneras barridas. No teniendo ya de donde echar mano, el de las paneras vacías volvió en casa de su hermano y dijo: mira a ver si te sobran unas fanegas que no tengo nada para que coman los chicos. ¡Pero hombre! dijo el otro ¡no creerás que yo iba a consentir que mis sobrinos pasaran hambre! carga y lleva al mercado lo que quieras. Como le parecía que su hermano no cargaba lo suficiente le animó a que llenara más talegas de grano, pues él tenía de sobra. Sí, le dijo el otro, pero es que no podré pagártelo. No te preocupes hombre, eso está arreglado, vamos a hacer una cosa: yo te doy el grano y tú me das un beso en el culo. Acepto, dijo el otro, no tengo otro remedio. Y así fue como cerraron el trato. El hermano le dijo, aprende: “Para no tener que dar a tu hermano un beso en el culo... siembra en blando y en duro”.

Moraleja: que cada uno saque la que crea conveniente, yo saqué la mía y no me arrepiento.

Camporredondo 18 de febrero de 2015