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lunes, 4 de diciembre de 2017

Orillar

Entre las palabras que, en su momento, recogimos en el “Diccionario de Camporredondo” ya figura esta palabra. Porque no pensamos que la palabra orillar se encontrara en peligro, creí que con decir… “ORILLAR.- Acercarse demasiado a la orilla” sería suficiente para darle el significado rural que pretendíamos. Ése era nuestro propósito.

Al decir "acercarse demasiado a la orilla", estábamos pensando en el carro circulando por la carretera polvorienta (carro y carretera polvorienta sí que han desaparecido) y en cómo, al arrimarse la rueda del carro al borde (orilla) de la cuneta, la rueda se hundía y el carro volcaba. Éste es el sentido que le dimos. Indudablemente, como veremos más adelante, la palabra orillar tiene un sinfín de acepciones, motivo por el cual hoy nos decidimos a profundizar un poco más.

Aproximadamente a las 19 horas y treinta minutos de hoy, 22 de noviembre de 2017, y escuchando un programa sobre el campo, habla el “experto” en lenguaje rural para aclararnos lo que significa la palabra orillar.

Oigo, y escucho, en la radio:

Buenas tardes. El miércoles pasado hablé del adverbio orilla, tan empleado por los mayores en Castilla y León. El de hoy es un verbo, el verbo orillar. De la misma vitalidad, creo yo, que la palabra del último programa. Leo en Delibes, que nos cuenta que el señor Cayo dio un rodeo para orillar los escombros. Vuelvo a leer esa misma palabra en “El hereje”  cuando dice que “después de orillar los bogales del camino -conforme a su experiencia-, el carruaje se detuvo ante la puerta de la parra junto al pozo. Orillar; es decir dejar a un lado, rodear. Es palabra esta que enriquece nuestro español, eso no cabe duda. Es palabra que, como tantas otras, deberíamos de seguir empleando. Olvidemos tanto anglicismo y palabras de fuera y mantengamos muestras viejas palabras de Casilla la Vieja como la de hoy: orillar.

Visto desde la perspectiva que acabamos de teclear, parece que debemos entender que la palabra orillar sólo nos sirve cuando queramos rodear los escombros y bogales por la incomodidad o el riesgo que implica intentar ignorarlos.

Indudablemente, si sólo pensamos en la palabra orillar como palabra rural y en el sentido que le da el “experto”…, ocurre como cuando yo la incluí en el Diccionario de Camporredondo: flaco favor la hacemos. Desde ese punto de vista el comentarista de la radio, y yo en el diccionario, parece que tenemos razón: habría que agradecernos que la tengamos por palabra en peligro de desaparición. Pero es que la misma palabra, orillar, tiene muchas más acepciones.

 Veamos:

Orillar: acercar a la orilla. Orillar: eludir, dar de lado un problema. Orillar: soslayar una dificultad. Orillar: reforzar el borde de una tela. Orillar: esquivar cualquier obstáculo. Orillar: dejar de lado lo que estás haciendo y dedicarte a otra cosa… en fin, echadle hilo a la cometa porque hay para dar y vender sinónimos de la palabra orillar. Repetimos que, si a la palabra orillar la encuadramos dentro del entorno del carro (cuneta, bogales, etc.) podemos decir que ya ha desaparecido por falta de carros, pero ahora hay otro tipo de vehículos que necesitan tener cuidado con no orillarse porque pueden volcar en la cuneta, atascarse en el lodo, o romper los bajos en los bogales. O como me ocurrió a mí, en mis años jovencitos, que por orillar la yunta con el arado al brocal del pozo, uno de los machos cayó dentro. Por cierto, la palabra bogales nunca la oí hasta que leí a Delibes y, parece ser que se refiere a terrenos con piedra a ras de tierra o muy somera (lo desconozco).

Resumiendo, la palabra orillar, en la narrativa de Delibes, tiene el mismo futuro que la recogida en el Diccionario de Camporredondo: ni hay carros para que orillen bogales o vuelquen en la cuneta, ni Señores Cayo para orillar escombreras. Sin embargo la palabra orillar seguirá usándose: así lo espero y deseo. Ah, y permitidme que de mi opinión: algunas opciones de la palabra orillar son estrictamente rurales, otras no. Así lo demuestran nuestros diccionarios desde el siglo XVIII al XXI.

Y ahora, orillamos la palabra orillar para seguir con otras cosas.



Camporredondo, 25 de noviembre de 2017


lunes, 27 de noviembre de 2017

Otro grupito

Posiblemente entre el grupito de palabras de hoy se nos cuele alguna repetida: prefiero cien repetidas a una olvidada.

Muy escuchadas las de hoy desde mi más tierna infancia, en las tertulias de cantina que formaban en las noches de invierno los mayores de mi pueblo jugando al tute, la brisca, el mus, etc.

Ahí van:

PUCHERO ENFERMO (oler a). Se dice cuando el asunto tratado puede tener trampa o encerrar algún riesgo. “Ten cuidado: huele a puchero enfermo”. Era como decir, ten cuidado que no es lo que parece.

En algún lance del juego, el jugador que seguía la jugada y le tocaba asistir podía -ante la desconfianza sobre la jugada de su predecesor-, decir o pensar: me huele a puchero enfermo (esto tiene trampa).

El DLE recoge “puchero de enfermo” que, aunque parezca igual no es lo mismo. El puchero enfermo es el puchero que puede ser perjudicial aunque parezca muy apetecible. Todo lo contrario del puchero de (o para) enfermo que, siempre, lleva garantía de salubridad.

QUITARSE LA ALBARDA A COCES.- Se dice del considerado tan bruto que hace como haría el burro que pretende quitarse la albarda a coces, sin ver que es tarea imposible. “Es de los que se quitan la albarda a coces”.

Cuando el jugador, compañero de equipo, hacía una mala jugada, el otro, a veces, solía comentar a los mirones: éste es de los que se quitan la albarda a coces (era lo mismo que llamarle burro).

RAMALEAR.- Obedecer con docilidad al ramal. También se dice cuando el animal sigue con docilidad las órdenes del que le dirige, lleve o no ramal. “Ramalea muy bien”, también se dice de la persona dócil.

En la tertulia que solía seguir a la partida de cartas, a veces hablaban de la docilidad de alguno sus animales de tiro… de la oveja chocha, etc. Decían: ramalea muy bien, es muy dócil.

REDE.- Entramado de cuerdas: red. También cercado que se hace con las teleras en el campo para encerrar el rebaño y estercolar el terreno de forma directa, cambiando la rede según interés. El abonado del terreno de esta forma -por el movimiento de la rede- se llamaba trascolar.

No recogida en el DLE.

RISCAL.- Sitio donde hay muchos riscos. Parte del páramo cuya superficie son grandes rocas formando bloques anclados. Si es un lenar (piedras con acanaladuras y/o agujeros) es difícil y peligroso caminar por él. "Ayer encontré la oveja que me faltaba: en el riscal del camino del monte se había quedado enriscalada".

TARABILLA (coger la).- repetir constantemente sobre la misma materia sin darnos cuenta de que llega a ser molesto. “Ha cogido la tarabilla con que… y no calla”. >Pichicharra, manía… > se dice por comparación con la tarabilla de la carraca, o del molino.

TRASTABILLAR/TARTALEAR.- Caminar con paso irregular, inseguro, haciendo eses o vacilando en la dirección que desea seguir. También tartamudear.

TORTOLEAR.- Imitar el arrullo de la tortolilla (palomilla, tórtola). También se dice de los muy enamorados: andan tortoleando.

TRÍQUILI CAMPANA (cada). Se dice de aquello que ocurre sin tiempo determinado, en cualquier momento, cuando menos lo esperas; o sea que ocurre… “cada tríquili campana”.

No recogida en el DLE.

VEREDA.-Vía pecuaria de servicio que no superaba 25 varas de anchura. A veces también se le llamaba camino de carne ya que unía dehesas con el pueblo por donde desplazaban a los animales para abastecer las carnicerías.

VOLEO (tirar a).- Tirar o lanzar sin apuntar, sin tomar precauciones. “Tiré a boleo”.

VOLEO (sembrar a).- Sembrar esparciendo la semilla a puñados lanzados al aire.

ZANGULUTEAR.- Moverse una cosa de un lado para otro. Ir y venir una persona sin ningún provecho. >zascandilear.> Zangolotear. “Siempre anda zangulutiando”. (Zangoloteando).

El DLE recoge zangolotear.


Camporredondo, 21 de noviembre de 2017

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Nuevas golosinas

A medida que vamos avanzando siguen asomando por la azotea palabras que creemos viejas o que, en nuestro deseo de que no se pierdan más de las ya perdidas, deseamos asegurarlas en nuestro humilde blog. Así seguimos recogiendo más y más palabras que creemos en peligro, bien porque ya no se oyen, o porque creemos que se usan poco.

Y aquí estamos una vez más, engolosinado en un tema que nos atrae, nos anima y nos ilusiona.

ENGOLOSINADO.- Fuertemente dominado por el deseoso de algo que nos satisface. > Obstinado, emperrado.
Participio del verbo engolosinar.

ENRASAR (el cielo).- Quedar limpio de nubes el cielo que estaba encapotado. (Ha aclarado, ha enrasado, el cielo está raso decíamos cuando el cielo quedaba despejado de nubes.

ENRISCALADO (de riscal).- Quedar, el animal, atrapado por una pata entre las grietas o agujeros del riscal.
Cuando se notaba la falta de una oveja en el rebaño y el pastoreo había transcurrido por zona de riscales, lo primero que decíamos: seguro que se ha quedado enriscalada. Muchas veces era cierto.
No recogida en el DLE.

ENTERITO/A.- Palabra –otrora al menos- para confirmar que aquello de que se habla está entero. ¿Está entero? Enterito se respondía si la cosa aludida estaba completa.

Una vez más observamos que nuestro diccionario (DLE) necesita acudir a países ultramarinos  para justificar una palabra que –entre nosotros- siempre existió. Ved por qué lo digo:

enterito
Del dim. de entero.
1. m. Arg., Chile y Ur. Prenda de vestir de una sola pieza, generalmente femenina o infantil, que consta de cuerpo y pantalón.

2. m. Arg., Chile y Ur. Prenda de vestir unisex de una sola pieza, que consta de pantalón con pechera y tirantes sujetos en la espalda.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados


ENTERIZO.- Decíamos cuando, por algún motivo especial, el cuerpo se quedaba rígido. (¿Qué le ocurrirá?, parece un palo, camina como enterizo). El DLE la recoge como entero, de una sola pieza. Podíamos decir que es lo mismo, pero no. Para el DLE es un solo cuerpo, y en lenguaje rural decimos que es un solo cuerpo que, además, está rígido, porque si no sería enterito, palabra recogida anteriormente.
enterizo, za
1. adj. entero.
2. adj. De una sola pieza. Columna enteriza.
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ESPIGAJO.- Planta (yerbajo) indeseable, de la familia de las gramíneas, muy perjudicial en agricultura. En el mundo técnico se conoce como bromo. El espigajo, en otro tiempo, era suprimido mediante la escarda, pero hoy -con el uso de los herbicidas- es más difícil su erradicación por ser de la misma familia que los cereales. Suele solucionarse bien por medio del barbecho, o cambiando de cultivo. Es planta muy invasora. 
No recogido en el DLE.

FORRARSE.- Palabra asociada a la riqueza. “Le salió bien el negocio y se forró”. “Está forrado, es muy rico”. Podríamos asociarlo con el que se vistiera (forrara) con billetes de curso legal.

FRIOR.- Palabra muy antigua que significa frío. >Antónimo de calor. 
Es curioso observar como en el tomo III del Diccionario de Autoridades (1732) ya figura como palabra antigua y, sin apenas usarse, aún la recoge el DLE actual. Digo sin apenas usarse, porque queda claro que, si la recogemos aquí, es porque alguien la usa. Nosotros la usamos -poco pero la usamos- y, porque nos llama la atención, la recogemos. ¿Por qué calor sí, y frior no?
frior
Del lat. frigor, -ōris.
1. m. desus. frío.
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GAZNÁPIRO.- Simple, bobalicón. Se emboba, se encanta ante la cosa más insignificante.

GÉBENA.- Planta Anual de flores amarillas, muy abundante y perjudicial en sembrados. 
Dicho: “estar más loco que una gébena”. Desconozco por qué se dice. Quizás sea porque se cría en los sitios más inverosímiles: es muy silvestre. 
Planta que el DLE  recoge como jaramago.

GOLONDROS (meterse en). Meterse en aventuras inútiles y o peligrosas. “No me metas, o te metas, en golondros”.
Suele, o solía emplearse siempre que alguien te viniera con algún canto de sirena.

GUISANDERA.- En los pueblos era la persona encargada de guisar, o dirigir el guiso, en los acontecimientos especiales (bodas… etc.). También se aplicaba a toda persona que guisaba para la casa. “¿Quien ha sido la guisandera?” Se decía cuando había motivo para la felicitación por lo guisado.

HALDADA.- Cantidad de cosa que cabe en el mandilón de la mujer. “Mete una haldada de leña para la lumbre”. “Echa una haldada de paja al burro…”. “Mete una haldada de burrajo y enciende la gloria”…
haldada
1. f. Lo que cabe en el halda
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JUNQUERA.- Grupo o conjunto de juncos agrupados en un mismo cepellón.
El terreno donde abundan las junqueras es el junqueral. También se usaba la palabra juncaral para referirse al terreno poblado de junqueras.
El DLE recoge la palabra como junco.
junquera
1. f. junco (‖ planta juncácea).
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MANTA (sembrar a). Sembrar de forma que la semilla quede esparcida de forma lo más regular posible, sin asurcar la tierra.
Para sembrar cereales la semilla se esparcía lo mismo que para la siembra a surco: a mano, con la sembradera al hombro. En el caso de zanahorias, achicorias, etc. en el caso de sembrar a manta solía hacerse con bote agujereado para lo que había verdaderos especialistas.

MESMO.- Igual que mismo. “Hoy lo mesmo que ayer”. “Así mesmo, de esta manera”.

PAPORRETA.- Se dice de la masa blanda e insustancial de cualquier cosa.
Los niños hacíamos paporretas removiendo el agua del charco mezclándolo con tierra arcillosa hasta que espesara. A hacer paporretas también le dábamos el nombre de hacer puchas. También se decía cuando una fruta se marrotaba y se hacía eso: paporreta.
Aunque en el pueblo -desde tiempo inmemorial- usamos la palabra paporreta, volvemos a cruzar el “charco” hasta El Perú donde -aunque con otro significado- la sitúa el DLE:
paporreta
De papo1.
1. f. despect. Perú. Repetición mecánica de lo que se ha aprendido de memoria sin entenderlo o entendiéndolo a medias.
de paporreta
1. loc. adv. Perú. de memoria (‖ apoyándose en el recuerdo). Aprender de paporreta.
2. loc. adv. Perú. Con poca o ninguna conciencia de lo que se dice. Hablar de paporreta.

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PASTRANA/O.- Se aplicaba al embustero/a.
El DLE la recoge así:
pastrano, na
La forma f., del lat. vulg. *pastoranea 'conseja de pastores', der. del lat. pastor 'pastor'
1. adj. Burdo o mal hecho. Letra pastrana.
2. f. Mentira fabulosa.
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PILONGA.- Insulto de… menor nivel. ¡Anda tontorra, castaña, bobalicona, pilonga…! cuando se dirige a la mujer.
El DLE le da significado diferente.

PIROLO (estar).-Estar borracho, estar mareado por el vino… etc.
No la recoge el DLE.

PIRULINDO/A.- Se decía de todo aquel/ella que empezaba a descollar y presumía de ello. (¡Mira qué pirulindo/a va!).
No la recoge el DLE.

Camporredondo, 27  de octubre de 2017

lunes, 29 de mayo de 2017

Más archivo

Aquí sigo, agarbado –agalbado también se decía en mi pueblo: yo lo decía- al agrego de este sitio maravilloso desde donde, a la vez que contemplo un precioso mundo de plantas y flores antes de que puedan aguachinarse. Desde aquí voy agazapando palabras que se usan poco o, me atrevería a decir, nada.

Como no me interesa meterme en el ajo, voy eliminando estrés dando cuenta de unos taquitos de queso de oveja animados con un trago de vino aguachado como corresponde a esa edad en la que el alcohol, también, es materia prohibida.

Ahí va otro grupo de palabras que de tan amachambradas que estaban se negaron a salir en su momento.

AGARBAR.- Recoger, juntar las garbas (gavillas) > Agavillar.

Para facilitar la tarea a los segadores, el Motril, o mochil (muchacho o niño), iba juntando las gavillas (garbas) en grupos de dos o tres, de forma que cuando el segador se dedicaba a formar los haces (atar se llamaba la faena) se le facilitaba la tarea por no tener que recoger todas las gavillas sino los grupos de éstas.

Para intentar dejar la tarea lo más clara posible, diremos: no es lo mismo agarbar o agavillar –juntar las gavillas en grupos de dos, o tres- que recoger todas y juntarlas en la morena, en cuyo caso no se ataban. Si lo digo es porque he encontrado en alguna parte en que se confunde agavillar con amorenar (formar morenas) las gavillas.

El DLE no la recoge como tal, pero sí recoge la palabra agavillar.

AGARBARSE.- Tenderse pegado al suelo como una garba (gavilla). >Agavillarse.

El DLE lo recoge como agacharse, cuando no es lo mismo agacharse (doblarse, acuclillarse) que tenderse en el suelo adoptando la posición de la gavilla.

AGAZAPAR.- Coger, agarrar, asir, pillar… “Le cogí, lo agazapé”.

El DLE recoge otras acepciones referidas al gazapo: ocultar, acechar, agachar…

En este mundo rural lo que decimos –también referido al gazapo- es: le agazapé, le cogí como a un gazapo.

Tengo que añadir que esto es así porque nosotros –mundo rural- consideramos gazapo tanto al conejo como al lebrato joven, que por saberse débiles se quedan pegados al suelo en vez de correr para tratar de ponerse a salvo. Así que, se creyó a salvo –porque creyó que estaba escondido- pero yo lo agazapé (agarré, cogí etc.).

El DLE le da otro sentido a la palabra.

AGREGARSE.- Resguardarse de las inclemencias del tiempo. >Ponerse al agrego.

“Hacía aire muy frío y tuvimos que ponernos al agrego que nos brindaba la tapia”.

El DLE recoge la palabra con otras acepciones.

AGUACHAR.- Añadir agua a otro líquido: leche, vino etc. > Enaguachar, Aguachinar.

El DLE nos envía a enaguachar que sí: es lo mismo.

AGUACHINAR.- Añadir agua a otro líquido (vino, leche, et.) para adulterarlo. >Aguachar, enaguar, enaguachar.

También se dice cuando una planta, o fruto, se estropea por exceso de agua.

Esta palabra sí, es recogida en el DLE con la misma acepción.

AJO (estar en el).- Estar inmerso en una acción, problema, jaleo etc. “Cuando quise darme cuenta estaba metido en “tol” ajo”.

AMACHAMBRADO/A.- Fuertemente asegurado.

Siempre que se quisiera hacer gala de tener algo asegurado al máximo se usaba esta palabra. “Oye, ten cuidado que se te puede escapar”. “No te preocupes: lo tengo amachambrado”.

En este mundo mío –y de otros-, el rural, no es lo mismo unir a caja y espiga (machihembrar) que amachambrar.

El DLE no recoge esta palabra.

Y el próximo día: más palabras.


Camporredondo, 24 de mayo de 2017

lunes, 8 de mayo de 2017

¿Terminando...? pues no lo sé.

Hace algunos… decenios ya, tuve ocasión y motivos para ilusionarme –era más joven- con un regalo que mi esposa e hijos me hicieron por mi cumpleaños. El motivo -escogido para regalo- fue porque sabedores de mi entusiasmo por todo lo rural (soy nacido y criado en un pueblecito de Castilla, eso ya lo sabéis) me regalaron un diccionario (“Diccionario del castellano tradicional”, ediciones Ámbito). ¿Sabéis lo que me duró la ilusión? Pues justo lo que tardé en abrirlo. Aquello no era mi lenguaje. Aquel lenguaje era una mezcla de juventud universitaria tomando primer contacto con mi mundo: el rural.

Pasó el tiempo y se repitió la historia. Han salido al mercado –me dijeron- dos diccionarios que, éstos sí, son la bomba. Su autor (Jorge Urdiales Yuste) es experto en Miguel Delibes y su narrativa. Los diccionarios se titulan: "Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes" y "Diccionario de expresiones populares en la narrativa de Miguel Delibes". Los pedí a mi librero (en mi pueblo no hay librerías) y ahí me veis abriendo el paquete de correos: hasta nervioso me puse.

A partir de aquel momento, pálido me quedé. ¿Qué era aquello? Si las palabras que Delibes usaba en su narrativa las recogía el DRAE -para ese viaje no hacían falta alforjas- aún se podía tolerar. Pero si el diccionario de la Real Academia no las recogía, a mí me dio la impresión de que el autor de los diccionarios sacaba el dedo por la ventana y según la dirección del viento, aquél era el significado. Ésa era, y sigue siendo, mi opinión.

Seguidamente contacté con una de las autoras del Diccionario del castellano tradicional y con el autor de los dos diccionarios en la narrativa de Miguel Delibes. A los dos ofrecí mis servicios y, con agrado e ilusión, los recibí en mi casa; no en balde estaba en juego el lenguaje de mis abuelos y yo -por haber seguido sus huellas- algo conocía.

Yo comprendo que para personas -universitarias ellas- que un ex-pastor pueda corregirte tiene que ser muy duro, y así quedaron las cosas. Como decía uno de mi pueblo: "¡nada de nada, nada!" Me vieron, se marcharon (impresión poco favorable debí causarles) y hasta ahora.

¿Qué podía hacer yo, callar porque soy el paleto, y doctores tiene el saber? En principio opté por seguir oteando desde mi retiro rural. Pero cada vez que me tropezaba con una burrada, mi abuelo -siempre vigilante desde su cielo- me decía: ¡qué cojones haces ahí! ¿Para eso fuiste a la Escuela Nacional? Harto de tirones de orejas de mis ancestros me monté encima de las teclas y, persiguiéndolas a lo largo del teclado, fui aporreándolas allí donde las pillaba viendo, con  satisfacción, que los míos, la gente rural, se mostraban satisfechos y apoyaban mi postura.

Pero hasta llegar a la situación actual fue pasando el tiempo y así encontré que la Cátedra Miguel Delibes recogía un glosario -del mismo autor que los diccionarios en la narrativa de Miguel Delibes-¡Dios mío, qué glosario! También me puse en contacto con la dirección de la Cátedra y, a pesar de que lo entendió, me dijeron que la responsabilidad era del autor. Y ahí quedó todo "¡vivir para ver!".

En esto que -al fallecimiento del escritor- salió al mercado -no desaprovechan ninguna ocasión- otro nuevo diccionario que según decía incluía algunas mejoras. Una vez más contacté con mi librero (en mi pueblo sigue sin haber librerías) y al solicitarle el diccionario me advirtió: debo decirte que este diccionario es el mismo que el anterior (salvo algunas cosas que… tal ¿os suena?). Aún así se lo pedí, y fue en este nuevo diccionario –editado esta vez por ediciones Cinca- donde me pareció más que nunca -es sólo mi opinión- que tanto unos como otro eran una tomadura de pelo y un desprecio tanto a la narrativa de Delibes como a todo lo relacionado con el mundo rural.

Entre tanto yo ya había iniciado mi particular y desigual lucha que me ha traído hasta donde estoy ahora. O sea, sentado tras el teclado que, después de lo recorrido, las teclas se me van mostrando más dóciles: ya me van conociendo y no corren “como alma que lleva el diablo”, huyendo de mis estacazos encima de ellas.

Inicié mi imposible tarea simultaneando diccionarios: ora en la narrativa de Delibes, ora Diccionario del castellano tradicional. Por creer que “aquél que mucho abarca poco aprieta” opté por abandonar el mamotreto y seguir con los libritos, más asequibles a mis reducidas energías.

Y hasta aquí he llegado. Creo que no está nada mal el camino recorrido, por lo que creo merezco un descanso. No obstante, si en un momento me pareciera que hay que volver, volveré; ya sabéis -porque yo os lo he dicho- que soy muy cabezota, y si además de serlo nadie opta por rebatir lo que digo -a pesar de mi constante llamamiento para aclarar todo lo que no tengamos claro- yo me crezco. Pero si hay un culpable de que yo me venga arriba sois los que no os atrevéis a contrastar opiniones: las vuestras académicas, las mías rurales (paletas).

A lo largo de todo este periplo he ido constatando que si el “experto” en Delibes no se sonroja ante lo que sobre ello escribe, no me sorprende. ¿Por qué habría de ruborizarse? Vean los admiradores que  -he ido comprobando- el autor de los desaguisados tiene:

En principio los dos primeros libritos los editó Fundación instituto castellano y leonés de la lengua” -¿qué lengua?, desde luego la rural no-. A continuación Cátedra Miguel Delibes incluye un glosario del mismo autor que los libritos (me solivianto, me cabreo, con solo mirarlo). El autor sigue y lanza al mercado otro nuevo librito editado esta vez por ediciones Cinca. Sigue el “experto” repartiendo, "a diestro y siniestro", conferencias por esos pueblos de Dios (aulas, colegios e institutos) que, según mis informes, cobra del erario público: se lo abona la Excma. Diputación provincial de Valladolid ¡vaya chollo! Para el uno representa la sopa boba, mientras el otro, que paga con dinero ajeno, quizás tranquiliza su conciencia acerca del mundo rural.

Debo decir, y digo, que el tercer librito se presentó en la sede de la Fundación Miguel Delibes: “que cada palo aguante su vela”.

Dice el “experto” que “el Ministerio de Educación hace todo lo posible” para que él imparta conferencias por colegios e institutos. Pues por mi parte… ¡encantado de haber conocido el ministerio de incultura rural!

A partir de ahí encuentro que concede -el “experto”- entrevistas en radio y televisión: una bonita forma de desinformar sobre la cultura del agro.

En el periódico ABC encontré que el periodista admiraba la palabra cacanalona –que Delibes jamás escribió, ni existe- como el gran descubrimiento del "experto". Además sigue insistiendo en que nosotros, los paletos, en los años 50 de mil novecientos, enjaretábamos a los machos en días de fiesta. Sobre esto quiero y debo decir: el señor “experto” sí quiere enjaretarnos su falta de cultura rural. Nosotros en aquellos años, antes y después, engalanábamos o enjaezábamos a nuestros machos, caballos, bueyes y burros… los de carga y tiro. De los otros que hable el que más sepa.

Otro de los voceros del “experto” es el periódico “El Norte de Castilla” en cuyas páginas de “cultura” encontré que el señor Urdiales ha descubierto tres tipos de arado: el romano, el terciado y el viñero. No conforme con su "descubrimiento" nos dice: el arado romano y el arado viñero son el mismo arado ¡Yuuuupi! Qué pena haber vivido tantos años cogido a la esteva y no haberme dado cuenta de que el arado viñero es de vertedera y el romano es de reja lanceolada, además de ser casi todo de madera (común, romano o de madera lo llamábamos en mi pueblo). ¡Es que la gente de campo somos de brutos...! Bueno, sigo esperando que el “experto” o “El Norte de Castilla” me digan qué tipo de arado es el terciado que ha descubierto el señor Urdiales ¿de vertedera? ¿De reja? ¿De cuchillas? Será interesante que todo un filólogo doctor cum laude en ciencias de la información o el diario de mayor tirada en Castilla y León me informen a mis setenta y tantos años, sobre un arado que sólo existió como intermedio (terciado) entre uno más grande y otro más pequeño. (Siempre dispuesto a aprender, y algo voy aprendiendo).

Últimamente, un  visitante de “La pizarra de Gaude” me envió unas entrevistas en Radio Nacional de España (radio exterior de España) donde el señor “experto” dejaba epatado al entrevistador -¡vaya catedrático en lenguaje rural que sería!- con sus disparatadas reflexiones.

Actualmente en Es radio CYL donde el experto tiene un espacio en el que sigue mostrando su categoría como experto en lenguaje rural... en fin... ¡se acabó! Si, "por sus obras los conoceréis", debo decir que, de todos estos que he subrayado -ruralmente hablando- ninguno habría obtenido, en mi tiempo, el certificado de estudios primarios, que es el título que ostento.

He querido resaltar en negrita, así, a vuela tecla, los apoyos que he encontrado que tiene el “experto” en la narrativa de Miguel Delibes, con el ánimo de mostrar que, si algún verdadero experto hay por estas tierras salga a la palestra -urgentemente- antes de que el lenguaje rural quede de tal forma que no lo reconozca “ni la madre que lo parió”. Porque yo digo una cosa: si con mí ínfimo nivel cultural he sido capaz de destapar tanta patraña ¿qué será el día que un estudioso del tema se interese en el asunto?

Ya veréis lo que, al principio, llegué a pensar: cuando vi que el autor de los diccionarios en la narrativa de Miguel Delibes era estudioso, filólogo doctor cum laude en ciencias de la información y experto en Delibes… pues llegué a creer que cuando terminara de ver los diccionarios yo iba a saber más que mis abuelos. Juaaaaaaajuajuajua… y jua, hoy me da risa sólo de pensarlo. ¡Pobre iluso! digo de mí.

En fin queridos seguidores de “La pizarra de Gaude”. Al decir seguidores digo todos los seguidores que he tenido en todas partes del mundo, principalmente Estados Unidos de América que en cuanto añadía una nueva entrada enseguida llegaban una buena parte de visitas. Gracias a todos, y espero haber sido útil a vuestros deseos de conocer el lenguaje que en otro tiempo usaron mis abuelos y que hoy -aunque amenazado por expertos que lo desconocen- gracias a vosotros y a lo que yo pueda haberos ayudado, conservaremos. No me atrevo a decir que lo usemos, sería maravilloso, pero al menos que conozcamos cómo hablaban y se entendían nuestros ancestros.

Y después de esta travesía por senderos, caminos, cañadas, laderas, vallados, cauces y arroyos de mis campos de Castilla… entre terrones, riscales, espigas, ovejas… en compañía del pastor, el resinero, el agricultor, el segador, la espigadora, la escardadora etc. etc. etc. mi mayor satisfacción sería que alguno con los que no he estado de acuerdo –y que más arriba he citado- en el trato dado al lenguaje rural, saliera a la palestra y, públicamente  -demostrándolo ante vosotros-, dijera: ¡paleto, no tienes razón! se te nota a la legua tu falta de cultura rural. Hasta entonces seguiré pensando lo que ya he dicho una cachapada de veces: sólo se acercan al mundo rural para medrar (acepción 2ª del DLE).

A los hombres y mujeres de Castilla y León: además de agradeceros vuestra fidelidad, me atrevo a deciros: no permitáis que aquel lenguaje -en buena parte desaparecido- que usaron nuestros abuelos nadie lo desvirtúe como si fuera algo que no merece el mayor de los respetos

Ése es mi deseo y desde este pequeño pueblecito de Castilla y León (Camporredondo) os envío un fuerte y entrañable abrazo rural.

Camporredondo, mayo  de 2017

P.D. Y nunca lo olvidéis; si algún día, no teniendo nada mejor que hacer, os dais un garbeo -o una cachapada de garbeos- por “La pizarra de Gaude”, y encontráis algo que, dada mi torpeza, no haya dejado absolutamente claro, no lo dudéis: mientras el cuerpo aguante, estaré al servicio del lenguaje de mis abuelos... y los vuestros. Por favor, preguntad.

A pesar de haber decidido poner fin a este tiempo de “toma y daca” respecto de la obra de Miguel Delibes y el lenguaje rural, que nadie se llame a engaño, si tengo que seguir admitiendo que los alfareros en sus talleres de alfarería siguen fabricando herradones de latón, si tengo que admitir que el tazado es un cascote en el que recoger la resina y por ende lo es el resinero, si tengo que admitir que se secan los pantanos en Campaspero o que los útiles de zahorí -en el mismo pueblo- siguen llamándose chinchatez, si tengo que admitir que un señor que no distingue entre el cuartillo y el cuarto de litro, la media fanega y el celemín, el gario y el bieldo, la parte posterior (trasera) de la iglesia o la ermita y la puerta trasera (puerta carretera)… venga a decirnos que raer es perder resina, que estropeabarrigas es dejar a un chica embarazada, que si uno (véase El Picaza) por tener las piernas arqueadas (piernas de horcate) entre las que pasa un perro por medio y no se entera es porque es despistado, si para que la niebla sea meona condición indispensable es que las finas gotas se congelen… en fin, si tengo que soportar que en nombre del lenguaje rural se sigan cometiendo tantas burradas, esto no lo haré mientras estos deditos sigan alcanzando las teclas del chisme éste al que llaman ordenador. Yo entiendo que cada uno se gana la vida como puede, pero esto es siempre que se respete la memoria y la dignidad del vecino. Aprendí desde muy temprana edad a ganarme los gabrieles con la binadera o la cayada, quiero decir que llevé a rajatabla aquello que nos enseñaron en la catequesis: “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, algo que algunos han trocado por "ganarás el pan con el sudor de "el de enfrente" que, aunque se le parece, no es lo mismo. Tal vez por aquello de que “cada uno arrima el ascua a su sardina” lo entendieron mal y pensaron que “da igual a cuestas que al hombro”… pues no, no da igual.

Y ahora sí: corto y cuelgo.





martes, 11 de abril de 2017

Lechuguino

“Con pan y vino se anda el camino”. Lo que dice el refranero es bastante cierto; pero yo quiero añadirle algo: si al pan y al vino los animas con un chorizo casero, de pueblo –de aquéllos de 20-22 de pimentón, 20-22 de sal… etc. etc.- como los que embutía la señora Pepa (mi madre), bien curado, de los que llamábamos de la tripa del cagalar -gordos y hermosos-, es posible que usted no ande el camino, sino que se quede dormido haciendo la digestión a la sombra del primer pino que encuentre. ¡Joder qué delicia! Es otro de los manjares que el llamado progreso se ha llevado por delante.

Reivindicación:

Pasemos al lechuguino (pan lechuguino): es el tema que trataremos hoy. Lo que a continuación quiero referir, es la explicación que nos da el maestro panadero (5ª generación) de San Miguel del Arroyo, “Ore”. “Ore” es panadero -hoy jubilado, sigue su hijo- desde su más tierna infancia, 5ª generación de panadero rural. Lo digo por si alguien piensa que hablo desde mi experiencia de pastor o agricultor. Lo que he requerido de mi amigo y panadero “Ore”, es lo que, desde que nací, pude aprender.

Panes hechos para la ocasión, al estilo tradicional, por el maestro panadero "Ore"
en San Miguel del Arroyo (Valladolid).
Nada mejor que una foto de los panes – fabricados a mano por mi amigo y maestro panadero “Ore” en su horno de San Miguel del Arroyo para la ocasión-, en la que podemos apreciar, sin otra posible interpretación, que el pan lechuguino no tiene canteros, sino que una cosa es el lechuguino y otra el pan que -corrientemente se hace- de cuatro, o cinco, cortezones (canteros para otros). Los dos, exquisitos; los dos, de pan candeal -cuando lo había-, pero distintos en su forma. No, no hay lechuguino de cuatro canteros. Hay pan lechuguino y pan de cuatro, o cinco, cortezones (canteros para gente urbanita y académica).

Al pan lechuguino podremos adornarle –porque además se lo merece- con flores, pero dejaría de ser el pan lechuguino castellano para pasar a ser pan lechuguino ornado con flores, que es lo que le pasa al lechuguino que nos presentan los que se ve que han aprendido en otra escuela.

Situémonos: provincia de Valladolid, Tierra de Pinares, zona de San Miguel del Arroyo y Camporredondo. En esta parte de Castilla -panera del hoy desaparecido trigo candeal- el  maestro panadero “Ore”, y sus ancestros, fabricaban –entre otras exquisiteces- el famoso pan lechuguino -sin otros adjetivos- y el de cuatro canteros. Además fabricaban –y fabrican- las famosas tortas de chicharrón y las no menos –en otro tiempo- famosas hogazas, que eran las más familiares.

Y vamos con la variedad de trigo usado para la fabricación de estos dos formatos de pan. Hubo un tiempo –que el progreso se encargó de hacer que pasara a la historia- en que el pan se fabricaba con el trigo candeal –también con el Aragón, aunque era de inferior calidad-. Pero aquellos tiempos pasaron. Sin embargo, el pan lechuguino, el de cuatro canteros, y otros, siguieron fabricándose. La calidad del pan pasó a ser inferior, pero los panes no cambiaron de nombre. Quiero decir que el nombre no se lo da el trigo usado en la fabricación, sino el formato usado (o sea, que si el trigo no es candeal, este tipo de pan seguirá llamándose lechuguino)

Todo lo que digo es porque parece –si me atengo a lo escuchado en radio, o publicado en algunos libros- que el pan lechuguino, y los demás exquisitos panes que se producen en Castilla y León, haya desaparecido con el trigo candeal que, qué duda cabe, fue uno de los mejores trigos para panificar. (¿os acordáis de lechazar?… pues eso).

Además quiero hacer mención a lo que Delibes escribió en aquel tiempo. Escribe Delibes: “(…) con pan y vino se anda el camino” reza el refrán, pero es obvio que si el pan es lechuguino, de cuatro canteros, y el vino de Rueda o Vega Sicilia, (yo añadiría hoy: o Dehesa de los Canónigos) es posible que el camino se haga dos veces y hasta sin sentirlo. (…).

Y ahora, pobre de mí, me meto “en camisas de once varas”: parece -digo yo- que si Delibes se hubiera  referido, sólo, al pan lechuguino, hubiera sido suficiente con decir: “…pero es obvio que si el pan es lechuguino…” pero yo creo que Delibes conoce y valora, también, el de cuatro canteros. 

Entonces yo, burro de mí, lo que interpreto –dado que no hay pan lechuguino de cuatro canteros, y creo que Delibes lo sabe-, que él ha querido decir -o tal vez ha dicho-  que el pan puede ser lechuguino, o de cuatro canteros, con tal de que sea pan de trigo candeal y fabricado en Valladolid.

Y si digo lo que digo, es porque he escuchado lo escuchado: “Es radio CYL, programa Es el campo, dialecto agrario”, (miércoles 5 de abril de 2017).

Entre otras cosas, dice el experto: “…el pan lechuguino, que tanta gente conoce, es el pan de cuatro canteros, pan de trigo candeal, más aplastado. Además de los cuatro canteros, lleva ciertos cortes o dibujos, la gente lo recordará, en el centro. Los dibujos varían según los panaderos, pero antiguamente solían tener forma de flor o de cogollo de lechuga, de ahí lo de lechuguino…”. (Afirmar esto último me parece, cuando menos, un poco arriesgado, o caprichoso…).

Dejando para otra ocasión el posible origen del nombre “lechuguino” (a ver si algún lector se anima a participar) pasamos, brevemente, a comentar si el trigo debe de ser candeal o no. Es evidente que, si condición indispensable para tener un pan lechuguino es elaborarlo con trigo candeal, hace rato que el pan lechuguino habría desaparecido. El trigo candeal, trigo por excelencia en la panificadora, desapareció hace ya algunos decenios: era de mucha calidad, pero de muy bajo rendimiento y el progreso se encargó de sustituirlo por otros que nada, o muy poco, tienen que ver con la categoría panificadora del candeal.

Y nada más por el momento. Si queréis otro día seguimos, pero hoy queremos dejar sentado que el pan lechuguino no tiene cortezones (canteros para la cultura académica) y que los cortezones (canteros) –que son cuatro o cinco- quedan para el pan que da nombre eso… al pan de cuatro cortezones, que es parecido, pero no es lo mismo.

Ejemplo de pan lechuguino en Castilla

Pan de cuatro cortezones (canteros)

Pan con cinco canteros (cortezones)





Valgan estas fotos, junto a la opinión de nuestro amigo maestro panadero “Ore”, para dejar constancia de lo que decimos sobre el pan lechuguino y el de cuatro cortezones (canteros). 


Quiero retirarme -y me retiraré-, pero no sé cuando, aquí, en:


Camporredondo a 10 de abril de 2017.

lunes, 3 de abril de 2017

Lechazar

Vamos con una pequeña curiosidad que tengo:

Ya sabéis que hubo un tiempo en que mi profesión -a tiempo completo- fue pastor. Bien. Pues resulta que, pese a haber nacido entre ovejas, jamás pude observar que la oveja pariera otra cosa que no fuese cordero/a lechal (se alimentara, al principio, sólo de leche). Digo esto, porque escuchando un programa de radio (22-3- 2017) dedicado al campo –que sigue siendo lo mío, y me gusta- preguntan a su “experto” por la palabra “lechazar” que Miguel Delibes maneja en el libro “Castilla habla”… y el “experto” nos saca de dudas. Entre otras cosas, dice:

 (…) ninguna oveja para lechazar como la churra. Lechazar es, por tanto, parir corderos lechales, sean de la raza que sean.

¡Toma castaña!

Ahora, ahí va mi pregunta para ver si el “experto” o la emisora, pueden, o quieren, responder: ¿la oveja puede parir cordero/a pascual? ¿Quizá borrego/a? ¿Tal vez ya carnero…? En pocas palabras: ¿la oveja puede parir otra cosa que no sea cordero/a lechal?

Lo que Delibes escribe es lo que Florencio le dice; y yo estoy de acuerdo: (…) Por eso le digo que, por estas tierras, ninguna como la churra para lechazar, (…)

Queda meridianamente claro que todas las ovejas –no faltaría más- paren corderos lechales: todos los corderos tienen la necesidad de, al nacer, mamar; aunque también puede ser alimentado con biberón pero, en cualquier caso, con leche. Mejor, al principio, con los calostros de la madre.

Pero si bien todo esto es cierto, no lo es menos que -eso es lo que dice Florencio a Delibes, y yo estoy de acuerdo-  de entre todas las ovejas -sean de la raza que sean- que traen corderos a la vida (paren), la mejor para lechazar (producir lechazos de calidad) es la churra. O sea que el mejor lechazo para el asado castellano es el que pare la oveja churra.

Lechazar: Producir corderos para ser destinados al consumo como lechazos, es decir: alimentados sólo con leche, en este caso para el asado castellano. También para chuletillas; pero el señor Florencio está hablando -y así lo recoge Delibes- del asado castellano. Y para eso, qué duda cabe, el más fino, el mejor, es el parido por la oveja churra. (La mejor oveja para lechazar es la churra).

Bueno y… nada más. Espero que los “expertos” arrojen un rayito de luz sobre mi oscura ignorancia.

Permitidme que, sobre el tema, os recomiende el libro -de Luciano López Gutiérrez- “En torno a las palabras de Delibes” y en su página 142-143 encontraréis lo que es saber sobre lo que se habla. En este caso sobre la palabra lechazar.

Y ahora permitidme una licencia, dice el refranero: “para gustos los colores” y yo añado: “para los paladares los sabores”. ¿Por qué lo digo? Pues porque estoy de acuerdo con lo que el señor Florencio dice acerca de que el cordero de madre que ha pastado por el Valle Esgueva puede ser más fino, pero, en contraposición, yo me quedo con el cordero segoviano que, por haber comido la madre otro tipo de hierba -más consistente y aromática-, transmite al hijo y, qué duda cabe, a su carne, un sabor distinto. Así que: ¿el lechazo del Valle Esgueva es más fino? Sí. ¿El segoviano, distinto, otro sabor? También. “Para gustos los colores y “para los paladares, los sabores”.

Y así terminamos en:

Camporredondo, 30 de marzo de 2017.