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martes, 20 de junio de 2017

Mediatín

¿Mediatín, mediantín, o mediantino?


Mediatín
CH p. 68
(...) aunque las labranzas son pequeñas, todavía se emplean algunos mediatines, que llamamos.
Mediatín: Tierra que se trabaja entre dos labradores, repartiendo los esfuerzos y los beneficios. (Investigación de campo)

En estos términos encontramos las dos primeras clases impartidas por el profesor de lenguaje rural.
La tercera clase se amplió un poco. Quedó como sigue:

mediatín
(…) aunque las labranzas son pequeñas,  todavía se emplean algunos mediatines, que llamamos.
Mediatín: también llamado “mediantín”. Tierra que se trabaja entre dos labradores, repartiendo los esfuerzos y los beneficios. Se dan dos posibilidades: 1. que uno ponga la tierra y otro el esfuerzo; 2. Que los dos labradores junten sus pequeñas tierras. (Investigación de campo)

Son –aproximadamente- las siete horas y treinta minutos de la tarde del día 7 de junio de 2017, cuando en el dial de la radio se escucha la voz del profesor. Oigamos, y escuchemos, lo que nos dice:

Buenas tardes. Me preguntáis hoy por los mediatines: bueno, mediatínes, o mediantines, con una ene, de más, que también lo he oído así en otras partes de Castilla y León. Delibes nombra la palabra mediatín en el capítulo XI de Castilla habla, y el escritor, en este capítulo, está en Campaspero, provincia de Valladolid, y charla con dos octogenarios que le cuentan entonces -hablamos de los años 80- que, aunque las labranzas eran pequeñas, todavía se empleaban algunos mediatines. Se referían, esta gente -este par de ancianos- a la tierra que se trabaja entre dos labradores, repartiendo esfuerzos y beneficios. Esto de mediatín tenía dos posibilidades: en la primera uno ponía la tierra, y otro el esfuerzo y, en la segunda posibilidad, los dos labradores juntaban sus pequeñas tierras. Hombre, los usos y costumbres de nuestros labradores han ido cambiando con los tiempos, pero bueno, al menos nos quedan las palabras que ellos nombraban.

Ahora pasamos a lo que Delibes dice que escuchó de los dos octogenarios campasperanos según el libro “Castilla habla” Pág. 68. Ahí va:

(…) Todo lo que hay en este pueblo es propiedad, sí señor, y, aunque las labranzas son pequeñas, todavía se emplean algunos mediatines, que llamamos. (…)

Si el señor profesor hubiera seguido leyendo –y comprendiendo- "Castilla habla", se habría dado cuenta de que por los años ochenta, en Campaspero, empezaba a pintar bastos: el agua empezaba a escasear y sabido es que, en agricultura, si el agua blega, la productividad se reduce de manera considerable.

Entonces, no es de extrañar que los octogenarios Jesús García Acebes y Jesús García García le digan al escritor que todavía se emplean (trabajan la tierra) algunos mediantinos -que es lo correcto-. Es lo mismo que decir que aún trabajan algunos labradores medianos (medianillos diríamos en mi pueblo).

Ved cómo lo recoge nuestro colega y amigo Oroncio Javier García Campo, en “CAMPASPERO: LÉXICO Y FORMA DE HABLAR DE SUS GENTES”. Si buscamos la palabra, veremos que lo correcto es:

El de la foto fue un labrador mediano (Mediantino
 en Campaspero).

Mediantino: labrador que no era ni rico ni pobre. Tenía una pareja de machos y unas tierras, con lo que vivía modestamente.

Abundando un poco más en la posibilidad de consulta diré –para los posibles interesados- que CAMPASPERO: LÉXICO Y FORMA DE HABLAR DE SUS GENTES” se puede consultar en la Fundación Joaquín Díaz en Urueña (Valladolid).

Hechas estas puntualizaciones entramos en lo que el profesor entiende y el sentido que le da a la palabra mediatín/mediantín. Señor profesor: aquello que usted entiende como “uno pone la tierra y otro el esfuerzo” no se llama mediatín, ni mediantín, aquello se llama medianero o, también, aparcero (agricultores medianeros o aparceros): uno pone la tierra, o sea una mitad, y el otro pone el esfuerzo –otra mitad-, con lo que se cerraría el circuito; trabajan la labranza a medias: son medianeros o, repito: aparceros.

En la segunda parte que el señor profesor también entiende como mediatín o mediantín, sencillamente es trabajar las tierras en conjunto (forman una pequeña sociedad). Caso que por mi tierra desconozco. Otra cosa es que dos labradores se unan para formar un yunta para poder labrar (cada uno su tierra), en cuyo caso uno pone una mitad de la pareja y el otro la otra mitad. Esto se llama de otra manera: acoyuntar.

O sea, según los campasperanos, Oroncio Javier García y este humilde anciano ex agricultor…

Mediantín/mediantino: labrador de clase media. Labrador que tenía una labranza media (tamaño medio) que le permitía ganarse los gabrieles.

Par más información: “La pizarra de Gaude”. Pero si quieres información de primera mano ponte en contacto con Oroncio Javier García Campo, en Campaspero (Valladolid). Oroncio Javier es –sin trampa ni cartón- verdadero experto en lenguaje rural.

Si lo dicho ha servido para que el señor profesor prepare su próxima clase, seguro que será mucho más interesante para sus posibles alumnos.

Hasta aquí puedo llegar en:


Camporredondo, 8 de junio de 2017.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Grada

¿Qué se dice que es la veteranía? Pues como vosotros, "que sois más listos que los conejos", ya lo sabéis, no lo vamos a repetir. Sería tan absurdo como preguntarle al agricultor lo que es la grada.

El pasado día 30 de noviembre acudí al dial de la radio en busca del Dialecto agrario, y encontré una palabra muy normal y corriente en el mundo agrario: grada.

La emisora contactó con su “experto” y éste nos aclaró lo que es la grada agraria.

Nada que objetar, en parte, nada que decir a la explicación que el “experto” en la narrativa de Miguel Delibes nos regaló; al fin y al cabo es lo mismo que el escritor escribió en “Las perdices del domingo” página 161.

Una cosa sí que me llamó la atención: el presentador del programa preguntó a un agricultor si conocía la palabra grada -confieso que jamás se me habría ocurrido preguntar al locutor de radio si conoce la palabra micrófono-. Naturalmente –no faltaría más- la contestación era de Perogrullo.

Pero claro, uno, que abrió los ojos –entre terrones, gradas y ovejas- por primera vez hace ya algunos decenios, enseguida se dio cuenta de la juventud que traslucía entre los que trataban –correctamente- el tema desde su óptica de 2016, y pensé: ¡coño! ¿ya nadie se acuerda de mi rastra, rastra-grada de madera de tres palos y grada de hierro de dos o más cuerpos?

Delibes nos habla de la grada acoplada al tractor y sus expertos siguen por esa línea, pero yo digo: ¿nadie se acuerda de la grada acoplada al par de animales de tiro a través del balancín, del timón, o del estrinque, del barzón, la mediana, el yugo y la collera? Pues para eso estoy aquí con mi carga de ruralismo sobre mi jaula (chepa, espalda).


Para no dejarme nada en el tintero vamos a comenzar por la más humilde de la familia: la rastra de tablón. El que nuestro amigo José Criado (Pepe) nos encomendara su custodia, nos evita su descripción: es lo que se ve (la falta un diente en este extremo). Pero como ya parece que nadie -o pocos- se acuerdan de para qué servía, decimos: cuando no había otra, con ella se arrastraba o gradeaba -como usted quiera- (el DLE dice gradaba) la tierra después de arada a vertedera. Si se había arado con buen tempero, al final de la jornada se arrastraba lo arado y lo que, al orearse, hubieran sido terrones, por estar tiernos (húmedos) quedaban desmenuzados y la tierra perfectamente allanada. Buena labor hacía nuestra humilde rastra.

Otra labor -imprescindible labor- que hacía la rastra de tablón, era en la siembra a surco. En este tipo de siembra –generalmente con el arado romano- el cerro, panera o lomo quedaba rematado por un vértice demasiado agudo por lo que el desarrollo de la planta en su cima hubiera sido complicado: la raíz quedaba demasiado somera, casi descubierta, y la humedad enseguida se alejaba. ¿Qué hacer para evitarlo? Pues pasar nuestra humilde rastra y con ello el lomo quedaba truncado (achatado, rebajado), mejor para el desarrollo de la planta. Éstos son los dos usos más importantes de nuestra pequeña grada (tenía más).

Seguimos. A continuación –parece que progresamos- llegó esta otra rastra (algunos ya lo llamábamos grada) que a la hora de gradear (el Diccionario de la Lengua Española lo llama gradar) el terreno recién arado a vertedera, era mucho más efectiva: desmenuzaba y allanaba más y mejor la tierra (hacía más labor decíamos).

Este modelo de rastra es tomado de internet (http://www.laislatortuga.com) Se diferencia de la que yo usé en que aquélla era de tres brazos, con más dientes, pero su labor era la misma.

Dimos un salto más en la forma de labrar la tierra y llegó la rastra de hierro. A ésta se la llamó, definitivamente, grada (gradas porque se componía, generalmente, de más de un cuerpo). Ésta no sólo sustituyó –en parte- a las otras anteriores, sino que con ella se podía sembrar a voleo sin cachar el surco (otros dicen cachear). Con este sistema se ponía el surco (se alomaba la tierra) lo mismo que en la siembra a cerro. ¿Dónde estaba la diferencia? Pues en que en la siembra a cerro se esparcía el abono y la semilla a voleo, después se cachaba el cerro, la semilla caía en el surco, se pasaba la rastra y quedaba concluida la siembra. Pero en este último sistema no. Se alomaba el terreno (ponía surco), se esparcía el abono y la semilla a voleo, se pasaba las gradas, la semilla y el abono caían igual, en el surco, y la gradas borraban –allanaban éste- quedando la tierra completamente plana (sin surco), pero sembrada. La rastra que había en casa era exacta (tres cuerpos) a esta encontrada en (www.kayword-suggestions.com).

Hasta aquí llegamos con nuestras "entrañables" gradas, todas movidas por tracción animal. A partir de aquí, un gran número de gradas arrastradas por elementos mecánicos abastecen las necesidades del mundo agrario actual. Sobre ellas, a continuación os ofrecemos un pequeño ejemplo.

Un paso más y llegó la grada de la que habla Delibes en “Las perdices del domingo” y recogen sus jóvenes “expertos”. Cierto es que la de la fotografía está más avanzada –por el tiempo transcurrido-. Sería absurdo por mi parte que os explicara el funcionamiento de este último apero de labranza, cuando podéis descubrirlo con que pongáis los pantalones encima del sillín de la bicicleta, pedaleéis un poco, y salgáis del pueblo para que os empapéis de lo que es, y para qué sirve (hoy) la grada. Digo salgáis del pueblo, porque se supone que sois de ciudad y habéis ido a disfrutar de un hermoso día en la naturaleza. A los que tenéis la suerte de ser y vivir en el pueblo no tengo nada que deciros: sabéis más que yo.

Parece que nada tenga que ver la primitiva grada con la actual, pero su misión siempre fue la misma: remover la superficie e igualar la tierra. Discrepo un poco con lo que dicen Diccionario de la Lengua Española y expertos que lo copian: “con la grada se igualaba la tierra antes de sembrar” y yo digo que también se igualaba al sembrar (ver lo que decimos de la siembra sin cachar el surco)

Como mi sobrino Carlos nos ha enviado varias fotografías, os ofrezco dos vistas más en las que podéis apreciar más detalles.

El tío comenzó con la rastra, precursora de la grada –la humilde rastra de tablón- y el sobrino, por lo que podemos apreciar, ha avanzado un poquito en esto de la cultura del agro.

Pobres bípedos tras de las gradas y pobres cuadrúpedos -desde el asno hasta el buey- que tenían que tirar y arrastrar las gradas… eran otros tiempos.

Ya sólo me resta decir que ésta es la grada de discos; las otras, las humildes, de madera o de hierro, son las gradas de dientes.


Si os ha sabido a poco no tenéis más que decirlo, os espero en…

Camporredondo, 5 de diciembre de 2016.





martes, 28 de junio de 2016

¿El más experto?: el DRAE.



Reflexión previa a la entrada de hoy.

No, no debo meterme por terreno resbaladizo porque, seguro, patinaré. Eso ya lo sé. Pero si no me meto en algún berenjenal de éstos nunca sabríais, por vía directa, que nada hay más atrevido que la ignorancia. Y como quiero colaborar a vuestra amplia cultura pues… allá voy, cuesta abajo y sin galga en el carro.

Soy aficionadillo a la obra de Delibes, eso lo sabéis: yo os lo he dicho reiteradamente. Pero lo que no os he dicho nunca es que también me gusta leer comentarios, críticas, opiniones de todo tipo, referidas a D. Miguel y su obra. Y como casi todas son favorables, bien documentadas y razonadas, pues no puedo decir más que, con casi todas, estoy de acuerdo. (Ya sé que algunos me aplicarán la fábula de Tomás de Iriarte; “El oso, la mona y el cerdo”, pero es lo que hay).

Acabo de decir que con casi todos los comentarios sobre la obra de Delibes estoy de acuerdo, pero dentro de ese “cuasi” se encuentra mi total desacuerdo con la forma de entender y comentar la obra del escritor por parte del “experto” que, creo, comenzó intitulándose experto antes de leer la narrativa de D. Miguel para, a medida que transcurría el tiempo, ir aprendiendo por dónde van los –nunca mejor dicho- tiros del escritor.

Pregunto: ¿con solo buscar, en el DRAE, las palabras que el escritor maneja y contarnos lo que, según el diccionario de la Real Academia significan, ya se es experto en Delibes? ¿Tan fácil es? Entonces ¿cómo calificaríamos a los comentaristas a los que más arriba me he referido? El título de hoy en mi entrada en “La pizarra de Gaude” no es tomado al azar: es título pensado y meditado para el caso que nos ocupa. Quiero invitaros a repasar el glosario de Cátedra Miguel Delibes para que veáis y podáis opinar.

Y después de este pequeño comentario, seguimos:

“Cuando el viejo se lo propuso a la muchacha, la Desi palideció, pensando en la Adriana, la resinera, y en Moisés, el que se abrasó la cara en el horno de achicoria, le dijo que se iba con él y que qué le había sucedido al señorito Isaías”. (…)

Has leído bien, sí. Delibes, en "Obra completa 1ª edición página 394 La hoja roja”, nos habla de la achicoria cultivada y del horno en que se tostaba. Entonces, si a nosotros lo que nos interesa… si queremos ser expertos en la narrativa de Delibes… ¿quiere alguien decirme qué pinta aquí lo que sigue?

Achicoria
LHR p. 177, passim
(...) el que se abrasó la cara en el horno de
achicoria, y le dijo que se iba con él y que qué le había sucedido al señorito Isaías.
achicoria.
(De chicoria).
1. f. Planta de la familia de las Compuestas, de hojas recortadas, ásperas y comestibles, así crudas como cocidas. La infusión de la amarga o silvestre se usa como remedio tónico aperitivo.

Pues esto lo encontramos en el glosario de la Cátedra Miguel Delibes (¡vaya tela!) cuyo autor es el mismo de lo que sigue:

(...) en el horno de achicoria (La hoja roja). Achicoria: planta de hojas recortadas y comestibles. Cuando no había café se bebía achicoria.

Y los dos razonamientos son fruto de lo que indico a continuación.

Dice el DRAE:

achicoria.
(De chicoria).
1. f. Planta de la familia de las Compuestas, de hojas recortadas, ásperas y comestibles, así crudas como cocidas. La infusión de la amarga o silvestre se usa como remedio tónico aperitivo.
2.  f. Bebida que se hace por la infusión de la raíz tostada de esta planta y se utiliza como sucedáneo del café.

Que es lo que nos dice el DRAE. Y… ¿qué decía yo al principio? Pues eso: el más experto, el DRAE. ¿Que no te crees lo que digo? Pues vete a la Cátedra Miguel Delibes y echas una ojeada al "espléndido" glosario con que nos obsequia; es digno de un premio Nobel que, de no existir, tendrían que crear como premio a la mejor investigación en lenguaje rural castellano: ¡joder, qué pena!

Nuestro/su deseo es ser experto en la narrativa de Delibes, o eso cabe deducir. Pero el esfuerzo requerido es tremendo. Si queremos saber tanto como sabía el escritor sobre el mundo rural, después de haber pasado muchas horas, muchos días y muchos años, pegando la hebra (pegando y fumando un cigarrillo de hebra mientras charlaba) con la gente de campo... mira que lo digo veces: si quieres comprender el lenguaje rural, el que manejaba Delibes, y no has nacido y crecido en el pueblo, o pateas muchos terrones y charlas con sus destripadores, o no te molestes: siempre serás un analfabeto profundo, por más que tengas todos los títulos académicos habidos y por haber. Y cuanto más hables, más meterás la pata.

Pero ¿qué ocurre si tienes prisa para que se te escuche o se te vea en seguida por televisión? Pues eso, recurres al más experto que conoces: el DRAE. Pero te vuelvo a decir, el Diccionario lo hacen personas que, como tú, jamás han pisado un cavón y en cuanto pisan el terrón, como tú, en seguida tropiezan y se caen. Pero en la academia son, casi, infalibles.

Total que yo, como hombre rural que soy, y me siento, te agradecería que el lenguaje rural vaya por un lado y la academia por otro, no trates de academizar mi lenguaje porque sería un asesinato -de mis viejas y entrañables palabras- con premeditación y alevosía.

Y como final te digo: si quieres saber algo sobre el horno donde se tostaban las achicorias -el equivalente a aquél en el que se quemó la cara Moisés- te aconsejo (¿quién soy yo para aconsejar?) que te des una vuelta por “La pizarra de Gaude”, allí encontrarás (gratis) lo que buscas. Y si a pesar de todo no quedas satisfecho, te lo ruego: pregunta, podemos explicar desde el momento de preparar la tierra para su siembra, hasta que se empaqueta la achicoria para su venta como sucedáneo del café, después de pasar por el horno, claro. Y si otro día quieres que hablemos de la achicoria silvestre pues también podemos hacerlo. De momento te anticipo que las ovejas y los conejos domésticos las comían, y comen si se las dan, con todas ganas del mundo.

Permitidme, aunque sea de pasada: yo digo que la mejor ensalada del mundo es la de ajunjeras (que otros también llaman achicoria). Otros de mi pueblo, mayorcitos como yo (entre ellos Marciano, mi cuñado) sostienen que la mejor es la de los tallos de achicoria cuando se ha enterrado la raíz y se cogen blanquitos antes de salir a la superficie (cuestión de gustos). ¡Ah! y las hojas de la achicoria -sucedáneo del café- nunca las vi comer, ni crudas, ni cocidas (son muy amargas). Las ovejas y los conejos sí, con tantas ganas como las silvestres.

Rematamos la faena con una pequeña anécdota: Allá por los años cincuenta del siglo XX, un joven de mi pueblo, metido en juerga, gritaba a pleno pulmón, para que todo el mundo se enterara de la importancia que tenía esta planta para la economía rural: “¡VIVA LA ACHICORIA!” Y yo, eco retardado de su grito, repito: ¡VIVA!
Camporredondo 6 de abril de 2015

martes, 10 de mayo de 2016

Tartalear/tortolear.

Ante las palabras que comentaremos hoy –tortolear/tartalear- me veo, otra vez más, en la obligación de repetir que escribo desde un pueblecito de la provincia de Valladolid llamado Camporredondo.

Tengo que recordarlo porque en este, mi pueblo, el sentido que se les da a estas dos palabras es distinto al recogido en la obra de Delibes, en los “diccionarios” en su narrativa y en Cátedra Miguel Delibes.

Por seguir un orden alfabético, comencemos por “tartalear”. Cuando de algo –ya sea persona o animal- se dice que tartalea, queremos decir que camina con paso irregular, inseguro, haciendo eses o vacilando en la dirección que desea seguir. También se usa la palabra bambolear, trastabillar… etc. con el mismo significado.

Respecto de la segunda palabra (tortolear) le damos un significado completamente distinto. Como suelo hacer a menudo, dada mi dificultad para expresar lo que quiero decir, voy a usar un ejemplo:

Cuando dos jovencitos -o no tan jovencitos- se enamoran, y este amor no pasa desapercibido para los demás ¿qué decimos? pues ni más ni menos que parecen dos tórtolos (por mejor decir… tórtola y tórtolo). Y ¿qué  hacen los tórtolos? Pues eso: tortolear, imitar el arrullo de la tórtola (paloma pequeña, o tortolilla, como decimos por estos mundos de Dios): se arrullan.

De manera que -como vemos por mis torpes ejemplos- ni la burra de “Las guerras de nuestros antepasados" –en ese momento- tortoleaba (¡qué más hubiera querido la burra!), ni tampoco que Victor y Rafa en "El disputado voto del señor Cayo" (eran otros tiempos) creo que tortolearan. Tampoco el patrón (Don Tadeo) en "Diario de un jubilado" creo que estuviera en condiciones de tortolear. Repito, todo esto visto desde el entorno de este aporreador de teclas.

Tortolearse
LGNA p. 117
(...) toda se
 tortoleaba, que como suele decirse, el animal no podía con una libra de humo.
Tortolearse:
 Darse aires. No andar derecho sino haciendo pequeñas eses. Este verbo también se emplea al hablar de los surcos pues si éste no sale derecho se dice que está tortoleado o, también, enyugado (con formas de yugo). (Investigación de campo)
DVSC p. 172
-divisó a Víctor y Rafa
 tortoleándose-
D1J p. 53, passim
Cuando camina distraído el patrón se
 tortolea menos y va más agudo.

Lo que acabamos de leer lo encontré en el diccionario, y diccionario bis, en la Narrativa de Miguel Delibes y en Cátedra Miguel Delibes.

El colmo es que nos digan que el surco torcido está enamorado (tortoleado). Aún nos queda otro segundo colmo: el surco enyugado (con formas de yugo). Ante esta apreciación, cabe la posibilidad de que el que manejaba la esteva del arado estuviera “enjarrillado”, o el que vio los surcos con forma de yugo estaba apirolado, enjarrillado, piripi… se había puesto ciego de zumo de uva a partir de San Andrés... estaba borracho, vamos. También es posible que, una vez más, nos fallara la… (Investigación de campo). ¡Hay que joderse lo difícil que tiene que ser hacer un surco con forma de yugo! jamás me lo propuse, y, de habérmelo propuesto, no creo que lo hubiera conseguido.

Y aquí seguimos, contando batallitas desde...


Camporredondo, 12 de noviembre de 2015.

martes, 19 de abril de 2016

Avena 2

Habíamos quedado en que yo  –por aquello de aprender- repasaría  las palabras mejoradas que encontrara en el Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes editado por ediciones Cinca, del mismo autor que el editado por Fundación Instituto castellano y leonés de la lengua.

Comparando los dos diccionarios (mismo diccionario) encuentro una palabra que ya critiqué en anterior ocasión. Pero como ahora ha sido mejorada, entiendo que yo también debo mejorar lo que dije. La palabra es:

Avena: Aunque el significado del DRAE es el correcto, aquí Miguel Delibes quiere referirse a un campo de avena cuando escribe una avena, igual que los labradores se refieren a una tierra sembrada de alfalfa cuando dicen una alfalfa. (Investigación de campo). 

En negrita la mejora.

Una avena: lenguaje agrícola. Tras una avena se
escondían las perdices.
 Avena en grano

El señor Urdiales insiste en que es el DRAE el que nos da el significado correcto; y yo insisto en que en la narrativa de Delibes lo correcto es lo que dice el escritor rural: una avena, referido a un campo sembrado de avena. O sea: el significado académico y, por tanto,  académicamente correcto, es lo que dice el DRAE, y lo correcto en la narrativa de Delibes es lo que éste escribe, que es el lenguaje entre los labradores. Y sí, cuando éstos dicen una alfalfa, una cebada, un trigo, un centeno… es que éste es su lenguaje; sobre él versa la obra de Delibes. Por tanto, avena, palabra académica, por un lado, y una avena (campo sembrado de avena) por otro. Ambas son correctas, cada cual en su momento. Cuando habla el agricultor Delibes, cualquiera entiende que se refiere a un campo sembrado de avena, y cuando habla el académico Urdiales, lo correcto es lo que dice el DRAE. De momento estamos en el campo.

Supongo que el Delibes-académico de la Real Academia Española algo sabía sobre el significado académico de la palabra avena.

Insisto una vez más: el lenguaje rural NO tiene diccionario, y si no queremos admitirlo tal como es, nada más elegante que ignorarlo: ¡jamás academizarlo!

Otra vez vuelvo: las perdices de “Diario de un cazador” se ocultan tras una avena (ver Diario de un cazador, destinolibro, página 46 10ª edición, marzo de 1991). Porque si decimos bajo una avena podría prestarse a confusión y creer que una avena es un árbol o arbusto llamado avena. ¡Qué pesado soy! Aun así podría decir algo más, pero creo que debo tensar las bridas, no vaya a ser que el caballo -cabreo- se desboque.

Discrepancias:

1.- Yo digo: lo correcto, en lenguaje rural, es lo  que dice Delibes. El "experto" en la narrativa de Miguel Delibes se decanta por lo que, en leguaje académico, dice el DRAE (parece que hablamos lenguajes distintos).

2.- El cazador que escribe dice que las perdices se le ocultaron tras una avena, (Diario de un cazador, Destinolibro pág. 46) y yo así lo entiendo, y el "experto" en la narrativa de Miguel Delibes insiste en que las perdices se ocultaron bajo una avena. ¿Sabremos lo que es una avena?

¿Usted qué opina?

Camporredondo 18 de mayo de 2015


P.D.

Por la fecha que figura en "Diario de un cazador"  (6 de octubre) y dado que por esas fechas las avenas hace rato que reposan en las paneras, puedo pensar, y pienso, que Delibes se refiere a la avena silvestre (avena loca) que, indudablemente, seguía sin segar.  En cualquiera de los dos supuestos en nada cambia lo dicho en este escrito. (Entre el cazador y las perdices se interponía una avena, loca o cuerda, pero avena).










sábado, 13 de febrero de 2016

Collarón o collera.

La collera vista desde el Paseo de la Castellana

Jorge Urdiales Yuste
La Castilla rural de Delibes en imágenes actuales: collarón.



Así, con imágenes (mejor si son actuales), nos aclaramos mucho mejor. Si es que no hay como intitularnos “expertos” para conseguir que la diputación nos prepare charlas para impartir por esos pueblos de Dios. El “experto” las monta y ejecuta; la diputación, como usa dinero que no sale del pecunio de su presidente, paga -o eso creo- con dinero de todos, y “todos” felices y contentos.

El día 18 de enero de 2016 Jorge Urdiales Yuste sorprendió (a mí ya no me sorprende) a sus estupefactos escuchantes con esta bonita fotografía actual. Tiene que ser muy actual, porque en el tiempo en que Delibes hablaba de la Castilla rural lo que enseñó, el escritor, es que eso era la collera sobre la que descansa el yugo que, se supone, unce a la yunta que ahora ya no me atrevo a decir si se dirige a arar, trillar o sabe Dios hacia dónde las conduce el mozo, si es tan experto como el conferenciante. Posiblemente, al ser tan actuales, estén preparados para dar un paseo por la Gran Vía madrileña ¡vaya usted a saber!

De todas maneras, quizá me estoy pasando de listo y el “experto” se esté refiriendo al enorme collar que posiblemente lleve colgado del cuello el… ¿cómo se llamará, en la imagen actual, el gañán?

Bueno, yo, por si acaso el que lee esto recuerda cómo era, cómo se llamaba, y para qué servían los arreos que muestran la fotografía, quiero tranquilizarle y decirle que no se alarme, que el mundo no ha cambiado tanto, que la collera sigue llamándose collera, el yugo; yugo, y que los machos parecen preparados para arar, trillar o cualquiera de las tareas que realizábamos. Lo que pasa es que el “experto” no entiende a Delibes, e ignora lo que es el mundo rural. Pero que, de cualquier manera, le está viniendo muy bien para darse a conocer aunque sea a costa de trastocar la historia y “analfabetizar” –ruralmente hablando- a futuras generaciones. Por lo demás, ya lo hemos dicho en varias ocasiones: tanto a él, como al que le paga –y los que le apoyan- “les da igual a cuestas que al hombro”.

Afortunadamente esto ocurre en el tiempo en que aún quedamos algún que otro arrastralbarcas que nos tocó uncir a los animales… machos, caballos, burros (de los de cuatro patas)… etc. y también hemos llegado a tiempo de aporrear el teclado para que quede constancia de lo que tuvimos que hacer y los útiles de los que nos tuvimos que valer para ganarnos los garbanzos. Porque si esta cultura -ya desaparecida- hubiera dependido de expertos como el que nos ocupa y presidentes que pagan sin controlar (sin saber qué es lo que pagan) apañada habría quedado la historia rural.

Por si acaso sirve de algo -quizás para que se cuelguen alguna medalla que “de menos hizo Dios” se dice en mi pueblo-, repito: los apoyos que tienen estos libritos que han salido al mercado, y todo lo que rodea a ese mundillo, es fruto del más absolutamente analfabetismo ruralmente hablando. Porque en todo lo demás el analfabeto es éste que aporrea un chisme que escribe sobre una pantalla y hasta me corrige las faltas de ortografía. ¡Lo que hemos llegado a conocer! No, no lo decía por el ordenador, que dicen que así se llama el artefacto, lo digo porque si le dicen a mi abuelo que tendrían que venir de la gran ciudad para enseñarnos lo que es la collera y el collerón, nos habría corrido a gorrazos.

Y ya que hablo de abuelos, y por si acaso existe el cielo –que si existe está lleno de gente del agro,- como dicen que desde allí todo lo ven, dejadme que envíe un ruego a todos los que fueron delante y que quizá no se hayan dado cuenta de cómo está todo esto de cambiado. Ahí va:

Hola colegas,

¿Cómo estáis? Por aquí abajo las cosas están cambiando a marchas forzadas. Está cambiando todo a tal velocidad que aquello que vosotros conocíais hoy no lo conoce ni la madre que lo parió. Con deciros que vienen por los pueblos enseñándonos cómo eran y para qué servían los arados, las colleras, los bieldos… dicen que el arado viñero y el romano son el mismo arado, que con el gario separaban el grano de la paja, que la media fanega es el celemín… bueno, una muestra de lo que os digo es esta foto de hoy que, como podéis ver, nos dicen que la collera se llama collarón. No, no, collerón no, dice que se llama collarón como aquello que vosotros llamabais a los collares grandes... pues así.

Pero para no aburriros con mis cosas os invito a que os deis un garbeo por esto que llaman internet y allí encontraréis “La pizarra de Gaude”. En ella veréis una pequeña parte de los cambios que se han producido en el lenguaje que me enseñasteis y que yo trato de conservar pero que nada, no es posible. 

Veréis por qué digo que es imposible: a nosotros, cuando digo a nosotros quiero decir a vosotros y a mí, nos llaman paletos y dicen que como carecemos de cultura damos variaciones fonéticas a las palabras. Así dicen que nosotros (vosotros y yo) decimos marrotar en vez de malrotar, que cuando decimos que algo lo tenemos fuertemente agarrado deberíamos decir que lo tenemos machihembrado en vez de amachambrado como decimos vosotros y yo… bueno que lo que quieren decirnos es que el lenguaje rural es aquel lenguaje que se imparte en unos sitios que para vosotros y para mí no existieron: las universidades.

Así que nada, si tenéis una universidad por ahí a mano creo que os lo pasaríais de tres pares de cojones dándoos una vuelta para que veáis las burradas que desde ellas dicen los eruditos que hay. Lo cojonudo de lo que os digo es que por aquí les creen a pies juntillas y, encima, hasta cobran sus buenas pesetillas (hoy se llaman euros) por ello.

De vosotros y de mí, como no sabemos leer y escribir dicen que somos analfabetos. Ellos, que no saben lo que es un arado terciado y no distinguen el pino albar del negral y hasta llegan a decir que cuando tienen las arcas vacías (sin un céntimo) dicen que las tienen ahítas, pues tienen títulos tan extraordinarios como “doctor cum laude en ciencias de la información”… bueno un sinfín de títulos para ocultar que son mucho más analfabetos que nosotros porque nosotros lo sabemos y nos quedamos tan panchos, pero estos doctores creen que saben todo y –como vosotros decíais- no hay analfabeto más profundo que aquél que todo lo sabe, y éstos que os digo no distinguen una remolacha de una achicoria, ni el collerón de la retranca.

Bueno chicos, sabré el día que habéis visto “La pizarra de Gaude” porque oiré vuestras carcajadas desde aquí; entre binaderas, bieldos, garios, colleras, collerones, picos, arados… porque todo eso, como ya no se usa, lo tengo recogido para que no se pierda.

Y aquí sigo en este pueblo llamado:
Camporredondo, 9 de febrero de 2016




lunes, 1 de febrero de 2016

Lo prometido es deuda...

…y no me gusta estar entrampado. Para muchos de vosotros seguramente la imagen permanece en vuestra retina, o en vuestra chinostra. Pero para aquél que por su juventud no lo sepa, los tratos en el ámbito rural, se sellaban con un apretón de manos. La palabra era la mejor garantía para sellarlos. Entonces dejadme que yo me comporte como uno de aquellos hombres con traje de pana, faja negra protegiendo sus riñones y boina calada hasta las cejas. Hace unos días adquirí un compromiso con vosotros: hablaríamos de los útiles de la era siguiendo un orden de aparición en la faena, y a eso vamos.

Como creo que debemos de comenzar por el principio: comencemos por el horcón. Bien. ¿Por qué el horcón? Pues porque con él se cargaban los haces al carro y, a veces, con él se hacinaban y deshacinaban los haces en la era. De manera que justificada está la inclusión del horcón entre los útiles de la era.

El horcón, éste de tres dientes
Con el horcón, en el rastrojo, se allegaban los haces al carro. Era como una horca de metal (lo veis en la foto). Los había de dos o tres dientes, y todos tenían el mango más largo que la horca.

Como no quiero dejar -si soy capaz- ni un solo resquicio diré: vendrán otros detrás de mí y dirán: ¡pero también se cargaban los carros con la horca! Esto es cierto. Pero yo quiero añadir… y con la mano, y también se acarreaba los haces en cargas (sobre el lomo de los animales) y añada usted todo lo que quiera pero, lo cierto es que el horcón era el instrumento que fue inventado para cargar los carros de mies (también de hornija) para transportarla hasta la era (o al horno en el caso de la hornija). Después use usted un azadón, si quiere, para ayudar a cargar, pero el apero para esta labor fue el HORCÓN.

Horcón.- útil de dos o tres dientes de acero y astil largo con el que se alcanzaban, en el acarreo, los haces al carro. Aquí otro añadiría… ¡y punto! ¿Vale?

Horcas: de dos y cinco dientes
Horca de dos dientes.- Ya tenemos los haces en la era, los distribuimos por la superficie del círculo de la parva y quitamos los atillos: desatamos los haces. ¡Ya está! Bueno, pues, a continuación tenemos que esponjar lo mejor posible el bálago para que penetre el sol, lo caliente y runda (cunda) la trilla.

Ahora, el que jamás ha pisado una era, ni nadie le ha dicho cómo se hacía -siempre que algún “experto” no le haya tomado el pelo- preguntará: ¿con qué apero se hacía esa labor? Pues mire usted: esa labor se hacía con la horca de dos dientes. Y salió el “experto” de turno y dijo: ¡pues yo lo he visto hacer con la horca de cuatro o más dientes! A éste le vamos a contestar: yo también he visto comer los garbanzos del cocido con un tenedor, pero la herramienta más adecuada para con los gabrieles es la cuchara. Y esto le pasa a la horca de dos dientes: el agricultor tuvo necesidad de dotarse de un apero que la facilitara la manera de tender la parva y… ¡zas! inventó la horca de dos dientes. Después vino otro “experto” que con aquella misma horca dirá que movía el estiércol. Bueno, pues encantado de la vida si él es feliz moviendo el estiércol, pero la utilidad de la horca de dos dientes queda demostrada al tender y dar la vuelta a la parva, mientras el bálago no está trillado: es la más eficaz y para eso se inventó.

Queda clara la utilidad de la horca de dos dientes, más allá de que alguno, también, se rasque la espalda con ella.

Horca de dos dientes.- útil de era que se usaba para tender y dar vuelta a la parva, siempre que el bálago no estuviera muy trillado.

Horcas de tres y cuatro dientes
Pero los machos -que no han parado de dar vueltas al disco de la parva arrastrando el trillo- han ido trillando el bálago y la horca de dos dientes no sirve porque no recoge las pajas: no nos vale. ¿Y ahora qué hago? Pues ¡hombre, coja usted la horca de tres, cuatro o más dientes y tendrá la solución! ¿Para qué la tenemos si no?

Cuando la parva estaba trillada, había que acamizarla (recogerla para formar el montón de pico o de forma de pez), con la camiza por supuesto. Pero la camiza (camizadera, caniza y todo lo que usted quiera) no puede elevar la trilla. Ahora… -dice el que nunca se ha visto en otra- ¿qué hago? Pues hombre, con la horca de tres, cuatro o más dientes elevarlo hasta hacer el montón con la altura suficiente para ocupar menos espacio en la era, y hacerlo bien para que, si llueve, el montón no se cale más allá de una pequeña capa superficial (no se hagan goteras se decía).

O sea: con la horca de tres, cuatro o más dientes volvemos la parva cuando con la de dos ya es inútil, formamos el motón de trilla y también acercamos la trilla para facilitar la tarea al gario, como más adelante veremos.

Éste es el rastrillo que fue muy útil en la era.
Los trillos siguen sin parar y ahora se nos presenta otro problema: queremos volver la parva, pero el bálago está tan trillado que se cuela entre los dientes de las horcas y no hacemos buena labor... ¡Pero hombre de Dios! ¿No tienes el rastrillo? ¡Pues úsalo hombre! Y el tío cogió el rastrillo, o la rastrilla, y dio vuelta a la parva como quien ve llover. Aunque la palabra llover no debe ni nombrarse en la parva.

Con el rastrillo también se recogían (metían) las orillas cuando la parva se extendía demasiado.



Trillo con sus dos tornadoras y estas con sus palas
Había una herramienta muy útil en la parva: era la tornadora (otros dirán tornadera, pero como yo creo que su nombre verdadero es tornadora (la que torna, la que vuelve la parva), por eso le llamo tornadora. Además porque así se llamaba en Camporredondo, mi pueblo.

Camiza. En otros sitios camizadera, acamizadera. caniza...
La tornadora, al poco rato de empezar la trilla, se enganchaba en la parte trasera del trillo y ya no se desmontaba hasta el final. La tornadora, por su forma, iba enganchando las pajas largas que había pegadas al suelo de la era y las sacaba a la superficie. Cuando el bálago iba estando más trillado, a la tornadora se le acoplaba la pala que al mismo tiempo que removía la parva abría surcos en ella permitiendo que el sol calentara más superficie.

Ya hemos trillado la parva y amontonado la trilla. Para llegar hasta aquí hemos usado el horcón, la horca de dos, tres, cuatro o más dientes, las tornadoras, el rastrillo o la rastrilla y la camiza. Además, claro está, del trillo.

El que quiera aprender a beldar aquí tiene la ocasión. Hermanos Busto beldando
los gabrieles para el cocido.
Ya hemos terminado de trillar. Tenemos unos hermosos montones y queremos limpiarlo para que el grano quede bien guardado en la panera, o bajo la baldosa en forma de papeles del banco de España. ¿Qué hacer? Pues en el tiempo en que no había aparecido la aventadora, beldadora o máquina de limpiar, coger el/los bieldos y, con ellos y la ayuda de Eolo, separar la paja del grano y las grancias (granzas).

Ya vamos llegando al capítulo de preguntas: ¿los señores “expertos” creen que es práctico aventar con el gario? ¿Sería aconsejable? Ya veréis como contemplando la foto os daréis cuenta de que resultaría poco práctico. Imagínese una gariada llena, sería cuasi imposible que el aire lo traspasara, se trata de que siempre haya trilla en el aire y en no mucha cantidad para darle tiempo a Eolo a separar la paja del grano: arrastrar aquélla y dejar éste. Lo mismo que nos están indicando los hermanos Busto: mis primos. No obstante ¿usted ha visto aventar, también con el gario? Seguro que sí. Y con la pala de regar si estaba a mano, y con la horca y hasta con los pies. Veréis cómo lo entendéis enseguida: limpiar la cosecha, que tanto nos había costado verla en el montón, era muy importante y no dependía de que quisiéramos limpiarlo, dependía de que el dueño y señor del aire despertara y abriera la ventana. Cuando esto ocurría, la familia se lanzaba sobre el montón con lo que tuviera más a mano: bieldo, horca, gario, pala… en fin, lo que tuviera a mano y sirviera para levantar la trilla al aire ¡no podía esperar!

Dos modelo de gario: pero garios los dos. Respecto del bieldo,son como la
cucharilla del café y el cucharón de la sopa.
Pero los tiempos han mejorado y llegó la aventadora, beldadora… en una palabra: la máquina de limpiar (separar el grano de la paja).

Acercamos la máquina al montón y se presenta otro problema: elevar trilla a la tolva de la aventadora. Otra pregunta ¿con qué lo hacemos? ¡Vaya pregunta más tonta!: con el gario ¿con qué va a ser?

Resulta que el encargado de abastecer de trilla la tolva de la aventadora, es la primera vez que lo hace y todo lo que sabe es que se hace con el gario.

Aprovechando que Carlos acribaba los garbanzos, pinchamos los dos bieldos para
que no haya duda de su diferencia con el gario.
Como no sabe lo que es, ni la forma que tiene el gario, echa mano del Facebook y allí ve (le dicen) lo que es; el “experto se lo ha dicho en una fotografía que ha incluido. Busca un… “gario” y todo ufano y orgulloso se lanza a colmar la tolva de la máquina. El hombre lucha a brazo partido por darle abasto pero que nada, no hay forma. En esto pasa por allí el“paleto”, le ve sudando por cada pelo una gota y le dice: siéntate a la sombra y espera un poco. El paleto se va para casa, y vuelve con otro artilugio al que otros le llaman… no sé cómo. Toma, le dice, verás como con esto te rundirá (cundirá) más con menos esfuerzo. ¿Qué te parece? ¡Oye, esto es cojonudo! ¿cómo se llama este artilugio? Hombre, ¡esto es el gario! Pero si a mí me había dicho un “experto” que el gario era esto que tengo en la mano. Y el paleto le contesta: es que yo he sido cocinero antes que fraile y ese “experto” no llega ni a pinche de cocina.

El tío comienza a suministrar trilla a la tolva y como runde (cunde) mucho, pronto el montón le va quedando un poco alejado. Como el viejo paleto aún no se había marchado, le pregunta el esforzado gariador: ¿qué hago ahora? Pues mira, ahora necesitas otra persona que te vaya acercando la trilla porque si no perderás mucho tiempo. ¡Ya! Le dice el sufrido gariador, ¿con qué me lo acerca? Bueno, ¿ves aquella pieza que tienes allí? es la horca de cuatro dientes y con ella se hace muy bien. Además, le añadió el paleto: ¿no te das cuenta que la paja se te amontona a la salida de la máquina? Pues mira, para eso necesitas otro gario que te lo vaya lanzando hacia el pajero porque si intentas hacerlo con el “gario” del “experto” te verás negro para retirarlo.

Y a partir de ese momento el inexperto agricultor fue aprendiendo que para saber hay que preguntar al que sabe. En este caso sobran títulos académicos: es cuestión de experiencia...

Todo trillado y limpio, llegó el momento de “arrear” con ello hacia la panera. Oye, pregunta el agricultor aficionado: ¿con qué aparato lleno los costales?¿con el celemín que dice Urdiales? El paleto que se ha quedado a ver cómo termina todo, dice: los costales se llenan con la media fanega. ¿Por qué no lo hago con la fanega que rundirá (cundirá) más? Pues verás porque no habría dios que lo aguantara, es una medida de referencia pero poco práctica, se manejaría muy mal. Con la media fanega llenas los costales y tendrás una referencia de lo que ha sido, en fanegas, la cosecha. Después tienes la cuartilla, el celemín, el medio celemín y el cuartillo de celemín, pero estas medidas son más para andar por casa: se usa mucho para medir pequeñas cantidades como, por ejemplo, las igualas que se tenían con el veterinario, el herrero, etc. También para medir gabrieles, alubias… en fin que estas medidas ya no debemos considerarlas de era.

Cosecha trillada, limpia, grano en la panera -o bajo la baldosa- y nos queda llenar el pajar para tener comida para los animales durante todo el año y, si sobra paja, la llevamos al pajero.

Bieldo y gario flanqueados por la garia de picos y de bolas
Entonces, uncimos los animales al carro, cogemos los garios que hemos visto más arriba y gariada a gariada lo retiramos de la era, que barreremos a continuación con las escobas que cuelgan del trillo en la fotografía que os presento. En esta misma fotografía quiero que veáis la diferencia que existe entre el bieldo (centro a la izquierda) y el gario en el centro del trillo. Yo creo que se nota cierta diferencia. ¿o no?


Creo que no debo olvidar estos útiles de era que nos venían muy bien, principalmente, para retirar el grano a la caída de la aventadora y también había quien la usaba para aventar el grano si se nos había ensuciado de tamo. En fin que eran piezas muy útiles en la era, o en la panera si había que amontonar o mover el grano: son las palas de madera (las de los extremos son catalanas y la del centro producto del más puro estilo castellano).

Las palas del grano se llamaba a las palas de madera.
En la fotografía de la entrada anterior; en la que nos dijeron que lo que la pequeña labradora manejaba era el gario, podíamos, también, admirar lo que para su autor son los celemines. Deliberadamente lo he dejado para el final para presentaros lo que son la media fanega, la cuartilla, el medio celemín y el cuartillo de celemín. Manifestando: todas piezas que he presentado son útiles de la era rural. Si hay otra era académica, o universitaria, yo la desconozco y no puedo opinar: “zapatero a tus zapatos”.




1/4 celemín = 2'3125 litros.

Cuartilla = 13'875 litros.




1/2 fanega = 27'75 litros.
1/2 celemín = 4'625 litros.
                                        
Liado entre horcas, garios, celemines etc. se me había pasado por alto otros dos útiles importantes de la era: la criba y el badil.

Antonio acribando garbanzos. Pero el resultado
es el mismo ya sea legumbre o cereal.
Siempre que he hablado de aventar o beldar, ya sea con la aventadora o con el bieldo, he procurado decir que en esta operación se separaba la paja del grano y las grancias (granzas). Razonemos esto: cuando se hace pasar el aire a través de la trilla, el viento no distingue lo uno de lo otro más que por su peso. Entonces el grano pesa y se queda a los pies, no se desplaza. Pero las grancias (granzas) que son trozos de espiga, nudos, pajotes pesados, también se quedan junto con el grano. Queda claro que en la primera operación sólo hemos separado la paja. ¿Qué hacer después? en el caso de que lo hayamos separado con el bieldo, pues coger la criba y acribar, y en el caso de la aventadora cambiar el juego de cribas -que el efecto es el mismo que con la criba de piel o alambre- y separar las grancias (granzas) del grano.
Badil que muchas tolvas y cribas llenó



















Con los agujeros de las cribas acorde con lo queremos acribar, el grano cae al muelo y las grancias al montón correspondiente.

Para cargar la criba tanto en la manual como en la máquina aventadora pues usamos el badil ¿hay herramienta más apropiada?

Una pequeña anotación: para que el acribado fuera uniforme, una vez la tolva llena, esta siempre debería mantenerse llena, por lo que, a veces, era interesante el concurso  de dos badiles.

Ahora, echemos una mano al “experto”: él dice -porque desconoce absolutamente el lío en el que se ha metido- que los bieldos son garios, que la media fanega y la cuartilla son los celemines etc. pero… ¿Por qué lo dice? Pues porque es lo que dice el DRAE, que parece que tampoco le ha picado el tamo en la era. Vedlo a continuación:

bieldo
Del dialect. Beldar 'aventar las mieses', y este del lat. Ventilāre 'agitar en el aire'.
1. m. Instrumento para aventar compuesto de un palo largo, de otro de unos 30 cm de longitud que lo atraviesa en uno de sus extremos, y de otros cuatro o más fijos en este en forma de dientes.
2. m. bielda (‖ bieldo de seis puntas).
Real Academia Española © Todos los derechos reservados
La acepción primera: correcta. La segunda: no tanto.
gario
De garfio.
1. m. Alb. Triple garfio para sacar de los pozos latas, cubos, etc.
2. m. Cantb., León, Pal., Seg. Y Vall. Instrumento para aventar.
3. m. Cantb. Horca de hierro.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados
La acepción segunda, que es la que nos ocupa: absolutamente incorrecta.

Reflexionemos. Dice el DRAE: bieldo es un palo largo, otro de unos 30 cm que lo atraviesa y de otros 4 o más fijos en este en forma de dientes. Bien. Si nos fijamos en las fotos, que os ofrezco más arriba, veremos que todos los bieldos son de 6 dientes (puntas dice el diccionario). Pero después añade que el que tiene 6 puntas (dientes, decimos los paletos) se llama bielda. Bueno, para nosotros siempre fueron bieldos, tanto si eran de cuatro (para mí desconocido) o de 6 dientes. La bielda, como podemos apreciar en la foto, no tiene más picos (puntas dice el DRAE) pero sí es de más capacidad: sus dientes son más largos.

Sigamos: a continuación, el DRAE, nos dice que el gario es un instrumento para aventar. ¿En qué quedamos, se bielda, o avienta, con el bieldo o con el gario? ¿Es lo mismo bieldo que gario? Os aseguro que, para el que aporrea este teclado, no (sigo hablando desde el pueblo).
Estoy en condiciones de asegurar que en Palencia, Segovia y Valladolid, gario es el instrumento con el que se manejaba la trilla y la paja: pero no para aventar, ya hemos intentado razonarlo. En Cantabria y León lo desconozco (en mi pueblo –tal vez porque no habíamos pasado por la universidad- aventábamos con el bieldo y movíamos la trilla y la paja con el gario).
Bieldo.
Un tipo de gario





















Bieldo exagerado: bielda.


 Otro tipo de gario

Supongo que las fotografías serán suficientemente ilustrativas. Como podemos apreciar, hay un tipo de bieldo, la foto anterior nos dice que el bieldo excede de sus dimensiones normales y por eso se llama bielda y le siguen dos tipos de gario, pero garios los dos. ¿Se diferencian unos de otros? Yo creo que sí.

Para el “experto” que dice que en Castilla cambiamos a las cosas de nombre más que por su género por su tamaño, quiero decirle: si usted quiere aprender, aquí tiene otro ejemplo similar al olmo-olma, nogal-nogala, pez-peza, canalón-canalona,…y ahora bieldo-bielda.

Podremos constatar que se cumple lo que vengo diciendo: no hay cambio de género sino distinto tamaño que de alguna manera tenemos que diferenciarlo. ¡Vaya peza! Decía el que había pescado en el arroyo un pez fuera de lo corriente; entonces el/los acompañantes sabían que había pescado un pez enorme. ¡Coge la bielda! y ya sabías que el aparejo más adecuado no era el pequeño, sino el bieldo grande. Así nos manejábamos los de pueblo, y como estamos hablando en lenguaje rural; culto es aquél que lo conoce y el antónimo de culto es el que no lo ha visto en su vida.
Resumiendo:

Bieldo: útil de era para aventar (separar el grano y las grancias (granzas) de la paja.

Bielda: bieldo de dimensiones extraordinarias (dientes más largos que los del bieldo).

Gario.- útil de era para el manejo de la trilla o la paja (cada cosa en su momento).

Después de esta explicación que cada uno los use para lo que crea conveniente. Así y para esto lo llamábamos y lo usábamos en el mundo rural.

Ruego a todo aquel interesado que no esté de acuerdo con lo que acabo de exponer, que públicamente lo manifieste y, sólo de esa manera los útiles y palabras del mundo rural ocuparán en la historia el espacio que les corresponde, porque es el que tenían.

Gracias.
Camporredondo, 26 de enero de 2016