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martes, 26 de abril de 2016

¿A cuestas o al hombro?

Recordad: siempre hablo desde Camporredondo (VA), mi pueblo.

Hace unos días hice mención de la frase “a cuestas o al hombro” (“les da igual a cuestas que al hombro", decía yo). “Da igual a cuestas que al hombro” podría ser correcto siempre que obtuviéramos el mejor de los resultados posibles sobre aquello de lo que queremos hablar o escribir, o aquel trabajo físico que queremos realizar. Pero yo no me refería a esto, yo me refería a (era mi queja sobre el trato dado al lenguaje rural) que hay “expertos” que, a mi modo de ver, no demuestran ningún respeto, a mí me lo parece, y que les da igual lo que salga, siempre que les sirva para su propósito: medrar a costa del mundo rural. Sólo desde esa perspectiva quiero decir que no da igual a cuestas que al hombro. No, no da igual si el resultado es distinto.

La frase se aplica sobre aquello que deja mucho que desear sobre lo que pudo ser y no fue, porque al autor le dio igual el resultado obtenido, el caso es rellenar páginas de la manera que sea. Le importó poco el resultado, "le dio igual a cuestas, que al hombro”.

Desde mis primeros pinitos sobre este maravilloso suelo de Camporredondo, oí aquello de “le da igual a cuestas que al hombro” cuando se observa que, por el bajo interés mostrado en su realización, el trabajo no quedó todo lo bien que debiera.

Rematando esta primera observación: se aplica el dicho cuando el actuante no observa un mínimo de regla o respeto sobre lo que hace o dice. "Es un viva la virgen", "le da igual a cuestas que al hombro”. O sea: no demuestra ningún interés por lo que hace.

Si, pues mi rural verbosidad es más bien escasa, creo que lo mejor es echar mano del ejemplo para decir lo que quiero decir. Y ya que quiero hacerlo, me parece que lo más normal es que haga uso de lo que más a mano tengo.

Vamos allá:

En las páginas de "cultura" de un importante periódico de mi zona, aparece la foto de un “experto” en lenguaje rural en el que dice haber descubierto tres tipos de arado: el terciado, el viñero y el romano. No se para ahí, sino que añade: “y es curioso, porque el arado viñero y el romano son el mismo arado…" y sigue con su disparatado razonamiento. Yo, paleto de mí, ¿qué digo ante tamaño despropósito?: pues que tanto al experto como al periódico “les da igual a cuestas que al hombro”. ¿Por qué digo esto? Pues sencillamente porque no se ajusta a la realidad, y se nota una falta de interés por lo tratado más allá de rellenar una página del periódico.

Dicen que una imagen vale más que mil palabras. ¿Piñones?
En el mismo periódico encuentro que quiere hablarnos sobre la producción del piñón en la provincia de Valladolid. Para ello nos muestra un pino con el fruto en sus copas. No tendría mayor importancia si no fuera porque en vez de mostrarnos el pino albar o piñonero (pinus pinea) nos muestra la foto del pino negral o resinero (pinus pinaster) con sus hermosos cogollos o piñotes.

Yo, que sigo siendo de pueblo, ¿qué debo decir?: pues le aplico la frase rural, “le da igual (al periódico) a cuestas que al hombro”.

Hay más, pero para no aburriros creo que es suficiente para demostrar el sentido que se le da a la frase en este mundo mío: el rural. En el mundo académico no lo sé.

Vamos un paso más adelante.

A cuestas
1. loc. adv. Sobre los hombros o las espaldas.
Lo que acabáis de leer es lo que dice el DRAE.

Vaya por delante: entre la RAE y este paleto... ¿quién tiene razón? ¡Vaya gilipollez que se me acaba de ocurrir! Pues coño ¡la RAE!

Sin embargo no debemos condenar al paleto por el hecho de serlo: veamos lo que tengo que decir:

El joven matrimonio rural sale al campo para mostrar a su joven retoño -con orgullo- el fruto de su esfuerzo. La criatura, cansado de caminar, se para y dice: cógeme a cuestas. El padre le toma en sus brazos, se le pega al pecho y continúan su sano garbeo. El niño se cansa de ir a cuestas y se apea. Pero al poco rato vuelve sobre las andadas y, esta vez dice: llévame a los hombros un rato. El padre le sube sobre sus hombros y todos tan felices. Así siguen caminando y otra vez más al niño se le antoja viajar ahora a horcajadas sobre la cadera de su madre, para al poco rato decirle a su padre: agáchate. El padre se agacha (se pone en cuclillas) y el hijo se coloca sobre sus espaldas para esta vez viajar "a la miel". Como el jovencito no está muy cansado, pero sí muy alegre, por el camino va cantando: “a la miel zurrucate, el que quiera que lo cate”.

Cuando, más arriba, he dicho “llévame a los hombros”, he dicho lo que quería decir, porque es la frase empleada cuando el niño quería viajar más cerca de las estrellas.

De manera que, en el campo, tenemos varias formas de cargar: a cuestas; sobre el pecho sujeto con los brazos. En la cadera; a horcajadas sobre la cadera de la madre y rodeado  con el brazo. A la espalda o sobre las costillas; pegado a la espalda y sujeto por la parte superior de los hombros o sentado sobre las manos del padre a la espalda. A los hombros: sentado sobre los hombros del porteador.

Tres formas de llevar el peso: a la cabeza, a la cadera y de la mano.
Me he dejado, para el final, otra forma de cargar con algún peso sobre el cuerpo humano: a la cabeza. La señora se colocaba un rodete sobre la cabeza y encima de este colocaba el balde cargado de ropa para lavar en el arroyo o el lavadero, o bien el cántaro para ir a por agua a la fuente (en aquella época no había grifos en casa)

Como hemos visto, el DRAE dice, y tiene su razón académica, que a cuestas es cargar sobre los hombros o las espaldas. Pero el mundo rural, que no tiene academia que le avale, tiene otras formas de llevar peso sobre su cuerpo y le ha puesto nombre a cada forma:

A la cabeza: llevar el peso, en equilibrio, sobre la cabeza.

Al hombro: cargar el peso sobre el/los, hombros.

A cuestas: llevar el peso en brazos pegado al pecho.

A la espalda o a las costillas: llevar el peso sobre la espalda o las costillas. Si el peso era una persona se decía llevar a la miel.

A la cadera: apoyar el peso en la cadera.

Bajo el brazo o el sobaco: llevar el peso rodeándolo con el brazo. Esta es otra forma de ayudarse con la cadera.

La foto nos muestra la forma de llevar el peso sobre la cabeza, la cadera y en la mano.

Así lo aprendí y así os lo cuento en…

Camporredondo a 10 de diciembre de 2015.

P.D.

Para ser justo quiero y debo decir que, a veces, además del cántaro en la cadera, la aguadora colgaba el botijo de la mano izquierda y de la derecha colgaba otro cántaro. O sea, que en un solo viaje llevaba 3 cántaros y un botijo. ¡Fuertes y valientes como ellas solas!

Esta que ha posado para la cámara es mi orgullo: es mi hermana.



miércoles, 11 de febrero de 2015

¿Dónde está el necio? ¿quién es el necio?

Aún teniendo algunas discrepancias con el autor del poema, siento la necesidad de enviarle un abrazo allá donde se encuentre el “niño de la Pizarra”.

El niño de la pizarra me contó como un día acudió a un taller para personas mayores -él quería ganarle al tiempo lo que otros le habían robado a él-.

En aquel taller de escritura -muy bien dirigido según me cuentan- un día pidió el profesor a sus alumnos que hicieran un escrito (poco importa ahora el tema elegido). Seguramente porque algo debería transmitir su autor, el trabajo fue expuesto en sitio que todos pudieran ver y analizar.

Estando en clase, el autor del trabajo (niño de la pizarra) escuchó lo que un verdadero necio preguntaba: “¿qué necio habrá escrito esto? no dejarán expuesto ese trabajo ¿no?, sería una vergüenza, ¡está lleno de faltas de ortografía!

Foto tomada el año 1948  (primer curso)
El autor sintió rabia, pero no dijo nada, consintió que aquel gusano siguiera royendo sus entrañas hasta que un día quiso contarle al viento sus penas, quizás con el ánimo de que algún día llegara hasta el, seguramente necio que se creyó príncipe de las letras, que no se paró a preguntar quién era el autor de aquel trabajo que quizá no entendía.

Fruto de aquel desencanto nació este sencillo –o no tanto- poema en el que Félix Sanz Toral narra lo que muchos niños tuvieron que hacer para subsistir en tiempos muy difíciles que los verdaderos necios no son capaces de entender:




LOS NIÑOS DE LA PIZARRA


Los niños que escupían
en la pizarra
son los niños a quien la guerra
robó su infancia.
Aprendieron a leer y escribir
con muchas faltas
el trabajo curtió sus cuerpos
y el sol sus almas.
En los días de invierno
van a la escuela
después la abandonan
en primavera.
Sus débiles cuerpos
trabajaron la tierra
para que hoy otros tengan
confort y riqueza
El alma en silencio
se queja de rabia
al ver a insensatos 
que necios les llaman.
Sin reparar cuales fueron 
sus circunstancias
sin valorar la sangre con que marcaron el camino
por el que otros avanzan.
Yo vi a los niños 
de la pizarra
escribir sus poemas 
en la tierra mojada
Y vi al viento ladronzuelo 
que los borraba
llevándose en su seno
los que más le gustaban.
Pasaron los años y al viento 
no le sirven de nada
y busca a sus dueños 
y se los regala.
A los niños les parecen sueños
sueños de hadas
mas son los poemas que un día escribieran 
en la tierra mojada
En la escuela de invierno se cuela el viento
por la ventana
para ver a sus niños de ayer
con arrugas y canas.
Con cariño les dice quiero que volváis
A vuestra infancia
os entrego vuestros poemas
a mi no me sirven de nada.
Yo vuestros versos cantaré 
dondequiera que vaya
fuisteis sembradores de amor
al venir el alba.
Otros en la oscuridad siembran 
odio y cizaña
ojalá su simiente entre abrojos 
y pedregales caiga.


Félix Sanz Toral:
Otro de tantos niños de la pizarra que, a ratos, pudieron acudir a la Escuela Nacional.

Un día en que yo animaba a Félix a que escribiera más, se prodigara más, (es lo que él quería) me dijo algo que me llegó al alma: “Gaude, no escribo porque pongo muchas faltas de ortografía”.

Aquello me llegó a lo más hondo de mi ser y reaccioné diciendo: Félix, si después de lo que ha llovido sobre nuestras espaldas, más sobre las tuyas (1935), tampoco se nos permite poner faltas de ortografía que alguien pare esto porque yo quiero apearme.

Conocí, corrí y jugué con muchos niños de la pizarra, entre ellos verdaderos catedráticos, aunque les faltara el título.

Camporredondo, 8 de febrero de 2015


PD. Nota aclaratoria para el erudito al que tanto molestaban las faltas de ortografía: los niños de aquel tiempo escupían en la pizarra para borrar lo escrito y secarlo después con un trozo de almohadilla que las madres preparaban y después poder seguir escribiendo con el pizarrín sobre la misma pizarra. El papel, señor erudito, escaseaba y quedaba fuera del alcance de LOS NIÑOS DE LA PIZARRA.




miércoles, 18 de septiembre de 2013

La tractovía

Desde tiempo inmemorial, de poniente a naciente, de sur a norte, por valles y barrancas, se oyó la dolorida voz del agro clamando justicia; pero nunca se escuchó. La voz del hombre rural castellano, supongo que como la del andaluz, el gallego o el catalán, quizás se oyó, pero lo que está claro es que nunca se escuchó. Por eso, hartos de esta sociedad, van abandonando, nuestros pueblos se arruinan, los campos, faltos de aquel hombre que, en el primer momento, acudía al conato, son arrasados por el incendio… y nadie parece darse cuenta. 

Autovías, AVE… velocidad. ¿Nuestras necesidades más básicas se producen a gran velocidad? ¿Podremos seguir construyendo autovías y dejando sin espacio a los vehículos que colman nuestras mesas? 

A continuación os presento las voces que, yo sí, oigo y escucho por los cerros de mi pueblo. Son las mismas voces que hace muchos años martillaban mis oídos de joven pastor. Y, sin más, me atrevo a decirte mundo rural: no grites, porque todos te oirán, pero no habrá dios que te escuche.




Aquella noche la pasé inquieto, sobre la mesa de mi despacho había un importante proyecto que debería comenzar a desarrollarse al día siguiente: la autovía Valladovia–Segolid.

Como cada mañana, desayuné mis cereales con leche. Hay que cuidar el colesterol y los triglicéridos; el agricultor y el granjero madrugan todos los días para proporcionarnos esa materia prima sin la cual nuestro quehacer diario sería imposible.

Comencé a desarrollar mi tarea, y comoquiera que me sentía orgulloso del progreso que día a día realizaba, llamé al presidente para solicitarle un almuerzo de trabajo, y así poder cambiar impresiones sobre el trazado y posterior ejecución del proyecto.

Quedamos para reunirnos en la bodega “El Masegar”, porque yo quería ofrecerle al señor presidente algo que fuera extraordinario, y allí asan un lechazo -en horno de leña de encina, por supuesto- que es una delicia, además de regarlo con un Dehesa de los Canónigos que colmaría las exigencias del mejor sumiller. El señor presidente aceptó encantado y quedamos en reunirnos a las dos de la tarde; pues es la hora que se abre el asador.
Entretanto, el pastor cuidaba con esmero de sus ovejas para que produjeran un buen lechazo, y en la viña se trabajaba a destajo para recoger la uva en las mejores condiciones y así lograr un excelente vino para degustar.

El almuerzo fue un éxito total. Tras un merecido reposo, nos pusimos manos a la obra y enseguida llegamos a un acuerdo: el trazado era inmejorable, la ejecución sería perfecta y por tanto la inauguración se vislumbraba como un rotundo reconocimiento por su eficacia y comodidad para los desplazamientos de fin de semana, acortando en varios minutos el tiempo de traslado hasta los restaurantes más afamados en la zona colindante a Campo Áspero.

Al despedirnos, después de tomar un buen licor digestivo, nos dimos cuenta de un trámite que, por su banalidad, se nos había pasado por alto: habría que desplazarse un día hasta el pueblo para tratar de las expropiaciones necesarias para la realización del proyecto. Es verdad que ambos pensamos que no habría el menor problema, pues el precio lo fijaría el organismo correspondiente, que dependía de presidencia, y por parte de los agricultores de sobra es sabido que siempre están dispuestos a sacrificarse en bien de la sociedad.

Aprovechando los días de mayor bonanza del tiempo, citamos a los agricultores en el ayuntamiento del pueblo y, como pensábamos, todo salió a pedir de boca: por su parte no habría ningún problema, los metros que hicieran falta y con el trazado que nosotros dijéramos. Para eso éramos los técnicos. Eso sí, se les permitió que sembraran la parte expropiada, previa advertencia de que si en alguna fase de la realización del proyecto nos encontrábamos con alguna siembra no tendríamos más remedio que destruirla, pues los trabajos en la autovía son más importantes que la posible cosecha que hubiera en el terreno afectado.

Sin el menor contratiempo la autovía comenzó a tomar forma: cuatro amplios carriles –dos por dirección-, una mediana suficiente, amplios arcenes, los guardarraíles o quitamiedos abundantes y fuertes, y los bordes de la autovía, que deberían estar cerrados para impedir el acceso a los animales que pudieran invadirla, con el consiguiente peligro para ellos y para los ocupantes de los vehículos que por ella circularan. Como podemos ver, el almuerzo en la bodega “El Masegar” fue de lo más productivo.

Cuando su realización iba bastante avanzada, yo, como principal responsable del proyecto, me desplazaba hasta la obra para seguir de cerca su progreso.

Un día, observé que sobre el balcón que forma el Pico de la Yesera con la vega del Masegar, y a pesar de ser un día claro y despejado, había una nubecilla resplandeciente que casi hería los ojos al mirarla. Caprichos de la naturaleza, me dije, y, sin más, puse en marcha el todoterreno (no se pueden visitar estas obras sin coches preparados) y me perdí en dirección a la ciudad.

El día más esperado llegó: hay que prepararlo todo para el momento que el señor presidente venga a cortar la cinta. Así, nos dimos cita con la prensa y televisión, un acontecimiento de esta magnitud hay que publicitarla, pues el contribuyente debe estar informado, en cada ocasión, de cómo nos ganamos el sueldo. Para ello me desplacé, con tiempo suficiente, hasta el lugar en el que se llevaría a feliz término tan extraordinario evento. 

Al llegar al lugar elegido para la puesta en servicio de nuestro proyecto, la curiosidad me dominaba y miré hacia el Pico de la Yesera. ¡Sorpresa! El espectro seguía más resplandeciente, si cabe, que el anterior día en que visité la obra. No sé que fuerza me arrastraba hasta la cima y por la cañada arriba me dirigí dispuesto a desvelar aquel misterio. Cuanto más me acercaba, la nube parecía brillar con más fuerza.

Aparqué el todoterreno unos metros antes de llegar al cabezo y, a pie, me dirigí dispuesto a despejar aquella incertidumbre que me desazonaba. 

No tengas miedo, me dijo una voz distinta a todas las voces que estaba acostumbrado a escuchar. Sin embargo, aquella voz me sonaba familiar, lejos de turbar mi mente me transmitía serenidad, paz, sosiego… fue como si, en un momento, el mundo que yo conocía se hubiera transformado: un gran ventanal se abrió ante mí y a través de él fui viendo cosas que jamás creí haber visto, pero que sin embargo me parecían familiares.

Mira, me dijo la voz que salía de la nube, ¿ves aquel hombre, con sus botas raídas por el tiempo y el uso, su faja para protegerse del esfuerzo, su boina calada hasta los ojos y que, con el azadón, está sacando patatas, allá, cerca de la carretera? Está recogiendo el fruto de su trabajo desde que por el mes de abril hubo de, entre el fango y, con sus pies descalzos, remover la tierra para que oreara y poder sembrar lo que después de mucho esfuerzo hoy está recogiendo. Así lleva varios días, desde que amanece hasta que anochece. Cuando la tarde cae, carga los sacos a modo de angarillas sobre el burro aquél que pasta sobre el prado y las transporta a casa para sacar un dinerillo con ellas, porque tiene una ilusión que desea ver cumplida algún día.

Te has quedado pensativo -me dice- no te pares ahí hombre, no tengas miedo a seguir mirando.

¿Ves ahora aquel pastor que sobre el Puente de los Tres Ojos se dirige hacia la carretera para que sus ovejas, aprovechando el pasto que hay por las cunetas, lo transformen en materia prima con la que elaborar el queso? Es otro miembro de la misma familia y, con la misma ilusión, no regatean esfuerzo porque esperan que algún día su descendiente, en el que tienen puestas todas sus esperanzas, no tenga que pasar tantas penalidades para subsistir.

Si quieres seguir mirando, me dijo, vuelve tu mirada hacia la izquierda. Aquí, en La Cazuelilla, verás un hombre cogido a la mancera del arado romano. Está preparando el terreno para sembrar el trigo con el que elaborar unas hogazas que mitiguen el hambre que entre ellos se ha instalado. Sé valiente, insistió, sigue mirando y verás los segadores inclinados sobre el surco, con la hoz en la mano desde que amanece hasta que la luz se lo permite, dejándose la vida para que todos podamos comer pan. Y sigue mirando para que, allá al fondo, en dirección al pueblo, puedas ver familias enteras luchando para recoger el trigo con el que os han preparado los cereales que cada mañana os tomáis sobre la mesa de la cafetería… Fue en ese momento cuando quise volverme hacia el cuatro por cuatro, pero él me dijo, no te vayas todavía que tengo algo más que quiero que sepas: ¿sabes quién era aquél que se dejaba la vida para que pudiera cumplirse su ilusión? ¿Y qué sabes del pastor que veías por el puente de los tres ojos?

Una fuerza me retenía de la que no podía escapar mientras aquel extraño ser seguía golpeando mi mente con sus palabras llenas de dolor. Baja hasta la tierra de labor y coge la mancera. Después, cuando hayas probado lo que es trabajar, agarras el hocino y te pones detrás de los segadores para que el sudor brote, aunque sea por una sola vez, de tu frente y, cuando creas que ya no puedes más, te vas a la era y recoges la parva con la camiza y, más tarde, mueves la máquina aventadora mientras el tamo te envuelve, para que aprendas a valorar lo que es ganarse el pan así.

Como veo que tienes prisa porque el señor presidente, el nieto del tío Felipe, te espera, quiero que sepas una cosa: aquél que removía el fango para ganar unas pesetillas con las que cumplir su sueño, era tu abuelo y el pastor que, con mucho miedo se acercaba hasta las cunetas de la carretera, era tu padre y los que araban y segaban y aventaban el trigo eran tíos tuyos que soñaban con el día que tú llegaras a tener un puesto relevante para que les aliviaras del peso que siempre recayó sobre el agricultor castellano… pero no, corre que el nieto del tío Felipe se está poniendo nervioso, se le enfrían los chuletones que, con motivo de la inauguración, le están esperando en la bodega y, cuando aún no os hayan hecho la digestión, tenéis que asistir al concierto que con motivo de tan magno acontecimiento os han preparado. Pero antes de que te vayas vuelve tus ojos hacia vuestra obra: ¿Ves aquéllos que rodean al nieto del tío Felipe? ¡Sí hombre, a tu presidente! Aquéllos son tus primos, a los que has dejado sin la carretera por la que transitaban para poder abastecer los mercados y que vosotros pudierais tomar vuestros cereales con leche y vuestro asado, eso sí, en el horno de leña, que ellos también cortan, para que no os falte el manjar.


Vete me dijo, corre, no sea que la prima que deberían darte, por el ahorro que ha supuesto el no hacer un camino digno para los tractores, te la retire el nieto del Tío Felipe que ya sabes que para eso es el jefe.

Quise dar media vuelta pero me retuvo su mano fría y áspera mientras me decía; estrecha la mano de tu bisabuelo y con ella la de todos agricultores de esta tierra para que jamás olvides que hoy al inaugurar la autovía habéis pisoteado toda la dignidad que en vuestro apellido había.

No sé como hice el camino de vuelta, sólo sé que mi deseo era que al llegar al lugar convenido, en el que el presidente, rodeado por las fuerzas de seguridad por si los agricultores no guardaban las formas debidas, deseé ver un cartel en el que dijera: TRACTOVÍA. Pero en su lugar solo había una señal que prohibía la
circulación a todos los vehículos que colman nuestras mesas todos los días. Espero que algún día otros más dignos que nosotros sepan reconocer el esfuerzo que nuestros hombres y mujeres del campo realizan para que podamos sentarnos a nuestras mesas llenas de los manjares que ellos cultivan.

La autovía quedó inaugurada. Los agricultores, otra vez más, se volvieron para sus casas sin más que ofrecerles que algún día dispondrán de un camino por el que transitar con sus tractores aunque, de momento, deben comprender que tenemos una crisis muy fuerte por lo que tenemos que requerir de su esfuerzo para superarla.

¡Agricultores de Castilla, esforzaos! Castilla os necesita, no la defraudéis, ¿qué sería de nosotros sin vuestro esfuerzo? Entended que la cebada este año tiene que reducir su precio a la mitad, vosotros estáis hechos para el sacrificio. Seguid por los mismos caminos de siempre y por nosotros no os preocupéis, que ya construimos autovías.

Y por mi parte, querido agricultor, ¿qué quieres que diga? Sigue adelante porque si tú te parases no sé qué sería de nuestra sociedad.

GRACIAS


Camporredondo otoño de 2008

El pastor


Para aquéllos que desconocen el mundo rural, pero sobre todo para aquellos que oyen pero no escuchan, quiero contaros una anécdota más ocurrida en mi pueblo.

Darío, hombre de ciudad, pero ligado al pueblo, decidió vender la parcela de La Fuente (nombre supuesto). Alfredo, dijo al posible comprador: he decidido vender la parcela y he pensado que quizás te interesa. Me interesa, contestó Alfredo, ¿cuánto quieres que te valga? Creo que 10.000 (Cantidad supuesta) sería correcto ¿qué te parece? El agricultor se le quedó mirando y dijo: seguro que 10.000 es el precio de la parcela pero, para mí, vale 15.000, venga esa mano y sea este su precio. Y Darío no le dio la mano, abrió los brazos y dijo: ¡esta lección no la olvidaré jamás! Y fue una amistad que perduró hasta el fin de los días.

Y es por este mundo por el que grito, aunque, como decía al principio, no me escuche ni dios.

jueves, 5 de septiembre de 2013

La autovía

Pudo haber sido, aquella tarde, una más de las que salíamos de casa para que mi esposa recorriera los seis kilómetros que, como gimnasia de mantenimiento, a diario se imponía. Pero no fue así, aquella tarde llegamos al punto en que solía iniciar su caminata y cuando ella comenzó el paseo yo me sentí atraído por una fuerza invisible que tiraba de mí en dirección oeste, ella iba en dirección noreste. Aquella energía fue arrastrándome, suavemente, hasta un lugar fascinante donde no existe el estrés, lugar desde donde se aprecia que los “otros” tienen prisa, mientras te preguntas: ¿a dónde nos lleva la velocidad? Este lugar, mágico, ni sé por qué, ni desde cuando, le llamamos El Pico De Los Gatos. 

Cuando fui aproximándome, entre la nebulosa que parecía envolverle, fue apareciendo, ante mí, la figura de un hombre sentado sobre el cabezo que, sin volverse para mirarme, me dijo: Acércate, no te dé miedo contemplar la historia, la vida desde esta atalaya. Sin poder responder, allí me quedé, no sé si sentado a su lado o flotando sobre aquella nube que envolvía el entorno.

Mira hacia poniente -me dijo sin volverse para mirar- ¿ves aquel rebaño que por el barco Brigoso va descendiendo hacia el puente de El Masegar? lo conduce un niño muy asustado, ¿sabes por qué tiene miedo? porque se dirige hacia la carretera de Segovia y él sabe que las autoridades han prohibido el pastoreo por las cunetas de la carretera, pero su responsabilidad le obliga a tomar una de las dos opciones que tiene: si le pillan careando con sus ovejas por las cunetas de la carretera, le multarán, pero si no consigue que sus ovejas llenen la andorga, el herradón se resentirá y con él la débil economía familiar. Por eso toma la decisión, y sin otro reloj que el sol del mediodía, se dirige hacia el lugar en que su rebaño podrá pastar las amapolas... mielgas... matacandiles... lechinternas que, provocadoras, se ofrecen a su vista. Él ha decidido que esta hora es la mejor. Entre la una y las tres de la tarde el capataz y el caminero de la carretera estarán comiendo y, como el calor aprieta, también echarán un rato de siesta. El tráfico no será problema, a esa hora los pocos vehículos que hay mantendrán sus motores apagados. Entonces, el pastor ha pensado: ¿a qué esperar? El día, con un poco de suerte, puede ser muy provechoso.
¿Lo ves? Si sigues al rebaño por la carretera verás que su éxito ha sido total. Las ovejas entraron trasijadas por el Puente de los Tres Ojos, y ahora llegan ahítas de pasto, y el pastor lleno de alegría, a la cañada merinera, ya sólo le queda recoger el fruto de su trabajo y su miedo cuando, enjutando las ubres de sus ovejas, vea el herradón colmado. 

Mira me dice; abstraídos como estábamos con la carretera, el rebaño y el pastor, no hemos observado que aquí, en la base del pico, entre el arroyo de El Masegar y el camino de El Arrabal, un ser humano lucha, a brazo partido, con la esteva del arado romano. La tierra está empantanada, las patas de los animales y las botas del muchacho se hunden en el fango. El arado, cargado de barro, pesa demasiado para sus reducidas fuerzas, la lucha es desigual pero, como sea, hay que remover la tierra, o se orea, o la cosecha próxima no será. El control de los animales no es posible. ¡No ves que es imposible! Exclama como enfadado.

En una de estas vueltas y revueltas la punta de la reja del arado se hunde en la parte trasera, en la ranilla de la pata del animal más nervioso. El “mozo” no puede más, abandona la esteva, desunce el par y ¿lo ves? ¡Se va para casa! Pudo haberlo visto antes, me dice, pero es que es necesaria la cosecha y el tiempo de siembra se está pasando, no hay alternativa, ¡el chico tenía que intentarlo! porque hay que subsistir ¡Esta batalla la ha perdido, pero él seguirá luchando y, al final, ganará la guerra, eso puedo asegurártelo!

Mira, siguió diciendo, ¿ves allá, por el fondo de la cañada merinera en dirección al valle que lleva a Cogeces? Aquel tropel que aparece precedido de los burros con los serones, son las merinas, 6000, o más, forman el rebaño, van camino de las montañas leonesas, donde pasarán el verano lejos de los calores de la dehesa del sur de España. Esta es la cañada Real Leonesa Este, 90 varas castellanas tiene de anchura en todo su recorrido y ahí, donde ves que se inicia la subida a El Bosque, en esa explanada descansarán. Es uno de tantos descansaderos que a lo largo de los cientos de kilómetros de recorrido disponen los animales para descansar. La medida del descansadero, si la memoria no me falla, es de 130x130 varas. Desde ahí el rabadán o tal vez algún pastor se acercará hasta Camporredondo, o quizás a Santiago del Arroyo, para hacer provisión de víveres mientras el ganado descansa.

En el pueblo dejarán a Tigre, perro fuerte, es el terror de los lobos, le dejarán con su collar de puntas y todo, lo dejarán como regalo de amistad en la tienda en la que reponen sus viandas todos los años. Y como Tigre es tan fuerte y noble, los hijos de los tenderos le prepararán unos arreos, hechos con atillos y, uncido a un cajón vacío, de los del tabaco, lo arrastrará transportando en su interior a un niño pequeñito y enclenque.

Te he dicho que hoy descansarán ahí, pero no siempre es así, ayer pasó la yeguada y pasaron toda la noche en la nava de abajo, nada más pasar El Coletillo.

No sé si te habrás dado cuenta, continuó diciendo, que mientras hablábamos no ha dejado de arrullar la tortolilla, si bajas unos metros en la ladera, verás que hay un corte casi vertical; pues si te sitúas en la parte de arriba hay un pino cuyas ramas quedan a la altura de tu vista. Si te fijas bien allí está la paloma en su nido, no la asustes que está incubando, puedo asegurarte que no se moverá pero… ¡espera! deja que esos cazadores vascos pasen en mano por la ladera. Cuando comiencen a patearla, el bando de perdices que vienen arreando desde las laderas de La Cazuelilla, alzará el vuelo y uno de los pájaros, por los disparos de los cazadores, caerá alicortada, irá a amonarse entre aquellas dos piedras que hay antes de llegar al labrantío.

¿Ves aquel mozo que, con el arado de vertedera, está arando junto al arroyo? ¡Si hombre! El que ara la misma tierra que estaba anegada. Pues cuando los vascos lleguen a las laderas de Las Higueras, cogerá la escopeta que tiene, desarmada, en el carro y verás cómo va en busca de la perdiz, porque él la ha visto amonarse. ¿Lo ves? Ya ha cazado y es que, aunque vaya a arar, lleva la escopeta por si, como hoy, puede traer algo para el arroz. (Cuando el campo nos ofrezca una oportunidad hay que aprovecharla; falta mucho para tener poco).

Mira, tan distraídos estábamos con la perdiz, que no nos hemos dado cuenta del hatajo que ha pasado por detrás. No hace ruido, no lleva cencerras, ¿sabes por qué? Pues porque esto está vedado para el pastoreo, se llama el vedado de El Quemado y si el guarda lo ve le multa. Se llama así porque hace algunos años – el pastor aún no había nacido- se quemó este tranzón y lo sembraron de nuevo, por eso lo acotaron, para que las ovejas no pisen los pimpollos. Si esperas un poco más, verás lo que va a ocurrir: antes de llegar al cortafuegos que separa el monte libre del vedado, encontrará un riscal y allí, entre dos piedras, sorprenderá a una liebre en la cama. Antes de que el leporino se dé cuenta ya le habrá atrapado. Después, si sigues los movimientos del pastor verás que, con la liebre en la mano, se acercará al cerro, ¿para qué? Mira; ¿ves aquella cuadrilla que allá, por La Cañadilla, están rozando achicorias con la binadera? Pues una joven de las que forman el grupo es el amor del pastor y, a pesar de la distancia, él sabe que, cuando las ovejas aparezcan por el balcón, ella mirará y, entonces, alzará su trofeo con la ilusión puesta en que ella lo verá. Después, cuando se encuentren, el enamorado le contará su “hazaña” y ella le responderá que veía algo pero que no sabía lo que era. No pasará mucho rato sin que se ponga a llover, las escardadoras dejarán el surco, marcharán para casa y el enamorado pastor, metiendo la liebre en su alforja, se internará en el bosque. ¡Grande es el amor entre la campesina y el pastor!

¡Espera! ¿Ves aquel carro cargado de burrajo que, tirado por un macho blanco, se dirige hacia el pueblo? Pues dentro de muy poco, apenas haya llegado a la curva de la cañada, el anciano que lo conduce se llevará un susto de muerte: Una vaca escapada de los encierros de Portillo, durante un “eterno” corto trayecto, le hará compañía. El carrero sujetará por el ramal al asustado macho, y la vaca arreada por el improvisado vaquero -que tiene su amor en Camporredondo- dejará atrás el carro y su carrero para dirigirse hacia el pueblo. Aquellos poceros que ves al borde de la carretera por un momento se sentirán toreros y saldrán con sus chaquetas para darle unos pases de pecho, pero si tienes paciencia verás que la profundidad del pozo les protegerá de la acometida del animal que, a falta de toreros, arremeterá contra el grupo de bicicletas de los poceros, destrozándolas. Mira; ¿conoces a aquella criatura que riega remolachas en el recodo? Pues enseguida saldrá corriendo para protegerse en aquella pimpollada. La res brava seguirá su camino hacia las eras del pueblo, donde están dando el último repaso a las granzas y al barrido de la era. Al aparecer la brava, la gente corre despavorida, el abuelo, con un camizo en la mano, quiere hacer frente a la fiera y es su nieto quién, cogiéndole en brazos, le hará desistir de su locura obligándole a subir al carro. Un par de animales, desenganchados del trillo, trotan hacia el pueblo, pero la bestia es más rápida y los alcanza, corneando gravemente a un animal que tras deambular toda la tarde, al beber agua en el arroyo que baja de El Bon caerá fulminado.

La vaca, en su huida, seguirá por el Sotillo y después dirán que la guardia civil le dio muerte en un pueblo de Segovia.

Mira, siguió diciendo; dos hombres, acompañados por un perrito blanco, recorren los cauces y arroyo de la vega de El Masegar. ¿Qué hacen? Pues sin más herramientas que una barra de acero, un azadón y sus manos, buscan donde dejar un poco de lo que les sobra. Sólo pretenden que allí, con el topo que aparezca, y si la suerte les acompaña, aportar un granito más a la desabastecida mesa que en casa se dejaron. Con las alforjas repletas de topos regresarán a su casa, donde unos serán consumidos en el propio hogar y el resto lo venderán para sacarse unas pesetillas con las que ayudar a su débil economía. Toda ayuda que la naturaleza nos ofrezca hay que aprovecharla y los topos es una de ellas.

El método de caza es el siguiente; el perro rastrea al roedor y le obliga a delatarse, comenzando la persecución a través de los túneles en la pestaña del cauce o el arroyo. A veces es el propio can el que atrapa la pieza, pero otras es el hombre el que espera al topo a la salida del túnel y, aún a riesgo de ser mordido, lo atrapa con sus propias manos. Y ¿la barra? Cuando el topo se resiste a salir del túnel, uno de los hombres se coloca a la salida y el otro, con la barra, va pinchando aquí y allá hasta que le obliga a salir, en ese momento la mano humana se cierra sobre la infortunada rata de agua (topo de rivera) que ya no tendrá más opción que la de pasar a engrosar la alforja. De esta manera cazan los topos, y de esta manera, tan rudimentaria, estos hombres conseguirán que mañana haya un plato de comida para ellos y su familia.

El alimento de estos roedores es de lo más saludable; raíces y todo lo que el agricultor siembra en las proximidades de cauces y arroyos.

Largo rato hace que mi esposa camina, se me hace la hora de ir a su encuentro, pero no puedo dejar sin aclarar tantas dudas como me han surgido de mi encuentro con aquel ser extraño que me encontré, sentado sobre una piedra, al borde de la ladera de El Pico de los Gatos.

Le invité a subir al coche. No opuso resistencia, se acomodó en el asiento y yo, como si hubiera despertado de un profundo sueño, le pedí que fuera desenredándome aquella madeja de la que no era capaz de encontrar la punta del hilo, y comencé mi interrogatorio:

Empezando por el final; me hablas de unos hombres que buscaban topos por los cauces y arroyos... que con ello ayudaban a la economía familiar... que vendían y comían estos roedores (...) ¿Debo entender que te refieres a las ratas de agua de las que Delibes habla en su novela Las Ratas? Porque por aquí no hay otros topos que los ya famosos topillos que tantos quebraderos de cabeza dan a nuestros agricultores. Si hubo ratas de agua (topos de rivera) sería cuando el agua corría por nuestros cauces y arroyos, pero de eso hace ya muchos años, sería en los tiempos en que también había cangrejos y peces. Se ve que gozas de buena memoria porque eso ya pertenece al pasado. Tan pasado es, que muchos de los cauces han desaparecido, que hay arroyos en trance de desaparecer y, desde luego, el agua no corre por ninguno de ellos, ¿Cómo podría haber ratas de agua? ¡Ahora hay topos de secano!

Dices que un pastor, con su rebaño, pasaba por detrás de nosotros... que el pinar se había quemado... que hay un riscal y una liebre que mostraba a su novia que estaba rozando achicorias... y mira; no hay pastor en edad de enamorarse, los pinos que podrían pisar las ovejas son tan grandes que, con camiones, se están llevando la madera. ¿Cómo es posible que la novia del pastor esté rozando achicorias si hace muchos años que no se siembran? Los tostaderos de Santiago, Viloria, Pedrajas, Iscar entre otros, que las transformaban en sucedáneos del café, desaparecieron. Además, las binaderas son herramientas de museo, las malas hierbas se combaten con herbicidas…

Casi me haces bajar la ladera para contemplar, decías, el nido de la tortolilla. Mira, negro te verías para encontrar una palomilla de esas ¡casi están exterminadas! O mejor dicho, hace muchos años que no quieren saber nada de nosotros.

También me has hablado de cazadores vascos... que el arador con su escopeta y… mira, mira, mira, el término ya hace rato que está acotado para la caza, además ¿a qué iban a venir los vascos a cazar si no hay caza? ¡Lo del mozo arando con la yunta y el arado de vertedera ya es el colmo! Pásate por cualquiera de los museos rurales y sólo allí encontrarás ese arado. Si hubieras mirado, habrías visto que lo que allí se movía era un tractor doble tracción, automático y con aire acondicionado y no un par de machos tirando del arado.

¿Cómo quieres que me crea que los machos se atrancaban en el cieno si ni siquiera baja agua por el arroyo?

También has hablado de un perro, un cajón, un niño... las merinas, la yeguada... 

¡Oye, oye! Las merinas salen por televisión por la calle de Alcalá, en Madrid, como espectáculo para los viandantes, pero nada más.

En cuanto al niño enclenque, el perro y el cajón; ¿quieres decirme que los niños no tienen juguetes? ¿Que los niños están desnutridos? Verás: en el pueblo no hay niños, pero donde los hay se pasean en coches automáticos que funcionan con energía solar. Y ya el no va más; ¡niño enclenque! Será porque esté enfermo, pero no por desnutrición, ¿no les has visto con un donut, en cada dedo, para el desayuno? ¿Y comiéndose un bocadillo de hamburguesas, de siete pisos? Está claro que tú no ves la tele.

Y quiero volver sobre las merinas; ¿quieres decirme por donde pasarían las merinas, o las yeguas, si no hay cañadas? Están todas roturadas o urbanizadas, ¿no comprendes que no tenemos terreno donde construir o cultivar?

No sé cómo se te ha podido ocurrir... el hatajo...el niño pastor, las amapolas, las mielgas, los matacandiles y la carretera de Segovia. Vamos a ver; ya sabes que nada mas hay un rebaño de ovejas en el pueblo y, desde luego, no lo conduce un niño. Pero además, hoy, el niño está obligado, por ley, a asistir a clase hasta los dieciséis años.

¡Pastar las ovejas en las cunetas de la carretera de Segovia! ¿Pero no ves que es autovía? Además ¿no ves que sería suicida andar con las ovejas entre los coches? Y te digo una cosa: si se le ocurriera andar por allí con las ovejas, no sería el caminero o el capataz, sería la guardia civil la que se le llevaría detenido.

Cuando llegamos al barco, por donde sube la cañada hacia El Bosque, paré el coche y le dije: mira hacia el barco que conduce hasta Cogeces y dime: ¿por dónde pasarían las merinas? Fue entonces cuando fijó su mirada sobre el fondo del valle y exclamó: es verdad, les corta el paso la autovía.

No pudo darme una explicación a lo sucedido, sólo se limitó a decir, ¡es que yo lo había mirado con los ojos del corazón!

Déjame aquí, me dijo, como no tengo prisa, seguiré vagando por estos cerros intentando averiguar adónde va el ser humano con tanta prisa.

Nos despedimos, no sin antes prometerle que yo volvería, pues sé que le encontraré aunque él quiera ocultarse.

Puse primera y segunda y tercera, y cuando el coche, dirigido por la ruta que en otro tiempo siguieran las merinas, llegó a la carretera de Fuente Mínguez, una campesina y Boli, el pequeño Yorkshire, ya me esperaban.

Camporredondo, Abril de 2008