Mostrando entradas con la etiqueta campo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta campo. Mostrar todas las entradas

martes, 9 de enero de 2018

Seguimos con nogala y olma. ¿Y van?

Lo primero que, por respeto, debo de hacer, es pedir disculpas a mis colegas y amigos rurales por mis reiteraciones sobre temas y palabras que ellos saben mucho mejor que yo. Al mismo tiempo debo pedirles comprensión por mi insistencia porque… ¿tengo otra opción? No podría acostumbrarme a que las ovejas fueran delante del pastor.

Seguimos.

Cuando son –aproximadamente- las 19 horas y veinte minutos del día 18 de octubre de 2017, oigo que la radio dice:

Buenas tardes. Dice Miguel Delibes -en “El disputado voto del señor Cayo”- que la sombra de la nogala es muy traicionera. Bueno, él pone esta frase en boca del propio Cayo -la sombra de la nogala, que no es la sombra del ciprés-. Pero hay más nogalas en los libros de Delibes, como la de la tía Bibiana en “Viejas historias de Castilla la Vieja” por ejemplo. La pregunta es la siguiente: ¿es que no son lo mismo un nogal que una nogala? ¿Es que acaso no son el mismo árbol? Veamos: biológicamente son lo mismo -estamos hablando, en ambos casos, del nogal como árbol- otra cosa es que, en la Castilla rural, se haya cuidado el lenguaje hasta tal punto que se ha llegado a distinguir entre un nogal normal y corriente y un nogal corpulento de tronco más ancho y hermoso. Y eso es precisamente una nogala: un nogal más hermoso. Podríamos decir, más grandón. Así se puede leer este cambio de género en las obras de Delibes como también pasa, -cuidadito-, con olmo y olma. ¿Esto  qué es? Pues para mí es otra riqueza más del español de los pueblos de Castillla y León que diferencian, por su altura de tronco, entre nogal y nogala.

Como lo primero que hace el “experto” -en temas arbóreos, Delibes y lenguaje rural- son dos preguntas, intentaré responder con mi bajo nivel cultural: sí, el nogal y la nogala son lo mismo. Sí, son el mismo árbol, no le quepa a usted la menor duda, aunque a usted –por su bajo nivel en lenguaje rural- le pareciera siempre que nosotros le cambiamos de género.

A partir de aquí me veo en la obligación –aunque ya sé que el “experto” no lo entiende- de aclararle, otra vez más, por qué los hombres y mujeres rurales llamamos nogala a lo que no es más que un simple -más o menos desarrollado- nogal. De nuevo, ahí voy:

Cuando el nogal está aislado (caso del de “el señor Cayo, o el de la tía Bibiana y otros”), por el hecho de crecer aislados, se aprovechan más de aguas y nutrientes del suelo. Por tal motivo se desarrollan más y más rápidamente. Pero le voy a aclarar un poco más: el mismo nogal puede crecer aislado y, -comparado con su entorno- puede parecer exagerado su tamaño, entonces diremos: ¡vaya nogala! 

Pero vamos con el paso siguiente: ese nogal que, en un momento, nos pareció enorme, le incluimos dentro del conjunto de nogales (nogaleda) y no pasa de ser un nogal más.

Usted -que es más listo que el hambre-, ya se ha dado cuenta de que para ser nogala es necesario que el nogal sea -como usted dice- algo más que hermoso.

Todo lo que hemos dicho para el nogal/nogala es igualmente válido para olmo/olma.

Dicho lo dicho y escuchado lo escuchado, esto queda como sigue:

Nogala.- nogal desarrollado que crece –normalmente- aislado, al lado de construcciones o no.
Olma.- olmo que crece aislado y, comparado con el entorno, es de mayores proporciones.

Pero la misma nogala, o la misma olma, si están incluidos en la nogaleda o la olmeda (campo plantado de nogales o de olmos), no pasarían de ser más que un nogal o un olmo más. Eso sí, diríamos… ¡vaya nogaleda, u olmeda! Según su desarrollo o, simplemente, por su capacidad para impresionar nuestro sentido visual (nuestro ojo).

Podríamos añadir más ejemplos, pero ya está bien de aburrir y querer dar clases a los maestros rurales. Mí clase va dirigida a los “expertos” que estén interesados en aprender.

A continuación os presento lo que, sobre nogala, entiende el “experto” en lenguaje rural. Así lo publica en distintos medios, al parecer, tan expertos como él:

Nogala: En los pueblos castellanos suele distinguirse entre árboles masculinos y femeninos más que por su género por su tamaño. Un chopo, especialmente corpulento y de formas redondas, será una chopa; igualmente un nogal, con una gran copa, ancha y poderosa, será una "nogala". (Investigación de campo)

Supongo que con esta vez ya será suficiente para que los “intelectuales” -en lenguaje rural-, les quede claro que la palabra nogala, olma, peza, canalona (no cacanalona)… no es producido por un cambio de género, sino una exclamación ante lo magnífico según el entorno en el que crecen. No, en los pueblos castellanos saben -por naturaleza- lo que es un nogal, un olmo, un chopo, un pez…etc. Fíjese si lo sabrán, que son ellos los que lo siembran o plantan.

Camporredondo, 20 de octubre de 2017

lunes, 17 de abril de 2017

Liga

Es radio CYL Es el campo, Dialecto agrario (12-4-2017)

A la pregunta de la presentadora...
"Jorge ¿qué significa liga?, buenas tardes". Responde el “experto”:

Muy buenas tardes. En un libro de Miguel Delibes llamado “Viejas historias de Castilla la Vieja” el protagonista se queja de que, al ir a estudiar a la capital, el hecho de ser de pueblo se le hacía una desgracia ante sus compañeros de clase, y no podía explicar cómo se cazan gorriones con cepo o colorines con liga, porque sus compañeros le menospreciaban y se reían de él. ¿Qué es la liga? La liga es un junco o un palito estrecho, de unos cincuenta centímetros, al que se enrolla una goma que tiene efecto adhesivo. Las ligas se ponían, antiguamente, junto a los montones de grano, o los bebederos, así, cuando los pájaros iban a comer, o beber, se quedaban pegados a ellos. Claro y ¿para qué esta caza de pájaros en los pueblos?, pues cuantos menos pajaritos hubiera, menos granos de cereal se iban a comer. Observen -si alguien no lo ha visto- este próximo verano por ejemplo, a los gorriones picoteando en los montones de cereal de las eras de cualquier pueblo. Y, si no han visto alguna liga de éstas, pues pregunten a la gente mayor que, en general, casi todos ellos sí que las conocían.

Y en el glosario de Cátedra Miguel Delibes (copiar y pegar) también opina el “experto”:

Liga
VHCV p. 12
El Topo, el profesor de Aritmética y Geometría, me dijo una tarde en que yo no acertaba a demostrar que los ángulos de un triángulo valieran dos rectos. "Siéntate, llevas el pueblo escrito en la cara". Y a partir de entonces, el hecho de ser de pueblo se me hacía una desgracia, y yo no podía explicar cómo se cazan gorriones con cepos o colorines con
liga, ni que los espárragos, junto al arroyo, brotaran más recios echándoles porquería de caballos, porque mis compañeros me menospreciaban y se reían de mí.
liga1.
(De ligar).
1.
f. Cinta o banda de tejido elástico, a veces con hebilla, para asegurar las medias o los calcetines.
2.
f. Venda o faja.
3.
f. Unión o mezcla.
4.
f. Acción y efecto de ligar (alear dos metales, fundiéndolos).
5.
f. Confederación que hacen entre sí los príncipes o Estados para defenderse de sus enemigos o para ofenderlos.
6.
f. Agrupación o concierto de individuos o colectividades humanas con algún designio común.
7.
f. Competición deportiva en que cada uno de los equipos admitidos ha de jugar con todos los de su categoría.
8.
f. Cantidad de cobre que se mezcla con el oro o la plata cuando se bate moneda o se fabrican alhajas.
9.
f. Cuba. Mezcla de hojas de tabaco de diferentes plantaciones con el fin de lograr un producto de mejor calidad.
hacer alguien buena ~ con otra persona.

1.
fr. Convenir con ella por sus condiciones.
hacer alguien mala ~ con otra persona.

1.
fr. No convenir con ella por sus condiciones.
liga2.
(De or. inc.).
1.
f. muérdago.
2.
f. Masa hecha con zumo del muérdago para cazar pájaros.
Liga:
Junco o palito estrecho de unos 50 cm., al que se enrolla una goma que tiene efecto adhesivo. Las ligas las ponían al lado del grano o en los bebederos. Así, cuando los pájaros iban a comer, o beber, se quedaban pegados a ellas. Esto se hacía para que no se comieran el grano. En verano, en cualquiera de estos pueblos, se puede ver a los pájaros en las eras comiendo encima de los montones de cereal. (Investigación de campo)
LSI p. 12
(...) le obsequiaba, a falta de bocado más exquisito, con una picaza, o una ratera, o media docena de gorriones atrapados con
liga
en la charca,

Bueno, pues todo este repertorio -que por cierto es lo que recoge el DRAE en su vigésima segunda edición- para ilustrarnos sobre algo que el "experto" desconoce y que, según parece, o no ha investigado o, una vez más, le ha fallado su "investigación de campo". La primera parte es la charla que nos largó en la emisora “Es Radio CYL programa El campo, dialecto agrario” (12 de abril de 2017). La segunda parte -para ser fiel al texto- he querido darle a copiar y pegar en Cátedra Miguel Delibes, que es lo mismo, o parecido, a lo publicado en sus libritos sobre el castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes.

Cuando digo que el "experto" desconoce, me apoyo en que si lo hubiera conocido habría copiado la acepción nº 2 -liga² (de or inc)- del DRAE y habría quedado como un señor. Pero no, quería dejar su impronta y la cag... pifió.

Me parece que -como él dice- para las personas mayores (de pueblo) poco o nada tengo que decir (de sobra saben ellos lo que es la liga), pero para los desinformados -jóvenes, o no tanto- por expertos que no lo son, algo debo decir, poco, pero algo me veo obligado a decir:

No, la liga no es un junco, tampoco es un palito de 50 centímetros ni nada que se le parezca. La liga es, ni más, ni menos, que un pegamento que se obtenía a partir del fruto del almuérzago (muérdago en otra parte y en el DLE).

Seguramente hoy -si es que alguien caza pájaros con liga- encontrará pegamentos en el mercado tan eficaces como la liga hecha con las bayas del muérdago. Pero en aquel tiempo había que ingeniárselas como mejor se pudiera. No sería difícil explicar el procedimiento para la obtención de la liga, pero es algo que no voy a hacer, porque siempre me pareció cruel esta forma de cazar pájaros, y ahora no lo es menos. Nunca cacé pájaros con liga, entre otras cosas porque, desde mi más tierna infancia tuve mi tiempo ocupado en otros menesteres de los que no formaba parte cazar pájaros con liga. No obstante, sí puedo decir y digo: la liga es una clase de pegamento obtenido de las bayas del almuérzago (muérdago es más corriente, y también se conoce como liga) y, como dicen otros, "punto". El junco, el palito de 50 centímetros, la teja, la piedra, la rama del árbol, la antena del aparato de radio del coche para que no te lo caguen, etc. son el soporte sobre el que depositar la liga para que los pájaros se peguen y no puedan -nunca mejor dicho- despegar.

Y para qué darle más vueltas:

Liga: pegamento que se obtiene (o se obtenía) a partir de las bayas del muérdago y que algunos empleaban para cazar pájaros con… liga.

En este caso tengo hasta el apoyo del Diccionario de la lengua española (DLE), vean:

liga²

De or. inc.
1. f. muérdago.
2. f. Masa hecha con zumo del muérdago para cazar pájaros.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados
¿Algo más que decir? Sí ¿Se cazaban los pájaros para que no se comieran el grano? Es posible que algo hubiera y que, desde hoy, se diga así. Pero, en otro tiempo, se cazaban para comerlos (había hambre, mucha hambre), también para enjaular y vender, sobre todo jilgueros y demás aves canoras. De ahí que los sitios más apropiados, siempre, fueran los bebederos, allí acudían toda clase de pájaros y allí se cazaban… ¿con juncos o palitos? Allí se empleaba la liga y el soporte más adecuado en cada ocasión.

Voy a permitirme indicar otro espacio, en el campo, en el que se cazaban pájaros con liga: cuando nevaba en el pueblo, y por tanto en sus eras, los pájaros se las arreglaban para retirar la nieve allí donde sabían que podía haber algún resto de grano del verano anterior. Bien, pues estos espacios se aprovechaban para colocar la liga sobre el soporte más adecuado, para que cayeran los pájaros y después freírlos en la sartén. No, no era para que no se comieran el grano, era para comer pajaritos fritos (a falta de pan buenas son tortas; a falta de perdices, o faisanes, buenos son -o eran- los pajaritos).

A ver qué os parece: dicen que un día -en el arroyo del Masegar (arroyo muy cangrejero cuando aún traía agua)- se encontraba un doctor cum laude pescando cangrejos. En esto que pasó por allí el paleto del pueblo (yo) y preguntó al culto pescador: ¿qué cebo usas? El doctor, muy sabio él, respondió: pues reteles y arañas. El paleto (yo), extrañado, dijo para sus adentros: ¡qué raros son estos universitarios! y siguió su camino. ¿Sería esto posible?... Entonces ¿por qué el retel y la araña no pueden ser cebo, y el junco y el palito de 50 centímetros sí que pueden ser liga? Bueno pues... ni lo uno, ni lo otro. Para pescar cangrejos el cebo bien puede ser hígado, lombriz de tierra u otros y, para cazar pájaros con liga, condición indispensable es disponer del pegamento que, en este caso, es el obtenido de las bayas del muérdago que no se llama ni junco, ni palito, sino: LIGA.
O sea ¿qué significa liga? Lo define muy bien, un poco más arriba, el DLE.
Lo demás: juncos, palitos, tejas, piedras, ramas, antenas de coche…etc.: son meros soportes de la liga para cazar pájaros.

Esgarabuches. Cepo para cazar pájaros. También se cazaban con liga

Y ahora me permito una licencia añadida: cuando Delibes escribe que Isidoro cazaba gorriones con cepo, yo añadiría: o esgarabuches (ballesta para otros) además de añadir que tanto el gorrión como el colorín se cazaban, indistintamente, con cepo (esgarabuches) o liga (muérdago). Lo que pasa es que el esgarabuches solía ser trampa mortal y la liga no.

Estos dos esgarabuches pertenecen a lo que fue el "Museo de la vida rural La perdiz"

Dicho y escrito en:
Camporredondo, 13 de abril de 2017

martes, 21 de marzo de 2017

Olma 2

Y quiero seguir usando mis modestos archivos, no vaya a ser que mañana lo lamente. Además quiero insistir: es posible -no soy más que un humilde paleto-  que no quede claro lo que digo o, sencillamente, me haya equivocado. Por tanto, aquel que no esté de acuerdo, o dude de mis razonamientos, aquí tiene, y yo se lo agradecería en el alma, ocasión para rebatir, o preguntar sobre aquello que yo no haya sido capaz de dejar claro. Entre todos, vosotros y yo, podemos aportar luz sobre las tinieblas que otros se encargan de propagar.

Ahí va lo que tecleé hace unos meses: 

En el “Diccionario” del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes, editado por ediciones Cinca, he pasado por delante de “nogala” y estuve tentado de volver a replicar. Entonces pensé: ya está bien de dar la paliza a los seguidores de “La pizarra de Gaude” si ya hemos dicho lo suficiente sobre su significado. Pero llegué a la palabra olma y vi que el “experto” sigue en sus trece. Entonces me dije: tengo que seguir porque, además, es otra nueva oportunidad para insistir sobre aquella otra palabra que tanto impacto causó entre los bienintencionados seguidores de los “Diccionarios”. Esta palabra es: cacanalona ¡Dios bendito!

Ya comenté que encontré en un importante periódico de tirada nacional (ABC) la palabra cacanalona como el gran descubrimiento realizado por el autor de los libritos, por lo que ahora, a la par que insistimos sobre olmo-olma, nogal-nogala, recogeremos también la palabra cacanalona.

El “descubridor” de cacanalona (palabra que ya dejamos claro que Delibes nunca escribió, porque no existe) sigue machacando con que, en los pueblos castellanos distinguimos entre árboles masculinos y femeninos más que por su género por su tamaño. “Un olmo, especialmente corpulento y de formas redondas, será una olma; igualmente un nogal, con una gran copa, ancha y poderosa, será una “nogala”. Como me parece que esto ya lo dejamos claro en su momento, ahora quiero incidir sobre el sentido que Delibes le da –así lo creo, e intentaré razonarlo- a la palabra canalona que esta sí, tiene sentido rural.

Hemos dicho, que el olmo solitario y en cuanto excede de una determinada frondosidad le llamamos olma; igualmente ocurre con nogal-nogala; también lo aplicamos sobre el pez que excede del amaño corriente: lo llamamos peza.

Ahora se nos presenta un caso similar, dice Delibes en “Mis amigas las truchas”: “El Navia es un río incitante que aquí se ciñe a una CANALONA tumultuosa no más ancha que un par de metros y allá se explaya en una vadera que uno no es capaz de franquear de un lance con cucharilla del 3. (…)”.
Vayamos con esta “manía” que tenemos en los pueblos castellanos -como dice el “experto-” de distinguir a los árboles (y otras cosas, como vamos a ver) más que por su género por su tamaño.

Dice el DRAE:

canalón
Del aum. de canal.
1. m. conducto que recibe y vierte el agua de los tejados.

Delibes llegó al río Navia, y observó un canalón tan extraordinariamente grande que no encontró otra palabra más a mano –como me ocurría a mí cuando pescaba un pez de dimensiones extraordinarias -¡vaya peza!, decía yo- el escritor -que llevaba el pueblo escrito en la cara dijo-: ¡vaya canalona! Así lo escribió y así fue hasta que llegaron los expertos y dijeron: Delibes vio un canalón muy grande y lo llamó eso: cacanalona. Pero no quedó ahí la cosa, llegaron lo colegas del “experto” y dijeron: ¡vaya palabra que ha rescatado del olvido, Urdiales!

Entonces ¿cómo queda la cosa? Pues que en los pueblos de Castilla seguimos (porque somos muy brutos) sumando árboles o cosas a las que no distinguimos por su género sino por su tamaño:

Nogal solitario y de dimensiones extraordinarias según su entorno: NOGALA

Olmo con las mismas características del nogal: OLMA.

Pez extraordinario en el arroyo del pueblo: PEZA.

Y ya tenemos una más: canalón de dimensiones extra: CANALONA.

Es que en estos pueblos de Castilla somos la lechona. Bueno, no me queda muy bien, quise decir: ¡somos la leche!

Como final, y aunque los libritos no hacen mención a ella, quiero referirme a la palabra vadera que Delibes llama, muy correctamente, al vado ancho que nadie es capaz de franquear de un lance con una cucharilla del 3. (¿Otro cambio de género por su tamaño?).


Camporredondo, 17 de octubre de 2015

PD. De sorpresa en sorpresa: no puedo -o no debo, ni quiero- pasar por alto, la última intervención (15-3-17) del experto en Miguel Delibes en Es Radio CYL Es el campo. Pero no temáis: no os largaré todo el discurso. Dice el experto:

(…) consiste, esto del lance ligero, en ir a por el pez dentro del río, a veces contra corriente.

Yo siempre pensé que el pez hay que buscarlo dentro del agua, porque de lo contrario habría que buscarlo en la pescadería o dentro del cajón en el que lo traía el fresquero por los pueblos. Así que, por si había alguna duda: a por el pez hay que ir dentro del río, si es río, o del mar si es en el mar. Aunque también puede ser en el arroyo donde, si es grande, lo llamaremos “peza”. Sigue el preguntado y llega hasta…

…hoy hemos hablado del Delibes pescador y del “lance ligero”, que es el que te obliga a meterte dentro del río para pescar.

Ya sabéis que soy de secano, quiero decir que no entiendo de pesca -ni de peces- más allá del que se pone en la mesa. Pero sí me gusta saber, y como me gusta saber he buscado y leído algo sobre el “lance ligero” como modalidad de pesca. Esto es lo que, sin entrar en profundidades -en las que me ahogaría- he encontrado: El lance ligero parece ser que es modalidad de pesca que consiste en lanzar el anzuelo con el cebo y automáticamente ir recogiendo el sedal para provocar que los peces, depredadores, se precipiten sobre su posible presa.

Parece -sólo digo parece- que se puede pescar desde dentro del río o el mar, desde la orilla, desde un puente, desde un barco… o sea, añado yo, hasta desde un helicóptero si llegara el caso.

Dice bien Delibes al decir que ha venido a “sustituir la paciente y tradicional figura del pescador de caña y lombriz…”. Parece claro ¿no? Este sistema no obliga al pescador a meterse dentro del agua,  -creo que Delibes no lo dice en ninguna parte- pero sí le obliga a mantenerse activo: lanzar y recoger constantemente.

Y, también, quiero y debo decir: si hasta aquí no he metido la pata hasta el corvejón, si sigo estoy seguro de meterla porque, como el “experto”, no entiendo nada. Y supongo que con la emisora, formaríamos los tres un gran equipo de ignorantes pescadores por el método de “lance ligero”. Eso deduzco al escuchar la emisora.

Esto digo en...

Camporredondo, 20-3-2017


lunes, 19 de diciembre de 2016

Grajeta

Un día -supongo que añorando mis lejanos tiempos de alforja, manta, cayada y juventud- se me ocurrió darme un paseo virtual por la cañada del Camino de Portillo hasta llegar al pinar El bosque que tantas veces recorriera al frente de mi hatajo de ovejas.

Porque el señor alzhéimer -creo- aún me respeta, me pareció que acerté en lo que quería decir y dije. Lo titulé “Un día con el pastor y su hatajo” y lo escrito publiqué en “La pizarra de Gaude”.

Dada por concluida la primera parte, me di cuenta de que la segunda llamaba con urgencia a mi teclado y no pude resistirme a su llamada. ¿Por qué me animé a hacerlo? Pues porque al terminar la primera vi que lo que allí decía -comparándolo con lo que después podía observar al cabo de unos decenios- parecía fruto de mi imaginación. En la segunda parte me di cuenta de lo mucho que había desaparecido en el recorrido de la primera. Contaba la cantidad de aves que ya no podía observar. Por tomar una referencia, me remito a cuando hablando con mi joven interlocutor yo le pregunté por las avutardas. La contestación sonó como un mazazo en la mente del que ama el campo. Él me dijo: “yo no conocí las avutardas en todo el contorno”.

En la primera parte de mi “Día con el pastor y su hatajo”, también hablé de las grajuelas. Decía, cómo, al primer golpe de badajo de las campanas de la torre de mi pueblo, una nube negra cubría el cielo; tal era la cantidad de grajuelas, grajillas o grajetas que se ponían en movimiento. En la segunda parte de “Un día con el pastor y su atajo” las grajuelas ya tampoco molestaban con su ensordecedor graznido (quiá…): habían desaparecido de la torre y de todo su contorno.

Hoy, siguiendo el programa Es el campo de Es Radio CYL escucho que en el Dialecto agrario van a tratar de la palabra grajeta. Conecto la radio y allí está. ¿Conoces –pregunta el presentador al entrevistado- la palabra grajeta? El joven agricultor –me le imagino estupefacto- contestó: no, no sé lo que es. El joven agricultor ni siquiera ha oído la palabra grajeta. Una vez más pregunto: ¿somos conscientes de lo que estamos haciendo?

Más hete aquí que sigo escuchando y el “experto” –que parece conocerlo a fondo- lo relaciona con la grajeta o grajilla de “Los Santos Inocentes" de Miguel Delibes y nos dice que es la milana que Azarías cuida con tanto cariño: no tiene otra referencia. Pero mejor tecleo una parte de lo que escuché:

(…) La famosa grajeta de Paco rabal, la que llevaba Paco Rabal sobre el hombro, era un pollo de grajeta que Miguel Delibes hijo, el hijo de Miguel Delibes y un amigo, rescataron un día (esto me lo han contado los hijos) del suelo, estaba en el suelo caído en Villacastín provincia de Segovia y al final la pobre grajeta acabó mal, se la acabó comiendo un gato, allí, en Sedano. Esta es la grajeta que Delibes tomó como referencia para su libro “Los santos inocentes”.

Ya sabéis que, a veces, digo que es imposible ser experto en aquello que se desconoce. Bien. Aquí tenemos una muestra más que confirma lo que digo: ¿cómo es posible que habiendo leído “La grajilla” de Miguel Delibes, necesitemos que sus hijos nos digan dónde -en qué lugar- recogieron a la grajilla en carnutas? Según el experto, los hijos del escritor le dijeron que fue recogida del suelo en Villacastín. Ni entro ni salgo en lo afirmado; me limito a insertar “La grajilla” de Miguel Delibes y que cada uno saque sus conclusiones. Ahí va.

Cuento breve recomendado: “La grajilla”, de Miguel Delibes


Miguel Delibes

A mis lectores:

Habrán observado que los pájaros, bestezuelas por las que siento una especial predilección, se erigen a menudo en personajes de mis libros. Diario de un cazador está lleno de perdices, codornices, patos, tórtolas y palomas. Viejas historias de Castilla la Vieja, de avutardas, grajos y abejarucos. El gran duque es pieza esencial en El camino, como la picaza lo es de La Hoja Roja. Las águilas, los cernícalos y los camachuelos forman el entorno del pequeño Nini en Las ratas… finalmente, en El disputado voto del señor Cayo y Los santos inocentes, intervienen tres pájaros que juegan papeles fundamentales: el cuco y las grajillas en la primera, y éstas y el cárabo en la segunda. De los tres me he servido para componer el libro Tres pájaros de cuenta, no un libro de cuentos ni de historias inventadas, sino un libro de historias auténticas, vividas por mí y de las cuales son aquellos pájaros verdaderos protagonistas.

Miguel Delibes

LA GRAJILLA
(cuento)
Miguel Delibes (España, 1920-2010)

Al llamar a la grajilla, al cuco y al cárabo pájaros de cuenta no quiero decir que sean malos. No hay pájaros buenos ni malos. Las aves actúan por instinto, obedecen a las leyes naturales, aunque, a los ojos de los hombres, algunas de sus acciones puedan parecer buenas y otras reprobables. Por ejemplo, el comportamiento de los tres protagonistas de este libro ofrece aspectos positivos y negativos. La grajilla, pongo por caso, roba la fruta de los árboles, especialmente de ciruelos y cerezos, pero, al mismo tiempo, nos libra de insectos perjudiciales y de carroña. El cuco, en la época de cría, deposita sus huevos en los nidos de otros pájaros más pequeños que él para que se los empollen, pero, en compensación, destruye orugas y arañas peligrosas para el hombre. Finalmente, el cárabo puede eliminar algún pinzón que otro, o cualquier otro pajarito que le molesta o le apetece, pero, a cambio, limpia el campo de ratas, ratones, topillos y otros roedores perjudiciales.

A los tres les conocí siendo niño -aunque al cuco, que es un pájaro encubridizo, sólo de oídas-, cuando mi padre, que era un hombre maduro, serio y circunspecto, se volvía niño también, en contacto con la naturaleza, y nos enseñaba a distinguir el cuervo de la urraca, la perdiz de la codorniz, la alondra de la calandria y la paloma de la tórtola. Mi padre, ferviente enamorado del campo, conocía sus pequeños secretos, y el más remoto recuerdo que guardo de él es cazando grillos en una cuneta, haciéndoles cosquillas con una pajita larga y fina que introducía en la hura y movía con paciente tenacidad. A veces cazaba media docena y los guardaba bajo el sombrero, de forma que al regresar a casa, entre dos luces, armaban un alegre concierto sobre su calva, sin que a él, que en casa anteponía el silencio a todas las demás cosas, parecieran molestarle. Un día, en el Castillo de la Mota, hace ya muchos años, vi por primera vez una colonia de grajillas. Revoloteaban en torno a las almenas y con sus “quia-quia-quia”, reiterativos y desacompasados, organizaban una algarabía considerable. De lejos parecían negras y brillantes como los grajos, pero, cuando las vi de cerca, observé que eran más chicas que aquéllos -más o menos del tamaño de una paloma- y no totalmente negras, sino que el plumaje de la nuca y los lados del cuello era gris oscuro, y sus ojillos, vivaces y aguanosos, tenían el iris transparente.

Viviendo en Castilla, la grajilla se me ha hecho luego familiar, porque está en todas partes. Es un pájaro muy sociable, que divaga en grandes bandadas, a veces de cientos de individuos, y que, mientras vuelan alrededor de las torres o los acantilados, sostienen entre ellos interminables conversaciones. No son racistas y, a menudo, se las ve asociadas con pájaros más grandes o más chicos que ellas, cuervos y estorninos, preferentemente, no siempre de la misma familia pero también de plumaje negro. Al parecer no les une una razón de parentesco sino el uniforme.

De ordinario, estas aves asientan en lugares próximos a cortadas rocosas y en torres antiguas o abandonadas, incluso dentro de las grandes ciudades. De la familia de los córvidos es el único pájaro que he visto con aficiones urbanas. La corneja, el cuervo, la graja no sólo rehúyen la ciudad sino que ante el hombre se muestran hoscos y desconfiados. En viejos edificios de altas torres, con agujeros y oquedades, la grajilla es huésped casi obligado, aunque luego, para comer, y, en ocasiones, para dormir -como sucede en Sedano-, hayan de desplazarse varios kilómetros al caer la tarde, buscando acomodo.

La grajilla es sedentaria, vive, generalmente, en el mismo lugar que nace durante las cuatro estaciones del año. Sin embargo, he advertido que el bando que merodea por los frutales de Sedano no crece, no es hoy más nutrido que hace seis lustros, de lo que deduzco que, como sucede con las abejas, hay grupos que se escinden cuando la puesta es abundante. Géroudet nos recuerda que una grajilla anillada en Suiza fue hallada en los Pirineos, y en Normandía, otra anillada en Bélgica, lo que quiere decir que hay grajillas que viajan, que efectúan desplazamientos, aunque nunca tan largos y regulares como los que llevan a cabo anualmente cigüeñas y gansos.

La vida sedentaria obliga a las grajillas a comer de todo, adaptando su dieta a los alimentos que les facilita cada estación. Las bayas y frutos de pequeño tamaño les entusiasman, pero se avienen a sustituirlos por caracoles y patatas cuando aquéllos escasean. La grajilla es buscona, ratera; como la urraca, roba de todo, desde fruta del granjero hasta los huevos de los nidos de pequeñas aves, que se come en primavera. Por robar, roban a veces hasta la casa, nidos de otros pájaros, que ocupan tranquilamente aunque luego los acondicionen y decoren a su gusto. El nido de una grajilla evidencia las aficiones coleccionistas de la especie.

En las escarpas rocosas que flanquean el río Rudrón entre Covanera y Valdelateja, en la carretera general de Burgos a Santander, es fácil tropezar con nidos de grajilla. Precisamente al pie de uno de estos cantiles fue donde encontramos a Morris, un simpático pájaro que amaestraron mis hijos y del que luego hablaré. Estos nidos constituyen un verdadero muestrario de los más diversos objetos y materiales que puedan imaginarse. Sobre la simple estructura de un viejo nido de corneja, pájaro que gusta de renovar sus habitaciones y construye su casa cada año, encontré un día un nido de grajilla revestido con los siguientes ingredientes: papel, trapos, boñiga seca, plumas, pedazos de saco, crines de animales, lana, plástico, barro… la grajilla había conseguido un hogar confortable aprovechando los restos de otros anteriores, lo que significa que este pájaro no desaprovecha ocasión de ahorrarse un esfuerzo.

La puesta de la grajilla oscila entre tres y seis huevos, aunque hay ocasiones excepcionales en las que se ha observado una puesta de ocho. La eclosión es lenta, alrededor de cinco semanas, y los primeros desplazamientos de los pollos tímidos y cortos, cosa sorprendente siendo la grajilla uno de los pájaros que mejor vuelan, que pica o se repina en pocos metros, airosamente, con una gracia y una agilidad singulares.

Pese a frecuentar como hemos dicho las viejas torres de las ciudades -siempre a los niveles más altos-, la grajilla se muestra recelosa con el hombre y, sin embargo, es una de las aves que se domestican con mayor facilidad y hasta, según aseguran ciertos autores, es posible hacerles pronunciar algunas palabras sencillas, de una o dos sílabas.

A lo largo de tres meses, yo conviví en Sedano con Morris, una grajilla que encontró mi hijo Miguel, aún en carnutas y medio muerta de inanición, en los acantilados de San Felices. El animalito se había caído del nido y, al verla tan débil y depauperada, no di un real por su existencia. No obstante, mis hijos Juan y Adolfo, muy chicos por aquel entonces, le habilitaron un nido en una caja de zapatos y empezaron a alimentarla con pienso humedecido que Morris devoraba glotonamente. En pocos días, la grajilla se repuso, empezaron a asomarle los primeros cañones y, cuatro semanas más tarde, estaba completamente emplumada.

Pero lo más sorprendente de Morris era la naturalidad con que aceptaba la vecindad de las personas, especialmente la de Juan y Adolfo, que la habían criado. Únicamente, en su trato con el hombre, le repugnaba una cosa: que le pusieran la mano encima. Es decir, Morris reposaba erguida y tranquila sobre el antebrazo o el hombro de cualquiera de nosotros, pero si el mismo porteador u otra persona, incluidos Juan y Adolfo, intentaban agarrarla, el pájaro se escabullía, revoloteaba y terminaba por caer al suelo. Esta repulsión instintiva a ser apresada le duró hasta que la perdimos. Morris hacía causa común con la familia, le divertía vernos comer alrededor de la rueda de molino, participaba a su manera de nuestras tertulias, no extrañaba las visitas, pero rechazaba terminantemente la caricia y cualquier tipo de contacto. Yo creo que la situación de mi refugio a media ladera, en alto, sobre el valle de frutales, facilitó la adaptación de la grajilla. Ella no podía disfrutar, ciertamente, de la compañía de sus congéneres, pero la visión del mundo era la que le correspondía en su condición de ave, desde arriba, “a vista de pájaro”.

Una mañana, cuando Adolfo, en traje de baño, se dirigía hacia la piscina con ella al hombro, Morris empezó a aletear con cierta torpeza, se afirmó gradualmente en el aire, tomó altura y se posó en la copa del olmo que sombrea la mesa de piedra. La reacción de la familia fue semejante a la que suscitan los primeros pasos de un niño: alegría y estupor. Pero, enseguida, se presentó el dilema: ¿había elegido Morris la libertad y escaparía, o simplemente era aquello la prueba de la culminación de su desarrollo? confieso que me incliné por lo primero. La abierta curiosidad con que contemplaba el valle desde una nueva perspectiva, el notorio placer que le deparaba su balanceo en la ramita del olmo, su indiferencia ante nuestras voces al pie del árbol, parecían indicar que Morris ya no nos necesitaba y que, en lo sucesivo, podría prescindir de nosotros.

El hecho de que la grajilla permaneciera durante largo rato en la punta del olmo, despiojándose, realizando su aseo cotidiano, desinteresada de cuanto sucedía a su alrededor, me reafirmó en mi opinión. No obstante, al cabo de una hora, Juan, que solía imitar, al darle de comer, la voz peculiar de estas aves, remedando los arrumacos maternos, apareció con el cacharrito donde mezclaba el pienso con agua y moduló un “quia-quia-quia” aterciopelado, dulce, digno de enternecer a la grajeta más esquiva. Morris acusó el golpe. Empezó a inquietarse, a mover la cabeza de un lado a otro, y, por primera vez desde que se encaramó en el árbol, prestó atención a lo que ocurría bajo ella y fijó en Juan sus ojillos transparentes como abalorios. Mi hijo repitió entonces la llamada con mayor unción, y, al instante, Morris se lanzó al vacío, desplegó sus amplias alas negras, describió un pequeño círculo alrededor de nuestras cabezas y fue a posarse blandamente sobre su hombro, al tiempo que reclamaba el alimento con un “quia-quia-quia” perentorio.

Así inició Morris una nueva era. Mis hijos la trasladaron de la caja de zapatos a una cesta de mimbre, destapada, y al llegar la noche la cobijaban en una cueva-despensa, junto a la casa, dejando la puerta entreabierta. De este modo, los más madrugadores podían sorprender cada mañana al pájaro en el alero del tejado, la copa del olmo o el bosquecillo de pinos de la trasera del refugio, esperando que le sirvieran el desayuno. En principio, Morris rehusaba ser alimentada por desconocidos, sólo admitía las pellas de pienso cuando le eran ofrecidas por sus padres adoptivos, pero, con el tiempo, cambió de actitud y, a medida que se hacía adulta, fue aceptando las golosinas cualquiera que fuera el oferente.

El mundo de Morris se iba ampliando poco a poco. Desde que aprendió a volar, se dejaba bajar gustosamente hasta la carretera, aunque le desagradaba que la alejasen demasiado de casa. Y, cuando esto ocurría, se alborotaba, protestaba y terminaba regresando sola, por sus propios medios. Pero una mañana, ante nuestro asombro, aceptó que la condujeran hasta la plaza, a trescientos metros de distancia. Morris empezó así a relacionarse con otras personas ajenas a la familia, a conocer la vida del pueblo, a convivir. Su sociabilidad progresó en poco tiempo, hasta el punto que, con frecuencia, se lanzaba en picado desde lo alto del olmo sobre un pequeño grupo de desconocidos que charlaba en la carretera y se posaba, indiscriminadamente, sobre el hombro de cualquier contertulio. Estas espontáneas efusiones de Morris no siempre eran bien interpretadas, sobre todo por las mujeres, que chillaban y manoteaban, al verla llegar, como si se aproximara el diablo. Pero, en general, la domesticidad de la grajilla despertó primero curiosidad y más tarde simpatía entre los vecinos. La gente la conocía por su nombre y Morris saltaba de grupo en grupo, de hombro en hombro, con una confianza absoluta. Tan sólo tenía en el pueblo dos solapados enemigos a quienes su presencia molestaba: los perros y los gatos. Pero Morris se zafaba de sus asechanzas en rápidas fintas, con suaves pero enérgicos aletazos, recurso que utilizaba también cuando alguien, cualquiera que fuera, trataba de apresarla. Su repugnancia a ser prendida por una mano humana continuaba tan viva en ella como el primer día.

En este momento de su evolución fue cuando intenté enseñarle a pronunciar alguna palabra, palabras sueltas, sencillas, como “hola” y “adiós”, pero, pese a que la grajeta fijaba en mis labios sus grises ojos aguanosos y ladeaba atentamente su cabeza, como si escuchara, nunca conseguí una respuesta aceptable. Morris callaba o, a lo sumo, formulaba su “quia-quia” monótono y displicente.

A medida que la grajeta ensanchaba las fronteras de su libertad, empezó a hacérsele aburrida la larga espera matinal. Morris, como buen pájaro, era madrugadora, y desde las seis y media que amanecía hasta las nueve y media o diez que amanecían mis hijos era demasiado tiempo sin compañía. Mas a las siete de la mañana todo el pueblo descansaba excepto los panaderos, Vicente y Abelardo, a los que Morris, con una sagacidad maravillosa, descubrió un día, amasando pan en el horno. A partir de entonces, su primera visita matinal era para los panaderos, con los que pasaba agradablemente el rato:

-Mucho madrugaste hoy, Morris.
-Quia.
-Te aburres en casa, ¿eh?
-Quia.
-¿Tan mal te tratan los del chalé?
-Quia.

Abelardo la obsequiaba con una bolita de masa que Morris engullía con satisfacción. Y a las nueve de la mañana en punto, tan pronto Vicente y Abelardo comenzaban a cargar la furgoneta, Morris levantaba el vuelo y regresaba a casa, a esperar en la copa del olmo la aparición de mis hijos.

Paulatinamente el pueblo se le iba quedando pequeño a la grajilla que, en su avidez descubridora, empezó a acompañar a mis hijos en sus excursiones, fatigosas caminatas de veinte o treinta kilómetros. Al atardecer, regresaba feliz, sobrevolando al bullanguero grupo adolescente, sus claras pupilas impresionadas por otros bosques, otros páramos, otros vallejos, otros horizontes.

Juan, amigo de ensayar cada día nuevas experiencias, decidió una tarde pasearla en bicicleta. Morris soportó un poco intimidada los primeros metros de carrera, pero, conforme la máquina fue adquiriendo velocidad, levantó el vuelo aterrada, emitiendo gritos de alarma. Mas la tenacidad de mi hijo era superior al miedo de la grajilla, y, dos días más tarde, Morris no se espantaba ya de la bicicleta, la aceptaba de buen grado y resultaban divertidas sus periódicas escapadas a los tilos y castaños de la carretera y sus retornos apresurados al hombro del ciclista lanzado a toda máquina.

El verano avanzaba de manera insensible y a primeros de septiembre alguien planteó el problema del traslado de la grajilla a Valladolid. ¿Se avendría a vivir en el balcón de una casa de vecinos? ¿No la acobardaría la gran ciudad? ¿Era honesto por nuestra parte desarraigarla, arrancarla de su medio natural e insertarla, sin más, en un medio hostil? Así surgió la idea de la gran prueba. Antes de conducirla a Valladolid era preciso ponerla en contacto con sus hermanas, en los riscos de San Felices, de donde procedía, para que ella misma decidiera si prefería quedarse o marchar. Los preparativos fueron meticulosos. Morris viajaría en automóvil, encerrada en una cesta, hasta la ribera del río Rudrón, justo en el lugar donde la encontramos. Una vez allí, Juan, mi hijo, se ocultaría entre las mimbreras de la orilla, mientras yo, con la cesta cubierta, remontaría el río hasta la piscifactoría, y soltaría el pájaro tan pronto oyera el pitido del cornetín que Juan portaba al efecto. No puedo ocultar que cuando me desplazaba río arriba con la cesta en la mano me embargaba una cierta emoción. La colonia de grajillas alborotaba en los farallones inmediatos, y yo temía que Morris, al verse libre, volara sin vacilar a reunirse con sus congéneres. Al alcanzar la piscifactoría, me detuve. El corazón se me aceleró cuando oí el pitido del cornetín, destapé la cesta y empujé con ella al pájaro hacia lo alto. En los primeros momentos, Morris vaciló, pero enseguida se repulió, rebasó las copas de los árboles del soto y continuó subiendo en vertical, como buscando una perspectiva. Los “quia-quia” fervorosos de mi hijo Juan se confundían ahora con los “quia-quia” de las grajillas del acantilado, más vivos y apremiantes, y yo miraba impaciente hacia lo alto, esperando la decisión de Morris. Y mi entusiasmo se desbordó cuando la grajilla, haciendo oídos sordos a las incitaciones de la colonia, se lanzó en picado sobre la margen del río y no paró hasta reposar en el hombro de mi hijo.

Al día siguiente, de manera inesperada, murió Morris. Su cadáver medio desplumado apareció en el sobrado del Bienvenido, a cuatro pasos de la panadería. Su gata, la Maula, que siempre había mostrado una abierta inquina hacia el pájaro, unos celos injustificados, la atacó cuando confiadamente se despiojaba en el alféizar de la ventana. La Rosa Mari, la niña, que fue testigo de la cobarde acción, asegura que el zarpazo de la Maula fue rápido como un relámpago y la muerte de Morris instantánea e indolora.

Más vale así.


Tres pájaros de cuenta, Valladolid, Miñón, Valladolid, 1982.
Visto lo visto, y leído lo leído, me parece que no hay duda: la grajeta fue recogida en los acantilados de San Felices (tal vez en Villacastín fue otra grajeta cuyo cuento no se cree ni su autor. Otro deberá responder). La grajeta que se posaba sobre el hombro de Azarías fue una grajeta que amaestró (no es difícil hacerlo) alguien ajeno a Delibes; y a la grajeta del cuento “La grajilla” no se la comió un gato. Sí parece, que una gata (la Maula) la mató. La Rosa Mari, la niña, lo presenció.

Cuando descubrí que un filólogo doctor cum laude en ciencias de la información era, además, experto en Miguel Delibes había editado unos diccionarios, ya os he dicho que me ilusioné. Pero fue adquirir los libritos y darme cuenta de que no sólo no era experto, sino que no había leído al escritor –motivos sobrados tengo para creerlo-. Lo que nunca pensé es que a estas alturas, este señor, siga dejando muestras de su más absoluto desconocimiento sobre la obra de Delibes.

¿Por qué digo lo del desconocimiento? Pues queda claro que de haber leído “La grajilla” no sería necesario que los hijos del escritor (¿qué hijos?) le comentaran al experto que se encontraron la grajeta en Villacastín, provincia de Segovia. Vosotros, al leer el cuento, habréis visto que donde encontró Miguel -hijo de Miguel Delibes- la grajilla, fue en los acantilados de San Felices en la carretera de Burgos a Santander. Os juro que yo no estaba presente, pero eso es lo que dice Delibes en el cuento.

Siento que el escritor se nos haya ido, porque –entre otras cosas- me quedé con las ganas de saber qué pájaro era el que tanta ternura despertaba en Azarías. ¿Era el milano, como ave rapaz? ¿O era el búho real (gran duque) el que inspiró al escritor?

Una cosa sí quiero dejar clara una vez más: la grajeta -como milana- es posterior a la milana del “libro primero” en la obra “Los Santos Inocentes” de Miguel Delibes. No hay duda que la que más popularizó “milana bonita” fue la grajilla, pero ésta heredó su nombre de la milana (búho real, gran duque) del libro primero de “Los santos Inocentes”. Después Azarías, sensible como es a todo lo que más quiere, lo relaciona con su milana. Hasta la niña chica es reclamada por Azarías como “milana bonita”.

Sigo un poco más. Con pena observo que la palabra grajeta los jóvenes agricultores ni siquiera la conocen, como tampoco nos vale la imagen de las grajillas, grajetas, chovas, cornejas o grajuelas tras de la labor de grada que Delibes relata y nosotros pudimos contemplar tras el arado o la grada: ya no las hay. Peor: llevando un poco más al extremo el problema, tengo que decir que las grajuelas que picoteaban tras el arado o la grada, tampoco acudirían hoy porque lo que buscaban –lombrices, aceiteros… entre otros- tampoco los hay: productos de laboratorio han acabado con ellos. Recuerdo –aún tengo memoria- cuando arando, o simplemente haciendo un hoyo, encontrábamos lo que llamábamos perrilla (alacrán o grillo cebollero). Este insecto también era eliminado por las grajuelas y las cigüeñas: hace muchos años que no veo ninguna “perrilla”.

Bueno, vale; nostalgias aparte. Quería decir que, bajo mi punto de vista, no fue la grajuela, grajilla o grajeta la que inspiró a Delibes. Debo creer que pudo ser el milano (milana) o el búho real o gran duque por ser ambos rapaces o, simplemente, la candidez y sensibilidad de un ser sin maldad: Azarías que, a todo lo que más quiere le ha puesto un nombre, su nombre: milana bonita. Milana bonita fue el gran duque (búho real), milana bonita fue, para Azarías, la niña chica, y milana bonita fue la grajeta.

Grajilla, grajeta, grajuela...















¿Cuál de los tres inspiró al escritor? ¿Tal vez ninguno?

¿Qué inspiró en Miguel Delibes el calificativo “MILANA BONITA”? A aquél que lo sepa, y nos lo quiera transmitir, no puedo hacer más que agradecérselo desde este lugar donde, otrora, había milanos, búhos y grajuelas por todas partes (hoy no se ve ninguno).

Y este lugar es…


Camporredondo, 12 de diciembre de 2016.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Grada

¿Qué se dice que es la veteranía? Pues como vosotros, "que sois más listos que los conejos", ya lo sabéis, no lo vamos a repetir. Sería tan absurdo como preguntarle al agricultor lo que es la grada.

El pasado día 30 de noviembre acudí al dial de la radio en busca del Dialecto agrario, y encontré una palabra muy normal y corriente en el mundo agrario: grada.

La emisora contactó con su “experto” y éste nos aclaró lo que es la grada agraria.

Nada que objetar, en parte, nada que decir a la explicación que el “experto” en la narrativa de Miguel Delibes nos regaló; al fin y al cabo es lo mismo que el escritor escribió en “Las perdices del domingo” página 161.

Una cosa sí que me llamó la atención: el presentador del programa preguntó a un agricultor si conocía la palabra grada -confieso que jamás se me habría ocurrido preguntar al locutor de radio si conoce la palabra micrófono-. Naturalmente –no faltaría más- la contestación era de Perogrullo.

Pero claro, uno, que abrió los ojos –entre terrones, gradas y ovejas- por primera vez hace ya algunos decenios, enseguida se dio cuenta de la juventud que traslucía entre los que trataban –correctamente- el tema desde su óptica de 2016, y pensé: ¡coño! ¿ya nadie se acuerda de mi rastra, rastra-grada de madera de tres palos y grada de hierro de dos o más cuerpos?

Delibes nos habla de la grada acoplada al tractor y sus expertos siguen por esa línea, pero yo digo: ¿nadie se acuerda de la grada acoplada al par de animales de tiro a través del balancín, del timón, o del estrinque, del barzón, la mediana, el yugo y la collera? Pues para eso estoy aquí con mi carga de ruralismo sobre mi jaula (chepa, espalda).


Para no dejarme nada en el tintero vamos a comenzar por la más humilde de la familia: la rastra de tablón. El que nuestro amigo José Criado (Pepe) nos encomendara su custodia, nos evita su descripción: es lo que se ve (la falta un diente en este extremo). Pero como ya parece que nadie -o pocos- se acuerdan de para qué servía, decimos: cuando no había otra, con ella se arrastraba o gradeaba -como usted quiera- (el DLE dice gradaba) la tierra después de arada a vertedera. Si se había arado con buen tempero, al final de la jornada se arrastraba lo arado y lo que, al orearse, hubieran sido terrones, por estar tiernos (húmedos) quedaban desmenuzados y la tierra perfectamente allanada. Buena labor hacía nuestra humilde rastra.

Otra labor -imprescindible labor- que hacía la rastra de tablón, era en la siembra a surco. En este tipo de siembra –generalmente con el arado romano- el cerro, panera o lomo quedaba rematado por un vértice demasiado agudo por lo que el desarrollo de la planta en su cima hubiera sido complicado: la raíz quedaba demasiado somera, casi descubierta, y la humedad enseguida se alejaba. ¿Qué hacer para evitarlo? Pues pasar nuestra humilde rastra y con ello el lomo quedaba truncado (achatado, rebajado), mejor para el desarrollo de la planta. Éstos son los dos usos más importantes de nuestra pequeña grada (tenía más).

Seguimos. A continuación –parece que progresamos- llegó esta otra rastra (algunos ya lo llamábamos grada) que a la hora de gradear (el Diccionario de la Lengua Española lo llama gradar) el terreno recién arado a vertedera, era mucho más efectiva: desmenuzaba y allanaba más y mejor la tierra (hacía más labor decíamos).

Este modelo de rastra es tomado de internet (http://www.laislatortuga.com) Se diferencia de la que yo usé en que aquélla era de tres brazos, con más dientes, pero su labor era la misma.

Dimos un salto más en la forma de labrar la tierra y llegó la rastra de hierro. A ésta se la llamó, definitivamente, grada (gradas porque se componía, generalmente, de más de un cuerpo). Ésta no sólo sustituyó –en parte- a las otras anteriores, sino que con ella se podía sembrar a voleo sin cachar el surco (otros dicen cachear). Con este sistema se ponía el surco (se alomaba la tierra) lo mismo que en la siembra a cerro. ¿Dónde estaba la diferencia? Pues en que en la siembra a cerro se esparcía el abono y la semilla a voleo, después se cachaba el cerro, la semilla caía en el surco, se pasaba la rastra y quedaba concluida la siembra. Pero en este último sistema no. Se alomaba el terreno (ponía surco), se esparcía el abono y la semilla a voleo, se pasaba las gradas, la semilla y el abono caían igual, en el surco, y la gradas borraban –allanaban éste- quedando la tierra completamente plana (sin surco), pero sembrada. La rastra que había en casa era exacta (tres cuerpos) a esta encontrada en (www.kayword-suggestions.com).

Hasta aquí llegamos con nuestras "entrañables" gradas, todas movidas por tracción animal. A partir de aquí, un gran número de gradas arrastradas por elementos mecánicos abastecen las necesidades del mundo agrario actual. Sobre ellas, a continuación os ofrecemos un pequeño ejemplo.

Un paso más y llegó la grada de la que habla Delibes en “Las perdices del domingo” y recogen sus jóvenes “expertos”. Cierto es que la de la fotografía está más avanzada –por el tiempo transcurrido-. Sería absurdo por mi parte que os explicara el funcionamiento de este último apero de labranza, cuando podéis descubrirlo con que pongáis los pantalones encima del sillín de la bicicleta, pedaleéis un poco, y salgáis del pueblo para que os empapéis de lo que es, y para qué sirve (hoy) la grada. Digo salgáis del pueblo, porque se supone que sois de ciudad y habéis ido a disfrutar de un hermoso día en la naturaleza. A los que tenéis la suerte de ser y vivir en el pueblo no tengo nada que deciros: sabéis más que yo.

Parece que nada tenga que ver la primitiva grada con la actual, pero su misión siempre fue la misma: remover la superficie e igualar la tierra. Discrepo un poco con lo que dicen Diccionario de la Lengua Española y expertos que lo copian: “con la grada se igualaba la tierra antes de sembrar” y yo digo que también se igualaba al sembrar (ver lo que decimos de la siembra sin cachar el surco)

Como mi sobrino Carlos nos ha enviado varias fotografías, os ofrezco dos vistas más en las que podéis apreciar más detalles.

El tío comenzó con la rastra, precursora de la grada –la humilde rastra de tablón- y el sobrino, por lo que podemos apreciar, ha avanzado un poquito en esto de la cultura del agro.

Pobres bípedos tras de las gradas y pobres cuadrúpedos -desde el asno hasta el buey- que tenían que tirar y arrastrar las gradas… eran otros tiempos.

Ya sólo me resta decir que ésta es la grada de discos; las otras, las humildes, de madera o de hierro, son las gradas de dientes.


Si os ha sabido a poco no tenéis más que decirlo, os espero en…

Camporredondo, 5 de diciembre de 2016.