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sábado, 9 de diciembre de 2017

Palabra olvidada

Restranco

Suena el teléfono. Maribel atiende la llamada. Es su hermana la que llama "(…) ¡ay hija, no me queda ni un restranco!"

 Me cabrea que una de las palabras que más habré usado, sobre todo escuchado, -por aquello de que carecíamos de casi todo-, se me haya escapado sin incluirla en el “Diccionario de Camporredondo”. 

En este mundo rural, esto es…

Restranco.- Porción mínima de la cosa. “¿Tienes perejil?, ¡ay hija, no me queda ni un restranco!". Es lo mismo que decir: no me queda ni pizca, mieja (miaja), no me queda nada.


Pizca sí la recoge el DLE, sin embargo restranco, que -en este mundo rural- significa lo mismo que pizca, no es tenida en cuenta.

Camporredondo, 5 de diciembre de 2017.

lunes, 10 de julio de 2017

Seguimos añadiendo palabras

Para asar el ceguillo –que estaba provocador- acababa yo de poner la chisquereta en el corral. Al momento, mi vecina –que es de armas tomar- se puso a garlear (garlar): ¡pero qué huevazos eres! ¿qué coño estás haciendo? ¡vas a prender el barrio! Visto el mal jerol que tenía mi vecina -pues no se daba a razones-, le dije: ¡anda castaña, que me tienes hasta los cojones! ¿no capiscas que no hay peligro? Así acabó la trifulca: ella se enfurruñó, se largó, y me dejó cariparejo, tranquilo quiero decir.

Ceguillo braseado –hasta el olor alimenta- pan reciente, bota de vino tiesta, manta tendida sobre el céspede, nos acodamos en ella y… ¡a disfrutar…!

Al ponerme de pie -después de la panzada- me dio un chisquido a la altura de los riñones que me obligó a cavilar… ¿y ahora cómo trinco yo el azadón y voy a quitar los chascones de grama que hay en “La cazuelilla?”. Quizás un poco apirolado -fruto de los apretones a la bota- púseme a cantar las excelencias que representaba la matanza del marrano en el apaño de la casa.

Tanto, creo, me excedí, que mi mujer -que había salido a disfrutar el cacho de ceguillo asado- va y me suelta: ¡anda, cállate, que ya chocheas! Mi hijo que estaba deseando meterse con su padre, aseveró lo que su madre decía. Entonces -como con la madre no tenía yo nada que hacer- advertí a mi chico: cállate tú que cobras, no aguanto lo que dice tú madre contimás pa’ aguantártelo a ti.

Para no liarla, apagué las ascuas de la fogata, cambié el azadón por la cayada, la alforja y la manta y, por el coladero salí a la vereda que unía al cordel en busca del careo que ya había junado días atrás.

Así transcurrió el día: ceguillo bien asado y saboreado, apretones a la bota, ovejas ahítas y herradón lleno a rebosar. ¿hay quién de más? Bueno… el chisquido en la espalda se pasó al poco rato.

Vamos con alguna palabreja:

CASTAÑA.- Referido al órgano genital femenino. Exclamación de desaprobación hacia una mujer. ¡Anda castaña! Si se quería ofender más y mejor se decía: ¡Anda castaña pilonga! Con lo cual parecía que la ofensa quedaba sellada.
Con el mismo significado se empleaba la palabra seta.
El DLE en su 13 acepción la recoge como sigue:
castaño, ña
13. f. coloq. Cosa aburrida, fastidiosa o de mala calidad.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados

CEGUILLO.- Estómago del cerdo.
Solía comerse a la brasa. Buenísimo. Pero si no se consumía así, se picaba y se embutía en los chorizos sabadeños que tanto sabor… y grasa, aportaban al cocido.
El ceguillo se asaba añadiéndole sal, o después de adobado. Rico de las dos maneras. Si se asaba con manojos (sarmientos de la vid) miel sobre hojuelas.
El DLE no recoge esta palabra.

CÉSPEDE.- Conjunto de hierba muy tupida. (Se dice de la hierba del jardín) > Césped.
Aunque recogida por el DLE, esta palabra, fuera del mundo rural, no se usa demasiado.
Hay otra palabra –en el mundo rural- que se empleaba con un significado parecido: rede. La palabra rede se usa para referirse a la red. Por ejemplo, se colocaba en el carro para aumentar su capacidad, también para trascolar la tierra con la rede de telera (abonar directamente con el ganado)…etc.
céspede
1. m. césped.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados
CHASCÓN.- En lenguaje rural: pequeño grupo de plantas (grama por ejemplo) que crece aislado. “Voy a quitar unos chascones de grama que han salido en la de la cazuelilla”.
Es curios que el DLE recoja esta palabra como:
chascón, na
De chasca2.
1. adj. Bol. y Chile. Enmarañado, enredado, greñudo. U. t. c. s.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados
¿Debo de entender que nuestros abuelos importaron la palabra de Bolivia o Chile? Suena un poco raro, ¿no? En mi pueblo la palabra chascón, y chasconera (conjunto de chascones, arrancados en hilera) fue una palabra muy al uso.

CHISQUIDO.- Ruido, o sensación, que hace algo al romperse. “Se ha roto, se ha oído/he notado un chisquido”. >Chasquido.
El DLE sólo la recoge como chasquido. Es, por tanto, chisquido, una palabra eminentemente rural. Otros lo achacarán a mi falta de cultura... ¡qué le vamos a hacer!

CHOCHEAR.- Deformar la realidad, sobre todo por causa de la edad. “El abuelo (mi caso) ya chochea”. También se usa para mostrar desacuerdo con lo que otro dice. Por falta de recursos para refutar lo que el interlocutor dice se usa: ¡anda calla, que ya chocheas!
Chochear
De chocho2.
1. intr. coloq. Mostrar debilitadas las facultades mentales por efecto de la edad.
2. ntr. coloq. Manifestar de forma exagerada el cariño y afición a personas o cosas, hasta el punto de comportarse como quien chochea.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados
COBRAR.- Recibir una azotina. “No hagas eso que cobras”.
Era una forma de obligar –principalmente al niño- a cambiar de opinión a la hora de hacer algo que creemos incorrecto.
Cobrar
Afér. De recobrar.
8. tr. coloq. Dicho de una persona, especialmente de un niño: Recibir un castigo corporal. Cobró un par de tortas. U. t. c. intr.Siempre acaba cobrando.
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CONTIMÁS.- Cuanto más. “Contimás lo muevas peor”. “Es como la mierda, contimás la muevas, peor huele”.
Palabra no recogida en el DLE.

COLADERO (referido a cañadas).-Vía pecuaria –sin anchura prefijada- cuya anchura se establecía según necesidades.
Si para desplazar el rebaño de un lugar a otro había que dar un rodeo excesivo, se establecía un coladero para acortar el camino. En Camporredondo había establecido un coladero de forma permanente -a través del pinar municipal- para unir el cordel (ramal) del camino de Portillo con la vereda del Puente de las Cabras sin tener que llegar al pueblo.
Según el DLE en su segunda acepción:
coladero
2. m. Camino o paso estrecho.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados

CORDEL (también llamado ramal)- Vía pecuaria con anchura de 45 varas (37,71 metro). El cordel generalmente era un ramal que partía de la cañada real (90 varas) como servicio a su paso por poblaciones determinadas.

Después de vacaciones, seguiremos con más palabras en:
Camporredondo, 9 de julio de 2017



lunes, 8 de mayo de 2017

¿Terminando...? pues no lo sé.

Hace algunos… decenios ya, tuve ocasión y motivos para ilusionarme –era más joven- con un regalo que mi esposa e hijos me hicieron por mi cumpleaños. El motivo -escogido para regalo- fue porque sabedores de mi entusiasmo por todo lo rural (soy nacido y criado en un pueblecito de Castilla, eso ya lo sabéis) me regalaron un diccionario (“Diccionario del castellano tradicional”, ediciones Ámbito). ¿Sabéis lo que me duró la ilusión? Pues justo lo que tardé en abrirlo. Aquello no era mi lenguaje. Aquel lenguaje era una mezcla de juventud universitaria tomando primer contacto con mi mundo: el rural.

Pasó el tiempo y se repitió la historia. Han salido al mercado –me dijeron- dos diccionarios que, éstos sí, son la bomba. Su autor (Jorge Urdiales Yuste) es experto en Miguel Delibes y su narrativa. Los diccionarios se titulan: "Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes" y "Diccionario de expresiones populares en la narrativa de Miguel Delibes". Los pedí a mi librero (en mi pueblo no hay librerías) y ahí me veis abriendo el paquete de correos: hasta nervioso me puse.

A partir de aquel momento, pálido me quedé. ¿Qué era aquello? Si las palabras que Delibes usaba en su narrativa las recogía el DRAE -para ese viaje no hacían falta alforjas- aún se podía tolerar. Pero si el diccionario de la Real Academia no las recogía, a mí me dio la impresión de que el autor de los diccionarios sacaba el dedo por la ventana y según la dirección del viento, aquél era el significado. Ésa era, y sigue siendo, mi opinión.

Seguidamente contacté con una de las autoras del Diccionario del castellano tradicional y con el autor de los dos diccionarios en la narrativa de Miguel Delibes. A los dos ofrecí mis servicios y, con agrado e ilusión, los recibí en mi casa; no en balde estaba en juego el lenguaje de mis abuelos y yo -por haber seguido sus huellas- algo conocía.

Yo comprendo que para personas -universitarias ellas- que un ex-pastor pueda corregirte tiene que ser muy duro, y así quedaron las cosas. Como decía uno de mi pueblo: "¡nada de nada, nada!" Me vieron, se marcharon (impresión poco favorable debí causarles) y hasta ahora.

¿Qué podía hacer yo, callar porque soy el paleto, y doctores tiene el saber? En principio opté por seguir oteando desde mi retiro rural. Pero cada vez que me tropezaba con una burrada, mi abuelo -siempre vigilante desde su cielo- me decía: ¡qué cojones haces ahí! ¿Para eso fuiste a la Escuela Nacional? Harto de tirones de orejas de mis ancestros me monté encima de las teclas y, persiguiéndolas a lo largo del teclado, fui aporreándolas allí donde las pillaba viendo, con  satisfacción, que los míos, la gente rural, se mostraban satisfechos y apoyaban mi postura.

Pero hasta llegar a la situación actual fue pasando el tiempo y así encontré que la Cátedra Miguel Delibes recogía un glosario -del mismo autor que los diccionarios en la narrativa de Miguel Delibes-¡Dios mío, qué glosario! También me puse en contacto con la dirección de la Cátedra y, a pesar de que lo entendió, me dijeron que la responsabilidad era del autor. Y ahí quedó todo "¡vivir para ver!".

En esto que -al fallecimiento del escritor- salió al mercado -no desaprovechan ninguna ocasión- otro nuevo diccionario que según decía incluía algunas mejoras. Una vez más contacté con mi librero (en mi pueblo sigue sin haber librerías) y al solicitarle el diccionario me advirtió: debo decirte que este diccionario es el mismo que el anterior (salvo algunas cosas que… tal ¿os suena?). Aún así se lo pedí, y fue en este nuevo diccionario –editado esta vez por ediciones Cinca- donde me pareció más que nunca -es sólo mi opinión- que tanto unos como otro eran una tomadura de pelo y un desprecio tanto a la narrativa de Delibes como a todo lo relacionado con el mundo rural.

Entre tanto yo ya había iniciado mi particular y desigual lucha que me ha traído hasta donde estoy ahora. O sea, sentado tras el teclado que, después de lo recorrido, las teclas se me van mostrando más dóciles: ya me van conociendo y no corren “como alma que lleva el diablo”, huyendo de mis estacazos encima de ellas.

Inicié mi imposible tarea simultaneando diccionarios: ora en la narrativa de Delibes, ora Diccionario del castellano tradicional. Por creer que “aquél que mucho abarca poco aprieta” opté por abandonar el mamotreto y seguir con los libritos, más asequibles a mis reducidas energías.

Y hasta aquí he llegado. Creo que no está nada mal el camino recorrido, por lo que creo merezco un descanso. No obstante, si en un momento me pareciera que hay que volver, volveré; ya sabéis -porque yo os lo he dicho- que soy muy cabezota, y si además de serlo nadie opta por rebatir lo que digo -a pesar de mi constante llamamiento para aclarar todo lo que no tengamos claro- yo me crezco. Pero si hay un culpable de que yo me venga arriba sois los que no os atrevéis a contrastar opiniones: las vuestras académicas, las mías rurales (paletas).

A lo largo de todo este periplo he ido constatando que si el “experto” en Delibes no se sonroja ante lo que sobre ello escribe, no me sorprende. ¿Por qué habría de ruborizarse? Vean los admiradores que  -he ido comprobando- el autor de los desaguisados tiene:

En principio los dos primeros libritos los editó Fundación instituto castellano y leonés de la lengua” -¿qué lengua?, desde luego la rural no-. A continuación Cátedra Miguel Delibes incluye un glosario del mismo autor que los libritos (me solivianto, me cabreo, con solo mirarlo). El autor sigue y lanza al mercado otro nuevo librito editado esta vez por ediciones Cinca. Sigue el “experto” repartiendo, "a diestro y siniestro", conferencias por esos pueblos de Dios (aulas, colegios e institutos) que, según mis informes, cobra del erario público: se lo abona la Excma. Diputación provincial de Valladolid ¡vaya chollo! Para el uno representa la sopa boba, mientras el otro, que paga con dinero ajeno, quizás tranquiliza su conciencia acerca del mundo rural.

Debo decir, y digo, que el tercer librito se presentó en la sede de la Fundación Miguel Delibes: “que cada palo aguante su vela”.

Dice el “experto” que “el Ministerio de Educación hace todo lo posible” para que él imparta conferencias por colegios e institutos. Pues por mi parte… ¡encantado de haber conocido el ministerio de incultura rural!

A partir de ahí encuentro que concede -el “experto”- entrevistas en radio y televisión: una bonita forma de desinformar sobre la cultura del agro.

En el periódico ABC encontré que el periodista admiraba la palabra cacanalona –que Delibes jamás escribió, ni existe- como el gran descubrimiento del "experto". Además sigue insistiendo en que nosotros, los paletos, en los años 50 de mil novecientos, enjaretábamos a los machos en días de fiesta. Sobre esto quiero y debo decir: el señor “experto” sí quiere enjaretarnos su falta de cultura rural. Nosotros en aquellos años, antes y después, engalanábamos o enjaezábamos a nuestros machos, caballos, bueyes y burros… los de carga y tiro. De los otros que hable el que más sepa.

Otro de los voceros del “experto” es el periódico “El Norte de Castilla” en cuyas páginas de “cultura” encontré que el señor Urdiales ha descubierto tres tipos de arado: el romano, el terciado y el viñero. No conforme con su "descubrimiento" nos dice: el arado romano y el arado viñero son el mismo arado ¡Yuuuupi! Qué pena haber vivido tantos años cogido a la esteva y no haberme dado cuenta de que el arado viñero es de vertedera y el romano es de reja lanceolada, además de ser casi todo de madera (común, romano o de madera lo llamábamos en mi pueblo). ¡Es que la gente de campo somos de brutos...! Bueno, sigo esperando que el “experto” o “El Norte de Castilla” me digan qué tipo de arado es el terciado que ha descubierto el señor Urdiales ¿de vertedera? ¿De reja? ¿De cuchillas? Será interesante que todo un filólogo doctor cum laude en ciencias de la información o el diario de mayor tirada en Castilla y León me informen a mis setenta y tantos años, sobre un arado que sólo existió como intermedio (terciado) entre uno más grande y otro más pequeño. (Siempre dispuesto a aprender, y algo voy aprendiendo).

Últimamente, un  visitante de “La pizarra de Gaude” me envió unas entrevistas en Radio Nacional de España (radio exterior de España) donde el señor “experto” dejaba epatado al entrevistador -¡vaya catedrático en lenguaje rural que sería!- con sus disparatadas reflexiones.

Actualmente en Es radio CYL donde el experto tiene un espacio en el que sigue mostrando su categoría como experto en lenguaje rural... en fin... ¡se acabó! Si, "por sus obras los conoceréis", debo decir que, de todos estos que he subrayado -ruralmente hablando- ninguno habría obtenido, en mi tiempo, el certificado de estudios primarios, que es el título que ostento.

He querido resaltar en negrita, así, a vuela tecla, los apoyos que he encontrado que tiene el “experto” en la narrativa de Miguel Delibes, con el ánimo de mostrar que, si algún verdadero experto hay por estas tierras salga a la palestra -urgentemente- antes de que el lenguaje rural quede de tal forma que no lo reconozca “ni la madre que lo parió”. Porque yo digo una cosa: si con mí ínfimo nivel cultural he sido capaz de destapar tanta patraña ¿qué será el día que un estudioso del tema se interese en el asunto?

Ya veréis lo que, al principio, llegué a pensar: cuando vi que el autor de los diccionarios en la narrativa de Miguel Delibes era estudioso, filólogo doctor cum laude en ciencias de la información y experto en Delibes… pues llegué a creer que cuando terminara de ver los diccionarios yo iba a saber más que mis abuelos. Juaaaaaaajuajuajua… y jua, hoy me da risa sólo de pensarlo. ¡Pobre iluso! digo de mí.

En fin queridos seguidores de “La pizarra de Gaude”. Al decir seguidores digo todos los seguidores que he tenido en todas partes del mundo, principalmente Estados Unidos de América que en cuanto añadía una nueva entrada enseguida llegaban una buena parte de visitas. Gracias a todos, y espero haber sido útil a vuestros deseos de conocer el lenguaje que en otro tiempo usaron mis abuelos y que hoy -aunque amenazado por expertos que lo desconocen- gracias a vosotros y a lo que yo pueda haberos ayudado, conservaremos. No me atrevo a decir que lo usemos, sería maravilloso, pero al menos que conozcamos cómo hablaban y se entendían nuestros ancestros.

Y después de esta travesía por senderos, caminos, cañadas, laderas, vallados, cauces y arroyos de mis campos de Castilla… entre terrones, riscales, espigas, ovejas… en compañía del pastor, el resinero, el agricultor, el segador, la espigadora, la escardadora etc. etc. etc. mi mayor satisfacción sería que alguno con los que no he estado de acuerdo –y que más arriba he citado- en el trato dado al lenguaje rural, saliera a la palestra y, públicamente  -demostrándolo ante vosotros-, dijera: ¡paleto, no tienes razón! se te nota a la legua tu falta de cultura rural. Hasta entonces seguiré pensando lo que ya he dicho una cachapada de veces: sólo se acercan al mundo rural para medrar (acepción 2ª del DLE).

A los hombres y mujeres de Castilla y León: además de agradeceros vuestra fidelidad, me atrevo a deciros: no permitáis que aquel lenguaje -en buena parte desaparecido- que usaron nuestros abuelos nadie lo desvirtúe como si fuera algo que no merece el mayor de los respetos

Ése es mi deseo y desde este pequeño pueblecito de Castilla y León (Camporredondo) os envío un fuerte y entrañable abrazo rural.

Camporredondo, mayo  de 2017

P.D. Y nunca lo olvidéis; si algún día, no teniendo nada mejor que hacer, os dais un garbeo -o una cachapada de garbeos- por “La pizarra de Gaude”, y encontráis algo que, dada mi torpeza, no haya dejado absolutamente claro, no lo dudéis: mientras el cuerpo aguante, estaré al servicio del lenguaje de mis abuelos... y los vuestros. Por favor, preguntad.

A pesar de haber decidido poner fin a este tiempo de “toma y daca” respecto de la obra de Miguel Delibes y el lenguaje rural, que nadie se llame a engaño, si tengo que seguir admitiendo que los alfareros en sus talleres de alfarería siguen fabricando herradones de latón, si tengo que admitir que el tazado es un cascote en el que recoger la resina y por ende lo es el resinero, si tengo que admitir que se secan los pantanos en Campaspero o que los útiles de zahorí -en el mismo pueblo- siguen llamándose chinchatez, si tengo que admitir que un señor que no distingue entre el cuartillo y el cuarto de litro, la media fanega y el celemín, el gario y el bieldo, la parte posterior (trasera) de la iglesia o la ermita y la puerta trasera (puerta carretera)… venga a decirnos que raer es perder resina, que estropeabarrigas es dejar a un chica embarazada, que si uno (véase El Picaza) por tener las piernas arqueadas (piernas de horcate) entre las que pasa un perro por medio y no se entera es porque es despistado, si para que la niebla sea meona condición indispensable es que las finas gotas se congelen… en fin, si tengo que soportar que en nombre del lenguaje rural se sigan cometiendo tantas burradas, esto no lo haré mientras estos deditos sigan alcanzando las teclas del chisme éste al que llaman ordenador. Yo entiendo que cada uno se gana la vida como puede, pero esto es siempre que se respete la memoria y la dignidad del vecino. Aprendí desde muy temprana edad a ganarme los gabrieles con la binadera o la cayada, quiero decir que llevé a rajatabla aquello que nos enseñaron en la catequesis: “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, algo que algunos han trocado por "ganarás el pan con el sudor de "el de enfrente" que, aunque se le parece, no es lo mismo. Tal vez por aquello de que “cada uno arrima el ascua a su sardina” lo entendieron mal y pensaron que “da igual a cuestas que al hombro”… pues no, no da igual.

Y ahora sí: corto y cuelgo.





martes, 28 de marzo de 2017

Intentando responder...

Desde que comencé mis dubitativos pasos por lo caminos de internet, ha sido norma general insistir en que aquello que yo no haya sido capaz de dejar suficientemente claro –que puede ser erróneo, o verdadero- lo comentemos. Aquí tenemos una pequeña, o gran muestra: no he sido capaz de transmitir, o aclarar, lo que significa -en mi mundo rural- la palabra trasera. Así que muy agradecido por el comentario que “Arnerselpin” hace en “La pizarra de Gaude” el día 23 de marzo de 2017. Y, sin más, veamos si soy capaz de añadir, aclarar, o corregir, algo más.

Y como, en este caso, Delibes y este paleto creo que estamos de acuerdo, pasemos a lo que importa.

Escribe Delibes en la página 127 de “El disputado voto del señor Cayo”:

(…) Vamos a la ermita, ¿le parece? Se nos va a ir la luz. El señor Cayo pareció volver de otro mundo:
Es cierto –dijo- lo había olvidado.
Se dirigió hacia una trocha bajo las hayas, en la trasera del templo, (…)

Bien. Si tenemos en cuenta que no hay ermitas con entrada para carros (puertas traseras o carreteras) estaremos de acuerdo que el escritor se refiere a la parte posterior (parte trasera) del templo (ermita). Si esto no fuera así, yo habré aprendido, ahora, que hay ermitas donde los labradores entran, con sus carros, a orar. (Lo veo difícil, sería muy complicado… y hasta un poco irreverente ¿no?).

Seguimos. En “Las ratas” (tomo 3 pág. 449 obras completas) escribe Delibes:

(…) El bando de palomas describió un amplio semicírculo por detrás del campanario y tornó al palomar.
El Pruden asomó detrás, abotonándose los pantalones. (…)

Sin dejar la referencia, seguimos:

En “Las ratas” edición Destino libro pág. 14 se ha cambiado –ignoro el motivo- el Pruden asomó detrás abotonándose los pantalones” por: “El Pruden asomó por la trasera abotonándose los pantalones”.

Para mí -tipo rural donde los haya- tanto me da una aseveración como la otra: el Pruden había cagado en el exterior (detrás de la casa o del campanario) y dobló la esquina (asomó por la trasera) abotonándose los pantalones. Razonemos un poco el hecho: ¿alguien es capaz de creer que si el Pruden había defecado en el corral, se dirigiera a la trasera -arrastrando los pantalones- para vestirse en la calle? (abotonarse en la calle). Tengo que enfadarme y me enfado: el ser humano rural ha carecido de todo, o casi todo, le han robado todo, o casi todo, entre otras cosas, la formación académica. Pero nunca le ha faltado el pudor ni la vergüenza. ¿El académico habría salido del corral abotonándose los pantalones para que todo el mundo supiera que acababa de cagar? Entonces… ¿por qué el Pruden sí? Delibes, otra vez más, se está refiriendo a la parte de atrás o trasera, como la parte opuesta a la delantera, ya sea casa, ermita, torre, carro... etc.

En “Las ratas” (tomo 3 pág. 472 obras completas) dice el escritor:

(…) El caso es que el Nini, compadecido de los desgarrados mugidos de la vaca en la alta noche, se llegó a las traseras de don Antero, el poderoso, y le dio suelta. (…).

Yo -que no soy un lince- al llegar aquí digo ¡coño, o me cachis! aquí Delibes habla de traseras… ¿por qué será? Pero rápidamente me contesta el paleto que llevo encima: pues porque aquí, el escritor, que lo que está tratando es de enseñarnos la diferencia que hay entre trasera (parte de atrás) y traseras (puertas carreteras), se refiere a las traseras como puertas carreteras, que pueden estar en la trasera de la casa, o al costado, y debe de abrirlas para que salga la vaca que, lastimeramente, mugía (si seguimos leyendo “Las ratas “veremos que la vaca salió porque el Nini abrió… las traseras).

Seguimos:

En “Las ratas” (tomo 3 pág. 496 obras completas) hay más trasera. Dice Delibes:

(…) En la trasera del carro, amarraba al duque, el perro, con un cordel tan corto que casi le ahorcaba. (…)

Parece claro que el carro, en la trasera (parte posterior), no lleva puertas carreteras. ¿O sí? Bueno, os puedo asegurar que no, no las lleva. Pero sigamos:

En “Las ratas” (tomo 3 pág. 496 obras completas) Delibes, hablando otra vez sobre la trasera, dice:

(…) El centenario, aun trampeando, iba todavía de acá para allá, mas en las horas de sol era fijo encontrarle sentado en el poyo (asiento de piedra) de la trasera de su casa, los ojos entornados, oxeando incansablemente unos pollos (crías de gallináceas) imaginarios. (…).

Aquí vemos, otra vez más, que Delibes no pierde ocasión para enseñarnos (aunque nuestras entendederas parece que están un poco anquilosadas): nos deja otra lección de buen hacer. Además de enseñarnos la diferencia entre trasera y traseras, nos llama la atención sobre algo de lo que, parece, que estamos muy necesitados: diferenciar el poyo (asiento) del pollo (ave). Palabra que -más a menudo de lo que fuera deseable- encontramos escrita de forma incorrecta.

En “Las ratas” (tomo 3 pág. 542 obras completas) repite ejemplo:

…la Sime se impacientaba sobre el carrillo (carro pequeño), junto al Nini, y el duque, el perro, amarrado a la trasera, con la soga como un dogal (cuerda que puede ahorcar), gañía (aullaba) destempladamente. (…).

Poco más que añadir en cuanto a lo que Delibes entiende –correctamente- por trasera, como parte posterior, u opuesta, a la delantera, y traseras como puertas para carros y carretas (puertas carreteras). Delibes, en su narrativa, intenta enseñarnos por lo tanto a diferenciar trasera (parte opuesta a la delantera), de traseras (puertas para el paso de carros y carretas). Pero, además, consciente de lo que ocurre, nos llama la atención sobre la diferencia existente entre la “y” (y griega) y “ll” (elle).

Querido señor Delibes: ¿verdad que estamos de acuerdo? ¡Lo he oído!: me ha contestado que sí. O sea que:

Trasera: parte opuesta a la delantera (tenga o no puerta).

Traseras: puertas para el paso de carros y carretas (puertas carreteras).

Y si ahora no lo he dejado claro, lo siento: no doy más de sí.

Dicho y escrito en…

Camporredondo 27 de marzo de2017.

PD. Se me había pasado deciros que, cuando el corral no forma parte del conjunto de la casa (corral aislado, que los había y los hay), también tiene traseras (puertas carreteras), motivo por el cual -por afinidad- las traseras forman siempre, en este caso, parte de la delantera o fachada.

También había algún corral (alguno queda todavía) que por su reducido tamaño tenía puerta de acceso (una sola hoja). Pero esta puerta no era carretera, sino puerta trasera (puerta de acceso a la parte posterior de la casa).

He dicho.

domingo, 5 de marzo de 2017

Piedras y sólo piedras

En “La pizarra de Gaude”, entrada con fecha 20-2-2017 (“Más humeón”), yo me felicitaba al ver que el “experto” en Miguel Delibes progresaba en su aprendizaje sobre la narrativa de Miguel Delibes y el lenguaje rural: “(se va informando, va leyendo, decía yo)”. Bien, ha pasado poco tiempo y ¿qué puedo decir ahora? Pues sólo puedo decir que esto marcha, seguimos por el buen camino. Lo que ocurre es que para caminar por el camino correcto hemos de renunciar al camino errado, porque… como se dice en mi pueblo: “ir como dos por tres caminos” algo que es sumamente difícil. Ya sé que en este caso no hay dos, pero sí hay uno que se empeña en caminar por dos caminos a la vez, sin ver que es imposible. Quiero decir, que si el señor Urdiales quiere coger el camino correcto, debe renunciar al camino que siempre llevaba a la misma meta: “(Investigación de campo)”, reconocer el error y comenzar de nuevo. Y vamos por qué digo esto.

Vedlo a continuación:

Hola, buenas tardes. ¿Una laja? es un trozo de piedra de forma irregular, lisa y suficientemente fina. Incluso he oído a gente en Castilla y León llamar laja a trozos de hielo que tengan las mismas características. Las lajas se emplean con frecuencia como tejas para los tejados, y esto es verdad que se da, en general lo hemos visto todos, sobre todo en zonas de montaña. Delibes nombra las lajas en un libro que se llama “El tesoro” pero también las nombra en “Las ratas” cuando escribe sobre un hilillo de sangre fluida que iba formando un pequeño charco rojizo sobre las lajas escarchadas del corral. Por tanto una laja es una piedra lisa, fina, y de forma irregular.

Esto escuché en la emisora Es Radio CYL programa Es la tarde, y su dialecto agrario, el día 1 de marzo de 2017 y, para mí, es casi correcto.

Pero sigamos: ved, a continuación, lo que el mismo autor recoge –“copiar y pegar”- en cátedra Miguel Delibes y, sin variar ni una coma, también recoge en el mal llamado “Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes” editado por Fundación instituto castellano y leonés de la lengua, allá por el año 2006.

Laja
LR p. 52
(...) un hilillo de sangre fluida que iba formando un pequeño charco rojizo sobre las
lajas escarchadas del corral.
laja1.
(Del port. laja, y este del lat. hisp. lagena).
1.
f. lancha.
2.
f. Mar. Bajo de piedra, a manera de meseta llana.
Laja:
Láminas de hielo que se forman en charcos o sitios con agua. (Investigación de campo)
ET p. 61

(...) en seguida con las primeras
lajas
.

A poco que nos lo propongamos enseguida destaca que el autor, en aquella fecha, no tenía ninguna duda: "Laja: Láminas de hielo que se forman en charcos o sitios con agua. (Investigación de campo)"


Como vemos –él también lo desmiente ahora- no dijo verdad, se refugió en la tan socorrida (investigación de campo). Quizás por eso, ahora, no renuncia a ella, sino que sigue manteniendo que “hay gente en Castilla y León que llama laja a los trozos de hielo que tengan las mismas características”.

Vamos a ver: ni antes, ni ahora, puede nadie de Castilla y León haberle dicho que las placas de hielo son lajas (estoy hablando de gente rural) porque las lajas y las placas de hielo jamás pueden tener las mismas características: el hielo se forma en lugares inundados y el agua suele nivelarse de forma natural –al menos en mis años más jóvenes era así- por tanto las placas que se formen serán paralelas. Pero esto no puede ocurrir, y no ocurre, con las lajas que, de forma general, varían en su forma y grosor. De manera que una laja puede tener 5 centímetros por una parte y por la otra acabar en filo digno de una navaja: son irregulares en forma y grosor.

Así que no, en el mundo rural de Castilla y León (a pesar de nuestro bajo nivel cultural, como dice el autor en su librito, página 159) nunca pudieron decirle que las placas de agua también se llamaban lajas.

No obstante todo lo dicho insisto: que el señor Urdiales nos diga quien le informó sobre las lajas de hielo. Yo prometo ponerme en contacto con su informante y si tengo que rectificar, rectifico. Mi interés es que el lenguaje rural siga por el camino correcto.

Si alguien está interesado, podemos seguir con los múltiples usos que de las lajas (de piedra) se hacía.

He dicho en:


Camporredondo, 2 de marzo de 2017.

P.D. Creo que es la tercera o cuarta vez que tratamos el tema en "La pizarra de Gaude". Yo creo haber dicho siempre lo mismo, o parecido, y el "experto", a medida que va aprendiendo, lo modifica.

Nota al final de esta entrada:

Desde que comencé esta "desigual lucha" sobre el lenguaje rural y la narrativa de Miguel Delibes, siempre albergué la esperanza de que otro más preparado -y con la misma ilusión que yo- tomara el relevo para, ese día, orillar mis cabreos y dedicarme a otros menesteres.

Pues bien, como creo haberlo encontrado, me parece que éste va a ser el momento de "retirarme a mis cuarteles" y seguir la estela del mejor preparado que yo que, además, como veréis también es nacido en un pueblo (aunque un poco distante del mío) lo cual le permite jugar con ventaja.

Me estoy refiriendo al doctor en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, nacido en Villalpando (Zamora), Luciano López Gutierrez y su interesante libro "En torno a las palabras de Delibes", donde lo primero que trasluce es su interés y respeto por el lenguaje rural y la narrativa de Miguel Delibes.

El libro me parece interesante y -como merece el mundo rural- estudiado con cariño y respeto. Esta es la opinión de un licenciado en "paletología" con cuyo título me siento catedrático.

Será interesante ver los toros desde la barrera.

lunes, 17 de octubre de 2016

Galápago

Comprenderéis, amigos, que si Delibes habla de ovejas -y su “experto” también-, si un ex-pastor no se pronuncia acerca del tema, quedaría un poco deslavazado ¿o no? ¡Pues vamos allá!:

Galápago
LR p. 145
(...) pues según sabía por el Centenario, la oveja que come centellas cría galápago en el hígado (...)
Galápago: En las ovejas, enfermedad que las lleva a la muerte después de unos 10-15 días. Es una especie de cirrosis. El animal va languideciendo y mostrándose triste hasta que, finalmente, muere. (Investigación de campo)

Os lo presento tal cual aparece en Cátedra Miguel Delibes (y en los “diccionarios” del mismo autor que publica al amparo de la Cátedra). Pero hay más: en el programa “Es el campo” de Es radio CyL, (5-10-2016) tuve ocasión de escucharlo y observé que el “experto” en nada ha variado su manera de entenderlo, sino que lo ha ampliado. Dice, exactamente, lo mismo que ya dijo en sus intervenciones anteriores en los otros medios, más su explicación añadida.

Quiero acudir en defensa del entrevistado por la presentadora: ésta le preguntó si sabía lo que era el galápago, y yo creo que respondió adecuadamente, dijo: Como no sea un animal… y claro, como para eso está el “experto” en Delibes… la locutora reclamó su auxilio.

El señor “experto” -que sigue sin entender el lenguaje rural y por ende el del escritor- dice: no, según Delibes no es un animal, es una enfermedad, una especie de cirrosis y nos larga lo que él ha entendido, eso sí, poniéndolo siempre en la pluma del escritor… porque ésa es su fuerza, más ahora que Delibes no está.

Para que no tengáis que acudir a vuestra librería, os transcribo lo que Delibes escribió en “Las Ratas”: “Por Nuestra Señora de la Luz brotaron las centellas en el prado y el Nini se apresuró a enviar razón al Rabino Grande para que alejara las ovejas, pues según sabía por el Centenario, la oveja que come centellas cría galápagos en el hígado y se inutiliza”.

Como podemos leer, Delibes no hace mención a enfermedad ninguna, así como tampoco a que en 10 o 15 días la oveja muere. El escritor nos dice que la oveja cría galápagos por comer centellas. Lo demás es fruto de la tan socorrida (investigación de campo) que de tanta ayuda le sirve al señor Urdiales. Entretanto seguimos sin saber en qué entorno se produce la “(investigación de campo)” que, a nosotros, nos daría ocasión de consultar para ampliar nuestra exigua cultura rural.

Viene la opinión del ex-pastor que dice: señor al que preguntó la locutora, usted tenía razón; el galápago –además de islas y tortugas- es un animal. Es un animal, en forma de lombriz, que puede invadir el cuerpo de la oveja si ésta ha comido centellas. Delibes sólo dice centellas (plantas), pero hay otros posibles motivos como, más adelante, veremos.

¿La oveja, enferma –según Delibes- por haber comido centellas? ¡Pues parece que sí! Pero la enfermedad que la lleva a la muerte es la producida por un animal (lombriz) que se llama galápago y que invade su cuerpo –también el hígado- provocándole la muerte.

Aparte de la decadencia en que entra la oveja que padece de galápagos (lombrices), hay otro síntoma externo y es que, decimos, tiene papada. Esto –no soy veterinario- parece que es provocado (la papada, o papera) por los galápagos que invaden el hígado del animal.

De manera que, entrevistado y bien informado señor, el galápago es un animal. Animal que invade el cuerpo de la oveja y puede provocar su muerte en breve espacio de tiempo.

Comentario: Delibes no dice que el galápago es una enfermedad. Lo que el escritor dice es que la oveja que come centellas cría galápagos y sí, es cierto, los galápagos (lombrices) acaban matando al animal. Los galápagos, exactamente igual que el lobo, no son una enfermedad de la oveja, aunque unos y otro la maten.

Galápago: animal en forma de lombriz que se instala en distintas partes del cuerpo de la oveja –también en el hígado y pulmones- y que puede acabar matándola.

Y vamos con los galápagos de Camporredondo, y su posible afectación a la oveja. Para este ex-pastor -y su entorno- siempre que una oveja enfermaba y uno de los síntomas era que tenía papada, decíamos que tenía galápagos y nosotros, incultos como dice el “experto” en Delibes, lo achacábamos a que había bebido agua estancada en un estanque en el que había galápagos. También decíamos que por comer hierba cerca de la cagada de un perro (por aquello de las lombrices). De ahí que la oveja tuviera galápagos. No, nunca oí que fuera por comer centellas, y otras hierbas, aunque también puede ser: yo lo ignoro

Lo del agua estancada y los galápagos también lo decíamos cuando en una pequeña laguna de agua veíamos, de niños, muchos bichos del estilo de las lombrices. Decíamos: no hay que meterse ahí porque está lleno de galápagos. Así que nosotros, a todo aquello que tuviera forma de lombriz, lo llamábamos galápago.

Resumiendo: el galápago es un animal (especie de lombriz). Se fija en distintas partes del interior de la oveja en cuya salud produce muy graves problemas. ¿Es una enfermedad de la oveja? No. Es un animal, o bicho, que provoca graves alteraciones en la salud de la oveja, entre otras provocar papadas o paperas –no sé que será más correcto- y llega a ocasionar su muerte.

Otra cosa que ignoro es si el problema que acarrea el galápago en el hígado de la oveja se llama cirrosis –veterinarios tiene la ciencia que lo podrán responder-.

Así que: Delibes nunca dijo que el galápago fuera una enfermedad de la oveja. Sólo dijo que la oveja que comía centellas criaba galápagos. Tampoco dijo que muriera en 10 o 15 días, esto es fruto de la (investigación de campo) del señor Urdiales, a la que yo no puedo acudir, para contrastar, porque no sé donde se realizó la investigación.

Hace más de cien años ya era así y, mientras algún experto no nos convenza de lo contrario, así seguirá siendo en Camporredondo.

Nota final:

1.- por falta de base científica, lo único que no admite duda es que el galápago es un animal en forma de lombriz. Tiene este nombre porque los humanos hace muchos, muchos años, así lo decidieron.

2.- que se instala en el interior de la oveja creándole graves problemas de salud.

3.- que hay distintas creencias de cómo llegan al interior de la oveja.

4.- que Delibes nunca dijo que fuera una enfermedad de la oveja, sino que el Nini aprendió del Centenario que la oveja que comía centellas criaba galápagos.

5.- que no leemos, o mal interpretamos, lo que el escritor escribió.

He dicho, lo que he dicho, en:

Camporredondo, 7 de octubre de 2016

lunes, 19 de septiembre de 2016

Pasito a pasito...

… el señor “experto” va aprendiendo. ¡Albricias!

Todo pudo comenzar con el siglo. El doctor seguramente sintió la llamada del campo (quizá era primavera) y se lanzó a tumba abierta tras la huella de Delibes. Hay una pequeña -nada, insignificante- diferencia entre Delibes y el doctor y es que, durante muchos años, el escritor dejó su huella por laderas, páramos y vegas pegando la hebra con todo aquél, hombre o mujer rural, que pudiera ponerle al corriente de los usos y costumbres de la gente de campo. Eso hizo Delibes, pero el aspirante a experto pensó que todo eso era mucho más fácil de conseguir... ¡dónde va a parar! Seguramente pensó: esto lo cojo yo con el ordenador y en un tris lo explico a mi manera. Y a su manera lo cuenta.

No sé si lo pensó así o no, lo cierto es que el fruto de su (investigación de campo) es lo que os presento. No me hagáis mucho caso, que yo de estas cosas de la escritura no entiendo nada. Pero sí os invito a que, aparte de lo que yo pueda comentar como hombre de campo que soy, vosotros saquéis vuestras conclusiones. Transcribo (y no es la primera vez) lo que encuentro, y leo, en Cátedra Miguel Delibes cuyo autor es Jorge Urdiales Yuste que, según me comentaron en la Cátedra, es el responsable del glosario ¡ y qué glosario!:

Humeón

LGNA p. 11
(...) llegó el tiempo de catar las colmenas y allí no aparecían las carillas ni el humeón, vivos ni muertos.
Humeón: Humo utilizado para auyentar a las abejas. El humo sale de la cera pez o brea que está colocada sobre un palo; de las ramas verdes o de cagajones de caballerías colocados en una lata o de los citados cagajones puestos sobre una teja. En ocasiones se ayuda la operación con un fuelle. El objetivo final es el de catar las colmenas. Modo de coger la miel: se cortan las colmenas con una paleta y se agarran con la mano. (Investigación de campo)
DVSC p. 89
El señor Cayo se empinó, cortó un carraspo de la rama más baja y lo introdujo en la escriña, sacando el rabo por el agujero. Se llegó al chamizo, cogió el humeón y rellenó de paja el depósito. Parsimoniosamente raspó un fósforo y le prendió fuego. La paja ardía sin llama, como un pequeño brasero de picón de encina. Depositó el humeón en el suelo, tomó con un dedo una pella de miel y huntó las hojas exteriores del carraspo.
DVSC p. 94
-¿Me alcanza el humeón?
-¿El fuelle ese?
-El fuelle, sí señor.

CH p. 179
(...) el aparato ese, el humión, humeón, o como le digan (...)


Os ruego que leáis con atención lo que he transcrito para que así podáis sacarme de las dudas que después expondré.

Lo que acabáis de leer aparece en “Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes” editado por Fundación instituto castellano y leonés de la lengua y también en el mismo diccionario editado por ediciones Cinca. Además de -como ya hemos dicho- en Cátedra Miguel Delibes (quiero hacer constar que yo sólo le he dado -en Cátedra Miguel Delibes- a copiar, y aquí; a pegar. Todo lo demás es responsabilidad del autor).

Vamos con el último descubrimiento del “experto” (6 de febrero de 2016):

Jorge Urdiales Yuste
La Castilla de Delibes en imágenes actuales: un humeón moderno para ahuyentar a las abejas. Delibes los conoció más caseros. No sé vosotros.


  











Y va mi pregunta: ¿Cómo sabe el doctor que Delibes conoció humeones más caseros? ¿En qué obra nos lo dice? En las guerras de nuestros antepasados el escritor nos habla de que Pacífico Pérez cataba las colmenas a pelo, por tanto nos dice: “… allí no aparecían las carillas ni el humeón. O yo no leo bien o Delibes sólo habla del humeón. ¿Correcto? Sigamos.

En el “Disputado voto del señor Cayo”, página 89, Delibes vuelve a hablar del humeón, nos dice: …, cogió el humeón y rellenó de paja el depósito (…) depositó el humeón en el suelo (…).

Como vemos en esta página el señor Cayo cogió el humeón y llenó de paja el depósito. Delibes una vez más nos habla del humeón que no es puchero, ni teja, ni bote: nuestro humeón.

De nuevo en “El disputado voto del señor Cayo”, en su página 94 dice el escritor: ¿Me alcanza el humeón? ¿El fuelle ese? El fuelle, sí señor.

Aquí también nos habla Delibes del fuelle. No cabe duda que nos está hablando de nuestro humeón. El escritor sigue sin hablar de  otros humeones caseros.

No he visto (cortito que es uno) por ninguna parte que Delibes nos hable de otros humeones que los que ya hemos comentado suficientemente en anteriores entradas y que repetiremos en ésta.

Y vamos con otro humeón: en “Castilla habla” página 179 vuelve Delibes sobre el humeón para decirnos: (…) el aparato ese, el humión, humeón, o como le digan (…). O sea que, como veremos a continuación, Miguel Delibes sigue hablando del humeón que mostramos en las fotografías. Delibes sigue sin conocer otro humeón que el que ya conocemos.

De estos dos humeones puedo decir que en el año 1936 ya daban humaza a las
colmenas en las montañas de Prades. En el centro, una lamparilla de carburo.
Meridianamente claro queda que Delibes se refiere, siempre, al humeón clásico, con depósito para el combustible y el fuelle para hacer salir el humo y dirigirlo a la colmena. El mismo que sostiene en sus manos el niño y los mismos que mi esposa restauró el año 1987 y que fueron abandonados en un colmenar de las montañas de Prades (Tarragona) allá por los aciagos años 1936 a 1939. 

Lo que ocurre es que, una vez más, no leemos suficiente. Si a eso le sumamos que todo nos suena a chino, pues cometemos patinazos difíciles de entender. Jacinto de Diego, a la pregunta que le hace el escritor sobre su forma de hacer el humo, le cuenta las formas que él usaba para obtenerlo, al fin y al cabo no es más que disponer de humo y dirigirlo a la colmena para que las abejas no nos molesten. Pero no habla, el apicultor, de humeones sino de maneras de obtener el humo: Delibes sigue sin conocer otros humeones que los que ha podido ver con el señor Cayo y Jacinto de Diego. Por lo menos no nos lo dice.

La diferencia entre el doctor y el paleto estriba en que el paleto lo que no ve claro lo pregunta (le gusta saber) y el doctor lo sabe todo. Veamos qué ocurre. Sólo os pido disculpas si soy un poco pesado, pero es creo que así quedará más claro:

Delibes pega la hebra con Jacinto de Diego que lleva más de sesenta años metido a apicultor. Llegado el momento Delibes pregunta y el apicultor responde, vedlo. Pregunta el escritor: (…) ¿para hacer el humo? Responde Jacinto: Yo con un bote o un puchero con un agujero en el culo me apañé siempre; ponía dentro un poco de lumbre y un poco de paja, yerba encima para que no se cayera, y ¡a soplar! Sin juntar los labios, a ver, de otra manera se abrasa usted los morros. En tiempos del difunto don Manolo, ya empezó el personal a utilizar el aparato ese, el humión, el humeón o como le digan, pero yo siempre me las apañé con el puchero.

Y vamos con aclaraciones: si nos fijamos en lo transcrito de Cátedra Miguel Delibes, el experto toma como humeón el humo necesario que se proyecta sobre la colmena, o el enjambre, para ahuyentar a las abejas (no distingue entre el humo y el aparato dentro del cual se produce). Parece claro que al doctor le han hablado, pero él no lo ha entendido. A partir de ahí viene todo lo demás. Pero de todo, lo que no me parece muy honrado es que, para nosotros cubrirnos la espalda, recurrimos a Delibes y eso, a mí me parece que… no está bien señor doctor. Delibes nunca dijo conocer humeones caseros (el primer humeón conocido por Jacinto de Diego fue este, él lo dice). A Delibes, Jacinto de Diego le dijo que él se arreglaba con un puchero, pero el escritor ni siquiera lo vio. Lo que Delibes vio fue el humeón que parece que hacía tiempo ya usaba Doro, el hijo de Jacinto. Lo que hubo antes del humeón conocido fue otro de los muchos recursos que empleaba el hombre de campo, siempre tan necesitado de todo y carente de casi todo. Así, unos usaban una teja, otros un puchero, un bote y todo lo que podamos imaginar. Pero eso era una forma de ahumar la colmena para librarse de posibles picaduras. Eso no es el humeón al que se refiere Delibes.

De manera que no, Delibes no conoció otros humeones más caseros (porque no los había), ni el humeón de las fotografías es tan moderno. Los que yo os presento en la foto fueron abandonados en el año 1936 pero, ¿cuántos años pueden tener si tenemos en cuenta que el invento del humeón de las fotos data del año 1875? ¿podríamos decir hoy (2016) que es el humeón moderno?

Y ahí va mi reflexión: una vez más el experto ha metido la pata hasta el corvejón y en vez de reconocerlo, trata de darle la vuelta y nos dice que Delibes… bla, bla, bla. No, no, no, el experto nunca entendió el berenjenal en el que se metió tras la huella de Delibes, por eso confunde el humeón con el humo: humo es lo que se necesita para aplacar a las abejas y humeón es el aparato dentro del cual se produce el humo. El experto ha descubierto, pero ya era tarde, (había editado un librito, dos veces, y publicado un glosario en Cátedra Miguel Delibes) lo que es el humeón.

No sé lo que pretende, el doctor, con lo que nos muestra a continuación cuando nos dice: Delibes los conoció más caseros. No sé vosotros. ¿Quiere decir, acaso, que Delibes conoció el que sigue?

Humeón: Humo utilizado para auyentar a las abejas. El humo sale de la cera pez o brea que está colocada sobre un palo; de las ramas verdes o de cagajones de caballerías colocados en una lata o de los citados cagajones puestos sobre una teja. En ocasiones se ayuda la operación con un fuelle. El objetivo final es el de catar las colmenas. Modo de coger la miel: se cortan las colmenas con una paleta y se agarran con la mano. (Investigación de campo)

Pues no, este humeón es fruto de la más absoluta ignorancia sobre el tema tratado. Delibes relata su conversación con Jacinto en la que éste se refiere a los métodos rudimentarios que él usaba para manejar la colmena. Pero ni la teja, ni el puchero, ni el bote eran reconocidos como humeones. El humeón apareció cuando a su inventor (último cuarto del siglo XIX) se le ocurrió sustituir la teja por el depósito, y los “morros” del apicultor por el fuelle. A esta unión la llamó humeón, porque producía humo. “Y el apicultor vio que era bueno y nació el humeón para facilitar la manipulación de la colmena”.

Así que, una vez más, Delibes dijo lo que dijo, no lo que ahora nos hubiera interesado que dijera.

Como final quiero referirme al modo de coger la miel porque… ¡es para nota!

Modo de coger la miel: se cortan las colmenas con una paleta y se agarran con la mano. (Investigación de campo)

¡Cojonudo, admirable, bravo!

Corta la colmena con una paleta. ¿Qué es lo que corta con una paleta, el aguijón  a todas las abejas? ¿El habitáculo? Una vez cortado… lo que sea, lo agarra con la mano. Supongo que aquí no tendremos ninguna duda: agarrarlo con las extremidades inferiores hubiera resultado un poco incómodo y poco práctico. Así, yo, también con la mano, me quito el sombrero ante esta magistral lección de apicultura.

Mi tío Everardo las cataba “a pelo”, pero ya no quedan colmenas en…

Camporredondo, 16 de febrero de 2016



Desoperculador. Perteneció al mismo grupo de los
dos humeones tarraconenses.
PD. 
No quiero terminar sin aportar mi opinión sobre lo que, al parecer, el experto tampoco ha entendido: coger la miel. En el tiempo al que nos referimos, se sacaban los panales de la colmena, se desoperculaban -con el desoperculador por supuesto-para abrir las celdillas y que la miel saliera. O sea: se cortaba el opérculo de todas celdillas del panal. ¿Es esto a lo que se refiere el experto? Naturalmente, los panales, el barreñón para recoger la miel, el desoperculador etc. se agarraban con la mano. Muchas veces con las dos manos.

 ¡Ah! Y el humo no sirve para auyentar (ahuyentar) a las abejas –buena la tendríamos entonces- si no para calmar su agresividad. Dice el DRAE en su acepción primera:






ahuyentar
Del lat. *effugientāre, der. de fugiens, -entis 'que huye'.
1. tr. Hacer huir a una persona o a un animal.
Si nos fiamos de lo que la Real Academia nos dice, si ahuyentamos a las abejas (las hacemos huir) se acabó el negocio de la miel ¿o no?

Ahora creo  haber sido capaz de explicar que Delibes no pudo conocer, porque no había sido inventado,  –además, insisto, él no lo dice- otro humeón que el que mostramos en las fotografías.

Resumiendo: ¿humeón? el de las fotos. Todo lo demás son recursos que el ser humano rural ha usado para solucionar los muchos problemas que se le presentaban y, sabiamente, solucionaba.