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miércoles, 25 de mayo de 2016

¿Lía o mazo?.

Mañana, más lenguaje rural en Gestiona Radio. A las 19 y pico me tendréis unos 15 minutos hablando de los verbos levantar y lindar y de la lía de cuerda (foto). Y de Daniel el Mochuelo.

Comenzaba yo a teclear mi opinión sobre la foto y palabra “lía” que Urdiales publica en facebook, cuando un amigo que me visitaba en ese momento me espetó: ¿a ti qué más te da que esto se llame lía o de otra manera? Podrías tener razón, le respondí, pero si Urdiales dice que esto es una lía y nadie puntualiza, la palabra mazo o madeja –que es lo mismo- desaparecerá y como yo no estoy porque desaparezca ni una palabra más de las que yo usé de niño –porque mis abuelos la usaban- pues algo tengo que aclarar y a eso voy. ¿Te parece bien? Pues vamos allá:

De sobra es conocido -yo os lo he dicho- que en casa, en casa de mis padres, hubo tienda de ultramarinos, carnicería, estanco, etc. Bien. Pues en aquella tienda también se vendían atillos para atar los haces de mies: unos agricultores los llevaban cortados y anudados (yo cortaba y anudaba) y otros se lo llevaban en mazos o madejas, con lo que se ahorraban la mano obra de cortar y anudar.

En la imagen, fardo de mazos de cuerda trenzada.
¡Qué suerte al encontrarlo y cuántos recuerdos!
He dicho mazo, ¿verdad que he dicho mazo o madeja? Pues vamos, como siempre, a explicar todo el proceso: mis padres pedían al almacén de suministros (de coloniales, le llamaban) -primero de hijos Abel González y después otros- uno o varios fardos de cuerda de esparto tejido de los que obtener los atillos. El fardo lo componían varias docenas de mazos o madejas y de cada uno de estos mazos o madejas cortados por uno de los dos extremos se sacaba la medida justa del atillo (de atar) para atar los haces de cereal. La operación de formar el atillo finalizaba con dicho corte y un nudo a cada extremo para evitar que el trenzado se deshiciera.

Pero había veces que la cuerda de esparto trenzado se le quería dar otro uso de largura no prefijada, y la gente compraba un mazo para después (en el sitio determinado) cortarlo a la medida. Ejemplos: lía para tender a secar la ropa, su medida dependía del corral o el sobrado; lía para tender los racimos de uva para su conservación, ésta dependía de la habitación donde se fueran a tender los racimos, etc. etc. etc. Ustedes se habrán dado cuenta de que acabo de decir LÍA; sí, pues ésa era la lía: trozo de cuerda de esparto trenzado sin largura previamente determinada.

Cuando los pimentoneros –bejaranos les decían, porque de Béjar solían venir- iban por los pueblos vendiendo pimentón para las matanzas, también llevaban mazos o madejas de tripas para embutir la longaniza y los ricos chorizos (no, los de ahora no: los otros) que se embutían en las matanzas.

Ya he dicho que en casa había carnicería, y como la carne se vendía al corte, pues las tripas sobraban. ¿Qué hacía mi madre con las tripas? Pues como no se podía desperdiciar nada, las lavaba, volvía lo de dentro a fuera, las raía, las volvía a lavar, las recogía en mazos o madejas, las metía en un barril de madera mezcladas con sal para su conservación y cuando llegaba el tiempo de la matanza, las que no usaba en casa, las vendía por mazos o madejas, haciendo competencia a los bejaranos pimentoneros.
Nota: por ser más pequeños también se les decía macillos. Lógico ¿no?

De manera que si yo no digo que lo que presenta Urdiales se conocía como mazo o madeja los futuros habitantes de Camporredondo desconocerían esta palabreja.

Ahora vamos con la razón que puede asistirle a Urdiales, y a todos que piensan como él, relacionada con que, efectivamente, la foto representa una lía, aunque ¿no creen que sería un poco excesiva su largura para un uso corriente? ¿Podremos decir que una madeja de… lana, por ejemplo, es una hebra? Pues por lo mismo el mazo no puede ser una lía (eso creo yo) y por eso nuestros antepasados lo llamaban:

  • Fardo; conjunto de mazos atados.
  • Mazo; cuerda larga recogida en forma de madeja.
  • Lía; cuerda de esparto trenzado de largura variable.
  • Atillo; cuerda de esparto trenzado para atar los haces de mies y otros usos.
Y dicho esto me quedo a gusto porque sé que las palabras fardo, mazo, lía y atillo aún siguen vivas.

¿Alguna duda? Pues si la hay ¡a preguntar!... se ha dicho.

Camporredondo, 25 de marzo de 2015.


jueves, 1 de enero de 2015

Reflexiones para un año nuevo


Entre los muchos defectos que arrastro por la vida, se encuentra uno que nunca fui capaz de orillar. Por mucho que lo intento, no puedo dejar de pensar. Yo creo que esto me persigue desde que, allá por los años cuarenta del siglo pasado, en las catequesis que nos impartían todos los jueves más los de iglesia, nos decían que pensar -según en qué cosas- era pecado. Yo me esforzaba para no pensar, y me cabreaba conmigo mismo porque no era capaz de evitarlo por mucho que me empeñara. Es más, cuanto más intentaba no pensar en aquello que era pecado pues la mente, quizás rebelde (nunca fui rebelde) que seguramente yo tenía, se me iba al verde como decían las personas mayores.

En fin, que yo quería decir que tengo el vicio de pensar desde mi más tierna infancia. Así un día pensando, pensando, decidí pasarme una jornada conmigo y mi hatajo por aquellos caminos y cañadas que solía recorrer con mis ovejas para ganarme el cocido diario. Cogí el andaniño mental y subí por el camino-cañada de Portillo, di unas cuantas vueltas por El Bosque, conté una pequeña parte de lo que veía y retorné por la misma vereda.

Me pareció bien lo que acababa de hacer, y seguí pensando –ya he dicho que no lo puedo evitar- y dije: ¿Por qué no repetir la misma ruta ahora, más de 50 años después? Y lo hice. Comencé en el mismo punto de partida y desde el comienzo todo estaba tan cambiado que no era capaz de reconocer el camino. Cuando quise ponerme en marcha no encontré el corral. Me puse a buscar y estaba transformado en un precioso jardín. Para salir al callejón de acceso, las traseras eran de chapa en lugar de madera, el piso estaba asfaltado (ya no se levantaba polvo). Seguimos andando mis imaginarios hatajo, mis perros -Belmonte y Cadete- y yo con mi alforja, mi manta y mi cayada y ya todo se me volvió patas arriba: aquello no se parecía en nada a lo que mi disco duro había almacenado.

Al terminar mi segundo día con “El pastor y su hatajo” que, por llamarlo de alguna manera, así lo titulé, quedé aterrorizado; sí, sí, he querido decir y he dicho aterrorizado, no precisamente por lo que a mí pueda afectarme que por mucho que quisiera ya no es posible, pero sí por las generaciones venideras; por todos, pero es que tengo cuatro nietos y es por ellos por los que me asusté porque me di cuenta de que, si no frenamos un poco, en mi pueblo no son posibles otros 50 años.

Después de “Un día con el pastor y su atajo” vinieron otras cosas mías: los toperos, por ejemplo, paseos, la era… y más cosas que ya están en La Pizarra de Gaude” de forma que si una cosa me asusta, la siguiente me asusta más.

Y voy al grano: Hace pocos días quise protestar por el significado que dan en el DRAE a la palabra ubre y para apoyar mi teoría dije: lo ilustraré con una foto del pastor ordeñando al estilo que yo lo hacía y rogué que hicieran -para mí- una foto simulando la forma en que yo ordeñaba hasta enjutar la ubre a las ovejas (con sus dos tetas y por sus dos pezones) y al contemplar las fotos que para mí hicieron volví a asustarme. Voy a decir por qué:

Al ver la ubre de la oveja me dije: ¡joder! ubres como esa no se daban en mis tiempos. Entonces fui repasando fotos y me di cuenta de que el mundo pastoril que yo conocía, no era lo mismo.

Mis ovejas, y sus hijos, estaban alegres
Las ovejas parecían cabras con lana, anestesiadas. Pero lo que más llamó mi atención fue el aspecto de las ovejas: estaban, o me parecían, tristes, las orejas y los vientres caídos, ninguna levantaba la cabeza, no vi por ninguna parte los lechazos saltando satisfechos entre sus madres, como ocurría en mis años de pastor, a pesar de que las ovejas tenían las ubres más reducidas y por ende producían menos cantidad de leche. Pensé –otra vez vuelta la burra al trigo con pensar- que podría ser que en aquella leche de aquellas ovejas había vida salvaje, quiero decir que era así como más natural: sin conservantes ni colorantes como ahora se dice, o sea que pensé (¡y dale con pensar!) que de aquellas ubres salía leche absolutamente natural: sin sedantes ni antibióticos, la vida de los corderos la protegía la buena salud de la madre con sus defensas a tope. Ahora, tanto madres como hijos están adormilados, tristes, ¿sedados? quizá sí, sedados para que no retocen y quemen energías, y pongan sobre su, programado esqueleto, más carne en menos días: todo producción.

Como ya he dicho que no puedo dejar de pensar, seguí pensando y llegué a la conclusión -seguramente equivocada- de que mis ovejas habían desaparecido: habían sido sustituidas por máquinas transformadoras vestidas con lana. ¿Qué transforman? Pues el, también transformado, pasto –mejor dicho, pienso- en un líquido blanco al que llamamos leche. Ahora viene un camión-cisterna cargado con vitaminas y todo tipo proteínas para que la oveja las transforme en esa cosa blanca llamada leche. Para evitar que las ovejas se constipen añaden unos antibióticos que impedirán que el animal deje de producir y se dé de baja por enfermedad.

Las mías, las ovejas de mi tiempo, comían tomillo, también amapolas, trigo, cebada, todo tipo de hierbas que crecían por doquier y cuando las dolía la cabeza pues… ajo y agua. Así, de aquella leche salía el queso aquél que yo describía en “La pizarra de Gaude”, queso de Camporredondo, imposible de imitar hoy.

A ver cómo quieren que no me acojone cuando comparo lo que había hace 50 años y lo que hoy sólo está en las grabaciones que algunos llevamos en nuestra “azotea”. ¿Qué es lo que llevamos grabado allí arriba? Pues verás: ya que hablamos de ovejas, diré que ovejas puras, sin trucar, como mandaba su raza desde tiempo inmemorial, fuertes, con ubres y tetas por las que salía leche natural transformada de pasto sin transgénicos, o sea, pastos de los que nacían, de la tierra virgen, agua de lluvia y sol.

Seguimos con más cosas grabadas: tenemos grabado arroyos con agua, hoy necesitamos perforaciones a cientos de metros de profundidad, porque aquello de regar por inundación sin más que atajar el arroyo (hacer balsa, decíamos) parece de películas de ciencia ficción.

Como corría el agua por cauces y arroyos, había cangrejos de pata blanca, de aquéllos que tanto le gustaba hablar a mi escritor Delibes. También había peces, y pezas, como digo que llamábamos a los que excedían del tamaño normal. Y por las noches, principalmente, si te dolía la cabeza no intentaras dar un paseo por el arroyo al pasar por el Puente grande o el bodón de la era por te martillaban las sienes las ranas con su constante croar, o los grillos con su cri, cri, cri….De vez en cuando, sobre todo cuando iba a llover, encontrabas escuerzos (sapos) nada más salir a la puerta de casa, y no sé por qué digo a la puerta de casa porque, a veces, los encontrabas en el portal arrastrando su desarrollada panza.

Si alguna mañana se te pegaban un poco las sábanas, si te dormías quiero decir, te despertaba la abubilla con su tú- tú- tú sobre el caballete del colgadizo donde ordeñaba las ovejas. Pero si te asomabas por los balcones de la casa en su parte norte lo que podías ver era, sobre el viejo moral, las bandadas de jilgueros cuyo canto hasta era molesto, mezclado con el de los verderones, los tordos, los grajos…

Como no puedo dejar de pensar, pues también me acuerdo: en el término de mi pueblo se cazaban avutardas. Sí, sí, no se asusten, en aquel tiempo nadie se rasgaba las vestiduras por cazar avutardas porque las había a cientos.

Hemos hablado del agua en los cauces y arroyos y sólo hemos contado una parte de la vida que, ahora que están secos, se ha perdido. En “La pizarra de Gaude” ya hablamos en su momento de los toperos ¡Dios bendito los topos (ratas de agua) que había por todas pestañas!

Como había agua, había eneas, como había eneas había carricerillos que anidaban sobre ellas… en fin que, pensando, pensando llego a la conclusión que “por mal camino a buen pueblo” no sé si es posible llegar, y me parece que no hemos elegido el mejor camino. Creo haber leído en alguna parte: ¿Para qué correr si has errado el camino?

Y, pensando, pensando digo: creo que hemos errado el camino y corremos desbocados.

¿No deberíamos atemperar? Posiblemente nuestros nietos nos lo agradecerían.

Camporredondo 1 de enero de 2015.

P.D. Hemos dejado, de momento, la parte correspondiente a los insectos. Quizá en otro momento volvamos sobre el tema. Por ahora digo: no me quejo de que haya muy pocas moscas, avispas, ABEJAS, escarabajos… y más. Lo que me asusta es que no puedan vivir.


… Yo, entretanto, sigo pensando.

lunes, 8 de diciembre de 2014

El arado romano

Aratrum: Lat. Instrumento agrícola o máquina para arar.

http://www.reprodart.com/kunst/egyptian/sennedjem_wife_fields_sowing_hi.jpg
Al parecer, el arado ya era conocido por las civilizaciones mesopotámicas y el antiguo Egipto. Apoyamos esta opinión en la pintura que existe en la tumba de SENNEDJEM (XIX dinastía) en la necrópolis de Tebas.

Podemos ver que la similitud con nuestro arado romano es bastante notable, si bien se aprecia un notable perfeccionamiento del nuestro sobre aquél.

El arado tal vez deba su origen a diversos tipos de azadas que fueron perfeccionándose hasta llegar al estado en que nosotros hemos conocido a nuestro arado romano, común o de madera, que las tres acepciones son correctas en Camporredondo.

Piezas que componen el arado romano

Impecable arado romano donación de mi primo Mariano (Q.E.P.D)

Rastral.- En los desplazamientos por caminos o carreteras el arado se transportaba de forma que la cama descansara sobre el yugo, por tanto el rabizo arrastraba por el suelo. Para evitar que la madera sufriera un desgaste excesivo se colocaba, en la parte que arrastraba, una placa fuerte de hierro. Esta placa tenía el nombre de RASTRAL.

Rabizo.- La parte de arrastre (tiro) del arado estaba formada por dos piezas. La última de estas piezas recibía el nombre de RABIZO y su cometido no era otro que unir el arado, a través de la clavija, el barzón y la mediana, con el yugo.

Clavijero.- Según el tipo de terreno (fuerte o ligero) o el grado de humedad, el arado tenía tendencia a profundizar más o menos. También influía la alzada (altura del par de animales). Para compensar este posible contratiempo, sobre el rabizo se practicaba una serie de taladros que, según necesidades, nos solucionaba este desequilibrio (primer taladro más profundidad y último taladro profundidad mínima). Esta serie de taladros se llamaba CLAVIJERO (taladros para introducir la clavija).

Velortas.- Si observamos las uniones entre el rabizo y el ventril (timón) y entre éste y la cama no eran uniones fijas, pero sí muy sólidas. Estas uniones se hacían mediante las VELORTAS, que eran unos cercos de pletina de hierro.

Pinas.- Las velortas podían adquirir algún pequeño juego y desplazarse, desajustando con ello la unión. Para evitar que las velortas se desplacen y puedan aflojar la unión, se las colocaba un pequeño clavo que impedía su desplazamiento. Estos pequeños pero interesantes clavos, recibían el nombre de PINAS.

Timón o vientre.- Habíamos hablado de dos piezas que formaban el conjunto de arrastre del arado, una era el rabizo y la otra el timón o vientre. La misión del timón o vientre no era otra que unir la parte más principal del arado con el rabizo y el yugo.

Cama.- No podemos hablar de piezas más o menos importantes –hasta la más insignificante es imprescindible- pero sí debemos decir que la pieza que da forma al arado romano es la CAMA.  Sobre esta pieza del arado se apoyan todas las demás: timón, esteva y dental.

Dental.- Con el dental queda formado el arado en su totalidad. Sobre él, en dos taladros hechos al efecto (uno a cada lado, los orejeros) se alojan las orejeras. Además sobre él se asienta la reja.

Telera.- La telera, o barra reguladora, servía para dar el ángulo adecuado entre el dental y la cama además de servir de refuerzo al dental si la reja se enganchaba en alguna piedra o raíz ocultas bajo tierra.

Esteva.- Sería imposible arar con el arado si no fuera dotado de un elemento para su control: la esteva. Con la esteva el arador va controlando la dirección del arado… izquierda-derecha, arriba-abajo y sobre ella se sujetaban los ramales para dirigir la yunta.

Mancera.- La mancera (empuñadura) -que forma parte de la esteva- se encarga de transmitir las órdenes del arador al arado.

Pescuño.- Si nos damos cuenta, entre la cama y el dental se fijan dos piezas que rematan el arado: reja y esteva, que son piezas sueltas. Estas piezas se encajan en una ventana hecha sobre la cama y, por presión, las fija una cuña de madera hecha al efecto: el pescuño.

Las orejeras.- Estas dos piezas -que pueden ser de hierro o de madera- van alojadas en los dos taladros (los orejeros) que ya dijimos se practican, a propósito, en el dental y son las encargadas de fijar la anchura del surco.

Reja.- ¿Qué haríamos sin la reja? Pues nada. La reja es la encargada de remover la tierra. En los orígenes del arado dicen –yo no estaba- que era de madera, por lo que es fácil deducir que la labor de la tierra tuvo que ser muy superficial.

Cornezuelo.- Aunque en la foto no puede verse -porque no lo tengo- en el final (punta) de la reja, para su transporte, se colocaba un trozo de cuerno hueco con la punta truncada (cornezuelo) para proteger a los animales de posibles pinchazos. Ya hemos dicho que el arado viajaba sobre el yugo y la punta quedaba muy cerca a del pecho de los animales de tiro.

Tareas propias del arado romano

Hasta aquí hemos descrito una brevísima historia y las partes del arado. Ahora intentaremos acercarnos a algunas de las tareas propias de este apero de labranza tan importante hasta la llegada de las nuevas herramientas agrícolas.

Si comenzamos por el Otoño por ser la estación en la que, en otro tiempo, se sembraba casi todo el cereal, diremos que con el arado romano se preparaba el terreno donde se repetía cultivo de cereal, cambiando únicamente de tipo o clase (trigo a cebada, cebada a centeno, avena, etc.) Para ello se aricaba el rastrojo anterior, o sea, se pasaba el arado por el surco del ciclo anterior, eliminando con ello hierba y otoñada que pudiera haber nacido y enterrando al mismo tiempo el rastrojo, quedando la tierra preparada para recibir el abono y la semilla para el ciclo siguiente.

Por ser ésta una labor superficial requería poco esfuerzo tanto para los animales de tiro como para el mozo de mulas. Por lo que acabamos de decir se tenía la opción de, con el mismo par de animales de labor hacer el doble de tarea. O sea que en vez de usar un arado por yunta se usaban dos. Necesario para ello era el yugo especial que podemos observar en la parte superior de la foto adjunta.

Con el terreno así preparado y cuando llegaban los meses de Noviembre y Diciembre, el agricultor, con la sembradera al hombro, y a voleo, repartía el abono de sementera y la semilla de la manera más uniforme posible. Una vez distribuido el abono de sementera y la semilla, con el arado romano se cachaba el cerro o panera del año anterior quedando la semilla para el nuevo ciclo en emplazamiento distinto al de la cosecha precedente.

Otra labor que se realizaba con este arado era al final del invierno. Sobre el terreno arado a vertedera en el otoño anterior (previsto para la siembra de remolacha, achicoria, etc,) lógico es que, además de apelmazarse la tierra, hubiera brotado hierba. Para eliminarla y además esponjar la tierra se recurría al arado romano, dándole al terreno una labor de arada a junto, o como algunos decíamos, arar a cordoncillo. Si se decía así era debido a que en vez de surco, después de arado el terreno, lo que quedaban eran unos surcos pequeñitos o cordoncillos.

Forma de transportar el arado romano, en la punta de la reja
se aprecia el cornezuelo. (Foto año aprox. 1950)

Pero aún había otras labores que se hacían con este arado. Por ejemplo, aricar el campo sembrado de cereal para eliminar malas hierbas, arrancando unas y enterrando otras. Para esta labor se usaba una reja más pequeña y se le ponían unas orejeras cortas con el fin de no perjudicar la raíz de la planta. De esta manera se eliminaba la hierba del surco y las orejeras se encargaban de enterrar parte de la que crecía en el cerro o panera.

Esta labor, si el aricador realizaba bien su tarea, facilitaba en gran manera la tarea de escarda por quedar la hierba muy concentrada en una franja del cerro o panera del surco.

Por último diremos que con el arado de madera o romano, se hacían los cerros o lomos para la siembra de la remolacha y, una vez extendido el abono, se cachaba el cerro quedando el terreno preparado, previo paso con la rastra, para sembrar la planta correspondiente.

Los gavilanes siempre presentes
Las procedencias del arado romano que se usaba en Camporredondo eran varias: se construían en el taller de Silviano Ortega (Camporredondo), Cayuela (Montemayor de Pililla), también en los talleres de San Miguel de Arroyo, Íscar, etc. pero destacaban los que se construían en los talleres del señor Máximo en La Parrilla que eran los preferidos por la mayoría de agricultores. Quizás observando varios arados juntos nos puedan parecer iguales, pero podemos asegurar que en su uso, sobre el terreno, había grandes diferencias.

Pero llegó el tractor, y el arado romano, común o de madera, en atención a los grandes servicios prestados, acabó abandonado en eras, pajares, corrales… o nos calentaron un rato en nuestras glorias. Algunos – pocos – tuvieron suerte y, si las “autoridades” los dejaran, podríamos admirarlos en algún museo. ¡ASÍ ES LA VIDA!



Camporredondo, Diciembre de 2014




















miércoles, 3 de diciembre de 2014

Los gavilanes

“No debemos fiarnos de las apariencias”

Sin duda con la humilde herramienta que hoy traemos hasta “La Pizarra de Gaude” se cumple esta sentencia. A ver... si muchos de vosotros vais paseando tranquilamente y veis este trozo de hierro tirado al borde del camino… ¿os molestaríais en recogerlo? Seguramente no. Quiero adelantar, por si alguien quiere devolverme la pregunta, que yo sí, la recogí y por eso os la presento y os diré por qué hubo un tiempo en que era imprescindible.
Dos piezas inseparables: el arado romano y, sobre la reja, los gavilanes

Los gavilanes, por su sencillez y facilidad para su confección, solían hacerse en la fragua del pueblo, o bien procedían de otras fraguas de pueblos limítrofes.

Es herramienta sencilla, imprescindible en numerosas ocasiones para el buen funcionamiento del arado romano. Es así porque si arabas en terreno donde hubiera broza, yerbajo, grama... etc. -en otro tiempo muy abundantes- éstos podían enredarse alrededor de la telera o la cama del arado, haciendo imposible continuar el surco sin hacer uso de ellos. Al tiempo que con una mano se conducía el arado sujeto por la mancera, con la otra, mediante certeros golpes con los gavilanes, dado el filo que debían tener, se liberaba al arado de la hierba que pudiera haberse enredado en él.

Con lo explicado hasta ahora hubiera sido justificación suficiente para que el arador no pudiera prescindir de los gavilanes, pero es que, además, cuando se araba en tierra fuerte y si el terreno estaba un poco pesado (húmedo) la tierra quedaba pegada al arado, por lo que se hacía imposible seguir haciendo surco. La única forma de liberarse de aquel pegajoso montón de tierra era a través del servicio que hacían los gavilanes; se les hacía pasar por uno y otro lado de la cama, con lo que la tierra despegaba y la tarea podía continuar.

Hemos podido constatar lo fácil que es que una herramienta sencilla, pero que tanto servicio prestó al labrador, desaparezca sin dejar rastro, pues estoy seguro que si hoy la dejamos abandonada al borde de cualquier camino, como antes decía, nadie se molestaría siquiera en agacharse para recogerla. Gran parte de los que hoy cultivan la tierra (agricultores del año 2001) nos han preguntado por el nombre y el uso que de esta herramienta se hacía. ¡Qué pena! 

Vamos con una curiosidad: El hecho fue que dos aguerridos mozos transportaban achicorias hasta el tostadero de Iscar. Como el viaje era largo, natural era que llevaran merienda para el camino. En esto, a uno de ellos -que eran amigos y además quintos- se le ocurrió gastarle una broma al otro, relacionada con las viandas. Pero el otro, lejos de aceptar la broma no aceptó ni aún las disculpas que su amigo el bromista le ofreció.

Como al parecer, dada la gravedad de los hechos, no había solución posible, el bromista le ofreció solucionarlo en el campo del honor y, a pesar de que no llevaban esa herramienta en el carro, le propuso: ¿Quieres que rompamos la vara de los gavilanes en nuestras costillas? No hace falta decir que a partir de ese momento las aguas volvieron a su cauce y los gavilanes siguieron prestando el servicio para el que estaban destinados: limpiar el arado romano o el de San Martín.

Queda claro que los gavilanes –en otro tiempo- fueron importantes, pero que hoy sólo gracias a los sentimientos que aún perduran en una parte de la sociedad moderna podemos contemplar esta sencilla e interesante herramienta. ¡Ojalá que haya continuidad!


Palabras de uso poco corriente usadas en el escrito:

CAMA.- Pieza curva de madera de encina que daba forma al arado romano y que unía dental, esteva y timón.

GRAMA.- Planta rastrera que se propaga con suma facilidad. Tallos largos y rastreros en otro tiempo de muy difícil erradicación (hoy se combate con herbicidas) que se enredaban en la telera o la cama y sólo con los gavilanes se podía liberar.

TELERA.- Barra cilíndrica (también llamada barra reguladora) de hierro que une cama y dental para dar a éste mayor consistencia.

TOSTADERO.- Horno donde se secaba y tostaba la achicoria y de donde salía empaquetada como sucedáneo del café.

YERBAJO.- Conjunto de malas hierbas que nacen en un terreno.

jueves, 13 de noviembre de 2014

El azadón

En este mundo mío -el rural- siempre que se quiera trasmitir o justificar nuestro cansancio o agotamiento físico, sea cual sea el motivo de nuestro decaído ánimo… esfuerzo excesivo, enfermedad o arrechucho de cualquier índole, recurrimos a la frase referida al azadón: “¡estoy como si hubiera estado cavando todo el día!” O sea, al borde de la extenuación.

Lo que acabo de decir no es fruto de la tradición, es que está más que justificada la frase.

Situémonos. Mes de febrero: las viñas piden a gritos ser excavadas para que el tronco se airee evitando con ello posibles epidemias -eso se decía, tal vez pensando en la filoxera- y porque vendrán las lluvias de final del invierno y principios de primavera y hay que prepararlas para que en el alcorque que formemos se recoja el agua que después vendrá muy bien en los meses de estío para que la vendimia sea generosa. Temprano cogemos el azadón y, golpe a golpe, azadonada tras azadonada, vamos dejando los troncos libres de la tierra que los arropaba.

En el pueblo había muchos majuelos y, si no era suficiente, hasta otros pueblos limítrofes, -y no tan cercanos- se desplazaban cuadrillas de hombres dispuestos a doblar su columna vertebral (el riñón decíamos) delante de las cepas para ganarse los gabrieles (el cocido).

Hemos quitado la tierra que cobija el tronco de la cepa en el mes de febrero, y en la primera quincena del mes de mayo volvemos a cobijarla para que el agua recogida no evapore con facilidad.

En estos mismos majuelos nacen y se crían plantas que no son deseables -aunque entre éstas estaban las buenísimas ajunjeras de la ensalada que ya hemos comentado en entrada aparte-. Bien; pues estas plantas se eliminaban cavando el majuelo. Algunos podían ararse, pero los más viejos que se habían plantado a cepa revuelta, o sea, sin ningún orden, no quedaba otro remedio que cavar para eliminarlas.

Ejemplo de plantación a cepa revuelta (Alcozar)
Avanzan los meses, y en el verano tampoco nos escapábamos del manejo del azadón: hacer regaderas, regar por inundación reforzando los surcos con el azadón. Quizás fuera el verano el de menor actividad del azadón. Pero enseguida llegaba septiembre y se pegaba a nosotros como una lapa para el resto del año.

Hasta la llegada de los arados de vertedera todas las plantas de raíz profunda –que hay que ver las que había-… panderillos (collejas), mielgas, gatuñas, quebranta arados, amapeas, etc. se arrancaban con el azadón hasta la máxima profundidad posible.

Si querías hacer un pozo empezabas su ejecución con el azadón. Si era un foso para retención de avenidas de aguas tormentosas: el azadón. Quiero decir que en cuanto traspasabas la puerta principal, o la trasera (puerta carretera), raro sería que no colgaras del hombro el azadón.

Era tan insustituible y de tanta utilidad que daba igual si llovía como si no. Durante el invierno, en el momento que dejara de chaparrear el azadón siempre nos brindaba una posibilidad: ha llovido y está muy pesado para arar, pues coges el azadón y te vas a cavar las pestañas que no se aran por su proximidad con el cauce o el pozo. Si, si, el arado no araba toda la pestaña porque el animal de tiro no permitía arrimar más el arado. Cuando nevaba tampoco era obstáculo que impidiera -salvo excepciones- cavar las pestañas.

Hablando de excepciones acude a mi -ya no joven- mente, la siguiente escena que escuché cuando tenía no más de siete años. El que sigue “La pizarra” ya sabe que en casa –por ser lo que llamábamos casino- se montaban entre los mayores del pueblo aquellas partidas de cartas que ya hemos comentados en otras entradas.

Monumento al labriego (Archidona)
Fue un día de un febrero tan frío que sólo he conocido dos en toda mi vida. En aquel mes nevó en abundancia y antes de que la nieve derritiera, las heladas se sucedieron, una tras otra, durante todo el mes, de forma que ni siquiera el azadón ofrecía ninguna posibilidad de ganarse el sustento para la familia.

Para los que no lo saben debo anticipar que en aquel tiempo se cobraba el jornal diario, de forma que el día que no trabajabas -aunque fuera por causa de fuerza mayor- no cobrabas. Si hubiera habido alguna posibilidad de ahorro durante los días de sueldo o jornal pues en llegando días como estos no habría problema: se echa mano de la hucha y la despensa y santas pascuas. Pero ni lo uno ni lo otro era posible. El caso era que el día que el jornalero trabajaba escasamente el jornal llegaba, no a fin de mes, sino a fin de día. Con esta perspectiva vamos a imaginar todo un mes sin entrar ni un solo real en casa.

Resumiendo:

Aquella noche llegó uno de los participantes en la partida y antes de que ésta comenzara comentó: ¿qué os parece que ha hecho Epulón? (nombre supuesto). Todos quedaron expectantes y siguió: ya veis como está el panorama; pues imaginaos como estarán las cosas en casa de Lázaro: no tienen ni un trozo de pan para comer la familia. Lázaro ha ido en casa del “amo” para ver si tenía trabajo y, ni más ni menos, le ha dicho: sí hombre, coge el azadón y vamos a cavar la pestaña del… ¡Qué más da el nombre! no quiero mencionarlo porque no quiero.

Él se ha envuelto en el tapabocas y Lázaro con apenas una chaquetilla que tiene han llegado al posible corte donde debería comenzar la cava de la pestaña. Cuando le ha dejado en la tarea, Epulón se ha venido a casa y Lázaro ha querido comenzar a cavar pero… era imposible, la cantidad de nieve, más la tierra helada impedían que el azadón pudiera penetrar en la roca en que, al parecer ,se había transformado la tierra. Lázaro llorando ha llegado a casa y le ha dicho al “amo”:

- Es imposible, el azadón no rompe la tierra: no puedo cavar la pestaña.
Pues si no hay trabajo, no hay sueldo.
- Es que mi familia tiene hambre.
- Si no hay trabajo no hay sueldo, repitió el “amo”.

Lázaro se ha ido para casa y a pedir limosna fue hasta hace un rato que ha vuelto a casa.

Fue éste un relato que jamás -pese a mi juventud- he podido olvidar. Un día quise rememorarlo y me lo conté. Y sin más que sirva como denuncia de las miserias que se vivían en aquel tiempo esto es lo que escribí y así lo titulé: EL LARGO INVIERNO.

Varios decenios han transcurrido y mi memoria se niega a borrarlo.


Camporredondo, invierno de 2005.

martes, 28 de octubre de 2014

La Binadera.

De vez en cuando doy una vuelta por el local donde duermen –cuasi- debidamente colocadas las herramientas y enseres que ya no se usan, o se usan menos. A veces hago un alto ante una de ellas y pienso en lo importante que fue en su momento y la poca importancia que le damos hoy, cuando ya nos parece que somos ricos, que aquello fue un mal sueño y que, quizás, nunca fue realidad. Pero a mí me ocurre algo no sé si especial o curioso: me paro delante de una de estas herramientas y se me abre un enorme libro en el que voy leyendo. Hasta tal punto me ocurre que, a veces, se me difumina la herramienta y sigo leyendo hasta que despierto y vuelvo a verme sobre mi silla particular. Sólo entonces me doy cuenta de que allí está escrita una buena parte de la historia de mi vida; quizás la más especial.

Un día, me paré delante de la binadera y comenzaron a discurrir imágenes que, aun después de tantos años, siguen nítidas como el primer día.

Fue la binadera quizás la primera herramienta con la que el niño tuvo que ganarse su sustento: Rudesindo –y hacia él dirigía la pregunta el maestro- ¿por qué no viniste ayer a clase? (a la escuela se decía) “es que tuve que ir a capar remolachas”.

¿Sabe usted con qué herramienta el niño capaba remolachas? Pues eso: con la binadera. ¿Con qué herramienta el niño escardaba? Pues también con la binadera. Y con la binadera rozaba las achicorias y rozaba el melonar –decían que el melonar agradecía el polvo que se levantaba-. ¡Tantas y tantas labores se hacían con la binadera!

Y en la pala de la binadera quedó grabado lo que ahora vamos a relatar. Era el mes de mayo, la planta de la remolacha estaba muy crecida, hay que caparlas (entresacarlas) porque se hacen grandes y la experiencia aconseja hacerlo en el menor tiempo posible. El “amo” busca mano de obra, toda es poca y para ello se recluta a todo el personal capaz de sostener la binadera con sus manos. El sueldo, o jornal, es de miseria, pero a la miseria había que combatirla, y la única arma que había era otra miseria en forma de salario.

Fortunata es reclutada -no importa si es una niña o no, la edad no cuenta- para la tarea. Cobrará menos que las personas mayores porque es una niña, pero tendrá que sacar adelante la misma cantidad de surcos que una persona mayor. Injusticia sobre injusticia.

Por el esfuerzo requerido, o por la escasa y desequilibrada alimentación la niña no se encuentra bien. Por el surco adelante va vomitando, no puede seguir el ritmo de los mayores: se queda atrás. Una señora de la cuadrilla -tenía corazón de madre- multiplicando su esfuerzo, ayuda a Fortunata. El “amo “desde una finca próxima observa ¡Fortunata no sigue el ritmo impuesto por el resto de la cuadrilla! El “amo” deja su quehacer, se acerca, y sin más preámbulos espeta: Fortunata, dice, te pago por trabajar. El ángel que ayuda a la niña interviene: ¡pobrecilla, dice, está enferma, ya la ayudo yo! Si está enferma que se quede en casa, respondió el “amo”, y cuando esté en condiciones que vuelva. La niña tuvo que marchar para casa, descansó un rato, tal vez su madre le diera un beso, porque poco más había, y por la tarde Fortunata siguió formando parte del grupo de la binadera.

Fue la binadera quizás la herramienta que se adaptó mejor a la edad de los usuarios, por eso las había de todo tipo: desde la pequeñita para rozar zanahorias o achicorias, hasta la que sólo podían manejar los más fuertes de la sociedad rural: la binadera de la viña. Recuerdo con todo cariño y admiración, el manejo de esta binadera por parte de Alejandro Núñez, era un número uno en su manejo, porque a su posible habilidad unía una fuerza casi sobrenatural.

Hemos dicho de la binadera más pequeña que quizás fue la primera herramienta con la que el niño se entrenaba para la dura vida de agricultor. Había otra más grande para encasillar (hacer grupos de remolacha en la siembra a cordoncillo) y remataba la de la viña. Como vemos, había un tipo de binadera para cada necesidad y para cada edad.

Una de las imágenes que perduran en nuestra retina es la del abuelo Salustiano que se apoyaba en dos bastones para llegar al tajo (tarea), uno de los batones era la cayada y el otro, cogida por la parte de la pala, era la binadera. O sea la binadera como bastón pero, al llegar al corte, era usada como herramienta supresora de malas hierbas.

Y ahora una maldad por mi parte, pero que tiene por alcahueta a la binadera. Ya he contado que en casa hubo aquello que llamaban “casino” y allí se reunían a jugar algunos señores mayores que algunas veces comenzaban la partida a primera hora de la noche y la terminaban también a primera hora… pero de la mañana.

Los hombres iban a jugar la partida de cartas pero, a veces, acordaban el día antes llevarse la binadera al “casino”. Y claro, ahora alguien querrá saber para qué se la llevaban. Pues muy sencillo: si la partida se prolongaba hasta el día siguiente, por la mañana un poco antes de amanecer dejaban el juego y marchaban cada uno allí donde tuvieran un posible corte que justificara su presencia. Entonces, cuando los agricultores regresaban de hacer la mañanada, para almorzar, los otros agricultores (los de las cartas) también se sumaban. De esta forma se cuidaban mucho las apariencias, algo que se consideraba muy importante en aquellos tiempos: “que arda la casa pero que no se vea el humo”. Como veis truquillos y pequeñas trampas siempre ha habido. La diferencia está en que aquellas trampas podían perjudicar la economía familiar, no la del vecino; eran binaderas, no tarjetas: éstas son posteriores.

Para no asustaros no quiero relatar los dolores de espalda (dolor de riñones decíamos) que provocaba la, aparentemente, inofensiva binadera.


Camporredondo octubre de 2014

lunes, 20 de octubre de 2014

¿La Séptima ruta de Delibes?

Observo -con tristeza- “Rutas de Delibes” en las que –bajo mi modesto entender- falta una importante al sur-este de la provincia. Ruta en la que Delibes (“Castilla Habla”, "Alfares bíblicos") charla con los alfareros (cacharreros entonces) hermanos San José, Conceso y Alberto. Hermanos que fabricaban, en sus hornos de hornija, en Arrabal de Portillo, los famosos herradones de barro cocido que los “expertos”, después, se han encargado de transformar en herradones de latón. En esta ruta –cada vez menos- podríamos contemplar y, sobre todo recibir explicaciones de cómo se fabricaban todo tipo de cacharros, entre ellos los herradones que acabamos de citar, pudiendo aún contemplar algunas piezas que en los años 40 y 50 del pasado siglo se ordeñaba las ovejas en la zona.

En la misma ruta se incluye la charla que mantiene el escritor con Mariano Sastre, obrero del campo (Castilla Habla”, "Tierra de Pinares"), que nos habla del pino negral o resinero, también nos comenta sobre el pino albar o piñonero y el pino carrasco, que no medra en las laderas.

Después de la charla que mantiene con el obrero del campo el escritor se asoma -en su camino desde Arrabal de Portillo hacia Iscar- por el balcón del llano de San Marugán donde, en el cementerio de Cogeces, descubre los cipreses más papujados que jamás haya visto y que, también, los “expertos” sitúan en Cogeces del Monte donde dicen: “se secaron y hubo que arrancarlos” (invito a que se visiten, todavía, en el mismo cementerio -y los mismos cipreses- que Delibes pudo observar).

Camina un poco más el escritor y encuentra a Eleuterio Cabrero (Tello Totorro), en Iscar. Con él hace un repaso profundo sobre la economía boyante del pueblo. Aquí mismo el escritor hace mención a la labor que está realizando el hombre de campo que, nos dice está "azuzando un viejo macho acorrillando un majuelo" lo que, aun siendo verdad, no hay “experto” que aclare lo que es acorrillar para que quede claro que no se acorrilla con el arado sino con el azadón…

Y para no hacerme más pesado ¿nadie se acuerda dónde concibió Delibes la idea de “Las Ratas”? Pues el escritor nos ha dicho que la idea le surgió en un viaje que realizó a El Henar. Allí le hablaron de que por aquellos arroyos se criaban unos topos (ratas de agua o topos de ribera, hoy totalmente desaparecidos) que formaban parte muy importante de la economía familiar de los toperos y tenían una carne exquisita, razón por la cual la gente los cazaba y comía.

¿Merece la séptima ruta esta zona que, no sé por qué motivo, ha sido excluida de las rutas de Delibes? Puedo asegurar que en esta ruta  tiene el escritor aficionados y admiradores de de su obra que pueden corregir algunos errores de los que se cometen al interpretar el lenguaje del escritor.

Después de lo expuesto pregunto: ¿valdría la pena una charla a nuestro jóvenes -estudiantes o no- sobre los alfares (cacharrerías conocidas y desaparecidas o en trance de desaparecer? ¿No sería interesante que a nuestros jóvenes -estudiantes o no- alguien les hablara de la forma de resinar en tiempos pretéritos? ¿Habría mejor ruta que la séptima... (Tierra de Pinares) para explicar a nuestros jóvenes la forma de cosechar las piñas, no por el piñonero, sino por los sufridos piñeros? ¿Sería interesante que alguien hablara a nuestros jóvenes –aprovechando las alfarerías de Arrabal- sobre el pastoreo en tiempos pasados? ¿Podría alguien mostrar a nuestros jóvenes lo que es un ciprés papujado? ¿Sería interesante que nuestros jóvenes supieran donde ideó Delibes “Las Ratas”?

Es posible que el mismo día que en El Henar comentaron sobre la existencia y aprovechamiento de las ratas de agua (topos de ribera) -que, como he dicho, dieron origen a "Las Ratas"- también comentaran a Delibes que en mi pueblo (Camporredondo) se produjo un hecho digno de ser conocido por el cazador que escribe: el lance de “El Matacán del majuelo", “Viejas historias de Castilla la Vieja”, porque un hecho exactamente igual se produjo en mi pueblo, solamente que fue anterior (años 1920-30) a que Delibes lo escribiera y el galgo era el de el tio Alonso, teniendo que ser abatida la liebre, tras varios lances, por un disparo de escopeta para evitar que el matacán llegara al perdedero (Monte Arenas en el pago de El Colorado) y el majuelo estaba situado en la Gamarra al pie de las laderas del mismo nombre. Todo muy coincidente.

En fin, si alguien se atreve a desglosar, para nuestros jóvenes, lo que acabo de enumerar, permítanme que me descubra ante él. Trabajo habría para los posibles guías.

Y, cuasi, nada más, creí que debía reivindicar una ruta más del escritor y eso es lo que he intentado manifestar.

Copias a: Diputación Provincial de Valladolid, Fundación Miguel Delibes, El Norte de Castilla y La Piazarra de Gaude.


viernes, 10 de octubre de 2014

En Camisas de Once Varas: Hocino/hoz

Página 276-277 del DCT.

Hocino  n.m.  Hoz pequeña en general. Sirve para cortar las malas hierbas.

DRAE : Instrumento curvo de hierro acerado, con mango, que se usa para cortar leña.

DUE: herramienta con una hoja curva que se usa, por ejemplo, para cortar leña.

Hoz  n.f.  Hoja de acero laminado y corte afilado y ondulado en forma de media luna, con un mango corto de madera.

Viendo las acepciones que nos ofrecen DRAE, DUE y DCT pocas cosas creo que se pueden decir acerca de hocino y hoz. Sí que llama la atención que nos diga el DCT. que “sirve para cortar las malas hierbas” porque ¿con qué se cortan, o cortaban, las hierbas buenas?

Digo que pocas cosas se pueden decir aparte de reivindicar el hocino para segar la mies que durante toda la vida se usó en Camporredondo hasta donde llegaban, también, segadores gallegos con el mismo tipo de herramienta para segar.

Según los diccionarios DRAE y DUE, el hocino se usa para cortar leña; de donde deducimos que no tomaron la referencia en mi pueblo o sus alrededores porque por aquí para cortar leña se usaban, hacha, hachón, tronzador, etc.

Como digo que quiero reivindicar el hocino como herramienta cortante para segar la mies y esto puede no ser suficiente, aquí traemos la foto para que no haya duda: con este hocino segábamos en casa, y con otros del mismo estilo todos los demás segadores en la zona de Camporredondo –Valladolid-.

Mostramos la “bolsa de los hocinos” de la que hemos extraído uno para dejar sentada su forma. La bolsa contiene los hocinos, el palo de atar y de ella cuelgan las zoquetas (guante de madera que protegía los dedos corazón, anular y meñique contra posibles cortes). Al lado, un mazo de atillos con los que otrora se hicieran los haces de mies. Todo, a su vez, colgado del trillo.

Posiblemente, si sigo hablando, meta la pata hasta el corvejón pues la emoción me embarga: ¡Cuánto esfuerzo, cuánto sudor, cuánta miseria y qué poco respeto observo hacia aquéllos que lo sufrieron sin ninguna queja ¿para qué? Si nadie escuchaba...

Espero, y sobre todo deseo, que siempre sean tratados estos útiles y herramientas con el mismo respeto que guardamos la autora de la fotografía y yo.

martes, 8 de julio de 2014

En Camisas de Once Varas: Gubia, hacha y hachón.

En nuestro lenguaje diríamos que esto es matar tres pájaros de un tiro, veamos por qué:

Gubia n.f. Tipo de hacha, de tamaño más pequeño que el hachón, que emplean los resineros para quitar los sarros. (Sic).

Página 275 del DCT.

Hacha n.f. Herramienta cortante con un filo curvo. (Sic).

Página 275 del DCT.

Hachón n.m. Hacha de dos hojas. (Sic).

Página 276 del DCT.

Quizás hubiera poco –o quizá nada- que decir, si no es porque relacionan gubia hacha y hachón sin que quede -a nuestro entender- demasiado clara su relación, como explicaremos y veremos en las fotos.

Si –como parece- imaginamos la herramienta por la expresión de la palabra, parece lógico que el hacha sea el de una sola boca y el hachón (como aumentativo de hacha) el de dos. Pero las cosas no siempre son lo que parecen y, vaya usted a saber por qué, desde siempre por estas Tierras de Pinares, en la provincia de Valladolid, el hacha, como podemos ver en las fotos, es la de doble boca, o boca y peto, y el hachón es el de una sola boca.

No aclaramos nada acudiendo al DRAE, porque nada nos aclara, dice:

hacha2.
(Del fr. hache, y este del franco *hapja).
1. f. Herramienta cortante, compuesta de una gruesa hoja de acero, con filo algo convexo, ojo para enastarla, y a veces con peto.

Como vemos, para el diccionario de la Real Academia no existe nada más que una acepción para la palabra hacha. Para el diccionario la palabra hachón no existe, limitándose a decir que el hacha es “a veces con peto”.

Nosotros no hacemos más que transmitir lo que nosotros heredamos, que es lo que ahora decimos:

Hacha doble boca o boca y peto
Hacha.- Herramienta con doble corte (boca y peto) que los hacheros usaban para cortar troncos de madera. Fue herramienta muy útil (junto con el tronzador) hasta la llegada de la motosierra.

Junto con el hacha había, y hay, otra herramienta también muy interesante. Esta herramienta es el…

Hachón
Hachón.- Herramienta cortante, de una sola hoja, que era usada, para trabajos menores, por los hacheros (leñadores) en los trabajos en el monte. El hachón puede ser manejado con una sola mano, o las dos, dependiendo de su tamaño. 

Un ejemplo del manejo con una sola mano es cuando era usado por los olivadores, y con las dos, para trabajos auxiliares en cortes de troncos en el suelo.

Para donde no haya llegado mi torpe explicación aquí adjunto las fotografías.

Gubia para recoger el sarro
La gubia que el resinero usaba para recoger el sarro; el hacha para grandes cortes y el hachón que era una buena solución para cortes de menor intensidad.

Recordemos que estas herramientas fueron el medio de vida para muchas familias. Respetemos su memoria.