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martes, 9 de enero de 2018

Seguimos con nogala y olma. ¿Y van?

Lo primero que, por respeto, debo de hacer, es pedir disculpas a mis colegas y amigos rurales por mis reiteraciones sobre temas y palabras que ellos saben mucho mejor que yo. Al mismo tiempo debo pedirles comprensión por mi insistencia porque… ¿tengo otra opción? No podría acostumbrarme a que las ovejas fueran delante del pastor.

Seguimos.

Cuando son –aproximadamente- las 19 horas y veinte minutos del día 18 de octubre de 2017, oigo que la radio dice:

Buenas tardes. Dice Miguel Delibes -en “El disputado voto del señor Cayo”- que la sombra de la nogala es muy traicionera. Bueno, él pone esta frase en boca del propio Cayo -la sombra de la nogala, que no es la sombra del ciprés-. Pero hay más nogalas en los libros de Delibes, como la de la tía Bibiana en “Viejas historias de Castilla la Vieja” por ejemplo. La pregunta es la siguiente: ¿es que no son lo mismo un nogal que una nogala? ¿Es que acaso no son el mismo árbol? Veamos: biológicamente son lo mismo -estamos hablando, en ambos casos, del nogal como árbol- otra cosa es que, en la Castilla rural, se haya cuidado el lenguaje hasta tal punto que se ha llegado a distinguir entre un nogal normal y corriente y un nogal corpulento de tronco más ancho y hermoso. Y eso es precisamente una nogala: un nogal más hermoso. Podríamos decir, más grandón. Así se puede leer este cambio de género en las obras de Delibes como también pasa, -cuidadito-, con olmo y olma. ¿Esto  qué es? Pues para mí es otra riqueza más del español de los pueblos de Castillla y León que diferencian, por su altura de tronco, entre nogal y nogala.

Como lo primero que hace el “experto” -en temas arbóreos, Delibes y lenguaje rural- son dos preguntas, intentaré responder con mi bajo nivel cultural: sí, el nogal y la nogala son lo mismo. Sí, son el mismo árbol, no le quepa a usted la menor duda, aunque a usted –por su bajo nivel en lenguaje rural- le pareciera siempre que nosotros le cambiamos de género.

A partir de aquí me veo en la obligación –aunque ya sé que el “experto” no lo entiende- de aclararle, otra vez más, por qué los hombres y mujeres rurales llamamos nogala a lo que no es más que un simple -más o menos desarrollado- nogal. De nuevo, ahí voy:

Cuando el nogal está aislado (caso del de “el señor Cayo, o el de la tía Bibiana y otros”), por el hecho de crecer aislados, se aprovechan más de aguas y nutrientes del suelo. Por tal motivo se desarrollan más y más rápidamente. Pero le voy a aclarar un poco más: el mismo nogal puede crecer aislado y, -comparado con su entorno- puede parecer exagerado su tamaño, entonces diremos: ¡vaya nogala! 

Pero vamos con el paso siguiente: ese nogal que, en un momento, nos pareció enorme, le incluimos dentro del conjunto de nogales (nogaleda) y no pasa de ser un nogal más.

Usted -que es más listo que el hambre-, ya se ha dado cuenta de que para ser nogala es necesario que el nogal sea -como usted dice- algo más que hermoso.

Todo lo que hemos dicho para el nogal/nogala es igualmente válido para olmo/olma.

Dicho lo dicho y escuchado lo escuchado, esto queda como sigue:

Nogala.- nogal desarrollado que crece –normalmente- aislado, al lado de construcciones o no.
Olma.- olmo que crece aislado y, comparado con el entorno, es de mayores proporciones.

Pero la misma nogala, o la misma olma, si están incluidos en la nogaleda o la olmeda (campo plantado de nogales o de olmos), no pasarían de ser más que un nogal o un olmo más. Eso sí, diríamos… ¡vaya nogaleda, u olmeda! Según su desarrollo o, simplemente, por su capacidad para impresionar nuestro sentido visual (nuestro ojo).

Podríamos añadir más ejemplos, pero ya está bien de aburrir y querer dar clases a los maestros rurales. Mí clase va dirigida a los “expertos” que estén interesados en aprender.

A continuación os presento lo que, sobre nogala, entiende el “experto” en lenguaje rural. Así lo publica en distintos medios, al parecer, tan expertos como él:

Nogala: En los pueblos castellanos suele distinguirse entre árboles masculinos y femeninos más que por su género por su tamaño. Un chopo, especialmente corpulento y de formas redondas, será una chopa; igualmente un nogal, con una gran copa, ancha y poderosa, será una "nogala". (Investigación de campo)

Supongo que con esta vez ya será suficiente para que los “intelectuales” -en lenguaje rural-, les quede claro que la palabra nogala, olma, peza, canalona (no cacanalona)… no es producido por un cambio de género, sino una exclamación ante lo magnífico según el entorno en el que crecen. No, en los pueblos castellanos saben -por naturaleza- lo que es un nogal, un olmo, un chopo, un pez…etc. Fíjese si lo sabrán, que son ellos los que lo siembran o plantan.

Camporredondo, 20 de octubre de 2017

sábado, 16 de diciembre de 2017

Gracias a la palabra raer...

… los amantes del lenguaje rural y la obra de Miguel Delibes hoy tenemos un pequeño, o gran, motivo para el regocijo. Vamos con ello.

Raer
CH p. 146
Pero tan pronto cede el calor, el pino negral empieza a raer.
Raer: 
Perder resina. (Investigación de campo)

El “experto” en temas rurales y narrativa de Miguel Delibes –que ahora imparte clases por radio-, nos dijo en el glosario de Cátedra Miguel Delibes y en el primer librito que lanzó al mercado, editado por  “Fundación Instituto Castellano y Leonés de la Lengua” (¿?),  lo que acabáis de leer.

Con el paso del tiempo, el mismo señor, -que ya había leído alguna aclaración- quiso remediar, pero sin corregir (rectificar, según dicen, es de sabios), y en su segundo librito de “experto”, -esta vez editado por ediciones “Cinca”-,  nos envía su, nueva, versión:

Raer
 CH p. 146
Pero tan pronto cede el calor, el pino negral empieza a raer.
Raer: Perder resina el pino que recogerá el resinero con la raedera. (Investigación de campo)

Subimos de nivel, y en la radio, hoy, 25 de octubre de 2017, cuando son, aproximadamente, las 19 horas y 15  minutos, se oye y escucha: 
                                       
Buenas tardes. Un pino negral, el… famoso pinus panister, (él dijo panister, ¿será otra clase de pino?) es el pino resinero, pero que no da piñones. Abundantísimo pues, por ejemplo, en la provincia de Segovia y de sobra conocido por Miguel Delibes. Aparece, entre otros, en su libro “Diario de un cazador” cuando relata que comieron en la cotarra “San Crispín” y que, desde lo alto se dominaban los bosques de negral. Al pino negral se le ha vuelto a extraer la resina, parece que vuelve a ser rentable. Aumentan en los últimos años grupos de pinos negrales con su pote, bajo la entalladura, mientras el pino llora su resina lentamente. Como se sabe la mayor parte de la resina caerá al pote, dentro, pero otra poca se quedará pegada a la entalladura antes de entrar en el pote. Pero aquí nada se pierde, el resinero acudirá a sus pinos negrales y con un utensilio que llaman raedera irá rascando esa resina pegada a la entalladura. “Bosques de negrales quiero, que embellecen el paisaje y, ahora, vuelven a dar dinero”.

Lo primero que quiero y debo decir es que, según Delibes -a pesar de que calor pertenece, eso creo, al género masculino- Mariano Sastre dice al escritor: “Pero tan pronto cede la calor (…)”.

Podemos observar que el experto en temas rurales y narrativa de Delibes, aprovechando que “el Pisuerga pasa por Valladolid”, sin venir a cuento quiere demostrarnos que sabe lo que es raer  y nos suelta lo que ya ha aprendido –aunque aún desconoce que en la misma operación  es necesario el paraguas-. Pero se niega a corregir lo que dijo sobre la palabra raer cuando no sabía. Lo que dijo entonces lo podéis ver más arriba, y lo que  ahora dice, lo hemos comentado hace poco:

Como se sabe la mayor parte de la resina caerá al pote, dentro, pero otra poca se quedará pegada a la entalladura antes de entrar en el pote. Pero aquí nada se pierde, el resinero acudirá a sus pinos negrales y con un utensilio que llaman raedera irá rascando esa resina pegada a la entalladura”.

Como vosotros sabéis mejor que yo, la operación de acudir con la raedera al pino y rascar la resina adherida en la entalladura, se llama RAER y es la última operación que el resinero ejecuta en la temporada, excepto el año que tocara recoger el sarro.

O sea que, al “experto”, le queda por aprender que el pino negral o resinero no es “el famoso pinus panister”, sino el pinus pinaster. Si la palabra hubiera sido escrita podríamos decir que ha habido un baile de letras o quizá un error de imprenta, pero no, en el lenguaje hablado no se da esta posibilidad; sencillamente… ¡no lo ha oído nunca, lo desconoce!

Así que… decía yo al principio: regocijémonos porque los “expertos”, aunque públicamente siguen sin reconocer el error,  hoy saben que RAER no es "perder resina", sino otra de las operaciones que el resinero le hace al pino negral o resinero (PINUS PINASTER), para extraer su resina.

Camporredondo, 2 de noviembre de 2017

Firma el pastor, amigo del resinero.

lunes, 4 de diciembre de 2017

Orillar

Entre las palabras que, en su momento, recogimos en el “Diccionario de Camporredondo” ya figura esta palabra. Porque no pensamos que la palabra orillar se encontrara en peligro, creí que con decir… ORILLAR.- Acercarse demasiado a la orilla” sería suficiente para darle el significado rural que pretendíamos. Ése era nuestro propósito.

Al decir "acercarse demasiado a la orilla", estábamos pensando en el carro circulando por la carretera polvorienta (carro y carretera polvorienta sí que han desaparecido) y en cómo, al arrimarse la rueda del carro al borde (orilla) de la cuneta, la rueda se hundía y el carro volcaba. Éste es el sentido que le dimos. Indudablemente, como veremos más adelante, la palabra orillar tiene un sinfín de acepciones, motivo por el cual hoy nos decidimos a profundizar un poco más.

Aproximadamente a las 19 horas y treinta minutos de hoy, 22 de noviembre de 2017, y escuchando un programa sobre el campo, habla el “experto” en lenguaje rural para aclararnos lo que significa la palabra orillar.

Oigo, y escucho, en la radio:

Buenas tardes. El miércoles pasado hablé del adverbio orilla, tan empleado por los mayores en Castilla y León. El de hoy es un verbo, el verbo orillar. De la misma vitalidad, creo yo, que la palabra del último programa. Leo en Delibes, que nos cuenta que el señor Cayo dio un rodeo para orillar los escombros. Vuelvo a leer esa misma palabra en “El hereje”  cuando dice que “después de orillar los bogales del camino -conforme a su experiencia-, el carruaje se detuvo ante la puerta de la parra junto al pozo. Orillar; es decir dejar a un lado, rodear. Es palabra esta que enriquece nuestro español, eso no cabe duda. Es palabra que, como tantas otras, deberíamos de seguir empleando. Olvidemos tanto anglicismo y palabras de fuera y mantengamos muestras viejas palabras de Casilla la Vieja como la de hoy: orillar.

Visto desde la perspectiva que acabamos de teclear, parece que debemos entender que la palabra orillar sólo nos sirve cuando queramos rodear los escombros y bogales por la incomodidad o el riesgo que implica intentar ignorarlos.

Indudablemente, si sólo pensamos en la palabra orillar como palabra rural y en el sentido que le da el “experto”…, ocurre como cuando yo la incluí en el Diccionario de Camporredondo: flaco favor la hacemos. Desde ese punto de vista el comentarista de la radio, y yo en el diccionario, parece que tenemos razón: habría que agradecernos que la tengamos por palabra en peligro de desaparición. Pero es que la misma palabra, orillar, tiene muchas más acepciones.

 Veamos:

Orillar: acercar a la orilla. Orillar: eludir, dar de lado un problema. Orillar: soslayar una dificultad. Orillar: reforzar el borde de una tela. Orillar: esquivar cualquier obstáculo. Orillar: dejar de lado lo que estás haciendo y dedicarte a otra cosa… en fin, echadle hilo a la cometa porque hay para dar y vender sinónimos de la palabra orillar. Repetimos que, si a la palabra orillar la encuadramos dentro del entorno del carro (cuneta, bogales, etc.) podemos decir que ya ha desaparecido por falta de carros, pero ahora hay otro tipo de vehículos que necesitan tener cuidado con no orillarse porque pueden volcar en la cuneta, atascarse en el lodo, o romper los bajos en los bogales. O como me ocurrió a mí, en mis años jovencitos, que por orillar la yunta con el arado al brocal del pozo, uno de los machos cayó dentro. Por cierto, la palabra bogales nunca la oí hasta que leí a Delibes y, parece ser que se refiere a terrenos con piedra a ras de tierra o muy somera (lo desconozco).

Resumiendo, la palabra orillar, en la narrativa de Delibes, tiene el mismo futuro que la recogida en el Diccionario de Camporredondo: ni hay carros para que orillen bogales o vuelquen en la cuneta, ni Señores Cayo para orillar escombreras. Sin embargo la palabra orillar seguirá usándose: así lo espero y deseo. Ah, y permitidme que de mi opinión: algunas opciones de la palabra orillar son estrictamente rurales, otras no. Así lo demuestran nuestros diccionarios desde el siglo XVIII al XXI.

Y ahora, orillamos la palabra orillar para seguir con otras cosas.



Camporredondo, 25 de noviembre de 2017


viernes, 17 de noviembre de 2017

Orilla

Permitidme, amigos de “La Pizarra de Gaude”, que así, "a vuela tecla”, os muestre mi sorpresa ante lo que acabo de escuchar y después –ante mi incredulidad- leer. 

Escucho en la radio que quieren aclararnos lo que significa la palabra orilla en la narrativa de Miguel Delibes. ¡No puede ser! Me dije al escuchar que un “experto” nos lo iba a aclarar. Pero sí, sí, habló y nos lo aclaró.

Os puedo asegurar que si a mí me hubieran preguntado por una palabra que por lo usada -desde tiempo inmemorial- no estuviera en trance de desaparecer (ni siquiera en desuso), y que, además, todo el mundo entendiera, entre las primeras hubiera estado orilla.

No dando crédito a lo que mis pabellones auditivos recogen, recurro a todos los diccionarios que la Real Academia Española ha editado. Allí está la palabra con los mismos significados que siempre tuvo como adverbio de lugar que, creo (de esto no me hagáis mucho caso, ya sabéis que la academia no es lo mío) es:

Diccionario de Autoridades,  año 1726-1739.
A la orilla. Phrase adverb. que vale cercanamente, o con immediación. La.t Ad. Apud. QUEV. Mus. 5. Xac. 10.

Diccionario de la Lengua Castellana, año 1791.
A LA ORILLA. mod. adv. Cercanamente, ó con inmediacion. (he transcrito).

Diccionario de la Lengua Española, año 2014.
 a la orilla
1. loc. adv. Cercanamente o con inmediación.

En estos diccionarios, en boca de mis abuelos, y en boca de este abuelo y su entorno, la palabra orilla sigue usándose con el mismo significado de siempre. Así la usamos:

Junto al pino (orilla del pino). Cerca de la pared (orilla de la pared). Al lado de la fuente (orilla de la fuente). Próximo a mi casa (orilla de mi casa). Al lado de la cuna (orilla de la cuna). Al lado del sofá (orilla del sofá). Cerca de La Cibeles (orilla de La Cibeles). Junto a la pata de la mesa (orilla de la pata de la mesa)… etc. etc. etc. y todos los "etecés" que usted quiera.

Después de mostraros mi sorpresa, sólo me queda preguntar: ¿en la ciudad (los nuevos urbanitas) creen que la palabra orilla está en peligro? ¿No la usan? ¿suena raro? de momento parece que no la conocen demasiado. 

Bueno, pues no, la palabra orilla (así lo creo) no está en peligro, ni creo que necesite (salvo alguna excepción) de ninguna aclaración para comprender su significado. Si después de ver y escuchar que los paletos la usamos como siempre, recurrimos a los diccionarios desde que existen y la recogen como la usaban y la usamos, lo que quizás haya que aplicar aquello de… “¡oigaaa! ¿es la jefatura de tráfico? Es que mire, voy por la autopista... "2017" y todos los coches me vienen de cara, circulan en dirección contraria, tomen medidas urgentes porque existe peligro de que choquen de cara conmigo”.

Bueno pues… os digo que aquí, orilla de la ventana que estoy, me aso de calor a pesar de que fuera hay tres grados; y es que el sol le pega… ¡cómo le pega! Y eso que no está orilla.

Camporredondo, 16 de noviembre de 2017


jueves, 9 de noviembre de 2017

Ayer (hoy es 6 de noviembre de 2017)


 Ayer a las 7:58 · 

...se hallaron cadáveres de liebres desnucadas por la violencia de la pedrea (Aventuras, venturas y...) Pedrea: combate a pedradas.

Lo que acabamos de leer lo encontré -en FACEBOOK- esta misma mañana.

Porque no me cuadraba con lo que Delibes escribe en “Aventuras venturas y desventuras de un cazador a rabo” acudí al libro, lo abrí por la página 25 y dice lo siguiente:

 “… explicación: el terrible pedrisco que azotó a este término a mediados de agosto, cuyos granizos –del tamaño de huevos de paloma- arrasaron la fauna menor y media hasta el punto  de que en las tierras desguarnecidas aparecieron cadáveres de liebres desnucadas por la violencia de la pedrea. (…)”.

Al leer -lo ya leído- me di cuenta de por qué no me cuadraba y pensé ¡coño! ¿por qué no coges el  DLE y consultas? Y consulté, no era necesario, pero consulté. Aquí os muestro el resultado que nos aclara nuestras… ¿dudas?:

pedrea
1. f. Acción de apedrear o apedrearse.
2. f. Combate a pedradas.
3. f. Pedrisco, granizada.
4. f. coloq. Conjunto de los premios menores de la lotería nacional.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados
¿Está claro? Parece que sí. El autor leyó “Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo”,  buscó pedrea en el Diccionario de la Real Academia Española y, quizá acuciado por la prisa, no se dio cuenta de que las liebres no murieron en un combate a pedradas (las liebres que yo conocí jamás se apedreaban) si no como consecuencia de una enorme granizada (pedrea) del tamaño de huevos de paloma.

Claro, ahora me explico por qué no me cuadraba. Pensaba yo -pobre de mí- ¡mira que habré visto liebres luchando en mi  larga vida pastoril!... pero nunca las vi luchando a cantazos (pedradas). Y claro, Delibes habla de las liebres que había desnucado la granizada (pedrea: pedrisco, granizada).

Bueno y, aclarado esto, parece que me quedo más tranquilo: las liebres no combaten a pedradas. ¡UF!
Una curiosidad para el que no lo haya visto: cuando las liebres combaten parece que boxean. ¿Quizá es su forma de boxear?  Lo que es cierto es que… ¿Lo veis? No se apedrean.

Puede verse de forma más gráfica, en este vídeo de liebres boxeadoras encontrado en YOUTUBE. https://www.youtube.com/watch?v=39j3x9zUYGU
Camporredondo, 6 de noviembre de 2017



viernes, 20 de octubre de 2017

Y -si puedo- las veces que haga falta

Son las 19 horas y 16 minutos del día 11 de octubre de 2017 cuando en la radio se oye…

Buenas tardes. Es curiosa esta niebla meona, que fue primero definida por el escritor Miguel Delibes, y definida años después por los académicos de la Real Academia Española.

En un libro titulado “El último coto” Delibes escribía que, “durante casi un mes la provincia había estado entumida (en el campo decimos entumecida…) bajo una niebla meona. Niebla húmeda y densa” -decía el escritor- que al congelarse en el aire deja los campos albos como después de una nevada”.

Si acudimos al diccionario de la academia se nos indica que esto de la niebla meona es algo que se emplea en el habla coloquial y la define así: “niebla de la cual se desprenden gotas menudas que no llegan a ser llovizna”. O sea que la RAE ha preferido quedarse con las primeras consecuencias de la niebla meona, “gotas menudas que no llegan a ser llovizna” y Miguel Delibes se centró, en su momento, en las últimas consecuencias: “niebla húmeda y densa que al congelarse en el aire deja los campos albos como después de una nevada”. Una complementa a la otra, y la otra complementa a la una. Llegarán días de nieblas meonas a Castilla y León… ¡abriguémonos!

Y, de nuevo, vuelve a salir la voz del campo para tratar de dar su… “paleta” opinión.

En una cachapada de ocasiones -ésta es una más-, he dicho que Delibes define –porque así lo aprendió en el campo- muy correctamente lo que es la niebla meona: “niebla húmeda y densa”. Añadiendo que, si se congela, deja los campos albos como después de una nevada. Según el “espabilado más que experto”, para Delibes niebla meona es la que se congela en el aire. No señor, no. Delibes dice que si la niebla meona se congela en el aire (sólo si se congela en el aire), deja los campos albos como después de una nevada. Parece que el “espabilado más que experto” no lo acaba de entender porque, a ver, ¿por qué nos dice que Delibes se centra en las últimas consecuencias? No, para la RAE, la niebla meona no tiene primeras consecuencias, ni para el escritor segundas, la niebla meona es la que es: “niebla húmeda y densa de la que se desprenden finísimas gotas de agua que no llega a considerarse lluvia”. Después podrá congelarse o no, lo mismo que la lluvia podrá transformarse en nieve, hielo…, pero no deja de ser agua que se desprende de la nube y cae.

Digamos lo que la niebla meona es -después de haber sido calado en muchas ocasiones por ella- en lenguaje rural, que es donde Miguel Delibes lo aprendió directamente y -por lo que podemos deducir- también la RAE: niebla meona es aquella niebla densa que, sin llegar a ser lluvia, acaba calando hasta los huesos. De ahí que la Real Academia diga: "niebla de la cual se desprenden gotas menudas que no llegan a ser llovizna”. Le falta a la Real Academia añadir aquello que yo pude comprobar sin intermediarios: “… no llega a ser llovizna, pero cala, moja, empapa”.

De manera que ni Delibes, ni la RAE, descubrieron la niebla meona. Yo me imagino que el nombre bien pudo ocurrírsele al campesino/a que después de llegar a casa empapado dijo: ¡vaya una niebla, parece que se mea!

Una cosa es totalmente cierta: yo nací en la primera mitad del siglo XX y lo aprendí de mis abuelos. De manera que allá por la mitad del siglo XIX (muy anterior al querido escritor y los académicos de la RAE) la niebla ya andaba meándose por estos campos de Camporredondo y, a veces se congelaba y parecía que había nevado, y otras veces –cuando la temperatura no era tan baja- simplemente se convertía en gruesas gotas que caían de los árboles… y otras gotitas calaban a las ovejas, machos, burros… o se fijaban sobre mi manta que acababa pesando… ¡cómo pesaba!

Lo triste de esto es que los advenedizos “-espabilados más que expertos-“ no comprendan que lo que dicen Delibes -en su extensa y maravillosa obra - y la RAE es lo mismo. A no ser que la lluvia solo lo sea si se congela, que es lo que ocurre con la niebla meona, que no es otra cosa más que gotas finísimas de agua que no llegan a considerarse lluvia, pero que, si se congelan, dejan los campos blancos como después de una nevada.

Niebla meona
EUC p. 106
Durante casi un mes, la provincia ha estado entumida bajo una niebla meona, niebla húmeda y densa que al congelarse en el aire, deja los campos albos como después de una nevada.
niebla. (Del lat. nebula).
~ meona.
1. f. Aquella de la cual se desprenden gotas menudas que no llegan a ser llovizna.
Niebla meona: Delibes acaba de definirnos lo que es para él la niebla meona: niebla húmeda y densa que al congelarse en el aire, deja los campos albos como después de una nevada. (Investigación de campo)

Como podemos comprobar el “espabilado más que experto” insiste en que Delibes tiene por “niebla meona” la que se congela y deja los campos albos. Así lo recoge en un glosario –de allí lo he transcrito- que cabalga -por el espacio estelar- sobre las estelares ondas electromagnéticas.

La lluvia son gotas de agua que se desprenden de la nube y caen sobre la tierra. También puede transformarse en nieve o en hielo, pero eso es otro cantar. Lo mismo ocurre con las finísimas gotas de agua que componen la niebla meona y Delibes –que la conocía- así lo dice, añadiendo que si se congela deja los campos albos como después de una nevada.

Quiero añadir, que los efectos de la niebla meona –si se congela- pueden llegar a cargar tanto las ramas de los árboles que llega a desgajarlas: ocurría muy a menudo. Era lo que nosotros –gente inculta- llamábamos cencellada, que es una especie de carama (escarcha congelada), pero muy exagerada.

Delibes, tanto en esta ocasión (niebla meona) como en tantas otras –que tampoco parecen entender los espabilados- dice lo que dice: primero entendámoslo y después mostrémoslo al mundo, como estudiosos y “expertos” que queremos ser.


Como creo que es interesante, este ex pastor repite lo que dijo en alguna ocasión acerca de los siguientes términos sobre fenómenos atmosféricos:



Rocío.- humedad en el ambiente que al bajar la temperatura nocturna se fija sobre las plantas en forma de pequeñas gotitas de agua.



Escarcha.- humedad en el ambiente que con temperatura cercana a los cero grados se fija sobre las plantas en forma de pequeños cristales de hielo.



Carama/caramada.- humedad elevada en el ambiente (neblina) que con temperaturas bajo cero se fija a las plantas en forma de hielo.



Cencella/cencellada.- fenómeno producido por la niebla meona que con temperaturas bajo cero se fija sobre el suelo y las plantas dejando los campos como si hubiera nevado.  Cuando la cencella es excesiva (cencellada) las ramas de los árboles, por exceso de peso y muy a menudo suelen desgajarse.



Camporredondo, 14 de octubre de 2017


Firmado: pastor –de ovejas-, al que la “niebla meona” empapaba hace muchos, muchos años.

martes, 20 de junio de 2017

Mediatín

¿Mediatín, mediantín, o mediantino?


Mediatín
CH p. 68
(...) aunque las labranzas son pequeñas, todavía se emplean algunos mediatines, que llamamos.
Mediatín: Tierra que se trabaja entre dos labradores, repartiendo los esfuerzos y los beneficios. (Investigación de campo)

En estos términos encontramos las dos primeras clases impartidas por el profesor de lenguaje rural.
La tercera clase se amplió un poco. Quedó como sigue:

mediatín
(…) aunque las labranzas son pequeñas,  todavía se emplean algunos mediatines, que llamamos.
Mediatín: también llamado “mediantín”. Tierra que se trabaja entre dos labradores, repartiendo los esfuerzos y los beneficios. Se dan dos posibilidades: 1. que uno ponga la tierra y otro el esfuerzo; 2. Que los dos labradores junten sus pequeñas tierras. (Investigación de campo)

Son –aproximadamente- las siete horas y treinta minutos de la tarde del día 7 de junio de 2017, cuando en el dial de la radio se escucha la voz del profesor. Oigamos, y escuchemos, lo que nos dice:

Buenas tardes. Me preguntáis hoy por los mediatines: bueno, mediatínes, o mediantines, con una ene, de más, que también lo he oído así en otras partes de Castilla y León. Delibes nombra la palabra mediatín en el capítulo XI de Castilla habla, y el escritor, en este capítulo, está en Campaspero, provincia de Valladolid, y charla con dos octogenarios que le cuentan entonces -hablamos de los años 80- que, aunque las labranzas eran pequeñas, todavía se empleaban algunos mediatines. Se referían, esta gente -este par de ancianos- a la tierra que se trabaja entre dos labradores, repartiendo esfuerzos y beneficios. Esto de mediatín tenía dos posibilidades: en la primera uno ponía la tierra, y otro el esfuerzo y, en la segunda posibilidad, los dos labradores juntaban sus pequeñas tierras. Hombre, los usos y costumbres de nuestros labradores han ido cambiando con los tiempos, pero bueno, al menos nos quedan las palabras que ellos nombraban.

Ahora pasamos a lo que Delibes dice que escuchó de los dos octogenarios campasperanos según el libro “Castilla habla” Pág. 68. Ahí va:

(…) Todo lo que hay en este pueblo es propiedad, sí señor, y, aunque las labranzas son pequeñas, todavía se emplean algunos mediatines, que llamamos. (…)

Si el señor profesor hubiera seguido leyendo –y comprendiendo- "Castilla habla", se habría dado cuenta de que por los años ochenta, en Campaspero, empezaba a pintar bastos: el agua empezaba a escasear y sabido es que, en agricultura, si el agua blega, la productividad se reduce de manera considerable.

Entonces, no es de extrañar que los octogenarios Jesús García Acebes y Jesús García García le digan al escritor que todavía se emplean (trabajan la tierra) algunos mediantinos -que es lo correcto-. Es lo mismo que decir que aún trabajan algunos labradores medianos (medianillos diríamos en mi pueblo).

Ved cómo lo recoge nuestro colega y amigo Oroncio Javier García Campo, en “CAMPASPERO: LÉXICO Y FORMA DE HABLAR DE SUS GENTES”. Si buscamos la palabra, veremos que lo correcto es:

El de la foto fue un labrador mediano (Mediantino
 en Campaspero).

Mediantino: labrador que no era ni rico ni pobre. Tenía una pareja de machos y unas tierras, con lo que vivía modestamente.

Abundando un poco más en la posibilidad de consulta diré –para los posibles interesados- que CAMPASPERO: LÉXICO Y FORMA DE HABLAR DE SUS GENTES” se puede consultar en la Fundación Joaquín Díaz en Urueña (Valladolid).

Hechas estas puntualizaciones entramos en lo que el profesor entiende y el sentido que le da a la palabra mediatín/mediantín. Señor profesor: aquello que usted entiende como “uno pone la tierra y otro el esfuerzo” no se llama mediatín, ni mediantín, aquello se llama medianero o, también, aparcero (agricultores medianeros o aparceros): uno pone la tierra, o sea una mitad, y el otro pone el esfuerzo –otra mitad-, con lo que se cerraría el circuito; trabajan la labranza a medias: son medianeros o, repito: aparceros.

En la segunda parte que el señor profesor también entiende como mediatín o mediantín, sencillamente es trabajar las tierras en conjunto (forman una pequeña sociedad). Caso que por mi tierra desconozco. Otra cosa es que dos labradores se unan para formar un yunta para poder labrar (cada uno su tierra), en cuyo caso uno pone una mitad de la pareja y el otro la otra mitad. Esto se llama de otra manera: acoyuntar.

O sea, según los campasperanos, Oroncio Javier García y este humilde anciano ex agricultor…

Mediantín/mediantino: labrador de clase media. Labrador que tenía una labranza media (tamaño medio) que le permitía ganarse los gabrieles.

Par más información: “La pizarra de Gaude”. Pero si quieres información de primera mano ponte en contacto con Oroncio Javier García Campo, en Campaspero (Valladolid). Oroncio Javier es –sin trampa ni cartón- verdadero experto en lenguaje rural.

Si lo dicho ha servido para que el señor profesor prepare su próxima clase, seguro que será mucho más interesante para sus posibles alumnos.

Hasta aquí puedo llegar en:


Camporredondo, 8 de junio de 2017.

domingo, 11 de junio de 2017

Oteando

Apoyándose en la obra de Delibes “El camino”, hoy, -19 de mayo de 2017- el profesor se propuso impartir su clase de lengua sobre la palabra “otear”. Buscó en el DLE y, de las dos acepciones que el diccionario recoge -para aclarárselo a sus alumnos-, eligió la primera (estaba más a mano), y ésta dice:

otear
Der. Del ant. oto'alto1', y este del lat. altus.
1. tr. Registrar desde un lugar alto lo que está abajo.

O sea, otear, -desde la puerta de la calle- según dijo el profesor:
El párroco oteó las proximidades (El camino) Otear: Registrar desde un lugar alto lo que está abajo.

Como yo –alumno de entendederas muy limitadas- no creo que el párroco -en la puerta de la calle-estuviera observando desde un “lugar alto (otero) lo que está abajo”, busco en el Diccionario de la lengua española y veo que recoge una segunda acepción. Ésta:

2. tr. Escudriñar, registrar o mirar con cuidado.

¡Tate! dije, esto me cuadra: el párroco escudriñó, registró, miró con cuidado y cuando se cercioró de que nadie ajeno podía oírle se dirigió a Daniel, el Mochuelo, porque podía tener algo que ver en aquel milagro y le dijo:
“buena la has hecho, hijo, buena la has hecho”

Escribe Delibes en “El camino”:
“(…) En la puerta de la calle, don José, el cura, que era un gran santo, se tropezó con Daniel, el Mochuelo, que le observaba a hurtadillas, tímidamente. El párroco oteó las proximidades y como no viera a nadie en derredor, sonrió al niño, le propinó unos golpecitos paternales en el cogote, y le dijo en un susurro.
Buena la has hecho, hijo; buena la has hecho. (…)”.

Después de leer esto, me ha parecido ver, y entender, que el párroco no oteaba desde el lugar alto (otero) que domina un llano la progresión de los indios por la llanura, sino que, desde la puerta de la calle escudriñó, registró, miró con cuidado, y al observar que nadie ajeno podía escuchar lo que decía, se dirigió al niño y, tras propinarle unos golpecitos paternales en el cogote dijo: buena la has hecho hijo, buena la has hecho.

Conclusión: el señor profesor se olvidó de que la clase versaba sobre la obra de Delibes “El camino” y transformó la puerta de la calle en un “otero” (lugar alto que domina un llano) y, posiblemente, a los habitantes del pueblo, en los indios galopando por la llanura del oeste americano.


Camporredondo 21 de mayo de 2017.

lunes, 5 de junio de 2017

El profesor y el matacán.

Hace ya algunos años, al parecer auspiciado por la Diputación Provincial y la universidad de Valladolid, el profesor se lanzó a explorar este mundo maravilloso –nunca fácil- en el que nací hace muchos decenios: el mundo rural.

Cuando el profesor creyó tener preparada su clase, cuando creyó que sabía -pero no sabía, pues ni siquiera había leído la historia de “El matacán del majuelo” en “Viejas historias de Casilla la Vieja”- se armó de valor -porque valor sí tenía- y añadió a su glosario de palabras, esta de hoy: matacán. Lo que le salió lo comprobaréis a continuación:

Matacán
VHCV p. 77, passim
El
matacán, como es sabido, es una liebre que se resabia y a fuerza de carreras y de años enmagrece, se la desarrollan las patas traseras, se la aquilla el pecho y corta el viento como un dalle.
matacán.
3.
m. Liebre que ha sido ya corrida por los perros
.
Cómo desconocía la palabra matacán acudió al Diccionario de la real academia española (DRAE entonces) y acertó en que, el matacán, era una liebre: pero nada más.

Pasado el tiempo el profesor -sí sé dónde- se informó, leyó, y asimiló un poco más. El profesor va aprendiendo, despacio, pero progresa.

24 de mayo de 2017. Son las siete horas y veinticinco minutos aproximadamente, cuando suena en el altavoz de la radio el “dialecto agrario”, escuchemos:

Buenas tardes queridos cazadores y buenas tardes queridos oyentes. Digo queridos cazadores, porque la palabra que tratamos hoy se mete de lleno en el terreno de los cazadores. Es palabra que se oye entre la gente que va de caza, también se oye en los pueblos, y a penas se escucha en la ciudad. En ocasiones Miguel Delibes explicó el significado de la palabra rural que estaba escribiendo, como es el caso de la palabra de hoy: matacán. Dice Delibes en un libro llamado “Viejas historias de Castilla la Vieja” que, el matacán, como es sabido, es una liebre que se resabia y a fuerza de carreras y de años enmagrece, se la desarrollan las patas traseras, se la aquilla el pecho y corta el viento como un dalle. Por cierto, el empleo de la, en un par de ocasiones en Delibes, luego ya se modificó por ley, que sería lo correcto. Nos encontramos por tanto ante una liebre experimentada que ha tenido que correr muchas veces huyendo de otros predadores, de galgos, de cazadores… y todas estas carreras enmagrecen su cuerpo. Es curioso, en “Viejas historias de Castilla la Vieja” el matacán que nombra Delibes es casi una cuestión de estado para los vecinos del pueblo, no había manera de matarlo y el pueblo entero sale al campo para acabar con él y al fin lo logran. Al matacán le va muy bien el dicho español que dice… “el diablo es más sabio por viejo que por diablo”.

Ejemplo de matacán, encontrado en internet

Como acabamos de leer, parece que ha aprendido que para que la liebre llegue a matacán, no necesariamente, debe ser corrida por los perros (que es lo que nos dijo en su primera clase). Desde que la liebre nace, su supervivencia principalmente depende de sus patas. Así la (aunque lo correcto sea le, yo soy de pueblo) toca, siempre, correr delante de los muchos depredadores que tiene. De forma que puede llegar a matacán sin haber corrido delante de un perro (aunque así lo afirme, también, el DLE). El caso de “El matacán del majuelo” de Delibes, es muy similar al de “el matacán de los majuelos de “La Gamarra” en Camporredondo, que cuando le descubrieron los galgueros y sus galgos ya no había dios que "-nunca mejor dicho-" le echara un galgo.

Pero decía que va aprendiendo despacio, porque todavía no entiende cómo se expresa el ser humano rural. Cuando dicen “¡al suelo todo el mundo!”, no quiere decir que el mundo entero se agaville, no. Si el escritor dice que todo el pueblo marchó tras él, se está refiriendo a todo el pueblo cazador, o aficionado a la caza. No, todo el pueblo no salió en persecución del matacán, ni hizo cuestión de estado. Lo que Delibes quiere decir, y dice, es que salieron unos cuantos aficionados y dos escopeteros, de los que, uno de ellos, de dos disparos dio muerte al matacán. Así que el pueblo entero no dio muerte al matacán y ¿sabe el señor profesor por qué fue así? Pues porque el resto de habitantes del pueblo –casi todos- estaban trabajando. De todo esto puedo dar fe. Así que no, a partir de ahora el señor profesor ya sabe que el pueblo no hace cuestión de estado el dar muerte, o no, al matacán.

Y ya, de paso, insistir: la liebre, para llegar a matacán, no necesita que la corran los perros, sino que tiene muchísimos "sparring" que la obligan permanentemente a mantenerse en forma y, ¿la que se descuida? pues la que se descuida no llega a matacán.

También es posible que a los no versados no les diga nada la palabra matacán. Más claro lo habríamos tenido si en vez de matacán, nuestros antepasados hubieran escogido la palabra mataperro, que es a lo que re refiere: MATA-CAN = MATA-PERRO. Cierto es que no descubrimos el significado del nombre hasta que nos damos cuenta de que el perro puede caer reventado al correr tras el… mataperro, o matacán que es lo mismo.

¡Ay señor señor!

Camporredondo 25 de mayo de 2017

lunes, 8 de mayo de 2017

¿Terminando...? pues no lo sé.

Hace algunos… decenios ya, tuve ocasión y motivos para ilusionarme –era más joven- con un regalo que mi esposa e hijos me hicieron por mi cumpleaños. El motivo -escogido para regalo- fue porque sabedores de mi entusiasmo por todo lo rural (soy nacido y criado en un pueblecito de Castilla, eso ya lo sabéis) me regalaron un diccionario (“Diccionario del castellano tradicional”, ediciones Ámbito). ¿Sabéis lo que me duró la ilusión? Pues justo lo que tardé en abrirlo. Aquello no era mi lenguaje. Aquel lenguaje era una mezcla de juventud universitaria tomando primer contacto con mi mundo: el rural.

Pasó el tiempo y se repitió la historia. Han salido al mercado –me dijeron- dos diccionarios que, éstos sí, son la bomba. Su autor (Jorge Urdiales Yuste) es experto en Miguel Delibes y su narrativa. Los diccionarios se titulan: "Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes" y "Diccionario de expresiones populares en la narrativa de Miguel Delibes". Los pedí a mi librero (en mi pueblo no hay librerías) y ahí me veis abriendo el paquete de correos: hasta nervioso me puse.

A partir de aquel momento, pálido me quedé. ¿Qué era aquello? Si las palabras que Delibes usaba en su narrativa las recogía el DRAE -para ese viaje no hacían falta alforjas- aún se podía tolerar. Pero si el diccionario de la Real Academia no las recogía, a mí me dio la impresión de que el autor de los diccionarios sacaba el dedo por la ventana y según la dirección del viento, aquél era el significado. Ésa era, y sigue siendo, mi opinión.

Seguidamente contacté con una de las autoras del Diccionario del castellano tradicional y con el autor de los dos diccionarios en la narrativa de Miguel Delibes. A los dos ofrecí mis servicios y, con agrado e ilusión, los recibí en mi casa; no en balde estaba en juego el lenguaje de mis abuelos y yo -por haber seguido sus huellas- algo conocía.

Yo comprendo que para personas -universitarias ellas- que un ex-pastor pueda corregirte tiene que ser muy duro, y así quedaron las cosas. Como decía uno de mi pueblo: "¡nada de nada, nada!" Me vieron, se marcharon (impresión poco favorable debí causarles) y hasta ahora.

¿Qué podía hacer yo, callar porque soy el paleto, y doctores tiene el saber? En principio opté por seguir oteando desde mi retiro rural. Pero cada vez que me tropezaba con una burrada, mi abuelo -siempre vigilante desde su cielo- me decía: ¡qué cojones haces ahí! ¿Para eso fuiste a la Escuela Nacional? Harto de tirones de orejas de mis ancestros me monté encima de las teclas y, persiguiéndolas a lo largo del teclado, fui aporreándolas allí donde las pillaba viendo, con  satisfacción, que los míos, la gente rural, se mostraban satisfechos y apoyaban mi postura.

Pero hasta llegar a la situación actual fue pasando el tiempo y así encontré que la Cátedra Miguel Delibes recogía un glosario -del mismo autor que los diccionarios en la narrativa de Miguel Delibes-¡Dios mío, qué glosario! También me puse en contacto con la dirección de la Cátedra y, a pesar de que lo entendió, me dijeron que la responsabilidad era del autor. Y ahí quedó todo "¡vivir para ver!".

En esto que -al fallecimiento del escritor- salió al mercado -no desaprovechan ninguna ocasión- otro nuevo diccionario que según decía incluía algunas mejoras. Una vez más contacté con mi librero (en mi pueblo sigue sin haber librerías) y al solicitarle el diccionario me advirtió: debo decirte que este diccionario es el mismo que el anterior (salvo algunas cosas que… tal ¿os suena?). Aún así se lo pedí, y fue en este nuevo diccionario –editado esta vez por ediciones Cinca- donde me pareció más que nunca -es sólo mi opinión- que tanto unos como otro eran una tomadura de pelo y un desprecio tanto a la narrativa de Delibes como a todo lo relacionado con el mundo rural.

Entre tanto yo ya había iniciado mi particular y desigual lucha que me ha traído hasta donde estoy ahora. O sea, sentado tras el teclado que, después de lo recorrido, las teclas se me van mostrando más dóciles: ya me van conociendo y no corren “como alma que lleva el diablo”, huyendo de mis estacazos encima de ellas.

Inicié mi imposible tarea simultaneando diccionarios: ora en la narrativa de Delibes, ora Diccionario del castellano tradicional. Por creer que “aquél que mucho abarca poco aprieta” opté por abandonar el mamotreto y seguir con los libritos, más asequibles a mis reducidas energías.

Y hasta aquí he llegado. Creo que no está nada mal el camino recorrido, por lo que creo merezco un descanso. No obstante, si en un momento me pareciera que hay que volver, volveré; ya sabéis -porque yo os lo he dicho- que soy muy cabezota, y si además de serlo nadie opta por rebatir lo que digo -a pesar de mi constante llamamiento para aclarar todo lo que no tengamos claro- yo me crezco. Pero si hay un culpable de que yo me venga arriba sois los que no os atrevéis a contrastar opiniones: las vuestras académicas, las mías rurales (paletas).

A lo largo de todo este periplo he ido constatando que si el “experto” en Delibes no se sonroja ante lo que sobre ello escribe, no me sorprende. ¿Por qué habría de ruborizarse? Vean los admiradores que  -he ido comprobando- el autor de los desaguisados tiene:

En principio los dos primeros libritos los editó Fundación instituto castellano y leonés de la lengua” -¿qué lengua?, desde luego la rural no-. A continuación Cátedra Miguel Delibes incluye un glosario del mismo autor que los libritos (me solivianto, me cabreo, con solo mirarlo). El autor sigue y lanza al mercado otro nuevo librito editado esta vez por ediciones Cinca. Sigue el “experto” repartiendo, "a diestro y siniestro", conferencias por esos pueblos de Dios (aulas, colegios e institutos) que, según mis informes, cobra del erario público: se lo abona la Excma. Diputación provincial de Valladolid ¡vaya chollo! Para el uno representa la sopa boba, mientras el otro, que paga con dinero ajeno, quizás tranquiliza su conciencia acerca del mundo rural.

Debo decir, y digo, que el tercer librito se presentó en la sede de la Fundación Miguel Delibes: “que cada palo aguante su vela”.

Dice el “experto” que “el Ministerio de Educación hace todo lo posible” para que él imparta conferencias por colegios e institutos. Pues por mi parte… ¡encantado de haber conocido el ministerio de incultura rural!

A partir de ahí encuentro que concede -el “experto”- entrevistas en radio y televisión: una bonita forma de desinformar sobre la cultura del agro.

En el periódico ABC encontré que el periodista admiraba la palabra cacanalona –que Delibes jamás escribió, ni existe- como el gran descubrimiento del "experto". Además sigue insistiendo en que nosotros, los paletos, en los años 50 de mil novecientos, enjaretábamos a los machos en días de fiesta. Sobre esto quiero y debo decir: el señor “experto” sí quiere enjaretarnos su falta de cultura rural. Nosotros en aquellos años, antes y después, engalanábamos o enjaezábamos a nuestros machos, caballos, bueyes y burros… los de carga y tiro. De los otros que hable el que más sepa.

Otro de los voceros del “experto” es el periódico “El Norte de Castilla” en cuyas páginas de “cultura” encontré que el señor Urdiales ha descubierto tres tipos de arado: el romano, el terciado y el viñero. No conforme con su "descubrimiento" nos dice: el arado romano y el arado viñero son el mismo arado ¡Yuuuupi! Qué pena haber vivido tantos años cogido a la esteva y no haberme dado cuenta de que el arado viñero es de vertedera y el romano es de reja lanceolada, además de ser casi todo de madera (común, romano o de madera lo llamábamos en mi pueblo). ¡Es que la gente de campo somos de brutos...! Bueno, sigo esperando que el “experto” o “El Norte de Castilla” me digan qué tipo de arado es el terciado que ha descubierto el señor Urdiales ¿de vertedera? ¿De reja? ¿De cuchillas? Será interesante que todo un filólogo doctor cum laude en ciencias de la información o el diario de mayor tirada en Castilla y León me informen a mis setenta y tantos años, sobre un arado que sólo existió como intermedio (terciado) entre uno más grande y otro más pequeño. (Siempre dispuesto a aprender, y algo voy aprendiendo).

Últimamente, un  visitante de “La pizarra de Gaude” me envió unas entrevistas en Radio Nacional de España (radio exterior de España) donde el señor “experto” dejaba epatado al entrevistador -¡vaya catedrático en lenguaje rural que sería!- con sus disparatadas reflexiones.

Actualmente en Es radio CYL donde el experto tiene un espacio en el que sigue mostrando su categoría como experto en lenguaje rural... en fin... ¡se acabó! Si, "por sus obras los conoceréis", debo decir que, de todos estos que he subrayado -ruralmente hablando- ninguno habría obtenido, en mi tiempo, el certificado de estudios primarios, que es el título que ostento.

He querido resaltar en negrita, así, a vuela tecla, los apoyos que he encontrado que tiene el “experto” en la narrativa de Miguel Delibes, con el ánimo de mostrar que, si algún verdadero experto hay por estas tierras salga a la palestra -urgentemente- antes de que el lenguaje rural quede de tal forma que no lo reconozca “ni la madre que lo parió”. Porque yo digo una cosa: si con mí ínfimo nivel cultural he sido capaz de destapar tanta patraña ¿qué será el día que un estudioso del tema se interese en el asunto?

Ya veréis lo que, al principio, llegué a pensar: cuando vi que el autor de los diccionarios en la narrativa de Miguel Delibes era estudioso, filólogo doctor cum laude en ciencias de la información y experto en Delibes… pues llegué a creer que cuando terminara de ver los diccionarios yo iba a saber más que mis abuelos. Juaaaaaaajuajuajua… y jua, hoy me da risa sólo de pensarlo. ¡Pobre iluso! digo de mí.

En fin queridos seguidores de “La pizarra de Gaude”. Al decir seguidores digo todos los seguidores que he tenido en todas partes del mundo, principalmente Estados Unidos de América que en cuanto añadía una nueva entrada enseguida llegaban una buena parte de visitas. Gracias a todos, y espero haber sido útil a vuestros deseos de conocer el lenguaje que en otro tiempo usaron mis abuelos y que hoy -aunque amenazado por expertos que lo desconocen- gracias a vosotros y a lo que yo pueda haberos ayudado, conservaremos. No me atrevo a decir que lo usemos, sería maravilloso, pero al menos que conozcamos cómo hablaban y se entendían nuestros ancestros.

Y después de esta travesía por senderos, caminos, cañadas, laderas, vallados, cauces y arroyos de mis campos de Castilla… entre terrones, riscales, espigas, ovejas… en compañía del pastor, el resinero, el agricultor, el segador, la espigadora, la escardadora etc. etc. etc. mi mayor satisfacción sería que alguno con los que no he estado de acuerdo –y que más arriba he citado- en el trato dado al lenguaje rural, saliera a la palestra y, públicamente  -demostrándolo ante vosotros-, dijera: ¡paleto, no tienes razón! se te nota a la legua tu falta de cultura rural. Hasta entonces seguiré pensando lo que ya he dicho una cachapada de veces: sólo se acercan al mundo rural para medrar (acepción 2ª del DLE).

A los hombres y mujeres de Castilla y León: además de agradeceros vuestra fidelidad, me atrevo a deciros: no permitáis que aquel lenguaje -en buena parte desaparecido- que usaron nuestros abuelos nadie lo desvirtúe como si fuera algo que no merece el mayor de los respetos

Ése es mi deseo y desde este pequeño pueblecito de Castilla y León (Camporredondo) os envío un fuerte y entrañable abrazo rural.

Camporredondo, mayo  de 2017

P.D. Y nunca lo olvidéis; si algún día, no teniendo nada mejor que hacer, os dais un garbeo -o una cachapada de garbeos- por “La pizarra de Gaude”, y encontráis algo que, dada mi torpeza, no haya dejado absolutamente claro, no lo dudéis: mientras el cuerpo aguante, estaré al servicio del lenguaje de mis abuelos... y los vuestros. Por favor, preguntad.

A pesar de haber decidido poner fin a este tiempo de “toma y daca” respecto de la obra de Miguel Delibes y el lenguaje rural, que nadie se llame a engaño, si tengo que seguir admitiendo que los alfareros en sus talleres de alfarería siguen fabricando herradones de latón, si tengo que admitir que el tazado es un cascote en el que recoger la resina y por ende lo es el resinero, si tengo que admitir que se secan los pantanos en Campaspero o que los útiles de zahorí -en el mismo pueblo- siguen llamándose chinchatez, si tengo que admitir que un señor que no distingue entre el cuartillo y el cuarto de litro, la media fanega y el celemín, el gario y el bieldo, la parte posterior (trasera) de la iglesia o la ermita y la puerta trasera (puerta carretera)… venga a decirnos que raer es perder resina, que estropeabarrigas es dejar a un chica embarazada, que si uno (véase El Picaza) por tener las piernas arqueadas (piernas de horcate) entre las que pasa un perro por medio y no se entera es porque es despistado, si para que la niebla sea meona condición indispensable es que las finas gotas se congelen… en fin, si tengo que soportar que en nombre del lenguaje rural se sigan cometiendo tantas burradas, esto no lo haré mientras estos deditos sigan alcanzando las teclas del chisme éste al que llaman ordenador. Yo entiendo que cada uno se gana la vida como puede, pero esto es siempre que se respete la memoria y la dignidad del vecino. Aprendí desde muy temprana edad a ganarme los gabrieles con la binadera o la cayada, quiero decir que llevé a rajatabla aquello que nos enseñaron en la catequesis: “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, algo que algunos han trocado por "ganarás el pan con el sudor de "el de enfrente" que, aunque se le parece, no es lo mismo. Tal vez por aquello de que “cada uno arrima el ascua a su sardina” lo entendieron mal y pensaron que “da igual a cuestas que al hombro”… pues no, no da igual.

Y ahora sí: corto y cuelgo.