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lunes, 31 de octubre de 2016

Empatadera

En tiempo pretérito dejé esta palabra para ver si más adelante me la aclaraban un poco más. La dejé al encontrarla cuando repasaba otras “lindezas” que nos brinda la “Cátedra Miguel Delibes”. Me llamó la atención porque pensé: ¿no necesitará una aclaración –en la obra de Delibes- aparte de la que nos ofrece el Diccionario de la Real Academia?

El glosario de Cátedra Miguel Delibes, según su autor, dice (sic):

Empatedera

ELCM p. 84

(...) forzarle a una opción, equivaldría a buscarle una empatadera.
empatadera.
1. f. coloq. Acción y efecto de empatar y suspender una resolución, o por obstáculo sobrevenido, o por contrarresto hecho, como sucede en el juego de los naipes. Salió Julián con la empatadera, y cesó todo.

Así lo encontré en el glosario de la cátedra que, como vemos, se ha limitado a copiar y pegar lo que la RAE dice.

El Diccionario de la Lengua Española (DLE) dice:

empatadera
1. f. coloq. p. us. Acción y efecto de empatar y suspender una resolución, o por obstáculo sobrevenido, o por contrarresto hecho, como sucede en el juego de los naipes. Salió fulano con la empatadera y cesó todo.

Delibes, bajo mi punto de vista, y creo que acertadamente, siempre que se le presenta la ocasión echa mano de las palabras que están gravemente amenazadas de desaparecer y las usa. Así, en “Diario de un cazador” dice: “Si me dijeran que eligiese entre Anita y la escopeta me buscaban una empatadera”. ¡Claro coño, pues claro! si le proponen eso le buscan un problema de muy difícil solución.

Por mi parte, en vez de seguir dándole vueltas, quiero ahora presentaros una forma seria de entender a Delibes y su narrativa:

EMPATADERA. f. conflicto prácticamente irresoluble: “El hombre-cazador no sabría prescindir del campo y en no pocos casos forzarle a una opción equivaldría a buscarle una empatadera” (El libro de la caza menor, p.83).

Con esta explicación hasta yo, que voy justito, justito, he entendido lo que es empatadera: al hombre-cazador se le presenta un conflicto de difícil solución si tiene que elegir entre el campo y, en no pocas ocasiones, otras opciones. Y esto sin tener que recurrir al Diccionario de la Real Academia Española (DLE).

Bueno, pues esto se consigue leyendo y comprendiendo a Delibes. Así lo encuentro en el libro “En torno a las palabras de Delibes” editado por Ediciones Castilla, cuyo autor es Luciano López Gutiérrez al que, dicho sea de paso, no tengo el placer de conocer más allá que a través de las ondas hercianas y sus obras.

Aprovecho la ocasión para decirle a D. Luciano: lo mismo que dije a otros, y aceptaron, su casa la tiene en...


 Camporredondo, 27 de octubre de 2016

martes, 6 de septiembre de 2016

La gafa de Urdiales

La gafa del “experto” Urdiales

¿Qué es para Delibes una gafa? Lo cuento dentro de un rato en EsRadio CyL. Programa: Es el campo de Castilla y León. De 19 a 20 h.


Así lo encontré en Facebook. Lo que escuché en la emisora “Esradio CyL. Programa: Es el campo de Castilla y León directo”, a las 19’25 del día 22 es lo que os cuento a continuación:

(…) la usamos algunos para leer y hay gente que la lleva siempre. Delibes la emplea en un libro que se llama “Las perdices del domingo y tiene otro significado distinto. Ya sabemos que las palabras en general tienen varios significados y, en este caso, Delibes dice así: “… donde encontramos a la perdiz, tras cuatro días consecutivos de caza, resabiada, hosca, e inabordable.  Jesús, el práctico, la calificó de gafa, vocablo que, seguramente por extensión  del aplicado a las caballerías de casco irritado, delata inquietud”. 

Parece que Delibes desconoce el vocablo gafa, aplicado a la perdiz. Y continúa el "experto":

Así que podemos concluir, después de lo que dice Delibes, que una perdiz gafa es una perdiz inquieta y por tanto una perdiz dificultosa para la caza.

La locutora preguntó al entrevistado sobre la palabra “gafa”. El señor no conocía más gafa que la que usamos para ver. Porque el entrevistado desconoce la palabra, la locutora recurrió al “experto”, quien atribuye la palabra a Delibes y dice lo que más arriba he tecleado.

Me llamó la atención el buen deseo y predisposición de la locutora por la conservación del lenguaje rural, así como a continuación el recurso usado para ello: el “experto”. No hace falta que os diga la distancia existente entre el doctor cum laude en ciencias de la información y este ex pastor -y ex cazador- en el tema –lenguaje rural- que nos ocupa. Pues ésta es otra de tantas palabras que, según este paleto, el señor Urdiales no entiende y, como no lo entiende, adjudica su autoría al escritor que caza. (¿Otra investigación de campo, que viene a ser un a mí me lo han dicho?).

Según el “experto”, para Delibes la perdiz resabiada (agresiva), hosca (áspera), inabordable (que  no permite acercamiento)…es una perdiz “gafa” pero… vamos a ver señor Urdiales, leamos de nuevo: “…, e inabordable. Jesús, el práctico, la calificó  de gafa, vocablo que, seguramente por extensión del aplicado a la caballerías de casco irritado delata inquietud”.

Cavilemos: según este humilde e inculto paleto, el que dice de la perdiz que es gafa es Jesús, el práctico que, leyendo “Las perdices del domingo”, parece que es el que dirige, o aconseja, cómo ha de realizarse la cacería. Delibes, como tantas otras veces, se limita a tomar nota, y reproducir lo que Jesús, el práctico, dice. Y Jesús, el práctico, dice que la perdiz es gafa como podía haber dicho que era comadreja (lo digo por lo de áspera, hosca e inabordable).

De manera que si lo dejamos al albur, o capricho, del señor “experto”, el lenguaje rural se anotará una (otra) palabra más que nunca ha existido sino en la ignorancia del atrevido “experto” que se la adjudicó a Delibes, siendo esto muy fácil: el escritor no está para desmentirlo.

Como último comentario quiero decir: los nombres de los personajes usados por Delibes, en esta obra, no son imaginarios, sino reales, personas de carne y hueso; por tanto Jesús, el práctico, dijo que la perdiz era gafa –la palabra no la inventó Delibes- y el “cazador que escribe” la recogió.

Y repito: sólo es la opinión de un humilde hombre de campo (ex pastor, ex agricultor, y ex cazador) que jamás llamó, ni oyó llamar gafa, a una perdiz resabiada, hosca e inabordable.

Respeto para el escritor y para el lenguaje rural: ellos no pueden defenderse.


Camporredondo, 25 de junio de 2016

PD. Acostumbro a que aquello que digo se aproxime, lo mas posible, a la realidad. En este caso me puse en contacto con el ayuntamiento de Cabreros del Río y con algunos vecinos más (cazadores y no cazadores) interesándome por la palabra que nos ocupa; resultando que, como presumía, la palabra gafa no existe más allá de la gafa, o gafas, para la vista. Debo decir que entre los cazadores había uno mayor y él jamás oyó la palabra referida a la perdiz.

Resultando señor Urdiales que no, Delibes escuchó la palabra gafa de boca de Jesús, el práctico. Jesús, el práctico, la usó como pudo haber usado otra cualquiera para concluir que la perdiz era difícil de cazar y en vez de decir que era hosca, inabordable y resabiada, como muy bien calificó Delibes, se le ocurrió llamarla gafa como, según dije más arriba, pudo  haber dicho comadreja.

Seriedad señor Urdiales, conservemos las palabras en trance de desaparecer, pero dejemos de inventar otras (no tenemos  categoría), porque, si además usted se apoya en Delibes, puede que por respeto y admiración al cazador que escribe, la palabra que nunca existió, pase a formar parte de palabras en trance de desaparecer. Además, como ya me ha sucedido, puede que haya quién diga que Delibes se inventó palabras que no pertenecen al castellano.

Puede que usted tenga -y es de temer- otra fuerza, la mía es la fuerza del que busca la razón sin más pretensiones que el amor por nuestro lenguaje rural. Investigue, ayúdenos a conservar el maravilloso lenguaje que hablaron nuestros abuelos, y nosotros mismos, pero... no falte a la verdad.

Al principio del escrito el "experto" hacía una pregunta: ¿Qué es para Delibes una gafa? Pues bien; como creo estar en condiciones de satisfacer la  curiosidad del señor Urdiales le diré: para Delibes una gafa es aquello que "usamos algunos para leer y hay gente la lleva siempre". Lo que ocurre es que a Delibes le llamó la atención el significado de gafa que le dio Jesús, el práctico, a la perdiz, la recogió, y nos la transmitió. Después cada quisque la interpretamos como "Dios nos da a entender" y así nos luce el pelo.

martes, 17 de mayo de 2016

Paporretas

“El que más sepa que más diga”. Reconozco que la frase no siempre se cumple; a veces, acaso muchas veces, el que sabe no es el que más dice pero, por si acaso, yo hago uso de ella esperando que esta vez se cumpla. Gracias a aquél que más diga, porque sabe más sobre mi/nuestra palabra de hoy: paporretas.

Navegando, navegando… por casualidad tropecé con una palabra que me transportó varios decenios atrás. El día era lluvioso, la temperatura agradable y al salir de la escuela los futuros hombres y mujeres del agro quedábamos citados para después de coger el trozo de pan y, si lo había, algo más, acudir al charco elegido para hacer... ¿para hacer qué? Pues eso PAPORRETAS.

Extraída la palabra de mi personal e intransferible disco duro, acudí al DRAE y… ¡sorpresa! Ved lo que encontré y comprenderéis mi chasco.

Paporreta

De papo1.

1. f. despect. Perú. Repetición mecánica de lo que se ha aprendido de memoria sin entenderlo o entendiéndolo a medias.

de paporreta

1. loc. adv. Perú. de memoria (‖ apoyándose en el recuerdo). Aprender de paporreta.

2. loc. adv. Perú. Con poca o ninguna conciencia de lo que se dice. Hablar de paporreta.

Pues sí, sí, resulta que aquella palabra que yo aprendí -y usé- hace muchos, muchos años, resulta que –al parecer- fue importada hace muchos, muchos más años, desde El Perú. Yo que siempre creí que las palabras del castellano que se encuentran en la América latina tendrían su origen en la cuna del castellano, o sea Castilla, mira por dónde me encuentro una que la hemos importado nosotros de allende los mares.

Pero lo más curioso es encontrar un peruano en una aldea castellana (mi pueblo) donde si, en el siglo XIX (no sé si antes), hubiera aparecido un americano de El Perú lo habrían considerado un extraterrestre. Pero es que, si el peruano no llegó ¿cómo llegó paporreta? Por eso os pido ayuda.

“El que más sepa que más diga”. Así comencé mi sorprendido escrito reclamando del mundo de la sabiduría ayuda que me aclare mis dudas: ¿la palabra es peruana, o castellana de Castilla? ¿A que mis dudas son razonables?

Filólogos del mundo: espero vuestras noticias en:

Camporredondo (VA) a 20 de diciembre de 2015.


P.D. La palabra, que se me había pasado, la incluiré en el “Diccionario de Camporredondo”.

Paporreta.- Masa blanda e insustancial de cualquier cosa. También hay quien usa paparreta en vez de paporreta, pero son minoría. ("La fruta se ha estropeado, está hecha paporreta").

lunes, 1 de febrero de 2016

Lo prometido es deuda...

…y no me gusta estar entrampado. Para muchos de vosotros seguramente la imagen permanece en vuestra retina, o en vuestra chinostra. Pero para aquél que por su juventud no lo sepa, los tratos en el ámbito rural, se sellaban con un apretón de manos. La palabra era la mejor garantía para sellarlos. Entonces dejadme que yo me comporte como uno de aquellos hombres con traje de pana, faja negra protegiendo sus riñones y boina calada hasta las cejas. Hace unos días adquirí un compromiso con vosotros: hablaríamos de los útiles de la era siguiendo un orden de aparición en la faena, y a eso vamos.

Como creo que debemos de comenzar por el principio: comencemos por el horcón. Bien. ¿Por qué el horcón? Pues porque con él se cargaban los haces al carro y, a veces, con él se hacinaban y deshacinaban los haces en la era. De manera que justificada está la inclusión del horcón entre los útiles de la era.

El horcón, éste de tres dientes
Con el horcón, en el rastrojo, se allegaban los haces al carro. Era como una horca de metal (lo veis en la foto). Los había de dos o tres dientes, y todos tenían el mango más largo que la horca.

Como no quiero dejar -si soy capaz- ni un solo resquicio diré: vendrán otros detrás de mí y dirán: ¡pero también se cargaban los carros con la horca! Esto es cierto. Pero yo quiero añadir… y con la mano, y también se acarreaba los haces en cargas (sobre el lomo de los animales) y añada usted todo lo que quiera pero, lo cierto es que el horcón era el instrumento que fue inventado para cargar los carros de mies (también de hornija) para transportarla hasta la era (o al horno en el caso de la hornija). Después use usted un azadón, si quiere, para ayudar a cargar, pero el apero para esta labor fue el HORCÓN.

Horcón.- útil de dos o tres dientes de acero y astil largo con el que se alcanzaban, en el acarreo, los haces al carro. Aquí otro añadiría… ¡y punto! ¿Vale?

Horcas: de dos y cinco dientes
Horca de dos dientes.- Ya tenemos los haces en la era, los distribuimos por la superficie del círculo de la parva y quitamos los atillos: desatamos los haces. ¡Ya está! Bueno, pues, a continuación tenemos que esponjar lo mejor posible el bálago para que penetre el sol, lo caliente y runda (cunda) la trilla.

Ahora, el que jamás ha pisado una era, ni nadie le ha dicho cómo se hacía -siempre que algún “experto” no le haya tomado el pelo- preguntará: ¿con qué apero se hacía esa labor? Pues mire usted: esa labor se hacía con la horca de dos dientes. Y salió el “experto” de turno y dijo: ¡pues yo lo he visto hacer con la horca de cuatro o más dientes! A éste le vamos a contestar: yo también he visto comer los garbanzos del cocido con un tenedor, pero la herramienta más adecuada para con los gabrieles es la cuchara. Y esto le pasa a la horca de dos dientes: el agricultor tuvo necesidad de dotarse de un apero que la facilitara la manera de tender la parva y… ¡zas! inventó la horca de dos dientes. Después vino otro “experto” que con aquella misma horca dirá que movía el estiércol. Bueno, pues encantado de la vida si él es feliz moviendo el estiércol, pero la utilidad de la horca de dos dientes queda demostrada al tender y dar la vuelta a la parva, mientras el bálago no está trillado: es la más eficaz y para eso se inventó.

Queda clara la utilidad de la horca de dos dientes, más allá de que alguno, también, se rasque la espalda con ella.

Horca de dos dientes.- útil de era que se usaba para tender y dar vuelta a la parva, siempre que el bálago no estuviera muy trillado.

Horcas de tres y cuatro dientes
Pero los machos -que no han parado de dar vueltas al disco de la parva arrastrando el trillo- han ido trillando el bálago y la horca de dos dientes no sirve porque no recoge las pajas: no nos vale. ¿Y ahora qué hago? Pues ¡hombre, coja usted la horca de tres, cuatro o más dientes y tendrá la solución! ¿Para qué la tenemos si no?

Cuando la parva estaba trillada, había que acamizarla (recogerla para formar el montón de pico o de forma de pez), con la camiza por supuesto. Pero la camiza (camizadera, caniza y todo lo que usted quiera) no puede elevar la trilla. Ahora… -dice el que nunca se ha visto en otra- ¿qué hago? Pues hombre, con la horca de tres, cuatro o más dientes elevarlo hasta hacer el montón con la altura suficiente para ocupar menos espacio en la era, y hacerlo bien para que, si llueve, el montón no se cale más allá de una pequeña capa superficial (no se hagan goteras se decía).

O sea: con la horca de tres, cuatro o más dientes volvemos la parva cuando con la de dos ya es inútil, formamos el motón de trilla y también acercamos la trilla para facilitar la tarea al gario, como más adelante veremos.

Éste es el rastrillo que fue muy útil en la era.
Los trillos siguen sin parar y ahora se nos presenta otro problema: queremos volver la parva, pero el bálago está tan trillado que se cuela entre los dientes de las horcas y no hacemos buena labor... ¡Pero hombre de Dios! ¿No tienes el rastrillo? ¡Pues úsalo hombre! Y el tío cogió el rastrillo, o la rastrilla, y dio vuelta a la parva como quien ve llover. Aunque la palabra llover no debe ni nombrarse en la parva.

Con el rastrillo también se recogían (metían) las orillas cuando la parva se extendía demasiado.



Trillo con sus dos tornadoras y estas con sus palas
Había una herramienta muy útil en la parva: era la tornadora (otros dirán tornadera, pero como yo creo que su nombre verdadero es tornadora (la que torna, la que vuelve la parva), por eso le llamo tornadora. Además porque así se llamaba en Camporredondo, mi pueblo.

Camiza. En otros sitios camizadera, acamizadera. caniza...
La tornadora, al poco rato de empezar la trilla, se enganchaba en la parte trasera del trillo y ya no se desmontaba hasta el final. La tornadora, por su forma, iba enganchando las pajas largas que había pegadas al suelo de la era y las sacaba a la superficie. Cuando el bálago iba estando más trillado, a la tornadora se le acoplaba la pala que al mismo tiempo que removía la parva abría surcos en ella permitiendo que el sol calentara más superficie.

Ya hemos trillado la parva y amontonado la trilla. Para llegar hasta aquí hemos usado el horcón, la horca de dos, tres, cuatro o más dientes, las tornadoras, el rastrillo o la rastrilla y la camiza. Además, claro está, del trillo.

El que quiera aprender a beldar aquí tiene la ocasión. Hermanos Busto beldando
los gabrieles para el cocido.
Ya hemos terminado de trillar. Tenemos unos hermosos montones y queremos limpiarlo para que el grano quede bien guardado en la panera, o bajo la baldosa en forma de papeles del banco de España. ¿Qué hacer? Pues en el tiempo en que no había aparecido la aventadora, beldadora o máquina de limpiar, coger el/los bieldos y, con ellos y la ayuda de Eolo, separar la paja del grano y las grancias (granzas).

Ya vamos llegando al capítulo de preguntas: ¿los señores “expertos” creen que es práctico aventar con el gario? ¿Sería aconsejable? Ya veréis como contemplando la foto os daréis cuenta de que resultaría poco práctico. Imagínese una gariada llena, sería cuasi imposible que el aire lo traspasara, se trata de que siempre haya trilla en el aire y en no mucha cantidad para darle tiempo a Eolo a separar la paja del grano: arrastrar aquélla y dejar éste. Lo mismo que nos están indicando los hermanos Busto: mis primos. No obstante ¿usted ha visto aventar, también con el gario? Seguro que sí. Y con la pala de regar si estaba a mano, y con la horca y hasta con los pies. Veréis cómo lo entendéis enseguida: limpiar la cosecha, que tanto nos había costado verla en el montón, era muy importante y no dependía de que quisiéramos limpiarlo, dependía de que el dueño y señor del aire despertara y abriera la ventana. Cuando esto ocurría, la familia se lanzaba sobre el montón con lo que tuviera más a mano: bieldo, horca, gario, pala… en fin, lo que tuviera a mano y sirviera para levantar la trilla al aire ¡no podía esperar!

Dos modelo de gario: pero garios los dos. Respecto del bieldo,son como la
cucharilla del café y el cucharón de la sopa.
Pero los tiempos han mejorado y llegó la aventadora, beldadora… en una palabra: la máquina de limpiar (separar el grano de la paja).

Acercamos la máquina al montón y se presenta otro problema: elevar trilla a la tolva de la aventadora. Otra pregunta ¿con qué lo hacemos? ¡Vaya pregunta más tonta!: con el gario ¿con qué va a ser?

Resulta que el encargado de abastecer de trilla la tolva de la aventadora, es la primera vez que lo hace y todo lo que sabe es que se hace con el gario.

Aprovechando que Carlos acribaba los garbanzos, pinchamos los dos bieldos para
que no haya duda de su diferencia con el gario.
Como no sabe lo que es, ni la forma que tiene el gario, echa mano del Facebook y allí ve (le dicen) lo que es; el “experto se lo ha dicho en una fotografía que ha incluido. Busca un… “gario” y todo ufano y orgulloso se lanza a colmar la tolva de la máquina. El hombre lucha a brazo partido por darle abasto pero que nada, no hay forma. En esto pasa por allí el“paleto”, le ve sudando por cada pelo una gota y le dice: siéntate a la sombra y espera un poco. El paleto se va para casa, y vuelve con otro artilugio al que otros le llaman… no sé cómo. Toma, le dice, verás como con esto te rundirá (cundirá) más con menos esfuerzo. ¿Qué te parece? ¡Oye, esto es cojonudo! ¿cómo se llama este artilugio? Hombre, ¡esto es el gario! Pero si a mí me había dicho un “experto” que el gario era esto que tengo en la mano. Y el paleto le contesta: es que yo he sido cocinero antes que fraile y ese “experto” no llega ni a pinche de cocina.

El tío comienza a suministrar trilla a la tolva y como runde (cunde) mucho, pronto el montón le va quedando un poco alejado. Como el viejo paleto aún no se había marchado, le pregunta el esforzado gariador: ¿qué hago ahora? Pues mira, ahora necesitas otra persona que te vaya acercando la trilla porque si no perderás mucho tiempo. ¡Ya! Le dice el sufrido gariador, ¿con qué me lo acerca? Bueno, ¿ves aquella pieza que tienes allí? es la horca de cuatro dientes y con ella se hace muy bien. Además, le añadió el paleto: ¿no te das cuenta que la paja se te amontona a la salida de la máquina? Pues mira, para eso necesitas otro gario que te lo vaya lanzando hacia el pajero porque si intentas hacerlo con el “gario” del “experto” te verás negro para retirarlo.

Y a partir de ese momento el inexperto agricultor fue aprendiendo que para saber hay que preguntar al que sabe. En este caso sobran títulos académicos: es cuestión de experiencia...

Todo trillado y limpio, llegó el momento de “arrear” con ello hacia la panera. Oye, pregunta el agricultor aficionado: ¿con qué aparato lleno los costales?¿con el celemín que dice Urdiales? El paleto que se ha quedado a ver cómo termina todo, dice: los costales se llenan con la media fanega. ¿Por qué no lo hago con la fanega que rundirá (cundirá) más? Pues verás porque no habría dios que lo aguantara, es una medida de referencia pero poco práctica, se manejaría muy mal. Con la media fanega llenas los costales y tendrás una referencia de lo que ha sido, en fanegas, la cosecha. Después tienes la cuartilla, el celemín, el medio celemín y el cuartillo de celemín, pero estas medidas son más para andar por casa: se usa mucho para medir pequeñas cantidades como, por ejemplo, las igualas que se tenían con el veterinario, el herrero, etc. También para medir gabrieles, alubias… en fin que estas medidas ya no debemos considerarlas de era.

Cosecha trillada, limpia, grano en la panera -o bajo la baldosa- y nos queda llenar el pajar para tener comida para los animales durante todo el año y, si sobra paja, la llevamos al pajero.

Bieldo y gario flanqueados por la garia de picos y de bolas
Entonces, uncimos los animales al carro, cogemos los garios que hemos visto más arriba y gariada a gariada lo retiramos de la era, que barreremos a continuación con las escobas que cuelgan del trillo en la fotografía que os presento. En esta misma fotografía quiero que veáis la diferencia que existe entre el bieldo (centro a la izquierda) y el gario en el centro del trillo. Yo creo que se nota cierta diferencia. ¿o no?


Creo que no debo olvidar estos útiles de era que nos venían muy bien, principalmente, para retirar el grano a la caída de la aventadora y también había quien la usaba para aventar el grano si se nos había ensuciado de tamo. En fin que eran piezas muy útiles en la era, o en la panera si había que amontonar o mover el grano: son las palas de madera (las de los extremos son catalanas y la del centro producto del más puro estilo castellano).

Las palas del grano se llamaba a las palas de madera.
En la fotografía de la entrada anterior; en la que nos dijeron que lo que la pequeña labradora manejaba era el gario, podíamos, también, admirar lo que para su autor son los celemines. Deliberadamente lo he dejado para el final para presentaros lo que son la media fanega, la cuartilla, el medio celemín y el cuartillo de celemín. Manifestando: todas piezas que he presentado son útiles de la era rural. Si hay otra era académica, o universitaria, yo la desconozco y no puedo opinar: “zapatero a tus zapatos”.




1/4 celemín = 2'3125 litros.

Cuartilla = 13'875 litros.




1/2 fanega = 27'75 litros.
1/2 celemín = 4'625 litros.
                                        
Liado entre horcas, garios, celemines etc. se me había pasado por alto otros dos útiles importantes de la era: la criba y el badil.

Antonio acribando garbanzos. Pero el resultado
es el mismo ya sea legumbre o cereal.
Siempre que he hablado de aventar o beldar, ya sea con la aventadora o con el bieldo, he procurado decir que en esta operación se separaba la paja del grano y las grancias (granzas). Razonemos esto: cuando se hace pasar el aire a través de la trilla, el viento no distingue lo uno de lo otro más que por su peso. Entonces el grano pesa y se queda a los pies, no se desplaza. Pero las grancias (granzas) que son trozos de espiga, nudos, pajotes pesados, también se quedan junto con el grano. Queda claro que en la primera operación sólo hemos separado la paja. ¿Qué hacer después? en el caso de que lo hayamos separado con el bieldo, pues coger la criba y acribar, y en el caso de la aventadora cambiar el juego de cribas -que el efecto es el mismo que con la criba de piel o alambre- y separar las grancias (granzas) del grano.
Badil que muchas tolvas y cribas llenó



















Con los agujeros de las cribas acorde con lo queremos acribar, el grano cae al muelo y las grancias al montón correspondiente.

Para cargar la criba tanto en la manual como en la máquina aventadora pues usamos el badil ¿hay herramienta más apropiada?

Una pequeña anotación: para que el acribado fuera uniforme, una vez la tolva llena, esta siempre debería mantenerse llena, por lo que, a veces, era interesante el concurso  de dos badiles.

Ahora, echemos una mano al “experto”: él dice -porque desconoce absolutamente el lío en el que se ha metido- que los bieldos son garios, que la media fanega y la cuartilla son los celemines etc. pero… ¿Por qué lo dice? Pues porque es lo que dice el DRAE, que parece que tampoco le ha picado el tamo en la era. Vedlo a continuación:

bieldo
Del dialect. Beldar 'aventar las mieses', y este del lat. Ventilāre 'agitar en el aire'.
1. m. Instrumento para aventar compuesto de un palo largo, de otro de unos 30 cm de longitud que lo atraviesa en uno de sus extremos, y de otros cuatro o más fijos en este en forma de dientes.
2. m. bielda (‖ bieldo de seis puntas).
Real Academia Española © Todos los derechos reservados
La acepción primera: correcta. La segunda: no tanto.
gario
De garfio.
1. m. Alb. Triple garfio para sacar de los pozos latas, cubos, etc.
2. m. Cantb., León, Pal., Seg. Y Vall. Instrumento para aventar.
3. m. Cantb. Horca de hierro.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados
La acepción segunda, que es la que nos ocupa: absolutamente incorrecta.

Reflexionemos. Dice el DRAE: bieldo es un palo largo, otro de unos 30 cm que lo atraviesa y de otros 4 o más fijos en este en forma de dientes. Bien. Si nos fijamos en las fotos, que os ofrezco más arriba, veremos que todos los bieldos son de 6 dientes (puntas dice el diccionario). Pero después añade que el que tiene 6 puntas (dientes, decimos los paletos) se llama bielda. Bueno, para nosotros siempre fueron bieldos, tanto si eran de cuatro (para mí desconocido) o de 6 dientes. La bielda, como podemos apreciar en la foto, no tiene más picos (puntas dice el DRAE) pero sí es de más capacidad: sus dientes son más largos.

Sigamos: a continuación, el DRAE, nos dice que el gario es un instrumento para aventar. ¿En qué quedamos, se bielda, o avienta, con el bieldo o con el gario? ¿Es lo mismo bieldo que gario? Os aseguro que, para el que aporrea este teclado, no (sigo hablando desde el pueblo).
Estoy en condiciones de asegurar que en Palencia, Segovia y Valladolid, gario es el instrumento con el que se manejaba la trilla y la paja: pero no para aventar, ya hemos intentado razonarlo. En Cantabria y León lo desconozco (en mi pueblo –tal vez porque no habíamos pasado por la universidad- aventábamos con el bieldo y movíamos la trilla y la paja con el gario).
Bieldo.
Un tipo de gario





















Bieldo exagerado: bielda.


 Otro tipo de gario

Supongo que las fotografías serán suficientemente ilustrativas. Como podemos apreciar, hay un tipo de bieldo, la foto anterior nos dice que el bieldo excede de sus dimensiones normales y por eso se llama bielda y le siguen dos tipos de gario, pero garios los dos. ¿Se diferencian unos de otros? Yo creo que sí.

Para el “experto” que dice que en Castilla cambiamos a las cosas de nombre más que por su género por su tamaño, quiero decirle: si usted quiere aprender, aquí tiene otro ejemplo similar al olmo-olma, nogal-nogala, pez-peza, canalón-canalona,…y ahora bieldo-bielda.

Podremos constatar que se cumple lo que vengo diciendo: no hay cambio de género sino distinto tamaño que de alguna manera tenemos que diferenciarlo. ¡Vaya peza! Decía el que había pescado en el arroyo un pez fuera de lo corriente; entonces el/los acompañantes sabían que había pescado un pez enorme. ¡Coge la bielda! y ya sabías que el aparejo más adecuado no era el pequeño, sino el bieldo grande. Así nos manejábamos los de pueblo, y como estamos hablando en lenguaje rural; culto es aquél que lo conoce y el antónimo de culto es el que no lo ha visto en su vida.
Resumiendo:

Bieldo: útil de era para aventar (separar el grano y las grancias (granzas) de la paja.

Bielda: bieldo de dimensiones extraordinarias (dientes más largos que los del bieldo).

Gario.- útil de era para el manejo de la trilla o la paja (cada cosa en su momento).

Después de esta explicación que cada uno los use para lo que crea conveniente. Así y para esto lo llamábamos y lo usábamos en el mundo rural.

Ruego a todo aquel interesado que no esté de acuerdo con lo que acabo de exponer, que públicamente lo manifieste y, sólo de esa manera los útiles y palabras del mundo rural ocuparán en la historia el espacio que les corresponde, porque es el que tenían.

Gracias.
Camporredondo, 26 de enero de 2016






lunes, 7 de diciembre de 2015

La mujer de mi pueblo es...

UNA MUJER SERENA

Frente a mí, una mujer reflejada en el espejo,
me mira y sonríe,
sí, sí, yo lo sé, susurro:
mi piel es un mapa geográfico,
mis ojos cercados en diminutos pliegos,
el pelo ahora teñido luce un color que no es el suyo.
Sé mirar mi cuerpo, sólo una mofa del cuerpo juvenil
de antaño.
Cuando alguien me habla ha de hacerlo fuerte,
y a la tele encendida le subo el volumen.
Necesito gafas de doble graduación
y mis movimientos son un poco más lentos,
bueno, a veces, mucho.
Estoy ya anclada en eso que llaman la tercera edad
pero a esa mujer del espejo
le digo en alta voz,
que quiero seguir viviendo,
recorrer con orgullo el camino que aun me falta por
andar.
Quiero continuarme en cada acto,
sorprenderme ante lo desconocido,
¡Aún hay tanta vida por vivir!
Tengo la sonrisa llena,
la mirada fuerte y fresca,
En mi memoria celosa guardo los momentos
amargos y tristes. Los alegres los llevo puestos.
No renuncio a nada de lo que viví,
pues es mi historia
y me descubre mis secretos y mis sueños.
Hoy descubro una palabra, un gesto, una sonrisa.
Respiro,
y en mis dedos la vida surge mágica y veloz.
No me siento joven,
pero me gusta mi rincón,
me gusta la ilusión que pongo en lo que miro,
la tranquilidad de saber
que cada puerta que cierro
es una menos para abrir, pero no importa,
cuando la abro, aun descubro
un ligero temblor en mis manos.
Y cuando no haya más puertas que abrir
llevaré el recuerdo del amado,
el legado de mis hijos y sus hijos,
de todo lo sentido, de todo lo vivido.
Y podré gritar
con alegría, que a pesar de los pesares,
siempre he vivido.

Eutiquia Sanz
Aula de Camporredondo

La serenidad no es estar a salvo de la tormenta, sino encontrar la paz en medio de ella”.

Thomas de Kempis

lunes, 2 de marzo de 2015

La grama.

Nuestro sabio refranero, dice:”Hacienda, tu amo te atienda y si no que te venda”. También este otro: “El ojo del amo engorda el ganado”.

Apoyada en estas dos contundentes y sabias sentencias, vamos con la entrada de hoy.

Había una vez un terrateniente –que lo era por herencia- que dado que su progenitor la había dejado terreno suficiente, y muy productivo -sin más que preocuparse de observar el cultivo de lo heredado- para vivir desahogadamente, decidió fijar su residencia en la ciudad donde -eso creyó él- la vida era más alegre y cómoda, y podía disfrutar de su espléndida hacienda.

Para dirigir la heredad nombró un cachicán (encargado) para que tomara todas las decisiones necesarias para su buen funcionamiento. De esta manera, el “señor” sólo se ocuparía de recoger y administrar los cheques que del banco, con regularidad, le fuera remitiendo. La vida así sería más llevadera lejos del polvo, el barro, el calor, el frío, las tormentas... en fin todas esas calamidades, para él insufribles, que en el campo se padecen. ¡Esto es vida! comentó para sus amigos el nuevo y rico terrateniente.

La hacienda continuó su marcha bajo la vigilancia de su nuevo director: el cachicán.

Comoquiera que el terreno estaba bien cultivado, la primera cosecha fue espléndida, con lo que el heredero se encontraba todo ufano y orgulloso por la decisión que había tomado: él se pasaba la vida bien comido, bebido y distraído sin preocuparse de dar una vuelta por el pueblo.

Los obreros seguían con la rutina de arar y sembrar. Un día, el cachicán -que era nuevo en la heredad- observó cómo los obreros, siguiendo la tradición, unos araban y otros, con el garucho, recogían la grama y mantenían el terreno limpio de esta rastrera e indeseable planta. ¿Qué es lo que hacen ustedes? preguntó con mucha educación. Pues ya ve usted, lo que hacemos siempre: recoger la grama, respondieron los braceros. No, no, a partir de hoy se cultivará como yo diga, ¿no saben ustedes que eso es abono para la tierra? Queda terminantemente prohibido el uso del garucho en estas tierras. Y así se hizo.

Así las cosas, las cosechas fueron disminuyendo paulatinamente, hasta que pasados unos (pocos) años el amo se vio en la necesidad de ir rebajando su nivel de vida pues los cheques cada vez eran más raquíticos y ya no daban para tanto.

El heredero llamó al encargado a su refugio en la gran ciudad y quiso saber por qué los cheques habían ido disminuyendo de forma tan alarmante.

Mire usted señor: no sé lo que ocurre, pero el terreno ha sido invadido por una extraña planta que le convierte en un prado y no deja crecer la semilla. Yo le sugeriría que, si usted lo cree conveniente, vendiera la heredad antes de que sea tarde.

El "señor" lo pensó un momento y le dijo al cachicán: creo que tiene usted razón, antes de que los agricultores vecinos, posibles interesados, se den cuenta de la baja productividad del terreno, póngalo usted a la venta y véndalo. Señor, respondió el cachicán, si usted me dice el precio yo intentaré venderlo al mejor postor. Y así lo hicieron, el hábil cachicán volvió al pueblo y al cabo de unos días reclamó una reunión de urgencia con el propietario: no he podido conseguir, dijo, el precio que usted fijó, pero si usted quiere, para evitarle incomodidades yo me quedaría con la heredad en… y rebajó el precio de salida. El comprador y el vendedor se pusieron de acuerdo y el, “listo,” nuevo propietario volvió al pueblo con la escritura bajo el brazo.

Reanudaron las faenas del campo y el amo dijo: desempolvad los garuchos y recoged la grama, démonos prisa que la sementera está al caer. Señor, dijo uno de los obreros, usted nos dijo: “dejad la grama que es abono para la tierra”. No importa lo que yo dijera, los tiempos han cambiado y hay que coger los tiempos según vengan.

Y colorín colorado… “Hacienda tu amo te atienda o si no que te venda” ¿está claro?

El otro refrán, “el ojo del amo engorda el ganado” viene a decir lo mismo. Pero ese lo dejamos para cuando el torpe y vago sea el ganadero y el listo, en vez ser el cachicán, lo sea el rabadán, y el terreno sea el rebaño de ovejas… ¡Ya me entendéis!


Camporredondo 22 de febrero de 2015



lunes, 19 de enero de 2015

Gurriatos

Sí, sí, sí, Angelines (Camporredondo). Sí, sí, sí, Daciano (Valladolid), ya sé que vosotros seguís viendo gurriatos por todas partes y deseáis alejar de mí esta preocupación. Pero es que la diferencia entre los gurriatos que vosotros veis y los que en mi retina persisten hay una diferencia que me aterra.

Os cuento: el invierno es muy frío -como eran los inviernos en Camporredondo allá por los años 1940-. El corral de las ovejas está nevado y la nevada persiste durante varios días. Los gurriatos (gorriones para otros), que no salen del corral, se comen el pienso de las gallinas. Un día, cansados en mi casa de la presencia de los pájaros -ya he dicho que se comían el pienso de las gallinas-, mi hermano mayor cargó un cartucho de caza con mostacilla (perdigón muy menudo) y esparció cebada (pienso natural para los animales y pájaros) por el corral. Al momento los gorriones se disputaban hasta el grano más escondido entre la nieve. Mi hermano Alfredo encañonó la escopeta y disparó sin apuntar, no era necesario. De aquel disparo supongo que pocos perdigones llegarían a tocar nieve, seguramente todos encontraron la pluma de los gurriatos en su trayectoria.

Ahora imaginar que en ese momento se cerraron mis ojos para abrirse hoy enero de 2015, ¿tengo motivos para alarmarme si os digo que llevo toda la mañana deseando ver un gurriato posado sobre los tejados que circundan el mismo corral de la historia y no lo he conseguido?

Cuando comento esto a Maribel me dice: “pues esta mañana he visto un bando en El Alamar”. Es cierto que Maribel había visto un bando de pájaros en El Alamar, yo también los veía pasar, pero no eran gorriones: eran pinzones. Los pinzones es una clase de pájaros que en invierno se les ve cerca del pueblo, incluso por las calles.

El 17-4-2010 envié un escrito al Norte de Castilla (cartas al director) mostrando mi preocupación por lo que a mí me parecía un motivo de alarma debido a la desaparición del pájaro más rural que yo he conocido. Pasó el invierno y al llegar la primavera me pareció que se recuperaba su número, pero llegó el invierno siguiente y su número volvió a caer alarmantemente y en ésas seguimos: invierno sin gorriones y recuperación en primavera. ¿No habrá motivo de alarma?

Y ya “metidos en harina” vamos a seguir un poco más con mis preocupaciones sobre la vida rural. Me refiero a la VIDA con mayúscula, me refiero a todo tipo de vida. Esta mañana salí con mi hatajo como cada día. Lo primero que me extrañó es que en el corral no había pulgas, sí he dicho pulgas, ahora ya no las hay: las fumigamos. Moscas; no había moscas. ahora una sola mosca molesta hasta la desesperación. En las bocatejas de los tejados de los colgadizos que circundan el corral no hay avisperos: eran incontables los avisperos que había en otro tiempo. Un sinnúmero de enjambres de abejas, producto de la enjambrazón, cruzaba el cielo en todas las direcciones, pero eso era en otro tiempo, ahora no lo cruza ni uno solo en toda la primavera.

Sobre otro tipo de pájaros ya he dicho algo en “La pizarra de Gaude” (Un día con el pastor y su hatajo, los toperos… etc.) por tanto dirijo la vista hacia el suelo y ¿qué veo? Mejor dicho, qué no veo. Pues subo por la misma cañada de ayer y, cuando llegaba a la altura de las caleras, el Belmonte –mi perro terror de saurios- no ve ningún lagarto; ni uno solo. Por la cañada adelante era un constante movimiento de escarabajos peloteros dando vueltas al excremento que encontraban hasta conseguir unas perfectas canicas de estiércol; ¿qué ha sido del escarabajo pelotero que no se ve por ninguna parte?

Caminando, caminando he llegado al bosque y hasta llegar aquí no he tenido que aplastar ningún tábano ¡con lo molestos que eran! ¿Tampoco hay? Observo que puedo sentarme, a dar buena cuenta de la tortilla que preparó mi madre para la merienda, allí donde me dé la gana: las hormigas no serán el problema que eran en otro tiempo cuando, si quería sentarme y que no se me subieran encima, debería migar un poco de pan a mi alrededor, así, mientras ellas se preocupaban en llevarlo a su despensa, a mi me dejaban tranquilo.

Cuando -aunque de tarde en tarde- alguna oveja enfermaba de la ubre (salía ubrada) decíamos que seguro la habría picado un zurdo (araña-lobo que cavaba una galería en vertical -ignoro por qué le llamaban zurdo a este tipo de araña-). Cuando las ovejas pastaban sin necesitar el cuidado del pastor, nos entreteníamos en hacer salir de su cueva a este arácnido sin más que hurgar con una paja en su taladro vertical, para así eliminarlo. Hoy creo que este entretenimiento no sería posible: tampoco hay zurdos, o muy pocos.

No quiero aburriros más, pero mi preocupación por la VIDA va en aumento. Estoy seguro que si fuéramos conscientes de la transformación sufrida en la fauna y flora en los últimos 60 años alguna medida se habría tomado, pero esta transformación se va produciendo gotita a gotita y no nos damos cuenta de la fuerza arrolladora de la gota. ¿Os acordáis de la gota de miera? Aquélla, con su constancia, abastecía la mesa del resinero, la fuerza y constancia de la que hablamos hoy, estremece.

Después de estas reflexiones mías escucho voces que me dicen ¿Para qué sirven todos los insectos y más que ya han desaparecido? Pues es verdad, me respondo, pero entonces… ¿para qué sirve la vida?

Nada me gustaría tanto como estar equivocado.