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domingo, 5 de abril de 2015

Da una limosna al pobre

Una limosna para el pobre

Ahora que andamos entre colleras, collerones… en fin, arreos para los animales de tiro, acude a mi azotea un hecho curioso que se produjo hace ya algunos años que, aunque yo no estaba, lo oí contar ,(con nombres y apellidos) como hecho curioso, en varias ocasiones. Ahí os va:

Aquellos días, de interminables lluvias, no había forma de hacer labor en el campo. Hasta las viñas estaban debidamente escavadas y escaballadas. Fue por eso que el agricultor pensó: me cojo el carro y voy a Valladolid –guarnicionería Moral- para reponer los arreos deteriorados por el uso y ampliar para la huebra que ya había decidido sumar a las existentes.

Carro de varas con toldo. Internet. castromocho.com.
Dicho y hecho: se embutió en su traje de pana, se arrebujó con su faja negra la barriga, caló la boina hasta las orejas, calzó sus botas, unció el macho al carro de toldo, metió la tortilla y unas tajadas de la olla en el talego, colgó la bota de vino en el telerín del carro y así se presentó en la Plaza Mayor de Valladolid, en cuyos soportales se encontraba la guarnicionería mejor abastecida de toda la provincia.

El hombre abrió la puerta y, sin más, se encaminó en dirección al mostrador. El dueño, al verle entrar, dijo a uno de los dependientes: anda, dale una limosna y que se marche. El dependiente se dirigió hacia el “pobre” con su óbolo en la mano, y se dispuso a entregárselo. Tenga usted de parte del jefe y le pide que abandone la tienda. El agricultor se le quedó mirando y exclamó: póngase usted detrás del mostrador y atiéndame como es debido.

¡Oiga! Dijo dirigiéndose al jefe: quiero algunos arreos. Ya me dirá usted, dijo el jefe con cierta sorna.  Empecemos por aquel collerón. Vale, dijo el guarnicionero, mejor... a ver qué le parece éste. No, no, arrímeme aquél que tiene usted allí colgao. El tendero se le quedó mirando y le advirtió: es que ese collerón es caro; es de primera calidad. El “pobre”, sin darle importancia, miró al tendero y advirtió: que yo sepa todavía no le he pedido precio, cuando llegue el momento ya hablaremos. Ahora traiga usté  p´acá aquel sillín que parece que me gusta, y el jefe, sin tener todas consigo, así lo hizo. Ahora la retranca, la barriguera y la sufra, quiero conjuntar todos los arreos necesarios para el carro de varas.

El "pobre" se dio una vuelta por la tienda y pensó: ¡qué raro, no veo colleras! ¿No tiene usté colleras? preguntó: sí, sí señor, pero están en el almacén, enseguida se las saco. Cuando comprobó que ésa sería la medida que necesitaba según la alzada de los animales, dijo: ahora traiga usted p´acá tres cabezadas y dos bridones con sus correspondientes collares.

Hecha la selección y terminada la compra, vino la hora de pagar y aquel tendero no salía de su asombro. El “pobre” agricultor metió la mano entre la faja y, separando uno por uno los billetes correspondientes al valor de la compra realizada, se lo fue dejando sobre el mostrador (según dicen, hubo de guardar el resto).

Cuando terminó de pagar, el tendero preguntó: ¿dónde se lo llevamos señor? Sáquelo y póngalo dentro del carro que tengo en la puerta.

Gracias por la compra señor y perdone mi error. No se preocupe hombre. Yo no me sentí ofendido porque... “no ofende quien quiere”.

Si a alguien le parece un corto, y mal contado, cuento le digo: no incluyo el nombre y apellidos del “pobre” porque debería recabar el permiso de sus numerosos nietos, bisnietos y tataranietos… corrían los primeros años del siglo XX.

Y ya habréis visto; como aún no habían llegado los "expertos" a la guarnicionería "Moral" en la Plaza Mayor de Valladolid, los collares y collarones eran un adorno para el cuello de los animales, y las colleras y collerones eran arreos que se ponían sobre el cuello de las caballerías para  trabajar.


Camporredondo, 27 de marzo de 2015

lunes, 23 de febrero de 2015

Los hermanos agricultores

En un rincón de Castilla, de cuyo nombre no quiero acordarme… ha muchos años, vivieron dos hermanos agricultores que tenían puntos de vista muy dispares en la forma de cultivar la tierra: uno aprovechaba la mínima ocasión para ponerse manos a la obra: arar y sembrar. Y el otro gustaba de hacer las labores sólo cuando el terreno estuviera en buena sazón, según su criterio.

Cuando terminaron las labores de era… recogieron paja y grano y barrieron la era, no quedaba más tarea que ir preparando la tierra para la siguiente cosecha.

Arando con el arado romano en El Henar.
Uno de los hermanos, sin pensarlo dos veces, unció los machos, cogió el arado de vertedera y salió dispuesto a voltear la tierra antes de que lloviera. Al salir, con la yunta, del corral, encontró al otro hermano que, extrañado, le preguntó: ¿pero dónde vas? A lo que el otro le responde: ¡joder! ¿No lo ves? Voy a arar. Pero hombre, ¿no ves que está muy duro el terreno? Te va a costar mucho levantar el rastrojo y levantarás muchos terrones. Si, contestó el otro, eso ya lo sé, pero cuando llueva tendré buena parte de la tierra preparada para sembrar. Yo no, dice el otro, prefiero esperar las lluvias de otoño y con buen tempero será más fácil.

De esta manera uno fue labrando despacito y el otro esperó la llegada de las lluvias de otoño.

Llegaron las lluvias y, pasados unos días, que parecía que ya no escamparía nunca más, los hermanos salieron a la puerta para observar el tiempo y uno dice ¡oye! ¿Qué te parece si enganchamos y vamos sembrando? ¡Quita hombre!, ¿no ves que está muy pesado? Ahora no se haría buena labor, espera unos días y verás que buena labor se hace. Bueno, bueno, dice el otro, aún así yo voy a ir sembrando.

Pasaron unos días y cuando, según el criterio de uno de los hermanos, el terreno estaba en su punto, el otro ya tenía todo sembrado. Más, hete aquí, que al encargado de abrir los grifos allá arriba se le ocurrió abrirlos y se le debió de olvidar cerrarlos, de forma que cuando dejó de llover ya era tarde para la sementera.

Pasó el invierno, llegó y pasó la primavera y, llegó el verano. La cosecha del que sembró en su tiempo no debemos decir que fue espléndida, mientras que la del otro hermano encañeció (encañó) y se agostó sin apenas haber espigado.

Como la cosecha de uno de los hermanos fue muy mediocre, y había que sembrar para la siguiente y no habiendo ni semilla, ni para comprarla, el hermano cuyo granero estaba barrido se presentó en casa del otro y le dijo: ¿no podrás prestarme unas fanegas para la siembra? Es que como la cosecha ha sido mala no tengo semilla. Sí hombre, no faltaría más, y le dio el grano necesario para la sementera.

El invierno siguiente fue muy duro, sobre todo para las paneras barridas. No teniendo ya de donde echar mano, el de las paneras vacías volvió en casa de su hermano y dijo: mira a ver si te sobran unas fanegas que no tengo nada para que coman los chicos. ¡Pero hombre! dijo el otro ¡no creerás que yo iba a consentir que mis sobrinos pasaran hambre! carga y lleva al mercado lo que quieras. Como le parecía que su hermano no cargaba lo suficiente le animó a que llenara más talegas de grano, pues él tenía de sobra. Sí, le dijo el otro, pero es que no podré pagártelo. No te preocupes hombre, eso está arreglado, vamos a hacer una cosa: yo te doy el grano y tú me das un beso en el culo. Acepto, dijo el otro, no tengo otro remedio. Y así fue como cerraron el trato. El hermano le dijo, aprende: “Para no tener que dar a tu hermano un beso en el culo... siembra en blando y en duro”.

Moraleja: que cada uno saque la que crea conveniente, yo saqué la mía y no me arrepiento.

Camporredondo 18 de febrero de 2015

viernes, 18 de octubre de 2013

El color de la sangre

Vientos de miseria recorren la Península Ibérica de norte a sur y de naciente a poniente. El siglo XIX no se caracterizó por su abundancia en bienes materiales. 

Comareba; pueblo del norte de esta España de nuestros amores, es uno más de los pueblos donde falta mucho para tener poco. El joven Marcelino cada día sale a la puerta de la casa del pueblo con el ánimo de otear en todas las posibles direcciones a tomar en busca de un porvenir que allí no se le ofrece. Aquella tarde, el joven dirigió su mirada hacia el sur y, quizás atraído por la creencia de que en aquella dirección hay mejor clima, tomó su decisión. 

A la mañana siguiente, Marcelino aparejó la mula y, sin más que unos utensilios de cocina (nunca se sabe lo que se puede necesitar) y un ligerísimo ajuar (no había más), subió a su lomo y emprendió viaje rumbo sur, sin saber dónde parar. 

Tal vez aquel día, cuando arribó a El Sotillo, el sol tocara su ocaso, o quizás sintió la necesidad de reponer las fuerzas perdidas en su largo viaje. El caso es que aquí se apeó de su cabalgadura para no volver a subir nunca más; como no fuera con la yunta para comenzar su vida de agricultor, pues allí comenzó su larga y fructífera carrera de agricultura en la que se doctoró, cum laude. 

Marcelino comenzó como jornalero del campo, pero sus valores y dotes personales no pasaban desapercibidos. Pronto, el amor llamó a su puerta, conquistó el corazón de una joven del lugar y fijó su raíz pivotante en el feraz suelo de El Sotillo. De aquella raíz fueron brotando otras hasta formar un árbol frondoso, poblado de ramas cuya sombra cubre hoy todo el pueblo. 

El árbol que Marcelino plantó era fuerte, recio… el campo estaba bien cultivado, sus semillas se propagaron con mucha rapidez y el espacio fue quedándose pequeño. 

II 

Altagracia fue la mayor de la amplia familia. Desde su más tierna infancia tuvo que ganarse el sustento suyo y el de sus hermanos menores. Los días en los que su colaboración en las tareas agrícolas no se hacía imprescindible, acudía a la escuela. Allí aprendió las cuatro reglas: sumar, restar, multiplicar y dividir. Con eso ya era suficiente para abrirse camino en la vida. 

Altagracia manejaba todas las herramientas agrícolas… la binadera, también el azadón, y la hoz, y acarreaba la mies, la trillaba y manejaba la máquina aventadora y llenaba los costales de grano para subirlos al desván de la casa. Así, cumplió 14 años. 

Pero la familia seguía creciendo ¡había que abrir el campo! Y Altagracia fue enviada a la academia para licenciarse en el único título al que podía acceder la mujer rural en aquel tiempo: ¡Sus labores! Y aprendió el corte y confección ¿cuál si no? El título conseguido hubiera servido si en el entorno de Altagracia hubiera habido medios suficientes como para acudir a la modista (en ello se doctoró), pero no era posible. Los años pasan, en el campo castellano los milagros no existen, las necesidades crecen y las soluciones no llegan. Tal vez el espíritu aventurero de su bisabuelo, la empuja a emprender nuevas aventuras y, ayudada por su familia, un día subió al tren para abrirse camino en la gran ciudad. 

III 

Los periódicos de la capital recogen en titulares el nombre de una familia ilustre: Don Santiago del Pino y del Olmo, marqués de las quince Sicilias, señor de no sé cuántas casas nobles y descendiente del rey Fernando I de León. 

Hasta esta casa llegó Altagracia recomendada por los selectos contactos que la aristocrática familia tiene (hasta esta casa no puede llegar cualquiera). Altagracia reunía todo lo que una familia ilustre podía desear: era elegante, tenía toda la frescura del campo castellano, era guapísima, sabía cocinar y, por si fuera poco, era modista de primera línea. Altagracia era una joya, era digna de un trono… quizás le faltara la sangre real. 

Los años transcurren, la sirvienta ya es como una más de la familia, los “señores” así la consideran pero… es plebeya. Hay que mantener, siempre, cierta distancia con el vulgo. Tal vez podría, erróneamente, ilusionarse y olvidar sus orígenes. Cada uno tiene su lugar en la sociedad y éste no puede ser el mismo para los señores y la servidumbre. Ella siempre sería Altagracia –chica de pueblo- y su nombre nunca podría relacionarse con los llamados a pertenecer a la selecta “alta sociedad”. 

IV 

La naturaleza no entiende de colores en la sangre. Ella marca los tiempos y el ser humano jamás pudo hacer nada contra sus normas. 

Altagracia es una “princesita” cuya belleza no pasa desapercibida. A ella la naturaleza le dotó de todas las gracias que una reina debería reunir. Y como las reinas, -que también se enamoran- se enamoró, y su amor fue, no sé si correspondido o… el capricho de un descendiente de “sangre real”. Los jóvenes disfrutaron las delicias del amor sin pensar que por sus venas corría sangre, según las normas establecidas en aquel tiempo, de distinto color. Fruto de aquella relación, Altagracia quedó embarazada. ¡Qué deshonor: joven, bonita, soltera, sirviente y embarazada! 


La alarma cundió entre la aristocrática familia y buscó solución a su grave problema: como una familia de alto rango no puede estar sin su confesor privado (todas las familias reales deberían tener su confesor particular y director espiritual), en las manos de este extraordinario ser dejaron lo que debería ser el futuro del fruto de aquel pecado que, “solamente” Altagracia, una chica de pueblo, había cometido. 

Y el director espiritual decidió que lo mejor era no “manchar” el buen nombre de aquella familia, sobre el que una chica, plebeya, vino a echar un borrón. 

Altagracia fue internada en un convento para continuar adelante con su pecado. Nadie tenía que enterarse de la desgracia que sobre la familia había caído; por la mala inclinación de una “descarriada jovenzuela”. 

Y llegado el día, de lo que debería de haber sido un feliz alumbramiento, nació, con la única compañía de su madre, un encantador angelito… sin padre. Eso debería ser un secreto que jamás debería ser desvelado por nadie ¡qué humillación para el buen nombre de una familia descendiente de reyes! Así, las primeras semanas madre e hijo las pasaron en el internado. 

Quizás la proximidad al lugar del pecado aconsejó el alejamiento de la pecadora, y Altagracia y su fruto volvieron a El Sotillo, lugar en el que faltaban medios materiales, pero había más calor que allá en los fríos muros de conventos y castillos. En El Sotillo había amor a raudales. 

VI 

La niña bonita e inocente que marchó en busca una vida mejor quedó encerrada entre los helados muros de los claustros aristocráticos. La que volvió a El Sotillo fue una joven madre, curtida por las batallas crueles que se libran a diario entre las frías paredes de los falsos hogares de la ciudad. Hasta El Sotillo volvió una leona castellana con un único objetivo: el fruto de su “equivocado” amor nunca sería príncipe azul, pero gozaría de todos los privilegios que pueda gozar un príncipe, y del amor puro y simple que no entiende de títulos nobiliarios. 

Altagracia fijó su residencia en una ciudad próxima. Allí, en una habitación con derecho a cocina, instaló su taller de costura y, con una vieja máquina que su madre le regaló, comenzó su nueva profesión como modista, pero, sobre todo, como madre única y responsable del fruto de su amor. 

Pronto el trabajo de Altagracia comenzó a destacar entre la más selecta sociedad urbana. Ella no descansaba con tal de que su hijo disfrutara de todo lo que pudiera disfrutarse en el tiempo en el que le tocó vivir, además de no privarle del cariño y atenciones que un niño necesita. Altagracia jamás tuvo horario de trabajo. Sólo el agotamiento le llevaba a dejar su tarea diaria. La concentración que su trabajo requería iba haciendo mella en su, otrora, arrolladora fuerza física. Los dolores de cabeza hicieron aparición y fue necesario recurrir a analgésicos que consiguieran mitigar su malestar. Cada mañana, con el desayuno se hacía imprescindible una primera dosis de medicina con la que iniciar el día. 

Entretanto, en la gran ciudad, un “aristócrata” se prepara para estar a la altura que su estatus exige. Conseguirá doctorarse en todo aquello que más interese al rango familiar que ostenta y seguirá apareciendo en revistas y fotos de familia en las que cada uno alzará los títulos conseguidos. Pero en sus fotos jamás podrá rellenar el hueco en blanco que ya siempre aparecerá. 

VII 

Sólo cuando Altagracia había cumplido con su deber de madre, el amor volvió a llamar a su puerta, pero quizás fuerzas superiores decidieron que ya era tarde para volver a empezar y, cuando aún era joven, la llama que día y noche permaneció encendida no pudo resistir más y, silenciosamente, sin ninguna queja, como había sido su vida, se apagó. 

VIII 

Una simple nota en la prensa se encargó de difundir la noticia, pero fue suficiente para que el cuerpo sin vida de Altagracia fuera velado por todas las gentes buenas que tuvieron la suerte de conocerla. 

El féretro de Altagracia fue cubierto de rosas inmaculadas, rosas de los campos de su Castilla para una reina sin trono, pero por cuyas venas, aunque nunca lo publicara la prensa, corría sangre real. 

Altagracia transformó las lanzas que sus antepasados usaran en largas contiendas durante la Reconquista, en agujas enhebradas con hilos de seda. Con ellas, creó vida. 

No sé si algún día los descendientes del rey Fernando I recogerán las lanzas que, quizás, sus antepasados les dejen como testigos de sus grandes gestas, con el mismo orgullo que el hijo de Altagracia recoge las agujas, todavía enhebradas, que su madre guardaba, quién sabe si porque quizás algún día a su hijo, descendiente de los Infantes de Lara, nietos de Ramiro II, le hicieran falta. 

Y, por si alguien algún día leyera este sentido homenaje a Altagracia, sólo me queda una pregunta: si ante sus ancestros llegara este escrito, ¿quién se sentiría más orgulloso: Fernando I o Ramiro II? 

Orgulloso se siente… El Sotillo.
Gaudencio Busto García










lunes, 30 de septiembre de 2013

La familia y... su crisis



Desde que, fuerzas mayores, me obligaron a abandonar la cayada, la esteva y los alicates, me impuse la tarea de pensar intentando razonar la situación en cada momento. Al cabo de un tiempo, no entendiendo lo que pasaba en mi país, clamaba allá donde encontraba ocasión: ¡que alguien me diga por qué somos ricos! Por no encontrar respuesta, por mi cuenta fui buscando y veía, en productos de grandes almacenes: made in China, made in Corea, made in Hon-Kong… Cereales de centro Europa y América, ajos de China, leche y patatas de la unión europea, azúcar de otras tierras… etc. etc. Mientras, los agricultores de mi pueblo no podían sembrar por su ruinosa rentabilidad. Fruto de aquellas cavilaciones mías es lo que escribí y aquí os presento:


El año agrícola había terminado. La cosecha, catalogada como óptima, fue recogida y el futuro se presentaba sin aparentes sobresaltos.

Cuando la era estuvo limpia y las primeras lluvias de septiembre llegaron, la familia se reunió en torno a la mesa para deliberar sobre lo que sería la siguiente cosecha que, a juzgar por las nuevas perspectivas, se presentaba muy halagüeña.

Lo primero que hicieron fue distribuir el terreno en parcelas asignando a cada hijo su cultivo. La parcela nº 1 se destinaría al cultivo de cereales; la nº 2 al cultivo del ajo; la nº 3 para remolacha; la 4 la destinarían a la patata…, así hasta que el terreno quedó distribuido de la forma que creyeron más conveniente para obtener la mejor producción.

Comoquiera que, por sus características, es el centeno el primero que debería sembrarse (el centeno segado y sembrado, es el dicho popular) el padre se dirigió al mayor de los hijos y aconsejó: yo creo que deberías de coger el tractor y preparar la parcela nº 1 porque ya sabes que el centeno es el cereal de ciclo más largo y no debemos retrasarlo.

El mayor de los hijos se quedó pensativo y aportó su idea sobre la conveniencia de sembrar, o no, cereales. Espera un momento padre, que tengo algo que decir. Todos esperaron y el hijo habló. Dijo: ¿para qué sembrar cereales si mis informes me dicen que el tío eureste y el tío argentorio lo producen y venden a un precio más bajo de lo que a nosotros nos cuesta producirlos? Se miraron unos a otros y ante aquella “indiscutible” verdad, decidieron que aquel año no se sembrarían cereales porque en el mercado los había a precios muy interesantes.

Como la siguiente parcela estaba dedicada al cultivo del ajo, el padre se dirigió al hijo encargado de su cultivo y le propuso: interesante sería que fueras preparando la parcela porque ya sabes el dicho: “ajo, ¿por qué fuiste ruin?, porque no me sembraste por San Martín” y el 11 de noviembre enseguida llega. Entretanto yo me encargaré del abastecimiento de la semilla, ya sabes que debe ser de importación.

El segundo de los hijos no tardó en reaccionar y como estaba al corriente del mercado dijo: mirad, estoy bien informado sobre el mercado del ajo y resulta que el tío chinostro los produce y vende mucho más barato de lo que a nosotros nos cuesta producirlo. Por tanto creo que sería trabajar por trabajar sembrando ajos, para después no sacar beneficio con su recolección, sino todo lo contrario.

Todos creyeron que era verdad lo que el hermano decía y enseguida se pusieron de acuerdo. Decidieron que el ajo sería ruinoso para la economía familiar, por lo que quedó descartado su cultivo a la espera de mejores tiempos.

El abuelo, que seguía en silencio el debate, quiso intervenir y comenzó a hacer su razonamiento. Dijo: si no sembráis ajos, ni cereales, vuestra madre ¿con qué recursos pecuniarios los comprará en el mercado?

El hijo pequeño, que aún no había participado en el debate, intervino para decir: abuelo, tú esto no lo entiendes, hoy la economía funciona de otra manera, ahora tenemos más en cuenta nuestra forma de vivir, hoy se vive el día a día, el mañana no existe, tienes que entender que la única verdad es el presente, ¿te acuerdas el día de la semana cultural que dio su charla el psicólogo? Pues en ella nos lo dijo: “el mañana no existe”. Así que debemos trabajar pensando en nosotros, y en lo que mejor se adapte a los tiempos actuales… El abuelo quiso intervenir de nuevo, pero el padre zanjó la situación. Dijo: yo creo que tu nieto tiene razón, así que déjanos que sigamos preparando la sementera de la manera que mejor se adapte a nuestro tiempo. Sigamos con el programa.

La tercera parcela correspondía a la destinada a la remolacha, por lo que el padre se dirigió al tercero de los hijos para decirle, dado que la siembra de la remolacha aún tardará en realizarse creo que sería interesante que empezaras a estercolar para que el estiércol vaya descomponiéndose y, cuando llegue el momento, el terreno esté en condiciones óptimas para la siembra de la remolacha.

El encargado de la tercera parcela cogió el bolígrafo y, sobre el papel, escribió algo que fue pasando a todos los miembros de la familia para que leyeran. El papel decía: dada la actual coyuntura y teniendo en cuenta que el tío carioco todos los años cultiva una extensa plantación de caña de azúcar, y el producto tiene precios muy competitivos, aconsejo no sembrar remolacha porque, por su bajo precio, no sería rentable, nos ahorraríamos el laboreo, la semilla, el abono, el riego… y sobre todo el trabajo. La remolacha requiere mucha mano de obra. Sugiero que, si alguno no está de acuerdo, debatamos sobre el tema porque estoy convencido de que este cultivo no sería rentable.

El escrito fue pasando de mano en mano y cuando todos lo hubieron leído no fue necesario seguir, porque todos comprendieron que había motivos más que suficientes para renunciar al cultivo de la remolacha.

Pasemos a la parcela de la patata, inquirió el padre. Yo creo, dijo, que la parcela nº 4, este año está muy propicia para el cultivo del tubérculo, así que con un ligero estercolado, y si el mes de abril viene aparente, obtendremos una buena cosecha de patata.

Los hijos se miraron unos a otros como si su padre fuera un extraterrestre y fue el menor el que se dirigió a él. Dijo: padre, ¿pero aún no te has enterado de que el tío fransuás con las que a él le sobran nos inunda el mercado? Sería absurdo que teniéndolas a precio irrisorio, en el mercado, fuéramos a sembrar nosotros patatas para después no encontrar venta para ellas. Todos los hermanos asintieron por lo que el tema de la patata también fue desechado por ser ruinoso su cultivo.

Entretanto, el abuelo contemplaba el campo a través de la ventana y, sólo de vez en cuando, movía su cabeza desaprobatoriamente.

La familia, de agricultores, siguió repasando parcela por parcela y producto por producto, no siendo capaces de encontrar el cultivo idóneo con el que sembrar ninguna de sus parcelas.

Cuando por fin decidieron dejar las parcelas de barbecho, el padre preguntó: entonces ¿que haremos nosotros? Uno de los hijos resolvió el problema en un momento: con lo que nos pagan por no sembrar, sumado a que dentro de poco comienza la temporada de recogida de las piñas, que ésas no necesitan de desembolso para su cultivo y todo lo que se recoge es dinero limpio y sin pisar barro, en eso podremos trabajar. Sí, repuso el padre, pero con eso no cubrimos gastos de mantenimiento de la casa y la familia… El hijo menor que parecía ser el más y mejor informado, sonriendo de forma condescendiente con el resto dijo: bueno, por lo que veo no estáis muy enterados de cómo funciona hoy la economía. Hoy la economía se mueve a través de los créditos. Cuando no llegas a fin de mes, o cuando el presupuesto no llega para disfrutar las merecidas vacaciones, etc. se recurre al tío prestófono y te da el dinero que tú solicites… tan fácil como eso. Y si al año siguiente la cosecha tampoco ha cubierto gastos porque el mercado aconsejó que no se sembrara, pues pides otro crédito. Si es que parece mentira que estéis tan atrasados. Todos quedaron estupefactos con la sabiduría del más joven y así acabó aquella reunión familiar en la que descubrieron que el mañana no existe y que por tanto deberíamos disfrutar del presente porque… somos mortales.

El tiempo fue pasando, las durezas de las manos, fruto del trabajo, fueron desapareciendo y todos disfrutaron de aquella situación que nadie sabía por qué no la habían descubierto antes.

Un día, cuando la familia ya se había habituado a su nueva forma de vida, cuando ya nadie se acordaba de que mañana también amanece y cuando esto ocurre ya no hay tiempo de cultivar para el desayuno -razón por la cual hay que aprovisionar la despensa el día antes- el tío prestófono decidió que los préstamos se acabaron, que el dinero era suyo y hacía con él lo que le daba la gana, por tanto, el que no tuviera la despensa aprovisionada se quedaría sin el desayuno.

¡No puede ser! ¡A esto no hay derecho! La familia se reunió de urgencia para protestar por lo injusto de aquella decisión. ¡Esto es la ruina! ¡El caos! decían otros… ¡la crisis, la crisis! ¿Qué va a ser de nosotros? El padre miró hacia donde estaba el abuelo que aún seguía moviendo su cabeza en señal de desaprobación. Abuelo ¿tú le ves alguna solución a esto? El abuelo mirando hacia donde estaba la abuela dijo: abuela, pon la mesa grande que hoy somos más a comer.

El abuelo dijo durante el desayuno: vuestra abuela sabía que el día de hoy era el más importante en nuestras vidas, por eso preparó su venida ayer.

Érase una familia… érase un país.
Camporredondo otoño de 2011

El pastor

miércoles, 5 de enero de 2011

Un principio

Si al franquear una montaña en la dirección de una estrella, el viajero se deja absorber demasiado por los problemas de la escalada, se arriesga a olvidar cuál es la estrella que lo guía.

Antoine de Saint-Exupéry