Mostrando entradas con la etiqueta juguetes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta juguetes. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de febrero de 2015

La muñeca


Con esta entrada –que dedico a todos los seguidores de “La pizarra de Gaude”- quiero rendir homenaje a las compañías de comediantes que, de pueblo en pueblo, paseaban su miseria emocionando y entreteniendo a la población rural. Ellos nos dejaban su arte y nosotros, haciendo un tremendo esfuerzo, nos gastábamos una peseta y con ello ayudábamos a mitigar el hambre a aquellas familias de artistas frustrados que paseaban su arte por las polvorientas carreteras de Castilla.

Quizás tuviera yo seis años (años 1940) cuando la compañía de “Cásper Ledesma” llegó a mi pueblo. Hizo su representación (dos días). No me acuerdo de la obra representada, (pudo ser “La malquerida”, “Terra Baixa”, “El Idiota”,”Marianela” o cualquier otra del amplio repertorio del teatro clásico con el que nos deleitaban). Pero sí recuerdo la poesía que un actor, -quizá el más joven- recitó para nosotros. Fue tal la emoción que sentí que me la aprendí de memoria (entonces mi disco duro estaba virgen y almacenaba todo lo que le echaban).

Pasaron los años y, cuando hace pocos comencé a teclear este artilugio, quise saber si en internet se diría algo del poema y la encontré. Por eso sé que esta preciosa poesía es de Vital Aza. No tengo ningún mérito en ello pero si quiero, como decía al principio, rendir un homenaje a aquellas familias que, careciendo de mejores escenarios, se acercaban hasta nuestros pueblos dejándonos lo mejor de su repertorio.

“Hoy echan comedias” se decía, y a la hora convenida cogíamos la silla y la peseta y allá nos presentábamos a ver las comedias.


Para los que no la hayáis leído aquí tenéis…

Lejos queda –afortunadamente- la imagen del niño pordiosero suplicando de puerta en puerta una limosna hasta lograr un trozo de pan con el que llenar su estómago. La posada la tenía asegurada: millones de lámparas “led” velaban sus sueños allá, a millones de kilómetros.
Camporredondo, 11-2-2015



Cuna y muñeca. (año 1931)
Muñeca y carretón (1931 y 1923)

La muñeca y el hogar




Muñeca comentando el expositor

martes, 9 de septiembre de 2014

En Camisas de Once Varas: Chitas.

Lea usted con atención lo que yo he leído en la “Cátedra Miguel Delibes” y en las pág. 100-101 del DCRNMD:

Chita
LR p.51
(...) los sobrinos de la señora Clo descalzaron al bicho y comieron las chitas.
Chita: En el carnero o vaca, el hueso de la cuartilla del pie que los muchachos emplean en el juego del mismo nombre. Prov. Perú. Cabra. Hito, en la expresión de dar en la chita. Ardite, comino, en la frase de no darse, no valer una chita. (Diccionario General de la Lengua Castellana)
Chitas: Tripas del cerdo. La oración nos indica que en el pueblo están de matanza. Han matado y chamuscado al cerdo, le han quitado las pezuñas (se quitan mejor en caliente) y han lavado bien sus tripas para después freírlas y comérselas. (Investigación de campo).

Después de leer esto, yo, que no soy experto sino un simple aficionado a la obra de Delibes -después de leer al "experto"- digo: no sé lo que el escritor quiere decir al decirnos que “los sobrinos de la señora Clo descalzaron al bicho y comieron las chitas”. “Chita: En el carnero o vaca, el hueso de la cuartilla del pie que los muchachos emplean en el juego del mismo nombre”.
 
Pues no; si a lo que se refiere es a la taba (astrágalo) y al juego de la misma, ésta se encuentra, en el carnero o la vaca, en lo que los matachines, o matarifes, de pueblo, llamamos el colgadero, o lo que es lo mismo: en el tarso (entre nosotros corvejón, aquél hasta donde solemos meter la pata de vez en cuando).

Seguimos con una pregunta: ¿Le descalzaron las tripas? Desde luego una cosa es clara: en el pueblo estaban de matanza ¡Qué gran descubrimiento! Por tanto, han matado y chamuscado al cerdo: esto creo que se deduce fácilmente. Ahora parece que sí, quitaron las pezuñas al cerdo que, “se quitan mejor en caliente” (doy fe de ello, porque yo las quitaba). Después “han lavado bien sus tripas” ¡sí! pero no para freírlas y comérselas, sino para hacer, con ellas, los chorizos y longaniza. Esto creo que puedo asegurarlo después de haber participado en muchas matanzas y haber dado a la manivela de la máquina, desde mi más tierna infancia, para embutir la longaniza.

En fin, que no tengo ni idea de lo que hay que saber para ser experto en Delibes, porque de "experto" parece que va en la Cátedra Miguel Delibes el que esto interpreta para nosotros -iletrados- en la narrativa de Delibes.

Lo que sí quiero decir -para el que quiera escuchar- es que Delibes, en “Las Ratas”, nos presenta un cuadro más sobre la miseria que se vivía en aquel tiempo, en el que incluso las pezuñas del cerdo se aprovechaban para matar el gusanillo que no paraba de escarbar en lo más profundo del aparato digestivo. Y esto no es porque lo diga Delibes en “Las Ratas” sino que lo dice el que, en varias ocasiones, las entregó al niño que esperaba a que se descalzara al marrano para recogerlas del suelo, si hubiera sido preciso.

Repito: lo que acabo de decir no es palabra de experto, pero bien pudo ser el NINI del que se valió Delibes para su magnífica obra “Las Ratas”.

Nota final: Yo, humildemente he interpretado que Delibes a las pezuñas las llama chitas, por lo que ni entro ni salgo en esto. Seguramente en la zona en la que el escritor sitúa “las Ratas” a las pezuñas las llaman chitas. Lo que yo quitaba al cerdo después de chamuscado eran las pezuñas y, tristemente, en aquel tiempo las pezuñas también eran aprovechadas como entretenimiento para los jugos gástricos.

LA OBRA DE DELIBES MERECE UN ESTUDIO UN POCO MÁS SERIO, ÉSA ES MI OPINIÓN.


lunes, 28 de octubre de 2013

Un rato con mi hermano

Oye Javier:

Mientras tú estás ahí –tumbadazo- y no sé qué hacer, porque no puedo hablar contigo; ya que un cristal grande que han colocado entre tú y yo me lo impide, ¿sabes lo que he hecho? Pues he pulsado la tecla ON, que te digo que no sé lo que es, pero que ha puesto en marcha una película que comenzamos a rodar hace muchos, muchos años.

En la primera secuencia de la película aparece una habitación grande, muy espaciosa. En ella hay una barra de bar en la que no hay ninguna actividad. Tras ella una puerta que da acceso a plantas superiores. Sobre el centro de la sala, convertida en dormitorio, hay dos camas separadas por una mesilla de noche. En la cama más próxima al balcón hay acostado un niño. Sentado en la cama de al lado, otro niño, más pequeño, tirita de frío. Pero allí se mantiene firme: acompaña a su hermano que está enfermo y, aunque la fiebre no es alta, le hace delirar y parece muy asustado. De repente empieza a removerse en la cama: unos seres extraños se le aparecen y quieren asustarle.

¡Que me cogen! ¡Que me cogen!, grita el niño enfermo, ¡desatadme las piernas!

El niño pequeño mira asustado hacia la puerta del “sobrado”, que es por donde viene el miedo, y grita:

¡Madre, sube, que Javier tiene mucha fiebre!

La madre sube corriendo, toca la frente al enfermo y dice:

No. No tiene mucha fiebre, es que delira. Tú sigue aquí con él que yo tengo mucho trabajo.

Esta escena se repetía siempre que por cualquier circunstancia hiciera aparición la fiebre.

¡Oye! Se está repitiendo la historia. Tú ahí acostado y yo velándote.

Quién lo iba a decir, entre tú y yo, tú siempre has sido el más fuerte. Pero, oye, yo siempre más valiente que tú. Sí, ya sé que no estás de acuerdo, pero es verdad. Si no, a ver ¿qué hago yo aquí ahora? ¡Pues lo mismo que entonces! Sólo que ahora se joden aquellos fantasmas que tanto te asustaban y aquellos seres extraños que te ataban los pies. Y si crees que están, no tienes más que decírmelo, que ya verás que pronto se arrepentirán de hacerlo.

La película avanza y aquellos dos niños del dormitorio aparecen sentados en un pupitre a la puerta de la universidad, -nuestra universidad-. Los dos sostenemos, uno de cada lado, un libro enorme. Este libro creo que era el de consulta del maestro, porque el más gordo que nosotros usamos fue el de Dalmáu Carles Pla (enciclopedia grado medio) y no era tan voluminoso. La foto la conservo aún como recuerdo de nuestro ingreso. Bueno, en realidad el que ingresaba era yo, porque tú llevabas ya tres años de carrera.

La foto me hace recordar lo que nos quería y cuidaba la Pepa, parece que la estoy viendo liarnos la bufanda para que no pasáramos frío ¡Qué valiente era!

¡Oye! ¿Te vas dando cuenta de la memoria que tengo? Pues ya verás, porque esto no es más que el comienzo.

Ahora la película reproduce una escena en la que estáis jugando al fútbol en la plaza. Faltaba poco para las tres de la tarde; patadón que diste a la pelota y esta fue a estrellarse contra un cristal de la ventana de la clase de las chicas. El cristal cayó hecho añicos y apareció el maestro –D. Marcelino-.

¿Quién ha sido? preguntó. Ha sido Javier, alguien dijo, y él te dio una torta. Tú te sentiste humillado y con rabia dijiste:

¡Ya verá cuando venga mi padre! ¡Pobre inocente! No querías aceptar que tu padre casi nunca estaba, aunque en ese momento, como en tantos otros, le necesitabas.

El objetivo de la cámara enfoca bajo el colgadizo de la trasera: unas tablas de cajón de los del tabaco, un serrucho, puntas sacadas de otros cajones, unas tenazas, un martillo y otra vez dos inexpertos carpinteros tratando de hacer un dornajo. Dornajo que nuestra madre nos encargó para echar de comer en él a los marranos. ¡Vaya faena! El serrucho no cortaba, las puntas se doblaban y el dornajo no aparecía por ninguna parte. En esto te apareció el genio, la vena Criado que llevamos dentro y, tablas, martillo, tenazas y puntas fueron a estrellarse contra la pared del corral del vecino.

Por aquel tiempo el maestro, D. Marcelino, os mandaba como deberes a los mayores, que hicierais un diario que después leeríais en clase por la mañana. Bueno, pues no te cortaste un pelo y relataste, con todo detalle, la “tragedia” del dornajo en tu diario del día siguiente. Pero claro, dijiste: “...y como no nos salía lo tiramos contra la pared (...)” Entonces yo, que desde mi más tierna infancia he tenido muy desarrollado el sentido del ridículo (no sé si es bueno o malo), me levanté y dije: ¡D. Marcelino! el que tiró todo contra la pared fue él. Lo cual fue una tontería, porque si bien es cierto que fue así, los dos estábamos implicados. Lo que pasaba es que yo no hacía más que sujetar donde me decías porque yo era muy pequeño.

Otro día nos encargaron que hiciéramos un tabique-pared en el corral y tú no querías hacerlo. Entonces yo, con mi inocencia digo: ¡pues lo hago yo! Nos liamos con él, tú hacías cemento y yo ponía ladrillos y ¿sabes una cosa? Pues que hoy, después de más de sesenta años el tabique–pared sigue intacto, tan firme como el primer día. Aquí, como te conozco, dirás ¡porque vaya cemento que hice! Pero tú sabes que no, que todo es gracias a lo bien que yo puse los ladrillos. Tú más fuerte, pero yo más manitas.

La película, nuestra película, transcurre ahora por el camino de El Caño: un carro con cajón, tirado por una yegua torda que, además, era tuerta, se dirige hacia La Requijada. En el carro dos seres diminutos, un azadón, una pala y un hacha de boca y peto y la ilusión de traer leña para la –hoy desaparecida- cocina económica F. Salgado, tipo Bilbao nº 6.

Como no hay escuela (así se decía), dijo madre: cogéis el carro y os vais a por leña, que ya no hay. Camino adelante llegamos hasta La Requijada, donde nos encontramos con un monstruo en forma de tocón. Rápidamente, cogiste el azadón y la pala y dejaste al descubierto la raíz pivotante, cortando las rastreras según iban apareciendo. Pero al llegar a ésta, que parecía de acero, por más que lo intentabas no había forma de que cediera. Yo poco podría ayudarte, porque no podía ni levantar el hacha. El trabajo era tuyo porque, además de ser el más fuerte, ya tenías doce años.

Ante la imposibilidad de derribar a aquel monstruo con el hacha grande, optamos por buscar una piedra ¡bendita inocencia! Con ella pretendíamos derribar aquella columna anclada al suelo. Como a los impactos de la piedra vibraba la mole, creíamos que rompería. ¡Lo que hace la inocencia! No tengo que recordarte lo que pasó.

En esto, como caído del cielo, apareció Pascual Marinero Medina, el pastor que, por aquel tiempo, estaba en casa. Hombre fuerte donde los hubiera, cogió el hacha, cortó la raíz, sacó el tocón del hoyo y nos lo hizo leña para la lumbre en un momento. Cargamos la leña en el carro y todo ufanos y orgullosos regresamos a casa. ¡Habíamos conseguido leña para el cocido y las patatas!

¿Te acuerdas de todo esto que te estoy contando? Seguro que no. Pero si no fuera por este cristal que nos separa, intentarías llevarme la contraria. Y es que no puedes admitir que tengo mucha mejor memoria que tú.

A ver qué te parece esto: tendrías catorce años y como aquél día no había escuela, yo fui contigo con las ovejas. Tenías que llevar un queso al guarda, quien te esperaba nada más subir Carramambres. Cuando nos acercamos, un perrito blanco que llevaba comenzó a ladrar. Entonces, el guarda, del que no te digo el nombre porque no quiero, le hizo una señal con el dedo sobre los labios para que callara y el perro, sin más, obedeció. A nosotros aquello nos llamó mucho la atención por lo bien enseñado que estaba aquel animal. ¿Qué no te lo crees? Pues fíjate lo que te digo: podría señalarte el sitio exacto con un error de no más de veinte metros. Tú, como nunca has dado importancia a las pequeñas cosas cotidianas, por eso no te acuerdas. El encuentro fue nada más pasar el Tieso Grande al entrar en los primeros pinos negrales que hay a mano izquierda y que, entonces, eran mucho más pequeños, ya sabes que hace más de sesenta años.

Hace sólo unos cuantos días estuve en un sitio que siempre me renueva las imágenes. El lugar es el Tieso Grande o Tieso de la Legua. Las ovejas pastan tranquilamente. Yo, como tantos días, te acompañé para después echarte una mano por sitios más estrechos y difíciles y mientras pastan las ovejas nosotros construíamos trenes de piedra que hasta echaban humo, esa era nuestra ilusión. En esto, una liebre molestada por las ovejas arranca en dirección a las tierras de labrantío. Como aquello no era su perdedero natural, al llegar a la primera cantera -todavía sé la que es-, se bajó y allí se quedó amonada contra la tierra, muy segura ella de que allí estaría a salvo. Lo que no sabía, la liebre, es que La Chica, la hija de La Sevilla, seguía su rastro y, cuando quiso darse cuenta, la perra ya la tenía entre sus afilados dientes. Para que voy a recordarte nuestra alegría ¡que orgullosos llegamos a casa con nuestro trofeo!

No fue lo mismo de alegre otro día que quedamos que yo saldría a esperarte al Arroyo de Los Machos para pasar las ovejas por el camino que une la cañada de la ermita con el sotillo de abajo, pues allí había un gran careo de amapolas -con lo lecheras que son- y pensamos que si carros, animales y personas pasaban por aquel camino, las ovejas también podrían hacerlo. Conscientes de nuestro derecho a usar el camino, no lo dudamos ni un momento, a pesar de que el guarda charlaba animadamente con el señor Teodosio en la huerta de éste. No habían comenzado las ovejas a ingerir las amapolas cuando se acercó el guarda y, libreta y lápiz en ristre, te tomó tus datos y número de cabezas de ganado que llevabas y nos multó, pues no hubo razonamiento posible. ¡Él era la autoridad! y nosotros sólo unos niños que teníamos la obligación de ganarnos el sustento cada día. ¿Qué quién era el guarda? Yo te lo diría, pero es indigno de figurar aquí. Sólo te diré que tenía apodo y no era el tío Piluque.

¡Hay que joderse que vida más puta! Como éramos niños, pues todo el mundo creía tener derecho a abusar de nuestra indefensión.

Para poder pasar toda la película necesitaría muchas horas. Pero no se me permite, pues a esta parte del cristal, donde yo estoy, está llegando mucha gente que son amigos y perturban un poco las imágenes. No obstante quiero repasar aquella escena que ocurrió en los testerales del canalizo. 

Allí, un día, tú de pastor y yo de zagal encontramos un nido de perdiz. Sin decir nada a nadie, con las cerdas de la cola de la yegua hicimos una percha, la colocamos y como nuestra experiencia era escasa, la perdiz siempre que nos acercábamos salía triunfante. Pero un día, por la mañana, volvimos a pasar y la escena volvió a repetirse. Colocamos de nuevo la percha y por la tarde me dijiste: Acércate a ver si está.

Al acercarme el animal quiso repetir anteriores escenas pero esta vez quedó atrapada en la percha y, para qué quiero contar lo que fue nuestra alegría ¡lo habíamos conseguido!

Cuando llegamos a casa tú solo relatabas las tonterías que yo diría cuando cazamos la perdiz, entonces yo, herido en mi amor propio -pues todos se reían a mi costa- también quise que supieran tu reacción y acabamos enfadados ¿no te acuerdas verdad? Pues fue así, y no te digo las cosas o aspavientos que hacíamos porque no me da la gana ¿te enteras?

Bueno, fuerzas mayores que tú debes saber, hacen que pare aquí la proyección, quizás algún día siga porque la película de nuestra vida es de larga duración y aún queda carrete. Ya sólo voy a pasar un par de actos porque me cuesta parar la proyección.

Hubo un día, otro de tantos que yo iba de zagal, y por la mañana estuvimos por el bosque hasta eso de las once de la mañana. Como no había careo –no había más que tomillo, ramera y poco más- se te encendió una luz y dijiste: Vámonos por la cañada hasta el coletillo, que allí hay mucha hierba. Y, sin pensarlo más, para allá nos encaminamos.

Por aquel tiempo había un enorme pez de piñas al final de la nava de abajo y, para guardarlo, estaba un matrimonio que, dentro de un chozo habilitado como residencia, pasaban día y noche. Esto lo sabía todo el mundo y nosotros también. Pero lo que no sabíamos es que dentro de la cabaña, ese día, también estaba el guarda del pinar. Cuando nos acercamos y le vimos salir se nos heló la sangre. Y es que aquello estaba vedado. Escribió la multa, pero gracias a la mediación del guarda de las piñas todo se arregló con un queso pero, el susto primero no nos lo quitó nadie. ¡Pobres criaturas!

Y ya como final, -porque es que no te cansas-, quiero referirme a aquella vez, seguro que de esto sí que te acuerdas, en que nos quedamos con dos palmos de narices. Por entonces ya estábamos más creciditos y, aunque no teníamos novia, pues ya nos gustaban las chicas. En casa teníamos dos hatajos de ovejas, uno lo dirigías tú y el otro yo. Era domingo y, como siempre, porque comieran un poco más las ovejas nos retrasamos más de la cuenta y a toda prisa apacentamos, nos cambiamos de ropa y enfilamos calle abajo para ver si podíamos echar un bailecillo en el salón o, por lo menos, ver a las chicas. Pero sí, sí. Quizás nuestras ovejas, aquel día, dieran un poco más leche que de costumbre, pero el baile tuvimos que dejarlo para otro domingo pues, cuando llegábamos al principio de la iglesia, antes de llegar a la Calle del Humilladero, el baile terminó y a nosotros, supongo que un poco desilusionados, no nos quedó otro remedio que dar media vuelta y volvernos a casa ¡Viva la juventud!

He cortado nuestra película Javier, ahora estoy en la iglesia, esperándote. Un grupo de hombres, fuertes como robles, te ayudan a llegar hasta el altar ¿es que tú no puedes? Pasan a mi lado y ya no puedo verte. Por si era poco el cristal que hasta hace un rato nos separaba, ahora te han cubierto con una capa que me impide verte. A partir de hoy tendré que imaginarte pasando por delante de mi ventana, de la casa donde nacimos y crecimos juntos. Si vieras Javier, la iglesia está llena a rebosar y es que la gente te quería. Tú querías jugar a ser duro pero tu corazón te lo impedía.

El cura comienza a prepararnos tu despedida y me deja un poco preocupado, ha hablado de problemas de salud que venían aquejándote ¿qué era lo que te pasaba? ¿Había algo anterior que yo no supiera? ¿Quizás he entendido mal? Yo siempre te veía fuerte, me parecías casi eterno.

Me he quedado muy triste después de oír, al cura, constantemente apelar a la tristeza de tu esposa, tus hijas y tus nietas por haberte perdido y es que es totalmente cierto. Pero ¿y tus hermanos, Javier?, ¿es que tus hermanos, los dos que quedan, no están tristes? ¿Desde cuándo el haber mamado de los mismos pechos dejó de ser importante? Algunas veces te escuché decir: “mi familia son mi mujer, mis hijas y mis nietas”. ¿Por qué tenías necesidad de decirlo? Pues yo voy a contestar por ti: era porque dentro de ti, -en esos momentos difíciles que como todo ser humano hemos tenido- algo dolía y eran tus raíces que estaban entrelazadas a las de tus hermanos. Por eso quiero decirle enérgicamente, al cura, que un hermano no puede quedar encuadrado como “resto de la familia”.

Verás cómo lo entiendes enseguida. Para tus nietas se ha ido al cielo su abuelo, para tus hijas su padre, para tu esposa su marido y para mí se ha ido al cielo mi hermano. ¿Te das cuenta de que no importa el nombre? Y cuando el mundo se acabe, tú y yo seguiremos siendo hermanos y no “el resto de la familia”.

Ha seguido la ceremonia de despedida y el oficiante ha dicho: “daos fraternalmente la paz”. Sólo ha habido a uno al que nadie se la daba, por eso he empujado mi silla de ruedas y me he acercado hasta donde tú estabas y con un beso, sobre la superficie fría y dura que envuelve tu cuerpo, he deseado que la paz sea con mi hermano, tú, hasta la consumación de los siglos.

Como tantas veces te acompañé por el camino de la Carabina, esta vez también quise hacerlo. Sólo que, a diferencia de cuando íbamos con las ovejas, esta vez no quisiste volver y allí te has quedado esperando a tu HERMANO ... Gaude.




sábado, 5 de enero de 2013

La Cocina de cartón


Es la historia de las humillaciones y el desprecio hacia la llamada clase baja, cuando no se respetaba ni la dignidad, ni los sentimientos, de los llamados humildes por el solo hecho de ser trabajadores.



Era norma de la empresa -en la que el padre trabajaba- tener por navidad una atención con los hijos de sus trabajadores. La fecha del seis de enero (día de los Reyes Magos) se acerca. Los empleados de la empresa pueden pasar por las oficinas para ver las fotos de los regalos que ese año tendrán sus hijos, y sobre ellas elegirán.

Los padres nunca tuvieron ocasión de elegir juguetes. A veces los Reyes Magos, en la noche del día cinco, les ponían una peseta en los zapatos. Fortuna que, por la mañana, será la madre responsable de administrar, seguramente para comprar el pan. Otras veces quizás fue una naranja lo que los reyes depositaban en los zapatos, limpios para la ocasión. Por eso aquel día era tan especial y, al ver las fotos…

¡Qué cocina tan bonita! cómo va a disfrutar mi niña cuando la vea. Los padres eligieron quizás el primer regalo de reyes de toda su vida. Con toda emoción preparan la llegada de los magos y van ilusionando a la niña con lo que les han contado sobre una cocina enorme y bonita que, llegado el día, le traerán porque ha sido muy buena y se lo merece.

La niña se ilusiona, todos los días pregunta si hay noticia de los Reyes Magos, quiere verlos, quiere agradecerles su regalo. Los Reyes Magos son muy buenos ¿verdad? Pregunta la niña a su mamá.

Ha llegado el día, los juguetes, embalados en cajas fastuosas, son distribuidos entre los trabajadores por los reyes (empresa). Qué felicidad, la noche se hace larga. Por la mañana los padres observan cuando la niña se levanta y se queda admirada ante su premio, porque ha sido buena.

Recoge la caja, la abre y, con pena, exclama: papá, la cocina es de cartón y está rota. La rabia se apodera del padre y, con lágrimas contenidas, le dice a la niña: mira hija, es que me han dicho los Reyes Magos que se habían acabado la que tú habías pedido porque, como era tan especial, muchos niños la han pedido y no había para todos, pero que no te preocupes que en pocos días te enviarán otra más bonita, porque tú te la mereces.

El día siete de enero los padres pasan por la carpintería, recogen madera, unas tenazas, un serrucho, clavos, cola y pintura. Ese mismo día se ponen a trabajar en la construcción de la cocina sin más conocimientos que los que el amor les va dictando. Primero dibujan hasta que encuentran el modelo que está a la altura de los merecimientos de su niña y se ponen manos a la obra. Todos los días, después de su larga jornada de trabajo, sobre el suelo y ayudándose de una silla para los cortes, los padres reanudan su más ilusionante tarea. La amplia cocina va tomando forma tiene todo lo que tenga la cocina más moderna de la época: dos pilas para lavar los platos, agua corriente, fuego, luz eléctrica, armarios suficientes para colocar todo el menaje del hogar…

Si la cocina tuvo un problema, fue que ocupaba demasiado espacio en la casa.
Al cabo de un tiempo, cuando la niña fue cansándose de jugar en ella, pasó al cuarto trastero y allí, poco a poco, fue deteriorándose y acabó donde acaban todos los juguetes: en el cielo de los juguetes.

Pasados 40 años la niña le cuenta a su hija la historia de la cocina más bonita que jamás haya existido, lamentando su desaparición.

Conclusión: nunca permitáis que nadie juegue con los sentimientos de un niño. Siempre hay algo que podemos hacer para defender nuestra dignidad.

El pastor