Mostrando entradas con la etiqueta niños. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta niños. Mostrar todas las entradas

lunes, 6 de febrero de 2017

Tornacaza.

Sigo usando archivos. 
Esta vez quiero rogar al lector, -posible cazador urbano, rural ya soy yo- que nos diga si está de acuerdo con lo que, en su momento, tecleé. 

No, esta vez no sé de qué va la palabra tornacaza: jamás la usé; ni siquiera la oí. Soy de pueblo.

Como en mis años de cazador, y algunos después, no he oído la palabra, me limitaré a intentar raciocinar sobre ella y lo que Delibes (en mi cavilar) dice en ‘El último coto’.

Escribe el cazador:

“(…) Uno no caza nada porque faltan reflejos, vista y elasticidad y estas mermas no se recuperan con los años sino todo lo contrario. Una constatación obligada: el nordestazo de ayer puso las cosas difíciles. Ordinariamente cuando uno regresa bolo de una cacería, la memoria de las piezas que falló le perseguirá como un reproche durante toda la semana. Empero, la tornacaza de ayer no fue tan refinada; las presuntas víctimas no torturaron mi cerebro. ¿Por qué? Porque no hubo presuntas víctimas, porque solamente tuve una oportunidad de romper el maleficio: el pájaro aquel, de la pestaña, que antes de coger el viento, se elevó en línea recta inmolándose. Me llené de perdiz, me precipité y se fue a criar. (…)”.

Cuando el cazador regresa bolo (no ha colgado ninguna pieza) de una cacería, durante toda la semana (principalmente la noche siguiente) la memoria le martiriza, le tortura, no encuentra explicación. Pero en ninguna parte nos dice Delibes que al día siguiente vuelva a buscar las posibles piezas muertas (sabe que es absurdo). Esta vez ni siquiera le remuerde la conciencia, él sabe que lo que le ha ocurrido (excepto la perdiz de la pestaña) no es achacable al cazador. De manera que para qué torturarse buscando (en la tornacaza) una explicación.

Porque tuve de profesor al mejor y más experimentado cazador (caza menor) que pateó estos campos de Castilla desde su más tierna edad (1931) (a los 8 años pastor de ovejas y cazador -1939-), y dado que jamás le oí hablar de la tornacaza, aunque sí sabía lo que era lógico o no en el comportamiento de la caza y su seguimiento posterior al disparo, me permito -incluso si Delibes lo hubiera entendido, o dicho así- discrepar de esta manera de entender la tornacaza.

Ya anticipo que si la explicación que da el librito es tornacaza, será en la jerga venatoria urbana, o académica; nunca rural.

Cuando a un cazador se le escapa la pieza por error de puntería -o cualquier otro motivo- sabe de sobra si hay que buscarla o no. Esto lo aprendí a muy temprana edad (no más de 5 años). Si el cazador tiene que buscar la pieza (como ocurría con mi hermano) debe buscarla en ese momento porque mañana ya no dependerá de si la has emplomado o no, sino de que las alimañas que -entre otras cosas- se alimentan de esto, no acierten a pasar por allí. Harto difícil es que, principalmente el raposo, con su fino olfato, que se pasa toda la noche buscando algo con que llenar el bazaco, no detecte una pieza muerta. Si la pieza ha muerto, con toda seguridad que en la noche algún depredador o carroñero la encontrará. Y si está herida es más que posible que también desaparezca por el mismo motivo.

De manera que volver al día siguiente por donde se realizó la cacería, con el ánimo de encontrar una perdiz, herida o muerta, pues… permitidme que me ahorre el calificativo. Si ayer disparé, la vi caer, y aún así no fui capaz de encontrarla ¿se me ocurriría volver al día siguiente a patear el mismo terreno? Pido un respeto a la inteligencia del cazador, al menos del cazador rural que sabe que sería absurdo.

Digo esto por lo que vais a ver a continuación:

Tornacaza
EUC p. 68
Empero, la
tornacaza de ayer no fue tan refinada;
Tornacaza:
Repaso que se da al lugar en donde ha habido una cacería para buscar alguna pieza herida o muerta que no se haya recogido. Se hace al día siguiente. (Investigación de campo)

Éste es el resultado de la investigación del autor del “Diccionario (librito) del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes” y “Cátedra Miguel Delibes”. Desde mi punto de vista… ¡Qué pena!

A partir de aquí yo os invito a que leáis lo que más arriba hemos recogido de “El último coto”.

Repito, sin entrar a devanarse los sesos sobre la palabra tornacaza, cuyo significado desconozco, analicemos lo que el cazador ha escrito. No me imagino que se pueda deducir que el cazador piensa en volver al día siguiente a buscar las piezas que -él nos lo dice- sabe que no ha matado.

Ni siquiera la memoria le tortura su cerebro porque sabe que tuvo un fallo de principiante…

Pero sigamos con la tornacaza del autor de los libritos. Dice:

Tornacaza: Repaso que se da al lugar en donde ha habido una cacería para buscar alguna pieza herida o muerta que no se haya recogido. Se hace al día siguiente. (Investigación de campo)

Y pregunto: ¿cómo se puede deducir que tornacaza sea lo que el autor del librito nos dice? ¿Cómo puede deducir que el cazador vuelva a buscar unas piezas que él sabe que no ha abatido? ¿Volvería, el cazador, a buscarlas por si acaso se habían arrepentido y se habían muerto?

Permitidme que exprese lo que yo entiendo que, el “escritor que caza” (estoy hablando de Delibes), quiere decir: cuando uno regresa bolo de una cacería, la memoria de las piezas que falló le perseguirá como un reproche durante toda la semana. Sin embargo la tornacaza de ayer…

Parece que queda suficientemente claro que el cazador lamenta durante un tiempo los fallos que cometió durante la cacería. Su memoria no deja de recordarle lo que falló, y al recordarlo no caza, rememora el día de la caza y esta es su TORNACAZA: volver sobre la última cacería con el pensamiento. El cazador vuelve, torna a la cacería, y es en la tornacaza cuando piensa en los fallos que pudo cometer. No es el caso de “El último coto” donde el cazador sabe todo lo que ha ocurrido y no necesita torturarse más. La tornacaza de ayer, el repaso mental de lo ocurrido ayer al cazador ,lo tiene suficientemente claro.

Resumiendo:

Tornacaza: vuelta sobre la caza; repaso por la noche, sobre la cacería, un día después de ella, en el mismo instante de que finalice, o una semana después. En una palabra; repasar con la mente lo ocurrido en la cacería.

Qué no es –para este ex cazador hombre de campo- tornacaza: volver a buscar las piezas que no se han recogido durante la cacería, y menos al día siguiente.

Lo que acabo de teclear es lo que, humildemente, pienso que nos transmite Delibes en “El último coto”. De todo ello lo que afirmo es que, en lenguaje rural, tornacaza no es buscar al día siguiente las posibles piezas muertas. Quizá en las grandes cacerías se produzca una especie rebusca de piezas abatidas; pero eso ya no es caza, ni creo que haya cazador que se precie que lo ponga en práctica.

Repito: desconocía la palabra, pero me arriesgo a tildar de “deducción sin sentido” el significado que he encontrado en Cátedra y Diccionario en la narrativa de Miguel Delibes. Su autor, quizás bien repanchingado en el sofá, haya visto algún programa de “Jara y sedal” y ha sacado sus propias conclusiones.
Hace unos cuantos años: día de caza en Camporredondo. Las perdices estaban en el peladero.
Cazadores, de izquierda a derecha: Jacinto, Justiniano, Justiniano hijo, Marciano, Justo, Ismael y Amadeo.
El que ahora teclea -a esa misma hora- estaba con las ovejas en el campo.


Camporredondo a 20 de noviembre de 2015


martes, 17 de mayo de 2016

Paporretas

“El que más sepa que más diga”. Reconozco que la frase no siempre se cumple; a veces, acaso muchas veces, el que sabe no es el que más dice pero, por si acaso, yo hago uso de ella esperando que esta vez se cumpla. Gracias a aquél que más diga, porque sabe más sobre mi/nuestra palabra de hoy: paporretas.

Navegando, navegando… por casualidad tropecé con una palabra que me transportó varios decenios atrás. El día era lluvioso, la temperatura agradable y al salir de la escuela los futuros hombres y mujeres del agro quedábamos citados para después de coger el trozo de pan y, si lo había, algo más, acudir al charco elegido para hacer... ¿para hacer qué? Pues eso PAPORRETAS.

Extraída la palabra de mi personal e intransferible disco duro, acudí al DRAE y… ¡sorpresa! Ved lo que encontré y comprenderéis mi chasco.

Paporreta

De papo1.

1. f. despect. Perú. Repetición mecánica de lo que se ha aprendido de memoria sin entenderlo o entendiéndolo a medias.

de paporreta

1. loc. adv. Perú. de memoria (‖ apoyándose en el recuerdo). Aprender de paporreta.

2. loc. adv. Perú. Con poca o ninguna conciencia de lo que se dice. Hablar de paporreta.

Pues sí, sí, resulta que aquella palabra que yo aprendí -y usé- hace muchos, muchos años, resulta que –al parecer- fue importada hace muchos, muchos más años, desde El Perú. Yo que siempre creí que las palabras del castellano que se encuentran en la América latina tendrían su origen en la cuna del castellano, o sea Castilla, mira por dónde me encuentro una que la hemos importado nosotros de allende los mares.

Pero lo más curioso es encontrar un peruano en una aldea castellana (mi pueblo) donde si, en el siglo XIX (no sé si antes), hubiera aparecido un americano de El Perú lo habrían considerado un extraterrestre. Pero es que, si el peruano no llegó ¿cómo llegó paporreta? Por eso os pido ayuda.

“El que más sepa que más diga”. Así comencé mi sorprendido escrito reclamando del mundo de la sabiduría ayuda que me aclare mis dudas: ¿la palabra es peruana, o castellana de Castilla? ¿A que mis dudas son razonables?

Filólogos del mundo: espero vuestras noticias en:

Camporredondo (VA) a 20 de diciembre de 2015.


P.D. La palabra, que se me había pasado, la incluiré en el “Diccionario de Camporredondo”.

Paporreta.- Masa blanda e insustancial de cualquier cosa. También hay quien usa paparreta en vez de paporreta, pero son minoría. ("La fruta se ha estropeado, está hecha paporreta").

lunes, 25 de enero de 2016

¿Gario y celemines?

La labradora, el bieldo, la cuartilla y la media fanega

Que nadie se preocupe: hasta donde pueda llegar, llegaré.

¿Tiene alguna importancia que lo que nos muestra la preciosa labradora sea bieldo, cuartilla, media fanega… o, como nos dice el "experto”, sean gario y celemines? Perdonad que, directamente, sea yo el que responda: sí, sí tiene mucha importancia, porque confunde, o desinforma, a generaciones futuras. Estas medidas para áridos… ¡ya son historia! Si las futuras generaciones son informadas por "expertos "como el que nos ocupa, jamás sabrán que el bieldo servía para separar el grano de la paja (beldar o aventar) y el gario -cuya capacidad multiplicaba varias veces a la del bieldo- para mover la trilla, o trasladar la paja de un lado a otro (cargar la tolva de la aventadora, retirar la paja separada del grano, cargar la paja y trasladarla hasta el pajar o el pajero, etc. Tiene importancia porque tampoco sabrán que el celemín fue una medida para áridos equivalente a 1/12 de fanega o 4,625 litros. Que, por tanto, la cuartilla equivale a 13,875 Litros. La media fanega equivale a 27,75 litros y la fanega a 55,5 litros. En fin, que no es lo mismo el remolque del tractor que el rural carretillo, de cajón, de mano. Y ya, de paso, digamos al doctor: no es lo mismo una cuartilla que un folio, eso lo sabe usted por el mismo motivo que yo sé que el bieldo y el gario no son iguales, y el celemín y la media fanega tampoco.

No me imagino al “experto” impartiendo clases-charla por colegios e institutos a niños que a partir de la charla se les priva de conocer los medios, usos y costumbres de sus antepasados, porque un “iluminado”, que desconocía absolutamente este mundo, así se lo dijo. Hasta quizás algunos, a los que sus abuelos informaron correctamente, sean cateados por el inculto profesor.

No culpo, sólo, al autor de estos desaguisados, sino a las autoridades académicas que están obligados/as a velar por la historia y la cultura: consejería de cultura, Diputación provincial, universidad, etc. etc. etc.

Sigo, rogando primero, y, si puedo exigir, exigiendo después, control sobre lo que ya forma parte de nuestra historia rural: merece un respeto.

El autor está tan convencido (nada hay más atrevido que la ignorancia), que no se corta ni un pelo en ofrecernos la entrañable fotografía de una preciosa labradora, con las paredes de adobe como fondo, en las que se apoyan el bieldo, la cuartilla y la media fanega. Así lo encontré y así os lo presento.





Jorge Urdiales Yuste
¡Esta es la Castilla de mis bisabuelos, con sus adobes, sus garios, sus celemines...! Y yo con casi tres años la disfruto este verano.








¡Menos mal que ha acertado con los adobes!  Como veis no queda ahí la cosa: la niña sigue, según el autor, manejando el “gario” (foto inferior). Parece que el bieldo para el autor no existe… bueno, está claro que lo desconoce.






¿Explotación infantil? Bueno, en Castilla en verano todos tienen que ayudar. Jimena trillando, Rodrigo de mochil y Mencía con el gario, ya la veis.










Espero y deseo que Jimena no esté trillando con la horca y Rodrigo, como mochil, o motril, segando con la tornadora.

Querida labradora: ojalá que algún día tu informante sea un verdadero experto y pueda trasmitirte lo que fue la vida en el mundo rural allá por la mitad del siglo XX.

Y ya, como final, añadir que con el bieldo se beldaba o aventaba la trilla (se separaba el grano y las granzas, de la paja) y con el gario se gariaba (se trasladaba de un sitio a otro) la trilla o la paja, pero el gario no hubiera sido práctico para aventar: si queréis algún día lo razonamos. Sí, ya sé que el DRAE recoge el gario como instrumento para aventar pero… el DRAE ha manejado poco el gario. Ya os lo contaré.

De momento… ¿por qué a la máquina aventadora se la llama también beldadora? ¿Por qué no se la llama gariadora si, como dice el DRAE, el gario era un instrumento para aventar? Ya sé que sirve de poco, pero no me rindo: ¡respeto a este mundo rural!

Adquiero, desde este mismo momento, un compromiso con vosotros: voy a dedicarle una entrada a todos los útiles de la era, desde el horcón hasta el gario, siguiendo correlativamente el orden del uso que de ellos se hacía, esperando que todos bienintencionados que hablan sobre estos útiles me corrijan en todo lo que no estén de acuerdo. Sólo así podrán pasar a la historia tal cual sirvieron.


Camporredondo, 12 de enero de 2016.

martes, 3 de noviembre de 2015

El matacán de los majuelos de La Gamarra

Desde que comentáramos la entrada “Enmagrecer” (10-5-2014), donde hicimos mención a “El matacán del majuelo” (“Viejas historias de Castilla la vieja” de Miguel Delibes"), no he dejado de pensar en los puntos coincidentes en los dos casos: el narrado por Delibes y el acaecido en Camporredondo allá por los años 30 ó 40 del siglo XX.

Ha sido esta noche –al llegar a cierta edad dicen que se duerme menos- que, en mí duermevela, ha vuelto la liebre a correr por los majuelos del camino Entrecarreras y las laderas de La Gamarra en dirección al Hoyo Simón y al Monte Arenas: su perdedero natural.

Comparando “El matacán del majuelo”, “Viejas historias de Castilla la vieja” de Delibes, con el matacán de las viñas y las laderas de la Gamarra de Camporredondo, mi pueblo, veo que son dos gotas salidas por la misma espita. Vean si no:

Fue aquella noche, otra más, en que al margen de la partida de cartas para dirimir quién pagaba la envuelta (botella, con caña de paja) de vino tinto con gaseosa, más los cacagüeses (cacahuetes) se entabló la tertulia (afortunadamente no había televisión) que solía seguir a la partida. Félix García, entre risas y rascadas de la calva bajo la boina capona, tomó de nuevo la iniciativa para revivir la historia del matacán de los majuelos de La Gamarra y La Cal.

Mi jovencísima azotea (no más de seis años) que, en aquel tiempo, se mantenía despejada y ávida de almacenajes, estaba atenta a cada detalle del curioso caso del matacán de los majuelos del camino Entrecarreras y La Gamarra.

Félix no contaba nada que los demás no supieran, pero cada uno iba añadiendo anécdotas sobre las peripecias persiguiendo a la liebre que tomaba el pelo a todos los galgos y galgueros habidos y por haber.

Después de tomar el pelo a todos los galgos del pueblo, al matacán de Camporredondo no le asustaba volver al sitio de costumbre. Todo podía ser otra carrera más. Hasta me atrevería a afirmar que para la liebre era como un juego en el que siempre llevaba los mejores triunfos, o casi todos ellos.

El caso del matacán fue tomado como un reto entre la liebre y los galgueros del pueblo.

Bonifacio Alonso, en adelante tio (tio, sin acento ortográfico) Alonso que era como se le conocía, tenía el mejor galgo que jamás se hubiera conocido -eso decían- en todo el contorno.

El tio Alonso, además de ser guarda del campo, era el más experto cepero y lacero. Allá donde colocara su trampa no fallaba, ya fuera el cepo o el lazo.

Decía que los galgueros del pueblo, dado que el matacán parecía mofarse de sus perros, recurrieron al tio Alonso para acabar, de una vez por todas, aquel reto que no podían tolerar por más tiempo. Acordaron ver correr al mejor galgo conocido detrás de la liebre más fuerte y astuta que jamás pateó el término de Camporredondo.

Así fijaron el día y la hora del lance. Como la liebre se lo tomaba a chufla, sabían que ella no fallaba… y no falló: allí estaba. Levantado el matacán, el galgo, entre las cepas, se lanzó tras de la liebre y, si bien al principio creyeron que la daría alcance -llegó a estar a dos palmos del rabo- cuando le liebre puso sus cuatro patas en la ladera, el galgo y los galgueros, otra vez más, se quedaron con dos palmos de narices. Se buscaron mil excusas: que si el galgo estaba frío… que si tenía las patas aspeadas… lo cierto es que repitieron la intentona y la liebre también la repitió: no había forma de darle caza.

Programaron un tercer y tramposo lance. Esta vez serían los galgos y dos escopetas las que se encargarían de lavar aquella afrenta.

Una de las escopetas se situó en el cerro de las laderas de La Gamarra y la otra entre los pimpollos del perdedero natural. Pero la liebre, además de tener unas patas dignas del mejor atleta leporino, también debía de tener vista de lince. Total que al primer escopetero le guipó y como su problema no era recorrer unos metros más o menos, dio un pequeño rodeo dejando al cazador “a verlas venir”, mejor dicho: a verla ir. La liebre enfiló hacia el Hoyo Simón y desde allí al perdedero natural en El Monte Arenas. El animal no pudo ver lo que había tras aquel pimpollo y fue allí, cuando ya pisaba su terreno más seguro, cuando asomaron los caños de la paralela y con dos disparos se acabó el mito: allí quedó sellada la historia del matacán de los majuelos del camino Entrecarreras al que sólo con trampas pudieron derrotar.

No puedo decir donde se guisó y comió: no me acuerdo. Lo que si os puedo asegurar es que la liebre se comió (¡no faltaría más!) por mucho que supiera a bravío; con arroz o alubias seguro que fue un banquete para sus cazadores.

Diferencias -si hay alguna- entre “El matacán del majuelo” de Miguel Delibes Y el matacán de los majuelos del camino Entrecarreras de Camporredondo:

El majuelo no era el del tío Saturio. Los majuelos eran de varios dueños en el pago llamado La Gamarra, al norte del pueblo, en el espacio que hay entre la cañada de Carramambres, el camino de La Parrilla y el camino Entrecarreras.

El matacán es una liebre muy baqueteada, corrida muchas veces, grande y fuerte: muy difícil para los galgos. Ya hemos dicho que la liebre no encamaba en el majuelo del tío Saturio, sino en los majuelos de varios dueños. No subía por el Otero del Cristo, sino por las laderas de La Gamarra. El perdedero natural de la liebre era el Monte Arenas, monte lindante con el Hoyo Simón, que, por comparación, podíamos decir que fuera la vaguada de la que nos habla Delibes. ¿Los nombres de los escopeteros? lo siento: no me acuerdo. Aunque sí dijeron el nombre del matador. El nombre de los galgos tampoco me acuerdo. Pero puedo asegurar que ninguno era del Ponciano. Ponciano era taxista en Valladolid por aquellos años y no sé que nunca fuera galguero ni cazador. Sí pudo saber la historia (incluso pudo haber participado como espectador) del matacán del los majuelos del camino Entrecarreras. La historia fue muy comentada por todo el contorno y él venía por el pueblo con cierta regularidad.

Ya hemos dicho que el galgo era del tio Alonso, a su vez guarda del campo, lacero y cepero donde los haya, y no el lebrel de Arabia de don Benjamín. Los galgueros y simpatizantes no corrían en el caballo inglés llamado Hunter, la gente se limitó a contemplar la carrera desde el camino Entrecarreras o sus proximidades.

Desconozco si el caso llegó hasta el púlpito, si os puedo decir que el matacán llegó a estar considerado como caso por encima de lo normal (no me atrevo a decir sobrenatural).

Y nada más. Puedo dar, y doy, los nombres habituales de los participantes en la tertulia en la que, entre otras tantas anécdotas y curiosidades, comentaron sobre la superliebre: el matacán de los majuelos de La Gamarra. Ahí van los nombres:

Moderador Félix García como ponente del caso. Tertulianos: Severiano Sastre, Dalmacio Busto, Maximiliano Noriega, Rufino Busto, Germán Matesanz (hermano de Ponciano) y Gaudencio Busto como dueño de la cantina. Sé que eran más pero para serle fiel al caso debo decir que no me acuerdo, han pasado casi 70 años y la grabación debe estar muy al fondo del disco duro que lo soporta.

Quede para el recuerdo el matacán de los majuelos de La Gamarra, así como los propios majuelos desaparecidos en los años 50 y 60 del siglo XX por su baja rentabilidad. De ellos quedan poco más que los recuerdos: quedan algunas cepas viejas y abandonadas de tiempos de miseria, pero tiempos en los que los habitantes del pueblo comentaban sus cosas en tertulias de cantina, en solanas, o en las noches serenas del estío castellano. Tertulias que se formaban en las puertas de las casas. No tengo que decir que en aquellos años no había en el pueblo ni un solo aparato de radio y la televisión era un objetivo a muy largo plazo.

La tecnología (fotografía) nos permite aproximarnos a la realidad física del entorno en el que transcurrió la historia del matacán de los majuelos de La Gamarra al norte de Camporredondo y a pocos cientos de metros del pueblo.

Sólo añadir que el número de majuelos en aquel tiempo era considerablemente superior al que muestra la fotografía. El llamado progreso fue acabando con los majuelos y las bodegas en las que se conservaba su fruto.


Camporredondo, 24 de julio de 2015.

miércoles, 8 de julio de 2015

Boruga 2

En fecha 4-6-2014 en “La Pizarra de Gaude “sección “en camisas de once varas” ya hice un  comentario sobre esta palabra.

Al observar que ahora el autor del “diccionario” ha incluido alguna mejora pensé: algo debemos mejorar para ponernos a tono con el nuevo-viejo “diccionario” y ahí va:

Quiero y debo agradecer la mejora, porque con ella sé que la boruga -que yo desconocía- no es exclusiva de Cuba y República Dominicana (países de las Antillas) como nos dice el DRAE y recoge el autor en el “diccionario” editado por Instituto castellano y leonés de la lengua. Ahora, en el editado por ediciones Cinca, nos amplía la zona y parece que el refresco es común a las 13 islas antillanas: gracias.

Dice el autor en la mejora incluida en el “Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes” editado por ediciones Cinca:

Boruga: En las Antillas, refresco de requesón batido con el suero de la leche y azúcar. (Investigación de campo)

Sin embargo, me llama la atención que en la correspondencia que, al parecer, mantiene el autor del "diccionario" con el escritor, la palabra boruga -que ahora nos ocupa- no aparece incluida entre la correspondencia que nos ofrece en el último diccionario. No tengo por qué dudar, ni dudo, de lo que el "experto" autor nos dice: "Boruga: una fase del queso. (Miguel Delibes, 1 de octubre de 2003)"

Pero lo que me sugiere es una pregunta: en la entrevista que para el periódico El Mundo concedió a la periodista Pilar Ortega Bargueño, en la que, parece, que el escritor no se muestra muy satisfecho con la obra de Jorge Urdiales, entre otras cosas, Delibes dice: “… No subrayó mis subrayados. En ese diccionario hay palabras de pueblo y palabras de región. No todas valen…” (el recorte del periódico ya lo incluí en una entrada previa). Entonces -porque no lo entiendo- pregunto: si en la correspondencia que Urdiales nos ofrece, Delibes contesta a todas las palabras consultadas, sin subrayar ninguna, ¿se refiere el escritor a otra correspondencia no presentada a sus lectores por el señor Urdiales? Me surge la pregunta porque me sorprende que Delibes nos diga que boruga es una fase del queso, cuando parece ser -yo lo desconozco- que el refresco se obtiene batiendo la cuajada con el suero añadiéndole azúcar. Por tanto, nada que ver con aquello que, después de elaborado, será queso.

Resumiendo: boruga es un refresco que se obtiene batiendo la leche cuajada con el suero y añadiéndole azúcar. ¿Qué tiene que ver el queso con el refresco? Sí claro: los dos son derivados de la leche, sí: como el yogur. En este caso cuajamos leche con el ánimo de hacer un -no me cabe duda- buenísimo refresco. El queso lo haremos en otro momento, de la forma que ya dijimos en “La pizarra de Gaude” “El queso de Camporredondo”.

Nota aclaratoria: Sí, ya sé que el DRAE al referirse a la boruga también le da el significado de requesón… Pero es que yo, que sólo soy un humilde hombre de campo digo, porque así fue, al menos, desde que en mi pueblo se hacía el queso: la cuajada y el requesón son dos productos derivados de la leche; pero no son lo mismo. La cuajada se obtiene al cuajar la leche y el requesón se obtiene del suero hirviéndolo después de separarlo de la cuajada. Sí, sí, sí, los dos son derivados de la leche, pero son distintos… ¿el queso también es requesón?

Reconozco que soy obstinado (cabezota) pero es que no hay nadie que rebata lo que digo: yo cogía el herradón y ordeñaba las ovejas. Después mi madre filtraba la leche, le añadía el cuajo y la templaba para que cuajara con más rapidez. Una vez cuajada, separaba la cuajada y el suero. Con la  cuajada hacía el queso y del suero –previa cocción- sacaba los buenísimos requesones. Los residuos de este proceso se daban a los cerdos que, dicho sea de paso, iba muy bien.

Añadimos un esquema que, creo, es aclaratorio. La fase del queso la forman las casillas 1 al 8, y la fase boruga la forman las casillas 1 al 3 y  9.



1
.-
Leche filtrada
2
.-
Cuajo
3
.-
Leche cuajada
4
.-
Cuajada
5
.-
Suero
6
.-
Queso
7
.-
Requesón
8
.-
Residuos. Suero para los cerdos
9
.-
Boruga.

Curiosidad: en la tercera edición del Diccionario de la Lengua Castellana (1791), la palabra boruga no estaba recogida.

Camporredondo 12 de junio de 2015


lunes, 16 de febrero de 2015

La muñeca


Con esta entrada –que dedico a todos los seguidores de “La pizarra de Gaude”- quiero rendir homenaje a las compañías de comediantes que, de pueblo en pueblo, paseaban su miseria emocionando y entreteniendo a la población rural. Ellos nos dejaban su arte y nosotros, haciendo un tremendo esfuerzo, nos gastábamos una peseta y con ello ayudábamos a mitigar el hambre a aquellas familias de artistas frustrados que paseaban su arte por las polvorientas carreteras de Castilla.

Quizás tuviera yo seis años (años 1940) cuando la compañía de “Cásper Ledesma” llegó a mi pueblo. Hizo su representación (dos días). No me acuerdo de la obra representada, (pudo ser “La malquerida”, “Terra Baixa”, “El Idiota”,”Marianela” o cualquier otra del amplio repertorio del teatro clásico con el que nos deleitaban). Pero sí recuerdo la poesía que un actor, -quizá el más joven- recitó para nosotros. Fue tal la emoción que sentí que me la aprendí de memoria (entonces mi disco duro estaba virgen y almacenaba todo lo que le echaban).

Pasaron los años y, cuando hace pocos comencé a teclear este artilugio, quise saber si en internet se diría algo del poema y la encontré. Por eso sé que esta preciosa poesía es de Vital Aza. No tengo ningún mérito en ello pero si quiero, como decía al principio, rendir un homenaje a aquellas familias que, careciendo de mejores escenarios, se acercaban hasta nuestros pueblos dejándonos lo mejor de su repertorio.

“Hoy echan comedias” se decía, y a la hora convenida cogíamos la silla y la peseta y allá nos presentábamos a ver las comedias.


Para los que no la hayáis leído aquí tenéis…

Lejos queda –afortunadamente- la imagen del niño pordiosero suplicando de puerta en puerta una limosna hasta lograr un trozo de pan con el que llenar su estómago. La posada la tenía asegurada: millones de lámparas “led” velaban sus sueños allá, a millones de kilómetros.
Camporredondo, 11-2-2015



Cuna y muñeca. (año 1931)
Muñeca y carretón (1931 y 1923)

La muñeca y el hogar




Muñeca comentando el expositor

miércoles, 11 de febrero de 2015

¿Dónde está el necio? ¿quién es el necio?

Aún teniendo algunas discrepancias con el autor del poema, siento la necesidad de enviarle un abrazo allá donde se encuentre el “niño de la Pizarra”.

El niño de la pizarra me contó como un día acudió a un taller para personas mayores -él quería ganarle al tiempo lo que otros le habían robado a él-.

En aquel taller de escritura -muy bien dirigido según me cuentan- un día pidió el profesor a sus alumnos que hicieran un escrito (poco importa ahora el tema elegido). Seguramente porque algo debería transmitir su autor, el trabajo fue expuesto en sitio que todos pudieran ver y analizar.

Estando en clase, el autor del trabajo (niño de la pizarra) escuchó lo que un verdadero necio preguntaba: “¿qué necio habrá escrito esto? no dejarán expuesto ese trabajo ¿no?, sería una vergüenza, ¡está lleno de faltas de ortografía!

Foto tomada el año 1948  (primer curso)
El autor sintió rabia, pero no dijo nada, consintió que aquel gusano siguiera royendo sus entrañas hasta que un día quiso contarle al viento sus penas, quizás con el ánimo de que algún día llegara hasta el, seguramente necio que se creyó príncipe de las letras, que no se paró a preguntar quién era el autor de aquel trabajo que quizá no entendía.

Fruto de aquel desencanto nació este sencillo –o no tanto- poema en el que Félix Sanz Toral narra lo que muchos niños tuvieron que hacer para subsistir en tiempos muy difíciles que los verdaderos necios no son capaces de entender:




LOS NIÑOS DE LA PIZARRA


Los niños que escupían
en la pizarra
son los niños a quien la guerra
robó su infancia.
Aprendieron a leer y escribir
con muchas faltas
el trabajo curtió sus cuerpos
y el sol sus almas.
En los días de invierno
van a la escuela
después la abandonan
en primavera.
Sus débiles cuerpos
trabajaron la tierra
para que hoy otros tengan
confort y riqueza
El alma en silencio
se queja de rabia
al ver a insensatos 
que necios les llaman.
Sin reparar cuales fueron 
sus circunstancias
sin valorar la sangre con que marcaron el camino
por el que otros avanzan.
Yo vi a los niños 
de la pizarra
escribir sus poemas 
en la tierra mojada
Y vi al viento ladronzuelo 
que los borraba
llevándose en su seno
los que más le gustaban.
Pasaron los años y al viento 
no le sirven de nada
y busca a sus dueños 
y se los regala.
A los niños les parecen sueños
sueños de hadas
mas son los poemas que un día escribieran 
en la tierra mojada
En la escuela de invierno se cuela el viento
por la ventana
para ver a sus niños de ayer
con arrugas y canas.
Con cariño les dice quiero que volváis
A vuestra infancia
os entrego vuestros poemas
a mi no me sirven de nada.
Yo vuestros versos cantaré 
dondequiera que vaya
fuisteis sembradores de amor
al venir el alba.
Otros en la oscuridad siembran 
odio y cizaña
ojalá su simiente entre abrojos 
y pedregales caiga.


Félix Sanz Toral:
Otro de tantos niños de la pizarra que, a ratos, pudieron acudir a la Escuela Nacional.

Un día en que yo animaba a Félix a que escribiera más, se prodigara más, (es lo que él quería) me dijo algo que me llegó al alma: “Gaude, no escribo porque pongo muchas faltas de ortografía”.

Aquello me llegó a lo más hondo de mi ser y reaccioné diciendo: Félix, si después de lo que ha llovido sobre nuestras espaldas, más sobre las tuyas (1935), tampoco se nos permite poner faltas de ortografía que alguien pare esto porque yo quiero apearme.

Conocí, corrí y jugué con muchos niños de la pizarra, entre ellos verdaderos catedráticos, aunque les faltara el título.

Camporredondo, 8 de febrero de 2015


PD. Nota aclaratoria para el erudito al que tanto molestaban las faltas de ortografía: los niños de aquel tiempo escupían en la pizarra para borrar lo escrito y secarlo después con un trozo de almohadilla que las madres preparaban y después poder seguir escribiendo con el pizarrín sobre la misma pizarra. El papel, señor erudito, escaseaba y quedaba fuera del alcance de LOS NIÑOS DE LA PIZARRA.




sábado, 22 de noviembre de 2014

La abuela

Con mi admiración y cariño a todas las abuelas del mundo, especialmente a las abuelas rurales


A hora muy temprana la abuela se pone en pie, se asea y desayuna. En la casa nadie sabe que la abuela se ha levantado: ni un solo ruido, ni una puerta golpea ni hace ruido. La abuela, en silencio, barre, friega, y pasa el polvo con el oído siempre alerta para cuando su nieta la reclame.

A lo lejos ladra un perro,

¡Maldito seas! ¡me la vas a despertar!

y sigilosamente la abuela se asoma al dormitorio donde duerme su tesoro.

¡Qué bonita es!

La contempla un momento y vuelve a su quehacer para tener todo a punto cuando su niña despierte: la ropita limpia y planchada.

¿Qué podré ponerla hoy para que esté más guapa? Este conjunto le queda muy bien.


Se hacen las nueve y mi tesoro no se despierta...

Entonces se decide a abrir la puerta del dormitorio y...

¡Que todo el mundo se calle, que mi niña duerme! Aunque... el caso es que tiene que ir al cole. Bueno... otro poco, al fin y al cabo todavía no es obligatorio y sólo va a jugar. ¡Duerme otro poco, mi amor!


Otro rato la contempla ¡qué guapa es! prepara el desayuno y, en esto,

¡Abuela, men!
¡Ya voy, mi vida! ¿qué quiere mi tesoro? ¿qué tal ha dormido mi amor?

La abuela ya puede llenar de besos a su corazón. La niña mira a su abuela y...

¡Al cole, no!

Llega la primera puñalada al corazón.

No, hija, no. ahora vamos a hacer un pipí
Sí, abuela. pero al cole, ¡noooo!

La abuela estrecha entre los brazos a su amor y, después del pipí, se enfrenta a otro grave problema: su niña no quiere desayunar. Mala comedora desde que nació, hace que la abuela eche mano de toda su capacidad como contadora de cuentos, Cuentos que ella no sabe porque, cuando era niña, nadie tuvo tiempo para contárselos. Sin embargo ...

Érase una vez un niño tan pequeñito, tan pequeñito, que le llamában garbancito...

La niña, fijos los ojos en los de su abuela, repite...

Abuela, ¡al cole nooo!

Los ojos de la abuela brillan intensamente; sobre el párpado inferior hay dos perlas a punto de desprenderse y aun así

... un día, sus padres le mandaron a comprar un centimito de azafrán. Entonces se puso a llover y garbancito, para no mojarse, bajo una col fue a resguardarse...

la niña no pierde detalle y así, poco a poco, sin darse cuenta, el desayuno va desapareciendo y, de repente,

Al cole, ¡nooo!

Las perlas de la abuela ya no se aguantan y resbalan por los surcos que, por el tiempo y el trabajo, empiezan a marcar su cara.

Pero su niña no puede ver que la abuela llora; sufriría y eso no puede ser. Rápidamente con una toallita o el envés de su mano, enjuga las lágrimas que puedan delatar el sufrimiento. Entretanto...

Abuela, al cole, ¡nooo!

Mira, mi amor, al cole sólo vamos un poco, damos de comer al gallo Pepe y nos venimos, ¿vale?. Sí, mi amor, con abuela.

La abuela no quiere mirar el reloj, ¡maldito seas, cuánto corres! que le dice que son las diez y que la niña ya debería estar allí. pero bueno, sólo son diez minutos de camino, tampoco es tanto. Después, por el camino...

¡No voy a llevar a mi niña corriendo!

Piensa en la diaria excusa ante la señorita y...

Me he retrasado un poco, como la niña come tan mal... por favor, ¡tenga cuidado si devuelve!

Sí, señora, no se preocupe que, si devuelve, nosotros le damos sus cereales con leche.

Gracias, señorita. Adiós.

La abuela siente que el corazón se le escapa detrás de su niña sin poder darle un beso de despedida porque sería peor: la niña no debe darse cuenta de que su abuela se va.

La niña dice

Abuela, ¡aquí!
Sí, mi amor, abuela aquí con su niña, ¿vale?
¡Vale!

Mientras entra con la señorita, que la lleva en sus brazos, la abuela, sin que nadie la vea, pasa por las ventanas del patio hasta que pierde de vista a su tesoro. Entonces...

¡Qué tarde es!

Hay que hacer la compra y recoger el pan. Rápidamente, la abuela pasa por la tienda, hace sus compras, y para casa, porque hay que preparar la comida para cuando todos vengan a comer ¡hay tan poco tiempo!

¡Vaya, si son las once y media! ya tengo que recoger a mi niña. ¡Maldito reloj! si parece que no avanza

y, a las doce menos veinte,

¡Me voy!

Pero... ¿adónde vas tan pronto, abuela?

Es que... tengo que recoger una cosa que se me ha olvidado...

A las doce menos no sé cuantos minutos, la abuela ya está a la puerta del colegio a recoger el corazón que hace poco más de una hora dejó allí encerrado y vuelven las dos a casa con la alegría a flor de piel.

Vuelve la lucha con la comida, pero sin agobios. Su niña después dormirá la siesta hasta que...

Abuela, ¡men!

La abuela entra y la toma en sus brazos y, como si la hubiese administrado un sedante, vuelva a dormirla para casi otra hora y, soy testigo de ello, durante esta segunda siesta, los ojos de la abuela no se apartan ni un instante del tesoro que tiene entre sus brazos. Y, ahora, un vaso de leche para mi niña. Después, la abuela se arregla y yo pregunto ¿adónde vas?

Pues a dar un paseo a la niña, ¡no va a estar todo el día en casa!. Venimos pronto, que tengo que planchar.

Así cuatro días a la semana. El quinto es más fácil: el viernes tiene algo que ofrecer a su niña.

Mira, vida mía, como mañana es sábado, no hay cole y pasado mañana, que es domingo, tampoco. Así que ¡hasta el lunes! ¿vale?
¡Vale!

Este viernes:

¿No me encuentro bien? Parece que me duele la cabeza.

La abuela marcha por la tarde a la montaña porque la niña tiene -y debe- estar con sus padres el fin de semana. Pero, esa noche, la abuela no puede dormir, la duele todo el cuerpo y tiene fiebre: es la gripe. Para remediarlo se toma unos sobres de no se qué que le recetó el médico y se toma miel con agua caliente y limón, que una vecina le dijo que es "mano santa" y la abuela se pasa todo el sábado y el domingo envuelta en una manta recostada en el tresillo y...

Oye, ¿por qué no te acuestas?

No, déjame, que estoy mejor aquí

Es que la abuela tiene que preparar la comida.

El domingo por la tarde,

¿Cómo estás?

Ya parece que estoy mejor.

Claro, mañana es lunes, yo quiero preguntar...



Abuela, ¿de qué estás hecha? ¿qué instinto te guía, que hasta eliges cuándo puedes ponerte enferma? Mira, abuela, estoy muy enfadado conmigo mismo. ¿Por qué? Pues porque no soy capaz de expresar lo que quisiera decirte. ¿Te parece poco? También estoy enfadado con la sociedad en la que te ha tocado vivir. ¿También preguntas por qué?

Verás abuela, si mañana, cuando te hagas mayor, tienes la mala suerte de que tu amigo, compañero, en fin, tu marido se va, pasa a eso que llamamos mejor vida, vendrá el político de turno -sea del color que sea- y que no es como tú, abuela, y te rebajará tu pensión a menos de la mitad y es que, claro, debes comprender que no hay dinero, que no se puede asfixiar con impuestos a tus nietos. Bien al contrario, debemos rebajárselos ¡pobrecillos! El año pasado sólo pudieron pasar un mes en las Bahamas y el año que viene quisieran ir a esquiar a algún pais nórdico o, tal vez, a algún safari en África Central. Sí, eso, un safari. Pero, ¿tú sabes lo que cuesta eso? No, claro que no lo sabes. Por eso, lo que debes hacer es, de esa media pensión que la política te asigna, ahorrar y ayudar a tus nietos para que después te sientas orgullosa de las fotos ellos consigan al lado del león abatido, mientras tú, con tu pensión de miseria pagas gastos de casa, gas, luz, calefacción... no, calefacción no necesitas. Si tienes frío, como dispones de mucho tiempo, ya que no tienes que cuidar a tus nietos, te tejes una buena chaqueta de lana y unos calcetines que serás la envidia de todo el mundo. Y, eso sí, sobre esta lana que compres, sólo te cargaremos el 21% -piensa que todo el mundo tiene que pagar impuestos-. si no ¿de dónde te darían la pensión que cobras? ¡y no te preocupes tanto! que cuando no puedas valerte, te hemos preparado una buena residencia que será como un hotel. Allí sí que estarás bien, rodeada de viejecitos que te recordarán en todo momento que ya no sirves para cuidar niños, que tu tiempo ya ha pasado, que puede ser cosa de días, tal vez meses... con un poco de suerte, algunos años. Y tú, abuela, seguirás justificando a todos: hay que ver lo que trabajan, y qué buenos son, cómo, pensando en ti, buscaron esa residencia tan buena para que estuvieras bien. Y qué inteligentes son, es que son listísimos, ¡si vieras su casa! Esto contarás a tus amigos en tu aparcamiento, en tu asilo, abuela, que eso es lo que es, aunque se esfuercen en buscarle un nombre muy rimbombante -sí, es un asilo-.

Y mientras tu nieto llena su casa de trofeos desde esos grandes safaris, en buena parte con lo que tú fuiste capaz de ahorrar para ellos, tu estarás pasando miedo y te darás cuenta de que tus días se acaban y que estás sola pero no importa, hay que ver qué buenos son tus nietos, que no van a verte porque no pueden ¡tienen tanto trabajo!

Pero yo te digo, querida abuela, que, aunque tú quieras justificarlos, en tu mirada se nota el sufrimiento que llevas dentro. No te engañes, abuela. Tu corazón te domina pero tus ojos hablan por ti y es fácil leer en ellos.

Y tranquila abuela, el día que descanses volverán, porque entonces sí tendrán tiempo. Irán al banco, no por nada, es que lo que haya allí era de su abuela y les pertenece ¡con lo que ellos querían a su abuela! Si hasta vinieron a buscarla en navidad para cenar todos juntos, aún teniendo un compromiso muy especial... un buen nieto siempre sabe sacrificarse por su abuela. 

Bueno, abuela, ya te he dicho que estoy muy enfadado conmigo porque no sé expresar lo que quisiera decirte pero, eso sí, abuela, esposa, madre, hasta aquí sí que llego y es que, además de admirarte, te quiero con toda mi alma, abuela.


Basado en la vida de tres abuelas a las que quise y admiré.