martes, 25 de junio de 2013

Estampas de otro tiempo. El Santo Cristo del Amparo

De las imágenes que se agolpan en nuestra sexagenaria retina intentamos, hoy, seleccionar una de las más entrañables que, otrora, se producían en mi pueblo. Son imágenes que en Camporredondo, cada primavera, se repetían.

Eran los tiempos en que los niños jugábamos al fútbol en la polvorienta plaza del pueblo, mientras esperábamos la entrada a la escuela, o durante el recreo, sin ser importunados por los vehículos autopropulsados. Eran tiempos en los que, aún, la familia estaba formada por abuelos, hijos y nietos sin que nadie se preguntara si la casa era grande o pequeña. Entonces se compartía lo que hubiera, incluso las muchas carencias que en estas tierras castellanas padecíamos.

En aquel ambiente, el agricultor camporredondés, como el agricultor castellano, siempre pendiente del cielo, no podía hacer otra cosa que esforzarse al máximo para intentar producir las mejores cosechas y esperar. Esperar a que los meses clave para llenar sus graneros y despensas fueran favorables, pues de los meses de abril, mayo y junio dependía que el cocido volviese a hervir, durante todo el año, sobre los fogones de nuestras cocinas y los hornos perfumaran el ambiente con su olor a pan recién cocido.

El agricultor de mi pueblo desde que, allá por el mes de septiembre, sembrara el centeno (de este cereal se decía: “el centeno segado y sembrado”) ya no paró, sembradera al hombro, de esparcir el grano con la esperanza puesta en “su” Santo Cristo del Amparo, pues Él siempre sería su mediador para que, en caso de necesidad, la lluvia acudiera oportunamente a los campos de Camporredondo.

Cuando la diosa Ceres se descuidaba y la lluvia se retrasaba, las gentes de mi pueblo nos desplazábamos hasta el Humilladero y, de su ermita, a hombros, se trasladaba al Santo Cristo del Amparo hasta la iglesia del pueblo y allí se iniciaba su novena en demanda del tan preciado líquido pues, si éste se retrasaba, la vida se nos haría imposible.

Para que nuestros ruegos no pasaran desapercibidos o, mejor, para darle mayor fuerza ante nuestro Valedor, compusieron una plegaria-canción que, a continuación, reproducimos en un intento por dejar patente la fe que, al menos en aquellos tiempos, el pueblo de Camporredondo tenía en “su” Santo Cristo del Amparo.

La primera estrofa (y estribillo) que su autor/es compusieron no podía ser otro (acordaos: “dejad que los niños se acerquen a mí”) que ésta:

Agua pedimos, Señor
Agua pedimos, Dios mío
Agua pedimos, Jesús
Te lo suplican los niños.

En el pueblo nadie podía quedar al margen de nuestras súplicas, pues el agua la necesitábamos todos y a todos favorecía. Esto nos lo recuerda la estrofa siguiente:

Todo el pueblo acude a ti
Santo Cristo del Amparo
Danos el agua, Señor
Para regar nuestros campos.

(al estribillo)

El agricultor seguía con sus ruegos y con la humildad que siempre caracterizó al agricultor castellano, pedía perdón. Perdón... ¿por qué? ¿Debías de hacerte perdonar porque eras culpable de trabajar hasta la extenuación? ¿Acaso, como se creía entonces, eras culpable de, para intentar dar de comer a tu numerosa familia, trabajar los domingos y fiestas de guardar?

La estrofa siguiente deja constancia de lo que digo:

El agua no nos neguéis
Por Vuestra Santa Pasión
Os pedimos muy contritos
Que nos perdonéis, Señor.

(al estribillo)

En la seguridad de que el agua estaba en manos del Santo Cristo del Amparo, el agricultor, con la fuerza de su fe, le recordaba el origen del manantial de la vida.

En la estrofa siguiente lo decía así:

El agua no nos neguéis
Pues bien nos lo podéis dar
En vuestro pecho tenéis
Un copioso manantial

(al estribillo)

Una parte importante en la vida de los habitantes de Camporredondo fue El Sotillo. En él, pago de propiedad municipal, cada familia del pueblo disponía de unos terrenos en los que sembraban patatas, alubias, tomates, melones... etc para el consumo familiar. Tal fue su importancia, que no podíamos dejar sin protección divina tan importante parcela.

Ahí está en la estrofa siguiente:

Santo Cristo del Amparo
Que lindas con El Sotillo
Danos agua saludable
Para regar nuestros trigos.

(al estribillo)

Seguidamente, como si el cielo no pudiera ver las consecuencias que acarrearía la falta de agua, el agricultor, por recordarlo no quedaría, avisaba de las catástrofes que esto acarrearía. Y la siguiente estrofa dice así:

¡Qué sería de nosotros
si la lluvia nos faltara
hambres, pestes y miserias
por todas partes se hallaran!

(al estribillo)

Un cultivo importante, en aquel tiempo, fue la avena. La avena fue un cereal que solía sembrarse más tardío y en terrenos menos ricos o fértiles y, por tanto, estaba más necesitado de una lluvia generosa.

La siguiente estrofa, haciendo mención a este cereal, dice así:

Santo Cristo del Amparo
Que lindas con las arenas
Danos agua saludable
Para regar las avenas.

(al estribillo)

Los padres (genérico) camporredondeses, querían que el cielo contemplara nuestras casas y nuestras mesas desabastecidas del más básico de los alimentos y, para eso, compusieron esta estrofa:

¡Qué sería de un buen padre
con los hijos a su lado
todos pidiéndole pan
sin poderles dar bocado!

(al estribillo)

Y volvía el agricultor a sentirse culpable ¡qué ironía! ¡el agricultor, culpable! Sólo se me ocurre una pregunta: ¿Dios será así?

Esta es la última estrofa:

Dios es misericordioso
Pero también justiciero
Si no nos arrepentimos
Nos mirará muy severo.

Agua pedimos, Señor
Agua pedimos, Dios Mío
Agua pedimos, Jesús
Te lo suplican los niños.

Y después de agradecer al sufrido agricultor castellano el que no se haya arrepentido y con la seguridad de que Dios no le mirará muy severo pues, gracias a él, hoy gozamos de un bienestar como jamás hubiéramos soñado en otro tiempo y lamentando, además, que muchos trabajadores del agro no hayan llegado a tiempo de cosechar lo que ellos sembraron, os envío un fuerte abrazo de reconocimiento a vuestro esfuerzo y sacrificio.

El Pastor


Camporredondo, 2.005


jueves, 13 de junio de 2013

Campana de mi lugar

Campana de mi lugar, 
tú me quieres bien de veras,

cantaste cuando nací,

llorarás cuando me muera


Antaño, el poeta, nos dejó escritas estas palabras.

Hogaño… hogaño es otro tiempo. Quizás hoy, el poeta, se hubiera expresado de distinta manera.

Hoy, si bien las campanas, de vez en cuando, siguen llorando tristemente, parece que lo hacen con pereza... con desgana. ¿Qué está pasando? ¿por qué tañen tan lejanas? Pero, sobre todo, ¿por qué no cantan, no repican? ¿Es que, junto con el hambre, también hemos erradicado los sentimientos?

Yo me resisto a creer que esto sea así, pero no encuentro explicación a lo que les ocurre a las campanas de mi lugar. Cuando yo era niño, el sonido de “La Seca” nos iba informando, de forma aproximada, de la hora en que se encontraba nuestra larga jornada laboral.

Por la mañana, al alba, podía despertar a algún rezagado; con su toque de Ave María, sobre media mañana, nos llamaba de nuevo a orar, esta vez, era la llamada a misa por nuestros difuntos; después, a las doce, con sus nueve golpes de badajo (en tres grupos de tres), nos indicaba la hora del Ángelus. Este toque suponía un gran alivio para nuestra martirizada espalda rendida ya, a esa hora, por el peso del esfuerzo realizado durante la mañana.

Después callaba, como si quisiera respetar nuestro bien ganado descanso mientras dábamos buena cuenta de nuestro humilde cocido castellano.

Por la tarde, otra vez se escuchaba el sonido de la campana: era la llamada al rosario. Con este toque, el pulso de los jóvenes de mi lugar se aceleraba: había que darse prisa, porque el amor esperaba a la salida del rezo. No había, en el pueblo, moza que no acudiera a rezar, ni Romeo que no estuviera puntual a la salida. ¡Era la llamada del amor y la campana había sido su cómplice!

No quiero hacerme pesado, pero es que creo que no es justo que hoy las campanas de mi lugar estén casi olvidadas. Si mis fuerzas me asistieran, subiría hasta la torre y, desde allí, estoy seguro de que vería los huecos de El Esquilín y La Verde, donde alguna araña habrá tejido sus telas sin temor a ser molestada.

¿Por qué están casi olvidadas? ¿Es que ya no necesitamos que nos protejan de los nublados que amenazan con asolar nuestras cosechas? ¿Dónde está el “tente nube, tente tú, que Dios puede, más que tú...”? ¿Acaso la fe de nuestros mayores no merece un recuerdo?

Quiero traer hasta aquí un recuerdo de mi niñez, que demuestra la confianza que nuestros antepasados tenían en las campanas de mi lugar.

Venía yo, muy niño, apresurado junto a mi hermano mayor, por el Camino del Olmillo, pues amenazaba un nublado de los de la “Fábrica ‘l macho”. En esto, nos alcanzó una señora que venía dando gritos: ¡corred, corred y tocad a “tente nube”!, ¿no veis que empieza a granizar? Y la señora, que iba llorando, siguió corriendo. En ese momento, el sonido de La Seca y La Verde llegaba a nuestros oídos con su “tente nube, tente tú, que Dios puede, más que tú”, y el granizo se transformaba en una buena “chaparrada”.

Aquella señora, a la que no quiero nombrar... porque no quiero, se volvió hacia nosotros y, aún calada por la lluvia y las lágrimas, nos dijo: “¿Lo veis? Otra vez las campanas nos han salvado”.

No seré yo el que afirme si era el sonido de nuestras, hoy casi enmudecidas, campanas, o no, el causante de aquellos “humildes milagros”. Lo que sí diré es que si “la fe mueve montañas”, tal vez fuera la fuerza de la fe que tenía la gente de mi pueblo, la que hacía derretirse los granizos antes de llegar al suelo de estos campos de Castilla.

Cuando un hijo del pueblo fallecía, el “llanto” de las campanas le acompañaba desde que comenzaba el acto del sepelio hasta que éste terminaba. Y, si el difunto era niño, también sonaba El Esquilín, anunciando que había un ángel más en la gloria. Y las campanas eran volteadas también en las procesiones, y si había incendio tocaban a rebato y cantaban cuando un niño era bautizado y tocaban, y repicaban, y lloraban...

Yo quiero preguntar ¿tanto hemos progresado, que hasta el sonido de las campanas se nos ha quedado anticuado?


                                     Campanilla de San José     Campana de La Cruz            Campana del Rosario                                                                                          
Reclamo mi derecho a emocionarme al escuchar el sonido de “La Seca”, “La Verde” y “El Esquilín”: Las campanas de mi lugar.

El Pastor

Camporredondo, 2005

jueves, 6 de junio de 2013

El pastor recuerda

El invierno estaba siendo duro, las nevadas se sucedían, las salidas al campo con el rebaño eran difíciles, nieve, hielo… las tareas en el campo se hacían imposibles.

Ante la dura realidad que vivía, el pastor recordaba cuando siendo muy niño, no más de cuatro o cinco años, entre los mayores del pueblo que acudían a jugar la diaria partida de cartas en la cocina -cantina a ratos- en la que él se quitaba el frío sentado sobre el fogón del hogar, escuchó el relato que uno de los participantes, antes de iniciar la disputa por unos cacagüeses (cacahuetes) más la envuelta de vino y gaseosa, fue desgranando con nombres y apellidos.

¿Qué diréis, dijo, que ha hecho Guadalberto (nombre supuesto) hoy? Y ante la expectación despertada comenzó el relato: pues que ha ido Lázaro (no es el nombre real) a pedir trabajo porque lleva todo el mes sin poder trabajar y no tiene nada para dar de comer a sus hijos (en aquel tiempo, 8 ptas diarias y sin horario, sólo se cobraba el día que se trabajaba). Guadalberto le ha dicho: coge el azadón y vamos a cavar la pestaña del cauce de los “picos” (…).

Y a partir de aquí esto es lo que el pastor escribió, sin otra pretensión que dejar patente su tristeza por lo que, unos años antes escuchó. A pesar de los decenios transcurridos, las imágenes siguen presentes...

EL LARGO INVIERNO

Los niños lloraban
porque hambre tenían
la madre buscaba
despensa no había
 los niños lloraban
¡Qué hambre tenían!

En casa del “amo”
el padre acudía
a buscar trabajo…
como cada día
pero era invierno y
 trabajo no había.

Cavar las pestañas
el amo ofrecía
cavar las pestañas
es la alternativa.

El frío en los huesos
sin ropa que abriga
azadón al hombro
al campo partía.

La nieve y el hielo
cavar impedían,
a la casa del amo
el padre volvía.

Si no hay trabajo
soldada no había
¡era por mis hijos
que hambre tenían!

A pedir limosna
él se dirigía para los, sus, hijos
que hambre tenían.

¡Que Dios le remedie…!
¡Vuelva usté otro día!
el hambre no espera
malaya la vida.

Algunos mendrugos
al fin conseguía
que las almas buenas
aún le socorrían.

LA PRIMAVERA

Ya pasó el invierno
¡viva la alegría!
y floreció el campo
y los niños reían.

El sol con sus rayos
el hielo fundía
y se acabó el llanto
y hambre ya no había.

Niños de aquel tiempo
abuelos hoy día
miman a sus nietos
viva la alegría. 

El pastor

miércoles, 22 de mayo de 2013

Un día con...

Por muy lentamente que se nos vaya inoculando, el veneno no deja de ser veneno y si no somos conscientes de ello acabará matándonos.
No sé si voy a ser capaz de transmitir los sentimientos -mis sentimientos- ante lo que observé en la naturaleza en mis años más jóvenes y lo que observo en este momento, en el que parece que hemos descubierto que, si el mañana no existe… ¿para qué vamos a preocuparnos?
Intentaré acompañar al pastor con su alforja al hombro, su cayada y sus canes una jornada completa, allá por la mitad del siglo XX, e intentaré transmitir lo que mi retina captó y así os lo iré contando.
De la misma manera –sin pastor- repetiré itinerario hoy, metidos ya de lleno en el siglo XXI, para poder observar y comparar de qué manera vamos progresando y qué dosis de veneno llevamos acumulado para, si es posible, o es necesario, podamos corregir el rumbo, o reafirmarnos en que la dosis sigue siendo tolerable.
Suerte –la necesito- y vamos allá:

Un día con el pastor y su hatajo

Transcurría el VI decenio del siglo XX (1957) cuando, un día del mes de mayo, el pastor apacentó su rebaño y, tras el acostumbrado desayuno, colgó de su hombro izquierdo la alforja con la merienda, la cubrió con la chaqueta a cuadros y cubrió su azotea con la gorra de visera.

Como elementos auxiliares para su trabajo sostiene sobre su mano derecha una rústica cayada y una honda, hecha con un atillo, cuelga de su cinto. Son sus fieles ayudantes dos canes que le acompañan siempre: el Belmonte y el Cadete.

Al salir del corral, en el callejón de acceso, las ovejas esperan que el guía se ponga al frente para seguirle hasta el careo preparado para el día. Cuando cierra la trasera, el pastor dirige su hatajo por la calle de Gaspar Rodríguez Pardo hacia el oeste.

Al doblar la primera curva de la carretera, desde la tronera de una casa abandonada, una joven, casi una niña, abandona su atalaya para aparecer de nuevo en la puerta de entrada. ¿Quién será?

Foto tomada en la inauguración de las fuentes el año 1942. Por el callejón de la
izquierda salía el rebaño. Al fondo, el herradero








La trasera abierta del corral de la casa que hace chaflán con la calle que conduce a las eras de atrás y al camino de La Parrilla, formando una Y con la calle de Gaspar Rodríguez Pardo, nos permite ver el colgadizo-herradero bajo el cual el herrador, pujavante en ristre, rebaja los cascos del animal presto para ser herrado. Bajo las bocatejas de esta casa y dos más colindantes de la misma arquitectura (dos plantas más el sobrado), los aviones han trabajado en la reconstrucción de sus hogares de barro, dentro de los cuales un año más comienza a latir la vida. No hay bocateja que no cobije un pequeño hogar.

Avión
De la casa de la tronera sale la jovencita. ¿Qué ocurre? El resbalón de la puerta parece que se resiste a cumplir su cometido. Al acercarse el pastor, la llave cierra. La niña emprende el camino de vuelta al hogar, el pastor parece nervioso. Los dos se miran a los ojos y ella se ruboriza. Algo se dicen y se despiden. El corazón de los dos niños se desboca. Lo que acaba de ocurrir ¿es fruto de la casualidad?

Unos pasos más adelante, cuando “La Seca” (campana) comenzó a tañer, un sonido estridente se dejo oír en todo el pueblo. Las grajuelas (grajillas), asustadas, levantaron el vuelo para, cuando el badajo de la campana dejara de golpear, volver a sus nidos en la torre.

Por la calle de Gaspar Rodríguez Pardo el rebaño sigue avanzando dejando tras de sí una inmensa polvareda. A su paso las ventanas se van cerrando para evitar que el polvo penetre en el interior de los hogares. Sólo una ventana se cierra cuando el hatajo ya ha pasado ¿...?

Algunos geranios adornan las fachadas de los hogares de Camporredondo.

Al llegar al final del pueblo el pastor gira a la derecha para enfilar la cañada que, por el camino de Portillo, conduce hasta El Bosque. A la izquierda deja la báscula de Monzón y unos metros más adelante la de Santa Victoria. A la derecha está la báscula de Aranda. En ellas se recogen las aproximadamente 5000 toneladas de remolacha que Camporredondo produce y que son la base de su economía. Pero esto será para el invierno. Ahora debemos seguir al pastor para con él ir desvelando todos los entresijos que el campo nos depara.
La vista queda agradablemente impresionada ante el colorido mosaico que tenemos delante: aquí la cebada a punto de reventar la espiga; allí la remolacha empezando su desarrollo; a la izquierda el pinar de los hoyos con su aroma a resina y sardinilla; al frente las laderas cubiertas de flores; al pie de éstas el trigo verde, que aún está siendo escardado, contrasta con el rojo de las amapolas y el amarillo del matacandiles. Allá se divisa el morado de la flor de la salvia; acullá las flores de San Juan; allí las chiribitas, al otro lado las escardadoras que, al son de las canciones que el ciego trajo con sus coplas hasta el pueblo, van arrancando una a una las malas hierbas que amenazan la tan necesaria cosecha de trigo. Flores, canciones, colores, aves, ovejas, seres humanos, cabras, corderos, vida ¡el campo está vivo!

De las hojas de los árboles y de la hierba verde, como perlas transparentes, cuelgan las gotas de rocío que, poco a poco, el sol con sus implacables rayos irá haciendo desaparecer.

El Belmonte sale disparado, como un tiro: una oveja no soporta el verde provocador de la cebada y se dispone a recolectarla antes de tiempo. El can lo evita y el rebaño sigue cañada adelante.

La calera
Unos metros más allá, tres montículos nos indican dónde se transforma la piedra en cal para la construcción de edificios: son las caleras. En la primera, la del abuelo Calixto, ya hace tiempo que se dejó de producir. En las dos que hay en el ángulo que forman la cañada con el camino del Cañuelo, y aunque hoy estén apagadas, aún se produce. Otro día explicaremos cómo, mediante el fuego, se conseguía esta transformación de la piedra.

En la cima de los majanos que bordean la cañada, la abubilla, tú-tú-tú, saluda al día que comienza. Gran cantidad de insectos irán a parar al zurrón (buche) de los glotones pajarillos que esperan bajo las piedras para lanzar un cañonazo de su detritus si alguno es osado de meter la mano en el hueco donde tienen su nido. Extraordinaria colaboradora del agricultor es la abubilla, devorando gran cantidad de insectos perjudiciales para la agricultura. Bonito es su color y agradable su presencia, tanto como fétido es su olor.

El rebaño no espera y nosotros debemos seguir su ritmo.

Atrás dejamos el camino de El Cañuelo. Suponemos que si se llama así será porque allá, al comienzo de la cuesta, entre los junquerales que allí se divisan, nace un pequeño chorro de agua, humilde pero constante (dicen que jamás se secó). Allí, en el pequeño regato que forma hasta que -cual humilde Guadiana- desaparece bajo las arenas, acuden a beber, o a bañarse, todos los pájaros del contorno: perdices, charros (rabilargos), collalbas, gurriatos (gorriones), valencianas (gorrión chillón), el mirlo, colorines (pardillo), jilgueros, verderones, el milano, el ratonero, ruiseñores, la oropéndola, el pájaro mosca, el arrendajo, palomas torcaces, tortolillas, zuritas, cogujadas, alondras, calandrias, tordos, el azor, el gavilán, picapinos, el alguirroche (cernícalo), carracos, abejarucos, maricas (urracas), grajos, grajuelas, críalos, cucos, abubillas, zorzales... en fin, todos los componentes de la amplia fauna que alegra y da vida al contorno del pueblo. Y dicen que aquella agua cuece muy bien toda clase de legumbres.

Allí también acuden los tramperos con lo que llaman liga para cazar, enjaular, o llevar para la cocina, todo aquel pájaro que fatalmente se pose sobre el entramado de juncos y palos impregnados del pegamento.

Pocos metros hemos recorrido cuando escuchamos el canto de la perdiz: coreché-coreché que emite desde los herbazales de los vallados que hay a lo largo de la ladera entre el camino de La Parrilla y la cañada que nosotros pateamos, donde todos los años traen a la vida a sus perdigones.
Un bando de torcaces alza el vuelo cuando llegamos a la altura de las primeras viñas, donde el barco se estrecha para iniciar la subida a El Bosque y hacia el pinar de los Hoyos dirigen su vuelo. Aquí el olor a salvia se mezcla con el del guazo, cantueso, tomillo y sardinilla, capaz de complacer a la nariz más exigente. El campo es un inmenso jardín que nadie, excepto la sabia naturaleza, controla.

Grupo de avutardas
Cuando coronamos la cuesta, en dirección al pago de Los Corrales, sobre un campo sembrado de yeros, un grupo de avutardas nos observa.
El rebaño ha llegado a El Bosque y comienza a extenderse sobre la gran alfombra de tomillo... Cucú, cucú, el cuco nos anuncia que busca por aquel entorno nido ajeno donde depositar sus huevos para que otros críen a sus polluelos. Su canto nos invita a pensar y nos preguntamos: ¿de dónde le viene el nombre a este pájaro? Cuando del “rey de la creación” se dice que es un cuco ¿qué queremos decir? ¿Quién da nombre a quién? ¿El pájaro porque se aprovecha del trabajo de sus congéneres, o al pájaro le llegó el nombre tomándole como referente del ser humano que vive a costa del vecino? En otro momento quizás intentemos averiguarlo.

Crialo
No es sólo el cuco el allanador de hogares ajenos, hasta nosotros llega el grito ensordecedor del críalo –granuja de la misma familia- que se vale de la misma treta para dejar sus responsabilidades a cargo del vecino.

El pastor nos recuerda cómo una vez descubrió un nido de marica y cuando trepó al pino lo que allí había era un hermoso pájaro, gordo y brillante, pero que sus colores nada tenían que ver con el blanco y el negro propios de la urraca. 

Dos pequeños bultitos de pelo rojo y larga y esponjosa cola, juguetean a lo lejos sin percatarse de que son observadas por las garras inmisericordes del azor. Cuando las ardillas se dan cuenta del peligro que sobre ellas se cierne ya es demasiado tarde. Presto corren a refugiares entre las ramas del pino catorzal. Desde entre las ramas del pino, uno de los dos roedores observa como su compañero de juegos vuela suspendido por el aire entre las garras del rapaz, perdiéndose entre los árboles del bosque para no regresar jamás. Es la ley de la selva, comer y ser comido, y éste es el triste destino del débil frente al fuerte. ¡La selección natural!

Seguimos avanzando por el pinar. El día es espléndido y el ambiente es muy saludable. Las ovejas buscan entre la estepa, el cantueso y demás plantas aromáticas su bocado más apetecible; la primavera está siendo generosa y el pasto no escasea.

Nos dirigimos ahora hacia las canteras, donde los canteros trabajan a pleno rendimiento en la extracción de la piedra necesaria para restaurar los baches de las carreteras del contorno.

 El picapinos golpea sobre el viejo pino a destajo acondicionando la casa madera que tiene en la que cría a sus polluelos aislados de temperaturas extremas.

Una bolita de plumas se desplaza por el tronco del pino catorzal: es el pájaro mosca que parece jugar con nosotros al escondite; cuando nos asomamos por un lado para observarlo, él da la vuelta para situarse por la cara opuesta. Decididamente el pajarillo se divierte a costa nuestra. La vida palpita en el corazón del bosque.

El pastor da tiempo a que llegue el mediodía para cambiar de pasto a las ovejas, cuando ante nosotros aparece un grupo de liebres que parecen perseguirse: es un celo. Corriendo, pero sin prisa, se pierden en dirección a la cañada merinera. Todo queda tranquilo hasta que los perros del pastor guiados por la estela que dejan los leporinos, siguen su rastro. De pronto una de las liebres aparece en dirección al rebaño y al verle se detiene quedándose amonada frente al pastor, confundiéndose con la tierra entre gris y rojiza.

El joven agarra su cayada por la parte baja y apoyándola sobre su hombro derecho se dirige de cara al lagomorfo que, creyéndose segura, no se mueve. El pastor, nervioso, la mira a los ojos y cuando llega a su altura, como si la cediera el paso, se aparta de su trayectoria dejando al animal el camino despejado al frente. Éste es el momento que la liebre aprovecha para emprender su veloz carrera. Como impulsado por un resorte, el garrote parte del hombro del pastor y girando sobre sí mismo, fue a estrellarse tras las largas orejas del leporino que, por un instante, queda mareado. El rabadán le coge por sus largas patas posteriores y, cuando al cabo de un rato despierta de su “anestesia” ya es prisionera la liebre.

Este hecho, por lo insólito, no puede quedar entre los secretos que el bosque guarda.

Un grupo de trabajadores del campo se divisa allá por el pago denominado El Bosque. Cada uno se afana con su binadera surco adelante, para limpiar de malas hierbas y planta sobrante el terreno, dejando a la distancia establecida una sola remolacha. A esta tarea le llaman capar. Están capando remolachas.

Hacia allá, con su trofeo en la mano, se dirige el pastor.

Pero… ¿cómo la has cogido? ¡Vaya tino! ¡Y será porque no es grande!


El pastor relata los hechos con todo detalle y por un momento se siente el rey del bosque.


No debe ser casual el recorrido que el rebaño ha seguido a lo largo de la mañana. En aquel grupo de trabajadores, de la binadera, se encontraba la niña de la tronera y el pastor sabía, desde la primera hora, dónde se encontraba su amor.

Es mediodía, y las gotas de rocío hace rato que desaparecieron de la hierba tierna del valle. El hatajo vuelve a recorrer el camino pateado por la mañana, pero en sentido inverso. El pastor dirige ahora su rebaño hacia El Sotillo de Abajo: allí hay un campo con buen careo. Entre el verde de la hierba y el rojo de la flor de las amapolas, el rabadán alcanza a ver el blanco de la leche que saldrá de las ubres de sus ovejas a la mañana siguiente y hacia allá se dirige.

Son las tres de la tarde cuando el hatajo cruza el puente grande o puente del Arroyo de los Machos, para seguir la dirección que lleva, por el viacrucis de piedra, hacia la ermita.

Pasando el cruce con el camino del cementerio el pastor debe tener cuidado. Allí, en la pradera, las mujeres de Camporredondo tienden a asolear y secar la ropa que han lavado en el arroyo que, bajando por El Olmillo y la ermita va a unirse al arroyo principal que se desliza por la vega y el Masegar para verter sus aguas al río Cega.

Entre las flores blancas de las verdes berreras, asoman los ojos expectantes de las ranas pendientes de que algún imprudente insecto, equivocadamente, se distraiga y al posarse pase a formar parte del menú del anfibio.

En la hilera de chopos que jalonan la parte sur-oeste del arroyo bulle la vida: los jilgueros y verderones han construido allí sus nidos y con sus trinos y gorjeos alegran la vida de la lavandera y el agricultor. De una rama del árbol más frondoso ha colgado su nido, a modo de cesta, la oropéndola.

El rebaño ha llegado a la ermita donde, por el puente de piedra, cruzará el arroyo en dirección al pinar negral.

El puente de paso lo forman dos piedras. Una de ellas es especial: Tiene unas grabaciones que nosotros no somos capaces de descifrar. Son piedras que, según nos cuenta José Criado, monaguillo en aquel tiempo, fueron traídas desde el interior de la iglesia del pueblo en el año 1931.

Piedra completa y detalles A y  B de la misma
El pastor y su hatajo se aproximan a su objetivo. Al llegar al pinar el camino gira 90º al oeste, hacia el lugar donde el pastor se las prometía muy felices para su rebaño, pues el careo se presentaba espléndido.

Este camino es transitado por carros tirados por animales, también por animales de carga, personas... en fin, es un camino de servicio para el campo.
En la espléndida huerta que hay allí mismo, donde el camino gira a la derecha, dos hombres charlan animadamente. El pastor, ayudado por sus fieles canes, dirige su hatajo por este camino que lleva hasta el careo. Cuando el pasto empieza a ser engullido por el ganado, uno de los participantes en la conversación abandona ésta para dirigirse hacia el rebaño. El saludo que dirige al pastor, sacando libreta y lápiz, es:
- ¿Cómo se llama usted?”
 Extrañado, el pastor contesta:
- Sindo
- Sindo, Sindo ¿y qué más? -pregunta de nuevo-
- Martín Pérez
- y ¿cuántas ovejas lleva?
- Doscientas ¿por qué?
-¡Cómo que por qué! ¡Porque queda usted denunciado! ¿No sabe que por el camino no pueden pasar las ovejas?
El pastor no lo entiende y trata de replicar. De nada le vale, aquel señor es la autoridad, y sólo él decide quien pasa por aquel camino público.
-Y cállese o le pongo otra denuncia por resistencia a la autoridad.
Y es que aquel “señor” es el guarda del pinar y tiene suficiente autoridad como para decidir quién puede, o no, usar los caminos públicos.

Así acabó el día que el pastor había comenzado con mucha ilusión, pero que la “autoridad” se encargó de frustrar. Y es que en estos tiempos hay autoridades y súbditos. No hay posible recurso.

El pastor pasará una semana ordeñando a sus ovejas para pagar la multa que le han impuesto por tener la osadía de pasar con su rebaño por un camino público sin pedir permiso a la “autoridad” pues, por su juventud, no sabe que sobre la fuerza de la razón, impera la razón de la fuerza.

El rebaño volvió al corral, el tiempo, inexorable, siguió su curso y por fin, amaneció un nuevo día.

“Solamente aquél que contribuye al futuro tiene derecho a juzgar el pasado”.
NIETZSCHE

oOo

Como si de un sueño se tratase, los protagonistas de “Un día con el pastor y su hatajo”, quisieron pasar otro día como el narrado. Pero habían transcurrido más de cincuenta años y algunas, muchas cosas, el tiempo y los seres humanos se habían encargado de transformar.

Quisieron comenzar en el mismo punto de partida, pero…

¡Oye! ¿Dónde están las ovejas? No, no, las ovejas ya no pasan por las asfaltadas calles del pueblo. ¡Todo lo ensuciaban!

Y, ¿tú sabes que fue del Belmonte y el Cadete? Pues... murieron de viejos.

¿Dónde está el herradero? El oficio de herrador ya no existe; los animales de carga y tiro, han sido sustituidos por caballos de acero, propulsados por energías más “cómodas”.

Los aviones que tanto alegraban las mañanas del pueblo ¿también ensuciaban? Tal vez encontraron aleros más confortables en otra parte y no quisieron volver. Ahora tendría usted que esperar largas horas para poder contemplar una pareja.

¿Y la casa de la tronera? La derribaron. Ahora hay un edificio de planta baja con rejas en las ventanas para protegerse de los ladrones.

Y la niña que se asomaba por la tronera ¿qué fue de ella? La niña, la jovencita, enfermó de amor. Tan fuerte fue su ataque que hoy es una maravillosa abuela que ama a sus nietos, como ella sabe amar.

Pero… ¿dónde están las grajuelas de la torre? ¡Anda! como ya casi no se tocan las campanas, yo creí que por eso no se oían las grajuelas. Se habrán ido, ¡no las había echado de menos!

¿Y las ventanas que se cerraban para evitar que el polvo que el rebaño levantaba entrase por ellas? Están cerradas, permanentemente, por falta de vida en el interior.

¡Oye! ¿Y las básculas? Fueron desmontadas. Desaparecieron. Hoy se llevan las remolachas, en grandes medios de transporte hasta las fábricas y, hasta es probable que éstas también desaparezcan. Compramos el azúcar de importación que es más barato. ¡Ah, ya!

¡No veo las caleras! El cemento sustituyó a la cal en la construcción y la poca que se produce se hace en hornos especiales.

Vengo observando que abubillas casi no se ven, ¿eran marranas, verdad? ¡Mejor que se hayan ido! Hombre, no diga eso, porque de vez en cuando alguna sí que se ve.

Las caleras, por supuesto que con el hormigón está justificado que desaparecieran porque… no las veo.

Pero… veo que en el regato de la fuente de El Cañuelo no hay actividad ¿qué ha pasado? ¡Jolín! pues resulta que como ya no necesitamos cazar pájaros no me había enterado que no acuden a beber, ¡qué sé yo! ¡Beberán en otro sitio!

¡No oigo el coreché! Es que quedan muy pocas perdices, no llegarán a la docena en todo el término del pueblo.

¿Dónde están las viñas de donde, de vez en cuando, nos comíamos un racimillo? ¡Joder, se pone pesado! Pues las arrancamos porque no daban más que trabajo. ¡Ya! Los paseos, con el amor al lado, hasta el majuelo…y las fiestas de vendimia, y los lagarejos entre la gente joven, y el gajo que aparecía en el “sobrao” de la casa, que estaba tan bueno cuando las uvas ya eran pasas, ¿ya no tienen ninguna importancia? Mire: ahora el cansado paseo lo hemos sustituido por la novela de la tele, que es mucho más cómoda, y las pasas las compramos en los supermercados y ya está. Ves, eso sí que es acertado, si será buena solución la tele, que nos evita el paseo y hasta el diálogo ¡Viva la tele!

Cuando llegamos al páramo quise mirar para contemplar el lento y pesado vuelo de la avutarda pero nuestro joven interlocutor me sacó de dudas: él no conoció esa ave en el término de Camporredondo. No quisimos adentrarnos en el pinar porque nos dijo: las canteras se abandonaron hace muchos años, liebres hay pocas, y las rapaces y ardillas escasean en nuestros pinares.

¿Y el cuco? seguí preguntando. Es muy raro escuchar su canto.

¿Aún sigue disparando el pastor su garrote? Difícil me lo pone. Hay pocas liebres y, desde luego, no quedan pastores de quince años.

¡No veo a los campesinos con sus binaderas! Las binaderas son piezas de museo. Hoy las máquinas y herbicidas se encargan de aquellas tareas.

Y POR LA TARDE, CAMINO DEL SOTILLO DE ABAJO...

Decidimos hacer el camino hacia El Sotillo de Abajo pero, al comienzo, me quedé “pasmado” ante el espectáculo y, tuve que preguntar ¿dónde está el Arroyo de losMachos? ¡Coño, pues no lo ve! Hicimos un puente más amplio porque, como resulta que no trae agua, eliminamos el vado donde bebían los machos y se cogían cangrejos y así es mucho más práctico. O sea que… ¿cangrejos tampoco? No hombre no, desaparecieron hace muchos años y antes de que me lo pregunte le diré que peces y topos tampoco, ni carricerillo… ni tantos otros bichos que vivían sobre el arroyo.

No salgo de mi asombro, por lo que unos pasos más adelante pregunto:

La pradera que había aquí, donde tendían la ropa las mujeres de Camporredondo y cantaban los grillos ¿dónde está? Hombre, como no baja agua por el arroyo, porque lleva muchos años seco, pues la pradera tenía que desaparecer y desapareció, pero no pasa nada.

Oye: hace 50 años se regaba con el arroyo sin más que hacer una pequeña presa -la balsa lo llamábamos- pero si ahora no baja agua ¿cómo se apañan los agricultores para regar? Bueno, se hicieron pozos; dicen que en aquel tiempo con tres metros bastaba para no agotarlos, ahora están sobre los ocho metros y bajando, lo malo -y esto sí que empieza a ser preocupante- es que un poco más abajo el terreno es impermeable...

Tampoco está el vía crucis de piedra. Tampoco... Oiga, pare. Pare, que se ha lanzado. Todo eso desapareció. ¿No ve que hemos progresado? ¿Y no sabe que progresar tiene un precio?

Seguimos adelante: claro, así se explica que los chopos de la margen sur-oeste de lo que fue Arroyo de la Ermita también hayan desaparecido y con ellos, los jilgueros, verderones, maricas, oropéndola…etc. Claro, pero ¿para qué nos sirven los pájaros? ¡Pues tienes razón! Pero es que con los seres vivos que desaparecen, desaparece la vida ¿no lo crees así? ¡Vamos a llegar hasta la ermita!

Y hasta la ermita llegamos y… ¡Dios bendito! ¿Éste es el vado que siempre estaba lleno de agua, berreras, ranas y peces? Bueno, empezó por secarse un poco en pleno verano, en vez de dar agua a los machos en el arroyo se lo dábamos en un herrada, después se secaba ya todo el verano, después bajaba un chorro en invierno y por fin se secó sin darnos cuenta, pero así es más fácil cruzarlo, ya no hace falta puente.

Restos encontrados al lado de la ermita al hacer la conducción del agua para
Santiago del Arroyo  –al parecer visigodos- que aparecieron, en sus tumbas,
en la proximidad de la ermita, justo por donde pasa la conducción del sumi-
nistro de agua para Santiago del Arroyo. Y allí,en el cementerio, unos y otra
permanecerán olvidados. ¡Qué le vamos a hacer!
Eso sí que es verdad, pero oye… cuando pasen otros cincuenta años, si no le ponemos remedio, ¿qué pasará? Hombre, dentro de cincuenta años ya le encontrarán una solución. De momento sigamos disfrutando de lo que tenemos.

Tampoco veo la piedra con aquellas grabaciones que no sabíamos descifrar. Verá: aquella piedra, una vez limpia y protegida contra humedades, la corporación municipal, el consistorio, con su alcalde al frente, acordó trasladarla al cementerio para cubrir unos restos humanos.
A partir de aquí pensé: ¿sería posible regresar en el tiempo? ¡No! Me dije, eso es imposible, y no deseable. Con ello volvería también el polvo a las carreteras, volvería el hambre, el niño esclavo, la señora arrodillada al borde del arroyo y los niños con la binadera en la mano. Y volvería el “señor autoridad” -siempre infalible- capaz de ahogar a cualquier ser humano un espléndido día de primavera, aunque éste fuera un niño que soñó con la leche que podrían dar sus ovejas, pero que cometió el pecado de conducirlas por un camino que todo el mundo usaba.

Lo que sí creo que deberíamos hacer es caminar más despacio y con paso más firme, eliminando lo inservible y conservando todo aquello que mereciera la pena de ser conservado. Así no arrasaríamos.

Oye, ¿qué ha sido de Sindo? Dejó la cayada, colgó la alforja y la manta, se fue al servicio militar y desapareció. Quién sabe...

“El tiempo no es sino el espacio entre nuestros recuerdos”
Amiel



Dos de febrero de 2.006


EL PASTOR

miércoles, 24 de abril de 2013

El chozo, el guarda y el queso.

Por ser Semana Santa, hay vacaciones y, por haber vacaciones, son dos los pastores que guían el rebaño: el zagalejo y el rabadán.

Esta primavera el pasto escasea; aún no han llegado las tan esperadas lluvias que harían florecer el campo. La hierba no prospera y los rebaños son muchos. Por más que los pastores cavilen, la hierba no aparece por ninguna parte. Esta mañana salieron de casa sin tener la ruta a seguir decidida, quizás pensaran en aquel pasaje de la Biblia que dice: “sigue que Dios proveerá”.

Pero la mañana avanza y Dios debe estar muy atareado en otros menesteres. Los animales buscan, pero salvo tomillo, cantueso, ramera y poco más, no hay nada que hacer y, ya se sabe, si la oveja no come no tiene materia prima para transformar en leche y sin leche no hay queso y sin queso... ¿para qué seguir?

Pasado el mediodía la situación es casi desesperada, ¿qué hacer? De repente, al menos joven de los dos pastores parece habérsele encendido una luz; no hay más remedio, hay que recurrir a lo prohibido ¡el vedado!

Por El Coletillo, dice al pequeño, tiene que haber buen careo porque allí no entran las ovejas.

Restos del chozo bajo el que, durante varios meses al año, día y noche, un matrimonio
mayor cuidaba de que las piñas no fueran desviadas de su ruta natural. Quizás desde algún
lugar en las estrellas, recuerden el día en que liberaron a dos niños del miedo que los ate-
nazaba. ¡Qué recuerdos!
El problema es que en el chozo está el matrimonio que guarda las piñas y se lo dirán al guarda del pinar. Como la situación es grave, enseguida encuentran justificación a la decisión que ya han tomado; no importa -dicen- porque son muy buenas personas y no nos delatarán.

Con la decisión tomada dirigen el hatajo por la cañada merinera hasta donde creen que está la solución a su problema.

Al poco rato aparece ante sus ojos el montón, en forma de pez, que durante el invierno recogieron los piñeros de Portillo.

Durante el invierno, grupos de hombres (los piñeros, casi todos de Portillo), encontraban su medio de vida en el pinar; unos, en corta, otros, en olivaciones, y había otro grupo, numeroso, que se encargaba de tirar al suelo y recoger el fruto del pino albar (Pinus Pinea): la piña.

Admiración sentía el pastor al ver, durante el invierno, trepar por el pino a los piñeros. Viendo aquel rimero era difícil imaginar que una a una pudiera formarse aquel montón de piñas.

Poco a poco las ovejas iban encontrando mas pasto, y los pastores disfrutaban ¡no se habían equivocado! Allí había hierba verde y tierna.

Se aproximaban al chozo y nadie salía.

Los niños contemplaban el encalado de la parte baja del pez de las piñas (esto lo hacían para comprobar si algún ratero merodeaba por el entorno del montón sin ser visto y, disimuladamente, retiraba alguna piña, que dejara rastro).
Bordeaban el pozo del que sacan el agua para lavar los piñones cuando, en ese momento asomó por la puerta del chozo el marido del matrimonio guardián pero… ¡sorpresa! Tras él, también asomó el guarda forestal que, echando mano a su mochila sacó libreta y lápiz disponiéndose a tomar nota del nombre de los pastores y del número de cabezas que componía el hatajo después.

¡Pobres inocentes! “¿No sabéis que esto está vedado?” Pensábamos que como es cañada...¡Pues os voy a denunciar!”.

No se habían equivocado los pastores al juzgar como buena gente al matrimonio que cuidaba las piñas. Fueron éstos los que acudieron en auxilio de los niños para sacarles del apuro. ¡Pero hombre! Dijeron, ¿no ves el susto que tienen? El guarda forestal que, además, tenía sentimientos, siguió hablando y haciendo el cargo a los pastores... ¿No veis que esto no se debe hacer? Esto está vedado y aunque sé que las ovejas no hacen daño a los pinos, no pueden pastar por aquí, yo lo siento, pero tengo que multaros.

Fue entonces cuando tomó la palabra el “ángel” que primero salió del chozo y dijo: Vais a hacer una cosa... mañana subís un queso a este hombre, que por eso van a dar más leche las ovejas y todos saldréis ganando.

Restos, del pozo del que sacaban el agua para lavar los piñones
Así acabó el día, los pastores saltaban de alegría, y en una casa donde no había queso (año 1953), durante algún tiempo no faltó aquel manjar que era el queso artesano de leche de oveja. Seguramente esto ocurrió porque Dios no estaba tan ocupado, sino que estaba guardando un montón de piñas que durante el invierno habían tirado y recogido del pino los piñeros de Portillo.

Y fue éste el comienzo de una gran amistad.

Sobre la era donde se tendían las piñas volverían los pastores después del verano para recoger los piñones que quedaban semienterrados en el suelo.

Cuando llegaba el mes de mayo o junio, el pez de piñas se convertía en parva y los rayos del sol se encargaban de abrirlas para, después, pasar con la mula y la rastra por encima para que cayeran los piñones, lo mismo que se hacía con la mies y el trillo en la otra era para que cayera el grano. Después, con la criba separaban los piñones y allí mismo con el agua del pozo, cuyos restos vemos en la foto, los lavaban.


Camporredondo, Abril de 2005