Un día -supongo que añorando mis lejanos tiempos de alforja, manta, cayada y juventud- se me ocurrió darme un paseo virtual por la cañada del Camino de Portillo hasta llegar al pinar El bosque que tantas veces recorriera al frente de mi hatajo de ovejas.
Porque el señor alzhéimer -creo- aún me respeta, me pareció que acerté en lo que quería decir y dije. Lo titulé
“Un día con el pastor y su hatajo” y lo escrito publiqué en “La pizarra de Gaude”.
Dada por concluida la primera
parte, me di cuenta de que la segunda llamaba con urgencia a mi teclado y no
pude resistirme a su llamada. ¿Por qué me animé a hacerlo? Pues porque al
terminar la primera vi que lo que allí decía -comparándolo con lo que después
podía observar al cabo de unos decenios- parecía fruto de mi imaginación. En la
segunda parte me di cuenta de lo mucho que había desaparecido en el recorrido de la
primera. Contaba la cantidad de aves que ya no podía observar. Por tomar una
referencia, me remito a cuando hablando con mi joven interlocutor yo le pregunté
por las avutardas. La contestación sonó como un mazazo en la mente del que ama
el campo. Él me dijo: “yo no conocí las avutardas en todo el contorno”.
En la primera parte de mi “Día
con el pastor y su hatajo”, también hablé de las grajuelas. Decía, cómo, al
primer golpe de badajo de las campanas de la torre de mi pueblo, una nube negra
cubría el cielo; tal era la cantidad de grajuelas, grajillas o grajetas que se
ponían en movimiento. En la segunda parte de “Un día con el pastor y su atajo”
las grajuelas ya tampoco molestaban con su ensordecedor graznido (quiá…):
habían desaparecido de la torre y de todo su contorno.
Hoy, siguiendo el programa Es el
campo de Es Radio CYL escucho que en el Dialecto agrario van a tratar de la
palabra grajeta. Conecto la radio y allí está. ¿Conoces –pregunta el
presentador al entrevistado- la palabra grajeta? El joven agricultor –me le
imagino estupefacto- contestó: no, no sé lo que es. El joven agricultor ni
siquiera ha oído la palabra grajeta. Una vez más pregunto: ¿somos conscientes
de lo que estamos haciendo?
Más hete aquí que sigo escuchando
y el “experto” –que parece conocerlo a fondo- lo relaciona con la grajeta o
grajilla de “Los Santos Inocentes" de Miguel Delibes y nos dice que es la milana
que Azarías cuida con tanto cariño: no tiene otra referencia. Pero mejor tecleo
una parte de lo que escuché:
(…)
La famosa grajeta de Paco rabal, la que llevaba Paco Rabal sobre el hombro, era
un pollo de grajeta que Miguel Delibes hijo, el hijo de Miguel Delibes y un
amigo, rescataron un día (esto me lo han contado los hijos) del suelo, estaba
en el suelo caído en Villacastín provincia de Segovia y al final la pobre
grajeta acabó mal, se la acabó comiendo un gato, allí, en Sedano. Esta es la
grajeta que Delibes tomó como referencia para su libro “Los santos inocentes”.
Ya sabéis que, a veces, digo que
es imposible ser experto en aquello que se desconoce. Bien. Aquí tenemos una
muestra más que confirma lo que digo: ¿cómo es posible que habiendo leído “La
grajilla” de Miguel Delibes, necesitemos que sus hijos nos digan dónde -en qué
lugar- recogieron a la grajilla en carnutas? Según el experto, los hijos del
escritor le dijeron que fue recogida del suelo en Villacastín. Ni entro ni
salgo en lo afirmado; me limito a insertar “La grajilla” de Miguel Delibes y que cada uno
saque sus conclusiones. Ahí va.
Cuento breve recomendado: “La
grajilla”, de Miguel Delibes
A mis lectores:
Habrán observado que los pájaros,
bestezuelas por las que siento una especial predilección, se erigen a menudo en
personajes de mis libros. Diario de un cazador está lleno de perdices,
codornices, patos, tórtolas y palomas. Viejas
historias de Castilla la Vieja, de avutardas, grajos y abejarucos. El
gran duque es pieza esencial en El camino, como la picaza lo es
de La Hoja Roja. Las águilas, los
cernícalos y los camachuelos forman el entorno del pequeño Nini en Las
ratas…
finalmente, en El disputado voto del
señor Cayo y Los santos
inocentes,
intervienen tres pájaros que juegan papeles fundamentales: el cuco y las
grajillas en la primera, y éstas y el cárabo en la segunda. De los tres me he
servido para componer el libro Tres pájaros de cuenta, no un libro de
cuentos ni de historias inventadas, sino un libro de historias auténticas,
vividas por mí y de las cuales son aquellos pájaros verdaderos protagonistas.
Miguel Delibes (España,
1920-2010)
Al llamar a la grajilla, al cuco y al
cárabo pájaros de cuenta no quiero decir que sean malos. No hay pájaros buenos
ni malos. Las aves actúan por instinto, obedecen a las leyes naturales, aunque,
a los ojos de los hombres, algunas de sus acciones puedan parecer buenas y
otras reprobables. Por ejemplo, el comportamiento de los tres protagonistas de
este libro ofrece aspectos positivos y negativos. La grajilla, pongo por caso,
roba la fruta de los árboles, especialmente de ciruelos y cerezos, pero, al
mismo tiempo, nos libra de insectos perjudiciales y de carroña. El cuco, en la
época de cría, deposita sus huevos en los nidos de otros pájaros más pequeños
que él para que se los empollen, pero, en compensación, destruye orugas y
arañas peligrosas para el hombre. Finalmente, el cárabo puede eliminar algún
pinzón que otro, o cualquier otro pajarito que le molesta o le apetece, pero, a
cambio, limpia el campo de ratas, ratones, topillos y otros roedores
perjudiciales.
A los tres les conocí siendo niño
-aunque al cuco, que es un pájaro encubridizo, sólo de oídas-, cuando mi padre,
que era un hombre maduro, serio y circunspecto, se volvía niño también, en
contacto con la naturaleza, y nos enseñaba a distinguir el cuervo de la urraca,
la perdiz de la codorniz, la alondra de la calandria y la paloma de la tórtola.
Mi padre, ferviente enamorado del campo, conocía sus pequeños secretos, y el
más remoto recuerdo que guardo de él es cazando grillos en una cuneta,
haciéndoles cosquillas con una pajita larga y fina que introducía en la hura y
movía con paciente tenacidad. A veces cazaba media docena y los guardaba bajo
el sombrero, de forma que al regresar a casa, entre dos luces, armaban un
alegre concierto sobre su calva, sin que a él, que en casa anteponía el
silencio a todas las demás cosas, parecieran molestarle. Un día, en el Castillo
de la Mota, hace ya muchos años, vi por primera vez una colonia de grajillas.
Revoloteaban en torno a las almenas y con sus “quia-quia-quia”, reiterativos y
desacompasados, organizaban una algarabía considerable. De lejos parecían negras
y brillantes como los grajos, pero, cuando las vi de cerca, observé que eran
más chicas que aquéllos -más o menos del tamaño de una paloma- y no totalmente
negras, sino que el plumaje de la nuca y los lados del cuello era gris oscuro,
y sus ojillos, vivaces y aguanosos, tenían el iris transparente.
Viviendo en Castilla, la grajilla se me
ha hecho luego familiar, porque está en todas partes. Es un pájaro muy
sociable, que divaga en grandes bandadas, a veces de cientos de individuos, y
que, mientras vuelan alrededor de las torres o los acantilados, sostienen entre
ellos interminables conversaciones. No son racistas y, a menudo, se las ve
asociadas con pájaros más grandes o más chicos que ellas, cuervos y estorninos,
preferentemente, no siempre de la misma familia pero también de plumaje negro.
Al parecer no les une una razón de parentesco sino el uniforme.
De ordinario, estas aves asientan en
lugares próximos a cortadas rocosas y en torres antiguas o abandonadas, incluso
dentro de las grandes ciudades. De la familia de los córvidos es el único
pájaro que he visto con aficiones urbanas. La corneja, el cuervo, la graja no
sólo rehúyen la ciudad sino que ante el hombre se muestran hoscos y
desconfiados. En viejos edificios de altas torres, con agujeros y oquedades, la
grajilla es huésped casi obligado, aunque luego, para comer, y, en ocasiones,
para dormir -como sucede en Sedano-, hayan de desplazarse varios kilómetros al
caer la tarde, buscando acomodo.
La grajilla es sedentaria, vive,
generalmente, en el mismo lugar que nace durante las cuatro estaciones del año.
Sin embargo, he advertido que el bando que merodea por los frutales de Sedano
no crece, no es hoy más nutrido que hace seis lustros, de lo que deduzco que,
como sucede con las abejas, hay grupos que se escinden cuando la puesta es
abundante. Géroudet nos recuerda que una grajilla anillada en Suiza fue hallada
en los Pirineos, y en Normandía, otra anillada en Bélgica, lo que quiere decir
que hay grajillas que viajan, que efectúan desplazamientos, aunque nunca tan
largos y regulares como los que llevan a cabo anualmente cigüeñas y gansos.
La vida sedentaria obliga a las
grajillas a comer de todo, adaptando su dieta a los alimentos que les facilita
cada estación. Las bayas y frutos de pequeño tamaño les entusiasman, pero se
avienen a sustituirlos por caracoles y patatas cuando aquéllos escasean. La
grajilla es buscona, ratera; como la urraca, roba de todo, desde fruta del
granjero hasta los huevos de los nidos de pequeñas aves, que se come en
primavera. Por robar, roban a veces hasta la casa, nidos de otros pájaros, que
ocupan tranquilamente aunque luego los acondicionen y decoren a su gusto. El
nido de una grajilla evidencia las aficiones coleccionistas de la especie.
En las escarpas rocosas que flanquean el
río Rudrón entre Covanera y Valdelateja, en la carretera general de Burgos a
Santander, es fácil tropezar con nidos de grajilla. Precisamente al pie de uno
de estos cantiles fue donde encontramos a Morris, un simpático pájaro que
amaestraron mis hijos y del que luego hablaré. Estos nidos constituyen un
verdadero muestrario de los más diversos objetos y materiales que puedan
imaginarse. Sobre la simple estructura de un viejo nido de corneja, pájaro que
gusta de renovar sus habitaciones y construye su casa cada año, encontré un día
un nido de grajilla revestido con los siguientes ingredientes: papel, trapos,
boñiga seca, plumas, pedazos de saco, crines de animales, lana, plástico,
barro… la grajilla había conseguido un hogar confortable aprovechando los restos
de otros anteriores, lo que significa que este pájaro no desaprovecha ocasión
de ahorrarse un esfuerzo.
La puesta de la grajilla oscila entre
tres y seis huevos, aunque hay ocasiones excepcionales en las que se ha
observado una puesta de ocho. La eclosión es lenta, alrededor de cinco semanas,
y los primeros desplazamientos de los pollos tímidos y cortos, cosa
sorprendente siendo la grajilla uno de los pájaros que mejor vuelan, que pica o
se repina en pocos metros, airosamente, con una gracia y una agilidad
singulares.
Pese a frecuentar como hemos dicho las
viejas torres de las ciudades -siempre a los niveles más altos-, la grajilla se
muestra recelosa con el hombre y, sin embargo, es una de las aves que se
domestican con mayor facilidad y hasta, según aseguran ciertos autores, es
posible hacerles pronunciar algunas palabras sencillas, de una o dos sílabas.
A lo largo de tres meses, yo conviví en
Sedano con Morris, una grajilla que encontró mi hijo Miguel, aún en carnutas y
medio muerta de inanición, en los acantilados de San Felices. El animalito se
había caído del nido y, al verla tan débil y depauperada, no di un real por su
existencia. No obstante, mis hijos Juan y Adolfo, muy chicos por aquel
entonces, le habilitaron un nido en una caja de zapatos y empezaron a
alimentarla con pienso humedecido que Morris devoraba glotonamente. En pocos
días, la grajilla se repuso, empezaron a asomarle los primeros cañones y,
cuatro semanas más tarde, estaba completamente emplumada.
Pero lo más sorprendente de Morris era la
naturalidad con que aceptaba la vecindad de las personas, especialmente la de
Juan y Adolfo, que la habían criado. Únicamente, en su trato con el hombre, le
repugnaba una cosa: que le pusieran la mano encima. Es decir, Morris reposaba
erguida y tranquila sobre el antebrazo o el hombro de cualquiera de nosotros,
pero si el mismo porteador u otra persona, incluidos Juan y Adolfo, intentaban
agarrarla, el pájaro se escabullía, revoloteaba y terminaba por caer al suelo.
Esta repulsión instintiva a ser apresada le duró hasta que la perdimos. Morris
hacía causa común con la familia, le divertía vernos comer alrededor de la
rueda de molino, participaba a su manera de nuestras tertulias, no extrañaba
las visitas, pero rechazaba terminantemente la caricia y cualquier tipo de
contacto. Yo creo que la situación de mi refugio a media ladera, en alto, sobre
el valle de frutales, facilitó la adaptación de la grajilla. Ella no podía
disfrutar, ciertamente, de la compañía de sus congéneres, pero la visión del
mundo era la que le correspondía en su condición de ave, desde arriba, “a vista
de pájaro”.
Una mañana, cuando Adolfo, en traje de
baño, se dirigía hacia la piscina con ella al hombro, Morris empezó a aletear
con cierta torpeza, se afirmó gradualmente en el aire, tomó altura y se posó en
la copa del olmo que sombrea la mesa de piedra. La reacción de la familia fue
semejante a la que suscitan los primeros pasos de un niño: alegría y estupor.
Pero, enseguida, se presentó el dilema: ¿había elegido Morris la libertad y escaparía,
o simplemente era aquello la prueba de la culminación de su desarrollo?
confieso que me incliné por lo primero. La abierta curiosidad con que
contemplaba el valle desde una nueva perspectiva, el notorio placer que le
deparaba su balanceo en la ramita del olmo, su indiferencia ante nuestras voces
al pie del árbol, parecían indicar que Morris ya no nos necesitaba y que, en lo
sucesivo, podría prescindir de nosotros.
El hecho de que la grajilla permaneciera
durante largo rato en la punta del olmo, despiojándose, realizando su aseo
cotidiano, desinteresada de cuanto sucedía a su alrededor, me reafirmó en mi
opinión. No obstante, al cabo de una hora, Juan, que solía imitar, al darle de
comer, la voz peculiar de estas aves, remedando los arrumacos maternos,
apareció con el cacharrito donde mezclaba el pienso con agua y moduló un
“quia-quia-quia” aterciopelado, dulce, digno de enternecer a la grajeta más
esquiva. Morris acusó el golpe. Empezó a inquietarse, a mover la cabeza de un
lado a otro, y, por primera vez desde que se encaramó en el árbol, prestó
atención a lo que ocurría bajo ella y fijó en Juan sus ojillos transparentes
como abalorios. Mi hijo repitió entonces la llamada con mayor unción, y, al
instante, Morris se lanzó al vacío, desplegó sus amplias alas negras, describió
un pequeño círculo alrededor de nuestras cabezas y fue a posarse blandamente
sobre su hombro, al tiempo que reclamaba el alimento con un “quia-quia-quia”
perentorio.
Así inició Morris una nueva era. Mis
hijos la trasladaron de la caja de zapatos a una cesta de mimbre, destapada, y
al llegar la noche la cobijaban en una cueva-despensa, junto a la casa, dejando
la puerta entreabierta. De este modo, los más madrugadores podían sorprender
cada mañana al pájaro en el alero del tejado, la copa del olmo o el bosquecillo
de pinos de la trasera del refugio, esperando que le sirvieran el desayuno. En
principio, Morris rehusaba ser alimentada por desconocidos, sólo admitía las
pellas de pienso cuando le eran ofrecidas por sus padres adoptivos, pero, con
el tiempo, cambió de actitud y, a medida que se hacía adulta, fue aceptando las
golosinas cualquiera que fuera el oferente.
El mundo de Morris se iba ampliando poco
a poco. Desde que aprendió a volar, se dejaba bajar gustosamente hasta la
carretera, aunque le desagradaba que la alejasen demasiado de casa. Y, cuando
esto ocurría, se alborotaba, protestaba y terminaba regresando sola, por sus
propios medios. Pero una mañana, ante nuestro asombro, aceptó que la condujeran
hasta la plaza, a trescientos metros de distancia. Morris empezó así a
relacionarse con otras personas ajenas a la familia, a conocer la vida del
pueblo, a convivir. Su sociabilidad progresó en poco tiempo, hasta el punto
que, con frecuencia, se lanzaba en picado desde lo alto del olmo sobre un
pequeño grupo de desconocidos que charlaba en la carretera y se posaba,
indiscriminadamente, sobre el hombro de cualquier contertulio. Estas
espontáneas efusiones de Morris no siempre eran bien interpretadas, sobre todo
por las mujeres, que chillaban y manoteaban, al verla llegar, como si se
aproximara el diablo. Pero, en general, la domesticidad de la grajilla despertó
primero curiosidad y más tarde simpatía entre los vecinos. La gente la conocía
por su nombre y Morris saltaba de grupo en grupo, de hombro en hombro, con una
confianza absoluta. Tan sólo tenía en el pueblo dos solapados enemigos a
quienes su presencia molestaba: los perros y los gatos. Pero Morris se zafaba
de sus asechanzas en rápidas fintas, con suaves pero enérgicos aletazos, recurso
que utilizaba también cuando alguien, cualquiera que fuera, trataba de
apresarla. Su repugnancia a ser prendida por una mano humana continuaba tan
viva en ella como el primer día.
En este momento de su evolución fue
cuando intenté enseñarle a pronunciar alguna palabra, palabras sueltas,
sencillas, como “hola” y “adiós”, pero, pese a que la grajeta fijaba en mis
labios sus grises ojos aguanosos y ladeaba atentamente su cabeza, como si
escuchara, nunca conseguí una respuesta aceptable. Morris callaba o, a lo sumo,
formulaba su “quia-quia” monótono y displicente.
A medida que la grajeta ensanchaba las
fronteras de su libertad, empezó a hacérsele aburrida la larga espera matinal.
Morris, como buen pájaro, era madrugadora, y desde las seis y media que amanecía
hasta las nueve y media o diez que amanecían mis hijos era demasiado tiempo sin
compañía. Mas a las siete de la mañana todo el pueblo descansaba excepto los
panaderos, Vicente y Abelardo, a los que Morris, con una sagacidad maravillosa,
descubrió un día, amasando pan en el horno. A partir de entonces, su primera
visita matinal era para los panaderos, con los que pasaba agradablemente el
rato:
-Mucho madrugaste hoy, Morris.
-Quia.
-Te aburres en casa, ¿eh?
-Quia.
-¿Tan mal te tratan los del chalé?
-Quia.
Abelardo la obsequiaba con una bolita de
masa que Morris engullía con satisfacción. Y a las nueve de la mañana en punto,
tan pronto Vicente y Abelardo comenzaban a cargar la furgoneta, Morris
levantaba el vuelo y regresaba a casa, a esperar en la copa del olmo la
aparición de mis hijos.
Paulatinamente el pueblo se le iba
quedando pequeño a la grajilla que, en su avidez descubridora, empezó a
acompañar a mis hijos en sus excursiones, fatigosas caminatas de veinte o
treinta kilómetros. Al atardecer, regresaba feliz, sobrevolando al bullanguero
grupo adolescente, sus claras pupilas impresionadas por otros bosques, otros
páramos, otros vallejos, otros horizontes.
Juan, amigo de ensayar cada día nuevas
experiencias, decidió una tarde pasearla en bicicleta. Morris soportó un poco
intimidada los primeros metros de carrera, pero, conforme la máquina fue
adquiriendo velocidad, levantó el vuelo aterrada, emitiendo gritos de alarma.
Mas la tenacidad de mi hijo era superior al miedo de la grajilla, y, dos días
más tarde, Morris no se espantaba ya de la bicicleta, la aceptaba de buen grado
y resultaban divertidas sus periódicas escapadas a los tilos y castaños de la
carretera y sus retornos apresurados al hombro del ciclista lanzado a toda
máquina.
El verano avanzaba de manera insensible
y a primeros de septiembre alguien planteó el problema del traslado de la
grajilla a Valladolid. ¿Se avendría a vivir en el balcón de una casa de
vecinos? ¿No la acobardaría la gran ciudad? ¿Era honesto por nuestra parte
desarraigarla, arrancarla de su medio natural e insertarla, sin más, en un
medio hostil? Así surgió la idea de la gran prueba. Antes de conducirla a
Valladolid era preciso ponerla en contacto con sus hermanas, en los riscos de
San Felices, de donde procedía, para que ella misma decidiera si prefería
quedarse o marchar. Los preparativos fueron meticulosos. Morris viajaría en
automóvil, encerrada en una cesta, hasta la ribera del río Rudrón, justo en el
lugar donde la encontramos. Una vez allí, Juan, mi hijo, se ocultaría entre las
mimbreras de la orilla, mientras yo, con la cesta cubierta, remontaría el río
hasta la piscifactoría, y soltaría el pájaro tan pronto oyera el pitido del
cornetín que Juan portaba al efecto. No puedo ocultar que cuando me desplazaba
río arriba con la cesta en la mano me embargaba una cierta emoción. La colonia
de grajillas alborotaba en los farallones inmediatos, y yo temía que Morris, al
verse libre, volara sin vacilar a reunirse con sus congéneres. Al alcanzar la
piscifactoría, me detuve. El corazón se me aceleró cuando oí el pitido del
cornetín, destapé la cesta y empujé con ella al pájaro hacia lo alto. En los
primeros momentos, Morris vaciló, pero enseguida se repulió, rebasó las copas
de los árboles del soto y continuó subiendo en vertical, como buscando una
perspectiva. Los “quia-quia” fervorosos de mi hijo Juan se confundían ahora con
los “quia-quia” de las grajillas del acantilado, más vivos y apremiantes, y yo
miraba impaciente hacia lo alto, esperando la decisión de Morris. Y mi
entusiasmo se desbordó cuando la grajilla, haciendo oídos sordos a las
incitaciones de la colonia, se lanzó en picado sobre la margen del río y no
paró hasta reposar en el hombro de mi hijo.
Al día siguiente, de manera inesperada,
murió Morris. Su cadáver medio desplumado apareció en el sobrado del
Bienvenido, a cuatro pasos de la panadería. Su gata, la Maula, que siempre
había mostrado una abierta inquina hacia el pájaro, unos celos injustificados,
la atacó cuando confiadamente se despiojaba en el alféizar de la ventana. La
Rosa Mari, la niña, que fue testigo de la cobarde acción, asegura que el
zarpazo de la Maula fue rápido como un relámpago y la muerte de Morris
instantánea e indolora.
Más vale así.
Tres pájaros de cuenta, Valladolid, Miñón, Valladolid, 1982.
Visto lo visto, y leído lo leído,
me parece que no hay duda: la grajeta fue recogida en los acantilados de San Felices
(tal vez en Villacastín fue otra grajeta cuyo cuento no se cree ni su autor. Otro deberá responder). La grajeta
que se posaba sobre el hombro de Azarías fue una grajeta que amaestró (no es
difícil hacerlo) alguien ajeno a Delibes; y a la grajeta del cuento “La grajilla”
no se la comió un gato. Sí parece, que una gata (la Maula) la mató. La Rosa
Mari, la niña, lo presenció.
Cuando descubrí que un filólogo
doctor cum laude en ciencias de la información era, además, experto en Miguel
Delibes había editado unos diccionarios, ya os he dicho que me ilusioné. Pero
fue adquirir los libritos y darme cuenta de que no sólo no era experto, sino que
no había leído al escritor –motivos sobrados tengo para creerlo-. Lo que nunca
pensé es que a estas alturas, este señor, siga dejando muestras de su más
absoluto desconocimiento sobre la obra de Delibes.
¿Por qué digo lo del
desconocimiento? Pues queda claro que de haber leído “La grajilla” no sería
necesario que los hijos del escritor (¿qué hijos?) le comentaran al experto que
se encontraron la grajeta en Villacastín, provincia de Segovia. Vosotros, al
leer el cuento, habréis visto que donde encontró Miguel -hijo de Miguel
Delibes- la grajilla, fue en los acantilados de San Felices en la carretera de
Burgos a Santander. Os juro que yo no estaba presente, pero eso es lo que dice
Delibes en el cuento.
Siento que el escritor se nos
haya ido, porque –entre otras cosas- me quedé con las ganas de saber qué pájaro
era el que tanta ternura despertaba en Azarías. ¿Era el milano, como ave rapaz?
¿O era el búho real (gran duque) el que inspiró al escritor?
Una cosa sí quiero dejar clara
una vez más: la grajeta -como milana- es posterior a la milana del “libro
primero” en la obra “Los Santos Inocentes” de Miguel Delibes. No hay duda que
la que más popularizó “milana bonita” fue la grajilla, pero ésta heredó su
nombre de la milana (búho real, gran duque) del libro primero de “Los santos Inocentes”.
Después Azarías, sensible como es a todo lo que más quiere, lo relaciona con su
milana. Hasta la niña chica es reclamada por Azarías como “milana bonita”.
Sigo un poco más. Con
pena observo que la palabra grajeta los jóvenes agricultores ni siquiera la conocen,
como tampoco nos vale la imagen de las grajillas, grajetas, chovas, cornejas o
grajuelas tras de la labor de grada que Delibes relata y nosotros pudimos
contemplar tras el arado o la grada: ya no las hay. Peor: llevando un poco más
al extremo el problema, tengo que decir que las grajuelas que picoteaban tras el
arado o la grada, tampoco acudirían hoy porque lo que buscaban –lombrices,
aceiteros… entre otros- tampoco los hay: productos de laboratorio han acabado
con ellos. Recuerdo –aún tengo memoria- cuando arando, o simplemente haciendo
un hoyo, encontrábamos lo que llamábamos perrilla (alacrán o grillo cebollero).
Este insecto también era eliminado por las grajuelas y las cigüeñas: hace
muchos años que no veo ninguna “perrilla”.
Bueno, vale; nostalgias aparte.
Quería decir que, bajo mi punto de vista, no fue la grajuela, grajilla o
grajeta la que inspiró a Delibes. Debo creer que pudo ser el milano (milana) o
el búho real o gran duque por ser ambos rapaces o, simplemente, la candidez y
sensibilidad de un ser sin maldad: Azarías que, a todo lo que más quiere le ha
puesto un nombre, su nombre: milana bonita. Milana bonita fue el gran duque
(búho real), milana bonita fue, para Azarías, la niña chica, y milana bonita
fue la grajeta.
 |
Búho Real (Gran duque) |
 |
Milano (¿milana?) |
 |
Grajilla, grajeta, grajuela... |
¿Cuál de los tres inspiró al
escritor? ¿Tal vez ninguno?
¿Qué inspiró en Miguel Delibes el
calificativo “MILANA BONITA”? A aquél que lo sepa, y nos lo quiera transmitir,
no puedo hacer más que agradecérselo desde este lugar donde, otrora, había
milanos, búhos y grajuelas por todas partes (hoy no se ve ninguno).
Y este lugar es…
Camporredondo, 12 de
diciembre de 2016.