miércoles, 22 de mayo de 2013

Un día con...

Por muy lentamente que se nos vaya inoculando, el veneno no deja de ser veneno y si no somos conscientes de ello acabará matándonos.
No sé si voy a ser capaz de transmitir los sentimientos -mis sentimientos- ante lo que observé en la naturaleza en mis años más jóvenes y lo que observo en este momento, en el que parece que hemos descubierto que, si el mañana no existe… ¿para qué vamos a preocuparnos?
Intentaré acompañar al pastor con su alforja al hombro, su cayada y sus canes una jornada completa, allá por la mitad del siglo XX, e intentaré transmitir lo que mi retina captó y así os lo iré contando.
De la misma manera –sin pastor- repetiré itinerario hoy, metidos ya de lleno en el siglo XXI, para poder observar y comparar de qué manera vamos progresando y qué dosis de veneno llevamos acumulado para, si es posible, o es necesario, podamos corregir el rumbo, o reafirmarnos en que la dosis sigue siendo tolerable.
Suerte –la necesito- y vamos allá:

Un día con el pastor y su hatajo

Transcurría el VI decenio del siglo XX (1957) cuando, un día del mes de mayo, el pastor apacentó su rebaño y, tras el acostumbrado desayuno, colgó de su hombro izquierdo la alforja con la merienda, la cubrió con la chaqueta a cuadros y cubrió su azotea con la gorra de visera.

Como elementos auxiliares para su trabajo sostiene sobre su mano derecha una rústica cayada y una honda, hecha con un atillo, cuelga de su cinto. Son sus fieles ayudantes dos canes que le acompañan siempre: el Belmonte y el Cadete.

Al salir del corral, en el callejón de acceso, las ovejas esperan que el guía se ponga al frente para seguirle hasta el careo preparado para el día. Cuando cierra la trasera, el pastor dirige su hatajo por la calle de Gaspar Rodríguez Pardo hacia el oeste.

Al doblar la primera curva de la carretera, desde la tronera de una casa abandonada, una joven, casi una niña, abandona su atalaya para aparecer de nuevo en la puerta de entrada. ¿Quién será?

Foto tomada en la inauguración de las fuentes el año 1942. Por el callejón de la
izquierda salía el rebaño. Al fondo, el herradero








La trasera abierta del corral de la casa que hace chaflán con la calle que conduce a las eras de atrás y al camino de La Parrilla, formando una Y con la calle de Gaspar Rodríguez Pardo, nos permite ver el colgadizo-herradero bajo el cual el herrador, pujavante en ristre, rebaja los cascos del animal presto para ser herrado. Bajo las bocatejas de esta casa y dos más colindantes de la misma arquitectura (dos plantas más el sobrado), los aviones han trabajado en la reconstrucción de sus hogares de barro, dentro de los cuales un año más comienza a latir la vida. No hay bocateja que no cobije un pequeño hogar.

Avión
De la casa de la tronera sale la jovencita. ¿Qué ocurre? El resbalón de la puerta parece que se resiste a cumplir su cometido. Al acercarse el pastor, la llave cierra. La niña emprende el camino de vuelta al hogar, el pastor parece nervioso. Los dos se miran a los ojos y ella se ruboriza. Algo se dicen y se despiden. El corazón de los dos niños se desboca. Lo que acaba de ocurrir ¿es fruto de la casualidad?

Unos pasos más adelante, cuando “La Seca” (campana) comenzó a tañer, un sonido estridente se dejo oír en todo el pueblo. Las grajuelas (grajillas), asustadas, levantaron el vuelo para, cuando el badajo de la campana dejara de golpear, volver a sus nidos en la torre.

Por la calle de Gaspar Rodríguez Pardo el rebaño sigue avanzando dejando tras de sí una inmensa polvareda. A su paso las ventanas se van cerrando para evitar que el polvo penetre en el interior de los hogares. Sólo una ventana se cierra cuando el hatajo ya ha pasado ¿...?

Algunos geranios adornan las fachadas de los hogares de Camporredondo.

Al llegar al final del pueblo el pastor gira a la derecha para enfilar la cañada que, por el camino de Portillo, conduce hasta El Bosque. A la izquierda deja la báscula de Monzón y unos metros más adelante la de Santa Victoria. A la derecha está la báscula de Aranda. En ellas se recogen las aproximadamente 5000 toneladas de remolacha que Camporredondo produce y que son la base de su economía. Pero esto será para el invierno. Ahora debemos seguir al pastor para con él ir desvelando todos los entresijos que el campo nos depara.
La vista queda agradablemente impresionada ante el colorido mosaico que tenemos delante: aquí la cebada a punto de reventar la espiga; allí la remolacha empezando su desarrollo; a la izquierda el pinar de los hoyos con su aroma a resina y sardinilla; al frente las laderas cubiertas de flores; al pie de éstas el trigo verde, que aún está siendo escardado, contrasta con el rojo de las amapolas y el amarillo del matacandiles. Allá se divisa el morado de la flor de la salvia; acullá las flores de San Juan; allí las chiribitas, al otro lado las escardadoras que, al son de las canciones que el ciego trajo con sus coplas hasta el pueblo, van arrancando una a una las malas hierbas que amenazan la tan necesaria cosecha de trigo. Flores, canciones, colores, aves, ovejas, seres humanos, cabras, corderos, vida ¡el campo está vivo!

De las hojas de los árboles y de la hierba verde, como perlas transparentes, cuelgan las gotas de rocío que, poco a poco, el sol con sus implacables rayos irá haciendo desaparecer.

El Belmonte sale disparado, como un tiro: una oveja no soporta el verde provocador de la cebada y se dispone a recolectarla antes de tiempo. El can lo evita y el rebaño sigue cañada adelante.

La calera
Unos metros más allá, tres montículos nos indican dónde se transforma la piedra en cal para la construcción de edificios: son las caleras. En la primera, la del abuelo Calixto, ya hace tiempo que se dejó de producir. En las dos que hay en el ángulo que forman la cañada con el camino del Cañuelo, y aunque hoy estén apagadas, aún se produce. Otro día explicaremos cómo, mediante el fuego, se conseguía esta transformación de la piedra.

En la cima de los majanos que bordean la cañada, la abubilla, tú-tú-tú, saluda al día que comienza. Gran cantidad de insectos irán a parar al zurrón (buche) de los glotones pajarillos que esperan bajo las piedras para lanzar un cañonazo de su detritus si alguno es osado de meter la mano en el hueco donde tienen su nido. Extraordinaria colaboradora del agricultor es la abubilla, devorando gran cantidad de insectos perjudiciales para la agricultura. Bonito es su color y agradable su presencia, tanto como fétido es su olor.

El rebaño no espera y nosotros debemos seguir su ritmo.

Atrás dejamos el camino de El Cañuelo. Suponemos que si se llama así será porque allá, al comienzo de la cuesta, entre los junquerales que allí se divisan, nace un pequeño chorro de agua, humilde pero constante (dicen que jamás se secó). Allí, en el pequeño regato que forma hasta que -cual humilde Guadiana- desaparece bajo las arenas, acuden a beber, o a bañarse, todos los pájaros del contorno: perdices, charros (rabilargos), collalbas, gurriatos (gorriones), valencianas (gorrión chillón), el mirlo, colorines (pardillo), jilgueros, verderones, el milano, el ratonero, ruiseñores, la oropéndola, el pájaro mosca, el arrendajo, palomas torcaces, tortolillas, zuritas, cogujadas, alondras, calandrias, tordos, el azor, el gavilán, picapinos, el alguirroche (cernícalo), carracos, abejarucos, maricas (urracas), grajos, grajuelas, críalos, cucos, abubillas, zorzales... en fin, todos los componentes de la amplia fauna que alegra y da vida al contorno del pueblo. Y dicen que aquella agua cuece muy bien toda clase de legumbres.

Allí también acuden los tramperos con lo que llaman liga para cazar, enjaular, o llevar para la cocina, todo aquel pájaro que fatalmente se pose sobre el entramado de juncos y palos impregnados del pegamento.

Pocos metros hemos recorrido cuando escuchamos el canto de la perdiz: coreché-coreché que emite desde los herbazales de los vallados que hay a lo largo de la ladera entre el camino de La Parrilla y la cañada que nosotros pateamos, donde todos los años traen a la vida a sus perdigones.
Un bando de torcaces alza el vuelo cuando llegamos a la altura de las primeras viñas, donde el barco se estrecha para iniciar la subida a El Bosque y hacia el pinar de los Hoyos dirigen su vuelo. Aquí el olor a salvia se mezcla con el del guazo, cantueso, tomillo y sardinilla, capaz de complacer a la nariz más exigente. El campo es un inmenso jardín que nadie, excepto la sabia naturaleza, controla.

Grupo de avutardas
Cuando coronamos la cuesta, en dirección al pago de Los Corrales, sobre un campo sembrado de yeros, un grupo de avutardas nos observa.
El rebaño ha llegado a El Bosque y comienza a extenderse sobre la gran alfombra de tomillo... Cucú, cucú, el cuco nos anuncia que busca por aquel entorno nido ajeno donde depositar sus huevos para que otros críen a sus polluelos. Su canto nos invita a pensar y nos preguntamos: ¿de dónde le viene el nombre a este pájaro? Cuando del “rey de la creación” se dice que es un cuco ¿qué queremos decir? ¿Quién da nombre a quién? ¿El pájaro porque se aprovecha del trabajo de sus congéneres, o al pájaro le llegó el nombre tomándole como referente del ser humano que vive a costa del vecino? En otro momento quizás intentemos averiguarlo.

Crialo
No es sólo el cuco el allanador de hogares ajenos, hasta nosotros llega el grito ensordecedor del críalo –granuja de la misma familia- que se vale de la misma treta para dejar sus responsabilidades a cargo del vecino.

El pastor nos recuerda cómo una vez descubrió un nido de marica y cuando trepó al pino lo que allí había era un hermoso pájaro, gordo y brillante, pero que sus colores nada tenían que ver con el blanco y el negro propios de la urraca. 

Dos pequeños bultitos de pelo rojo y larga y esponjosa cola, juguetean a lo lejos sin percatarse de que son observadas por las garras inmisericordes del azor. Cuando las ardillas se dan cuenta del peligro que sobre ellas se cierne ya es demasiado tarde. Presto corren a refugiares entre las ramas del pino catorzal. Desde entre las ramas del pino, uno de los dos roedores observa como su compañero de juegos vuela suspendido por el aire entre las garras del rapaz, perdiéndose entre los árboles del bosque para no regresar jamás. Es la ley de la selva, comer y ser comido, y éste es el triste destino del débil frente al fuerte. ¡La selección natural!

Seguimos avanzando por el pinar. El día es espléndido y el ambiente es muy saludable. Las ovejas buscan entre la estepa, el cantueso y demás plantas aromáticas su bocado más apetecible; la primavera está siendo generosa y el pasto no escasea.

Nos dirigimos ahora hacia las canteras, donde los canteros trabajan a pleno rendimiento en la extracción de la piedra necesaria para restaurar los baches de las carreteras del contorno.

 El picapinos golpea sobre el viejo pino a destajo acondicionando la casa madera que tiene en la que cría a sus polluelos aislados de temperaturas extremas.

Una bolita de plumas se desplaza por el tronco del pino catorzal: es el pájaro mosca que parece jugar con nosotros al escondite; cuando nos asomamos por un lado para observarlo, él da la vuelta para situarse por la cara opuesta. Decididamente el pajarillo se divierte a costa nuestra. La vida palpita en el corazón del bosque.

El pastor da tiempo a que llegue el mediodía para cambiar de pasto a las ovejas, cuando ante nosotros aparece un grupo de liebres que parecen perseguirse: es un celo. Corriendo, pero sin prisa, se pierden en dirección a la cañada merinera. Todo queda tranquilo hasta que los perros del pastor guiados por la estela que dejan los leporinos, siguen su rastro. De pronto una de las liebres aparece en dirección al rebaño y al verle se detiene quedándose amonada frente al pastor, confundiéndose con la tierra entre gris y rojiza.

El joven agarra su cayada por la parte baja y apoyándola sobre su hombro derecho se dirige de cara al lagomorfo que, creyéndose segura, no se mueve. El pastor, nervioso, la mira a los ojos y cuando llega a su altura, como si la cediera el paso, se aparta de su trayectoria dejando al animal el camino despejado al frente. Éste es el momento que la liebre aprovecha para emprender su veloz carrera. Como impulsado por un resorte, el garrote parte del hombro del pastor y girando sobre sí mismo, fue a estrellarse tras las largas orejas del leporino que, por un instante, queda mareado. El rabadán le coge por sus largas patas posteriores y, cuando al cabo de un rato despierta de su “anestesia” ya es prisionera la liebre.

Este hecho, por lo insólito, no puede quedar entre los secretos que el bosque guarda.

Un grupo de trabajadores del campo se divisa allá por el pago denominado El Bosque. Cada uno se afana con su binadera surco adelante, para limpiar de malas hierbas y planta sobrante el terreno, dejando a la distancia establecida una sola remolacha. A esta tarea le llaman capar. Están capando remolachas.

Hacia allá, con su trofeo en la mano, se dirige el pastor.

Pero… ¿cómo la has cogido? ¡Vaya tino! ¡Y será porque no es grande!


El pastor relata los hechos con todo detalle y por un momento se siente el rey del bosque.


No debe ser casual el recorrido que el rebaño ha seguido a lo largo de la mañana. En aquel grupo de trabajadores, de la binadera, se encontraba la niña de la tronera y el pastor sabía, desde la primera hora, dónde se encontraba su amor.

Es mediodía, y las gotas de rocío hace rato que desaparecieron de la hierba tierna del valle. El hatajo vuelve a recorrer el camino pateado por la mañana, pero en sentido inverso. El pastor dirige ahora su rebaño hacia El Sotillo de Abajo: allí hay un campo con buen careo. Entre el verde de la hierba y el rojo de la flor de las amapolas, el rabadán alcanza a ver el blanco de la leche que saldrá de las ubres de sus ovejas a la mañana siguiente y hacia allá se dirige.

Son las tres de la tarde cuando el hatajo cruza el puente grande o puente del Arroyo de los Machos, para seguir la dirección que lleva, por el viacrucis de piedra, hacia la ermita.

Pasando el cruce con el camino del cementerio el pastor debe tener cuidado. Allí, en la pradera, las mujeres de Camporredondo tienden a asolear y secar la ropa que han lavado en el arroyo que, bajando por El Olmillo y la ermita va a unirse al arroyo principal que se desliza por la vega y el Masegar para verter sus aguas al río Cega.

Entre las flores blancas de las verdes berreras, asoman los ojos expectantes de las ranas pendientes de que algún imprudente insecto, equivocadamente, se distraiga y al posarse pase a formar parte del menú del anfibio.

En la hilera de chopos que jalonan la parte sur-oeste del arroyo bulle la vida: los jilgueros y verderones han construido allí sus nidos y con sus trinos y gorjeos alegran la vida de la lavandera y el agricultor. De una rama del árbol más frondoso ha colgado su nido, a modo de cesta, la oropéndola.

El rebaño ha llegado a la ermita donde, por el puente de piedra, cruzará el arroyo en dirección al pinar negral.

El puente de paso lo forman dos piedras. Una de ellas es especial: Tiene unas grabaciones que nosotros no somos capaces de descifrar. Son piedras que, según nos cuenta José Criado, monaguillo en aquel tiempo, fueron traídas desde el interior de la iglesia del pueblo en el año 1931.

Piedra completa y detalles A y  B de la misma
El pastor y su hatajo se aproximan a su objetivo. Al llegar al pinar el camino gira 90º al oeste, hacia el lugar donde el pastor se las prometía muy felices para su rebaño, pues el careo se presentaba espléndido.

Este camino es transitado por carros tirados por animales, también por animales de carga, personas... en fin, es un camino de servicio para el campo.
En la espléndida huerta que hay allí mismo, donde el camino gira a la derecha, dos hombres charlan animadamente. El pastor, ayudado por sus fieles canes, dirige su hatajo por este camino que lleva hasta el careo. Cuando el pasto empieza a ser engullido por el ganado, uno de los participantes en la conversación abandona ésta para dirigirse hacia el rebaño. El saludo que dirige al pastor, sacando libreta y lápiz, es:
- ¿Cómo se llama usted?”
 Extrañado, el pastor contesta:
- Sindo
- Sindo, Sindo ¿y qué más? -pregunta de nuevo-
- Martín Pérez
- y ¿cuántas ovejas lleva?
- Doscientas ¿por qué?
-¡Cómo que por qué! ¡Porque queda usted denunciado! ¿No sabe que por el camino no pueden pasar las ovejas?
El pastor no lo entiende y trata de replicar. De nada le vale, aquel señor es la autoridad, y sólo él decide quien pasa por aquel camino público.
-Y cállese o le pongo otra denuncia por resistencia a la autoridad.
Y es que aquel “señor” es el guarda del pinar y tiene suficiente autoridad como para decidir quién puede, o no, usar los caminos públicos.

Así acabó el día que el pastor había comenzado con mucha ilusión, pero que la “autoridad” se encargó de frustrar. Y es que en estos tiempos hay autoridades y súbditos. No hay posible recurso.

El pastor pasará una semana ordeñando a sus ovejas para pagar la multa que le han impuesto por tener la osadía de pasar con su rebaño por un camino público sin pedir permiso a la “autoridad” pues, por su juventud, no sabe que sobre la fuerza de la razón, impera la razón de la fuerza.

El rebaño volvió al corral, el tiempo, inexorable, siguió su curso y por fin, amaneció un nuevo día.

“Solamente aquél que contribuye al futuro tiene derecho a juzgar el pasado”.
NIETZSCHE

oOo

Como si de un sueño se tratase, los protagonistas de “Un día con el pastor y su hatajo”, quisieron pasar otro día como el narrado. Pero habían transcurrido más de cincuenta años y algunas, muchas cosas, el tiempo y los seres humanos se habían encargado de transformar.

Quisieron comenzar en el mismo punto de partida, pero…

¡Oye! ¿Dónde están las ovejas? No, no, las ovejas ya no pasan por las asfaltadas calles del pueblo. ¡Todo lo ensuciaban!

Y, ¿tú sabes que fue del Belmonte y el Cadete? Pues... murieron de viejos.

¿Dónde está el herradero? El oficio de herrador ya no existe; los animales de carga y tiro, han sido sustituidos por caballos de acero, propulsados por energías más “cómodas”.

Los aviones que tanto alegraban las mañanas del pueblo ¿también ensuciaban? Tal vez encontraron aleros más confortables en otra parte y no quisieron volver. Ahora tendría usted que esperar largas horas para poder contemplar una pareja.

¿Y la casa de la tronera? La derribaron. Ahora hay un edificio de planta baja con rejas en las ventanas para protegerse de los ladrones.

Y la niña que se asomaba por la tronera ¿qué fue de ella? La niña, la jovencita, enfermó de amor. Tan fuerte fue su ataque que hoy es una maravillosa abuela que ama a sus nietos, como ella sabe amar.

Pero… ¿dónde están las grajuelas de la torre? ¡Anda! como ya casi no se tocan las campanas, yo creí que por eso no se oían las grajuelas. Se habrán ido, ¡no las había echado de menos!

¿Y las ventanas que se cerraban para evitar que el polvo que el rebaño levantaba entrase por ellas? Están cerradas, permanentemente, por falta de vida en el interior.

¡Oye! ¿Y las básculas? Fueron desmontadas. Desaparecieron. Hoy se llevan las remolachas, en grandes medios de transporte hasta las fábricas y, hasta es probable que éstas también desaparezcan. Compramos el azúcar de importación que es más barato. ¡Ah, ya!

¡No veo las caleras! El cemento sustituyó a la cal en la construcción y la poca que se produce se hace en hornos especiales.

Vengo observando que abubillas casi no se ven, ¿eran marranas, verdad? ¡Mejor que se hayan ido! Hombre, no diga eso, porque de vez en cuando alguna sí que se ve.

Las caleras, por supuesto que con el hormigón está justificado que desaparecieran porque… no las veo.

Pero… veo que en el regato de la fuente de El Cañuelo no hay actividad ¿qué ha pasado? ¡Jolín! pues resulta que como ya no necesitamos cazar pájaros no me había enterado que no acuden a beber, ¡qué sé yo! ¡Beberán en otro sitio!

¡No oigo el coreché! Es que quedan muy pocas perdices, no llegarán a la docena en todo el término del pueblo.

¿Dónde están las viñas de donde, de vez en cuando, nos comíamos un racimillo? ¡Joder, se pone pesado! Pues las arrancamos porque no daban más que trabajo. ¡Ya! Los paseos, con el amor al lado, hasta el majuelo…y las fiestas de vendimia, y los lagarejos entre la gente joven, y el gajo que aparecía en el “sobrao” de la casa, que estaba tan bueno cuando las uvas ya eran pasas, ¿ya no tienen ninguna importancia? Mire: ahora el cansado paseo lo hemos sustituido por la novela de la tele, que es mucho más cómoda, y las pasas las compramos en los supermercados y ya está. Ves, eso sí que es acertado, si será buena solución la tele, que nos evita el paseo y hasta el diálogo ¡Viva la tele!

Cuando llegamos al páramo quise mirar para contemplar el lento y pesado vuelo de la avutarda pero nuestro joven interlocutor me sacó de dudas: él no conoció esa ave en el término de Camporredondo. No quisimos adentrarnos en el pinar porque nos dijo: las canteras se abandonaron hace muchos años, liebres hay pocas, y las rapaces y ardillas escasean en nuestros pinares.

¿Y el cuco? seguí preguntando. Es muy raro escuchar su canto.

¿Aún sigue disparando el pastor su garrote? Difícil me lo pone. Hay pocas liebres y, desde luego, no quedan pastores de quince años.

¡No veo a los campesinos con sus binaderas! Las binaderas son piezas de museo. Hoy las máquinas y herbicidas se encargan de aquellas tareas.

Y POR LA TARDE, CAMINO DEL SOTILLO DE ABAJO...

Decidimos hacer el camino hacia El Sotillo de Abajo pero, al comienzo, me quedé “pasmado” ante el espectáculo y, tuve que preguntar ¿dónde está el Arroyo de losMachos? ¡Coño, pues no lo ve! Hicimos un puente más amplio porque, como resulta que no trae agua, eliminamos el vado donde bebían los machos y se cogían cangrejos y así es mucho más práctico. O sea que… ¿cangrejos tampoco? No hombre no, desaparecieron hace muchos años y antes de que me lo pregunte le diré que peces y topos tampoco, ni carricerillo… ni tantos otros bichos que vivían sobre el arroyo.

No salgo de mi asombro, por lo que unos pasos más adelante pregunto:

La pradera que había aquí, donde tendían la ropa las mujeres de Camporredondo y cantaban los grillos ¿dónde está? Hombre, como no baja agua por el arroyo, porque lleva muchos años seco, pues la pradera tenía que desaparecer y desapareció, pero no pasa nada.

Oye: hace 50 años se regaba con el arroyo sin más que hacer una pequeña presa -la balsa lo llamábamos- pero si ahora no baja agua ¿cómo se apañan los agricultores para regar? Bueno, se hicieron pozos; dicen que en aquel tiempo con tres metros bastaba para no agotarlos, ahora están sobre los ocho metros y bajando, lo malo -y esto sí que empieza a ser preocupante- es que un poco más abajo el terreno es impermeable...

Tampoco está el vía crucis de piedra. Tampoco... Oiga, pare. Pare, que se ha lanzado. Todo eso desapareció. ¿No ve que hemos progresado? ¿Y no sabe que progresar tiene un precio?

Seguimos adelante: claro, así se explica que los chopos de la margen sur-oeste de lo que fue Arroyo de la Ermita también hayan desaparecido y con ellos, los jilgueros, verderones, maricas, oropéndola…etc. Claro, pero ¿para qué nos sirven los pájaros? ¡Pues tienes razón! Pero es que con los seres vivos que desaparecen, desaparece la vida ¿no lo crees así? ¡Vamos a llegar hasta la ermita!

Y hasta la ermita llegamos y… ¡Dios bendito! ¿Éste es el vado que siempre estaba lleno de agua, berreras, ranas y peces? Bueno, empezó por secarse un poco en pleno verano, en vez de dar agua a los machos en el arroyo se lo dábamos en un herrada, después se secaba ya todo el verano, después bajaba un chorro en invierno y por fin se secó sin darnos cuenta, pero así es más fácil cruzarlo, ya no hace falta puente.

Restos encontrados al lado de la ermita al hacer la conducción del agua para
Santiago del Arroyo  –al parecer visigodos- que aparecieron, en sus tumbas,
en la proximidad de la ermita, justo por donde pasa la conducción del sumi-
nistro de agua para Santiago del Arroyo. Y allí,en el cementerio, unos y otra
permanecerán olvidados. ¡Qué le vamos a hacer!
Eso sí que es verdad, pero oye… cuando pasen otros cincuenta años, si no le ponemos remedio, ¿qué pasará? Hombre, dentro de cincuenta años ya le encontrarán una solución. De momento sigamos disfrutando de lo que tenemos.

Tampoco veo la piedra con aquellas grabaciones que no sabíamos descifrar. Verá: aquella piedra, una vez limpia y protegida contra humedades, la corporación municipal, el consistorio, con su alcalde al frente, acordó trasladarla al cementerio para cubrir unos restos humanos.
A partir de aquí pensé: ¿sería posible regresar en el tiempo? ¡No! Me dije, eso es imposible, y no deseable. Con ello volvería también el polvo a las carreteras, volvería el hambre, el niño esclavo, la señora arrodillada al borde del arroyo y los niños con la binadera en la mano. Y volvería el “señor autoridad” -siempre infalible- capaz de ahogar a cualquier ser humano un espléndido día de primavera, aunque éste fuera un niño que soñó con la leche que podrían dar sus ovejas, pero que cometió el pecado de conducirlas por un camino que todo el mundo usaba.

Lo que sí creo que deberíamos hacer es caminar más despacio y con paso más firme, eliminando lo inservible y conservando todo aquello que mereciera la pena de ser conservado. Así no arrasaríamos.

Oye, ¿qué ha sido de Sindo? Dejó la cayada, colgó la alforja y la manta, se fue al servicio militar y desapareció. Quién sabe...

“El tiempo no es sino el espacio entre nuestros recuerdos”
Amiel



Dos de febrero de 2.006


EL PASTOR

miércoles, 24 de abril de 2013

El chozo, el guarda y el queso.

Por ser Semana Santa, hay vacaciones y, por haber vacaciones, son dos los pastores que guían el rebaño: el zagalejo y el rabadán.

Esta primavera el pasto escasea; aún no han llegado las tan esperadas lluvias que harían florecer el campo. La hierba no prospera y los rebaños son muchos. Por más que los pastores cavilen, la hierba no aparece por ninguna parte. Esta mañana salieron de casa sin tener la ruta a seguir decidida, quizás pensaran en aquel pasaje de la Biblia que dice: “sigue que Dios proveerá”.

Pero la mañana avanza y Dios debe estar muy atareado en otros menesteres. Los animales buscan, pero salvo tomillo, cantueso, ramera y poco más, no hay nada que hacer y, ya se sabe, si la oveja no come no tiene materia prima para transformar en leche y sin leche no hay queso y sin queso... ¿para qué seguir?

Pasado el mediodía la situación es casi desesperada, ¿qué hacer? De repente, al menos joven de los dos pastores parece habérsele encendido una luz; no hay más remedio, hay que recurrir a lo prohibido ¡el vedado!

Por El Coletillo, dice al pequeño, tiene que haber buen careo porque allí no entran las ovejas.

Restos del chozo bajo el que, durante varios meses al año, día y noche, un matrimonio
mayor cuidaba de que las piñas no fueran desviadas de su ruta natural. Quizás desde algún
lugar en las estrellas, recuerden el día en que liberaron a dos niños del miedo que los ate-
nazaba. ¡Qué recuerdos!
El problema es que en el chozo está el matrimonio que guarda las piñas y se lo dirán al guarda del pinar. Como la situación es grave, enseguida encuentran justificación a la decisión que ya han tomado; no importa -dicen- porque son muy buenas personas y no nos delatarán.

Con la decisión tomada dirigen el hatajo por la cañada merinera hasta donde creen que está la solución a su problema.

Al poco rato aparece ante sus ojos el montón, en forma de pez, que durante el invierno recogieron los piñeros de Portillo.

Durante el invierno, grupos de hombres (los piñeros, casi todos de Portillo), encontraban su medio de vida en el pinar; unos, en corta, otros, en olivaciones, y había otro grupo, numeroso, que se encargaba de tirar al suelo y recoger el fruto del pino albar (Pinus Pinea): la piña.

Admiración sentía el pastor al ver, durante el invierno, trepar por el pino a los piñeros. Viendo aquel rimero era difícil imaginar que una a una pudiera formarse aquel montón de piñas.

Poco a poco las ovejas iban encontrando mas pasto, y los pastores disfrutaban ¡no se habían equivocado! Allí había hierba verde y tierna.

Se aproximaban al chozo y nadie salía.

Los niños contemplaban el encalado de la parte baja del pez de las piñas (esto lo hacían para comprobar si algún ratero merodeaba por el entorno del montón sin ser visto y, disimuladamente, retiraba alguna piña, que dejara rastro).
Bordeaban el pozo del que sacan el agua para lavar los piñones cuando, en ese momento asomó por la puerta del chozo el marido del matrimonio guardián pero… ¡sorpresa! Tras él, también asomó el guarda forestal que, echando mano a su mochila sacó libreta y lápiz disponiéndose a tomar nota del nombre de los pastores y del número de cabezas que componía el hatajo después.

¡Pobres inocentes! “¿No sabéis que esto está vedado?” Pensábamos que como es cañada...¡Pues os voy a denunciar!”.

No se habían equivocado los pastores al juzgar como buena gente al matrimonio que cuidaba las piñas. Fueron éstos los que acudieron en auxilio de los niños para sacarles del apuro. ¡Pero hombre! Dijeron, ¿no ves el susto que tienen? El guarda forestal que, además, tenía sentimientos, siguió hablando y haciendo el cargo a los pastores... ¿No veis que esto no se debe hacer? Esto está vedado y aunque sé que las ovejas no hacen daño a los pinos, no pueden pastar por aquí, yo lo siento, pero tengo que multaros.

Fue entonces cuando tomó la palabra el “ángel” que primero salió del chozo y dijo: Vais a hacer una cosa... mañana subís un queso a este hombre, que por eso van a dar más leche las ovejas y todos saldréis ganando.

Restos, del pozo del que sacaban el agua para lavar los piñones
Así acabó el día, los pastores saltaban de alegría, y en una casa donde no había queso (año 1953), durante algún tiempo no faltó aquel manjar que era el queso artesano de leche de oveja. Seguramente esto ocurrió porque Dios no estaba tan ocupado, sino que estaba guardando un montón de piñas que durante el invierno habían tirado y recogido del pino los piñeros de Portillo.

Y fue éste el comienzo de una gran amistad.

Sobre la era donde se tendían las piñas volverían los pastores después del verano para recoger los piñones que quedaban semienterrados en el suelo.

Cuando llegaba el mes de mayo o junio, el pez de piñas se convertía en parva y los rayos del sol se encargaban de abrirlas para, después, pasar con la mula y la rastra por encima para que cayeran los piñones, lo mismo que se hacía con la mies y el trillo en la otra era para que cayera el grano. Después, con la criba separaban los piñones y allí mismo con el agua del pozo, cuyos restos vemos en la foto, los lavaban.


Camporredondo, Abril de 2005

sábado, 20 de abril de 2013

¿Progreso?

Cuando decidí contar este episodio en la vida del joven pastor algo se removió en mi interior al ver que,  de todas las cosas que yo podía contar no era capaz de ilustrarlas con fotografías porque era imposible ¡habían desaparecido! Por eso tuve que recurrir a internet, de donde he recopilado las fotos vivas que os ofrezco. Las otras, las actuales, juzgarlas vosotros. El pastor las conoció como lo cuento, sin quitar ni poner. El niño que lo cuenta contempló el campo vivo: con agua, con flores… pero sobre todo con vida… Las liebres abundaban, las perdices se veían en bandos, los topos de ribera (ratas de agua) se comían todo lo que el agricultor sembraba al borde de cauces y arroyos. Y cantaban los jilgueros sobre los chopos del camino de la ermita, y se oía y se veía la oropéndola… y croaban las ranas… y la gente no cogía cangrejos porque estaban hartos… y pezas llamábamos a los peces más grandes…  hasta el canto de los pájaros casi molestaba… en fin posible lector ¿Esto es progreso? Si tú quieres, sigue leyendo.

Los toperos

Un día del mes de septiembre del año 1956, es domingo; pero como la andorga de las ovejas no entiende de días festivos, el joven pastor cuelga de su hombro la alforja con la tortilla, la cubre con la manta, y con la cayada sobre su mano derecha, seguido por sus perros y el rebaño, enfila cañada de Carramambres arriba. Las ovejas beben agua en los bebederos que están a media cuesta, unos metros antes de las primeras bodegas, y sin ninguna prisa siguen por el camino de Los Valles hacia El Canalizo. Al llegar al majuelo que llaman “El Tinto,” el pastor se acerca para coger un racimo de uvas que por ese tiempo están en plena sazón. 

 Al cruzar un campo de remolachas que hay entre el rebaño y el majuelo, se desarrebuja la rabona y emprende veloz carrera en dirección a su perdedero natural: el pinar. El pastor, que lleva en la sangre el ramalazo venatorio, no puede reprimir el impulso de transformar la  cayada en escopeta y con ella apunta a la liebre. Cuando cree tenerla enfilada para el disparo no le queda otra opción que disparar con las cuerdas vocales… ¡pum, pum! Una vez efectuados los dos disparos bajó la cayada (la caña por un momento, así llamaba a la escopeta) y todo volvió a la normalidad. Como no sufrió ni un rasguño, el leporino siguió su carrera, y el pastor arrancó el racimo que fue jalándose a medida que el hatajo se acercaba a  La Senovilla por donde, un poco antes del mediodía, bajó en dirección a la vega, que era la ruta que había establecido, para el careo del rebaño hasta la hora de encerrar.

Cuando, después de lo de la liebre, los nervios del “cazador” iban atemperándose, al asomar por los testerales, un bando de igualones picoteaba sobre un rastrojo de trigo. Aquí el pastor se ahorró los dos cartuchos, limitándose a apuntar con la cayada tal vez esperando que, así como dicen que el diablo cargó una escoba, quizás el diablo, o Dios, uno de los dos hubiera cargado la cayada. ¿Por qué no?

Al asomar hacia la vega, sobre el arroyo de La Requijada, a la altura de las tierras del camino de El Caño, el pastor descubrió que dos hombres y un perro se afanaban por el cauce persiguiendo algo. No necesitaba que nadie le dijera quiénes eran y lo que hacían, porque eran muchas las veces que había guipado, desde su más tierna infancia, las alforjas de los toperos repletas de topos de ribera (ratas de agua). Esta vez la curiosidad hizo que se acercara hasta ellos para ver de cerca la caza del topo. Un saludo de buenos días fue suficiente para entablar una breve conversación sobre el oficio de topero.

Sobre la calidad de la carne de rata de agua el pastor no tenía nada que preguntar porque lo sabía desde que una vez, siendo muy niño, arreaba las ovejas cojas por los alrededores del pueblo: en un cauce próximo a la ermita, el zagalejo descubrió que un topo (rata de agua) se movía por su senda cerca del agua del caz. En esto que la rata se paró, semi-oculta entre el yerbajo, por lo que su pequeña silueta era medianamente visible. El pastorcillo no lo pensó dos veces y cogiendo una peladilla, la lanzó, a machote, en la dirección exacta en que se encontraba la rata que no tuvo tiempo de esquivar el disparo, quedando inmóvil para siempre.

Cogió su trofeo y, todo orgulloso, con él se presentó en casa. La madre no lo pensó dos veces y dijo: “mañana la echo en el cocido”. El hermano Adolfo que oyó esto le dijo a la madre; si se te ocurre echar eso en el cocido, cojo los garbanzos y los tiro al corral. Vista la reacción, dijo la madre; ¿pero tú crees que yo iba a echar el topo al puchero? ¡Ahora mismo la tiro! Esto tranquilizó los ánimos de todos y todo quedó tranquilo hasta que, al día siguiente, llegó la hora de comer. La madre trajo la sopa a la mesa y como ya nadie se acordaba del topo, pues todos se sorprendieron del sabor que tenía. ¡Vaya como está hoy el cocido! exclamaron cada uno de los comensales, es extraordinario el sabor que tiene. Se acabó la sopa y vinieron los gabrieles que tuvieron el mismo éxito. A todo esto la madre callaba y dejaba que comieran tan a gusto el sabroso cocido castellano.

Una vez terminada la comida, la madre, a modo de pregunta, dijo; ¿o sea que el cocido estaba bueno? ¡Como nunca! dijeron los comensales. Entonces entró la cocinera a la despensa y sacó el cuerpo de la rata cocido; esta es la culpable, les dijo. Mostró el cuerpo del roedor tan cocidito y ya nadie protestó. Sí que es verdad que tampoco ninguno fue capaz de comerla, pero fue este un cocido castellano que, si bien no volvió a repetirse, si que dejó un grato recuerdo, tanto, que al cabo de 58 años aún perdura en la memoria de uno de los comensales.

Después del saludo, el pastor se dedicó a observar de qué manera se arreglaban para dar caza al escurridizo roedor: sin más armas que una barra en forma de cayada, para ir pinchando aquí y allá para hacer salir a la rata, un azadón para cavar cuando se metía en la cueva, sus manos y el perro que cogía casi todas, las alforjas de aquellos toperos, que dijeron ser de La Pedraja de Portillo, fueron llenándose de ratas, pues era raro que la que delataba su presencia no pasara a colmar los senos de la alforja. Jamás había visto el joven pastor tanta facilidad para dar caza a un animal tan escurridizo, cogiéndolas con las manos sin ser mordidos.

Un rato estuvo el pastor observando la cacería de la rata, pero como las ovejas exigían su presencia hubo de separarse y seguir su vereda. Cuando por la tarde volvió a encontrarse con los toperos en el mismo arroyo, pero ya cerca de El Olmillo y la ermita, el pastor no pudo por menos que emitir un… ¡joder! ¿Qué es lo que habéis hecho?, pues las alforjas estaban a rebosar. Los cazadores de ratas le explicaron algo que él ya sabía: estos cauces están atestados de topos, le dijeron. Y es que era cierto, pues a lo largo de la pestaña, y en no menos de dos a tres metros, aquello que el agricultor sembraba era pasto de los roedores; les daba igual que fueran cereales, remolacha o patata, de todo comían, así que estaban gordas y saludables. De nada servía al agricultor defender su cosecha a base de cepos.

Bueno, preguntó el pastor; ¿pero qué hacéis con tantos topos? Pues una parte son para el consumo de casa y el resto se venden y representa una buena ayuda para la economía familiar. Tenían una clientela fija,  por lo que todos los domingos debían reponer las despensas de sus clientes que, según le dijeron al pastor, no era gente de bajo nivel económico. La rata de agua era muy apreciada en la cocina.

Bien entrada la tarde los toperos amarraron las alforjas en el soporte de sus respectivas bicicletas, encima de uno de los soportes subió el perro y emprendieron el camino de regreso al hogar en La Pedraja  de Portillo, o eso le dijeron.

REFLEXIÓN
Cuando pasados más de 50 años recorremos los mismos lugares que en aquel tiempo estaban llenos de vida, aunque parte de ésta fuera en forma de ratas de agua, no podemos por menos que pensar; dentro de otros 50 años… ¿Qué otras formas de vida habrán desaparecido? Desde entonces hasta hoy muchos de los cauces han desaparecido, los hemos borrado y seguimos borrando. Por ninguno de los pocos que quedan baja agua, los topos, como aquí llamábamos a las ratas de agua, ya hace rato que desaparecieron. La foto de la izquierda confirma lo que digo. Este era el arroyo de la vega entre El Olmillo y la ermita, en el que nuestros toperos llenaban sus alforjas de ratas de la agua. De aquel arroyo, otrora rebosante de agua y vida, hoy no quedan ni ratas, ni agua, ni arroyo. Aquí, en el pie de la foto, las mujeres de Camporredondo lavaban la ropa de la familia y aquí mismo había una hermosa pradera donde la tendían a secar. ¿Este camino lleva a alguna parte? En el plazo de cinco decenios, de estos cauces y arroyos han desaparecido los peces, las ranas, los cangrejos… (Canastas enteras de ellos se cogían y no se acababan) el carricerillo que criaba en ellos tampoco está, pero… ¡qué estoy diciendo si ya no hay ni arroyo! Otras cinco décadas y… ¿qué podrá contarnos el pastor? ¿Tampoco habrá pastor? ¿Seremos capaces de frenar, pensar y enderezar el rumbo? Al final de este camino está el precipicio. Un ejemplo: en aquel tiempo, (1950…), la vega de Camporredondo (la que se ve al fondo de la foto) se podía regar, y en buena parte se regaba, por inundación, sin más que atajar el arroyo. Hoy, años 2000, si queremos regar hay que buscar el agua a ocho metros de profundidad, y bajando. Si tenemos en cuenta que muy cerca de esta profundidad el terreno es impermeable ¿cuántos decenios nos quedan para poder regar? Y si no se riega… ¿podremos producir alimentos suficientes?

Este terreno seco y polvoriento que nos muestra la foto, en otro tiempo fue  un vado en el que vertían sus aguas el cauce de El Sotillo (nunca se secaba) y el arroyo de El Olmillo, en el  que lavaban la colada las mujeres de Camporredondo. Excepto el carril por donde vadeaban los carros y animales de carga, lo demás eran verdes berreras, plantas acuáticas, peces y numerosísimas ranas que al  atardecer llenaban el ambiente con su croar. En este mismo vado apresó el pastor la rana que le valió comerse las primeras exquisitas ancas.

Después de lo, poco, dicho ¿de verdad creemos que vamos progresando? ¿O nos estamos comiendo el presupuesto para todo el mes antes del día quince? Sinceramente creo que acabaremos recluidos en las cárceles de hormigón que, con el “progreso” vamos construyendo. ¡Qué lástima de manjarrias (colmenillas) que se criaban entre los chopos que jalonaban el borde de este que, en otro tiempo, fue arroyo!

Quisiera dar un paseo por la cañada de la ermita, contemplando el discurrir del agua cristalina del arroyo en un atardecer del mes de mayo, llevando al lado a mi amor y escuchando el canto del jilguero y la oropéndola mezclados con el croar de las ranas, pero…es imposible. Aquello, tristemente, sólo es un recuerdo que guarda  mí memoria.

Camporredondo, Noviembre de 2008


viernes, 12 de abril de 2013

El amor de la madre

"Lo difícil es: hacer lo fácil bien"

El pastor está orgulloso por el fruto recogido con el esfuerzo que, día a día, dedica a su profesión. Cada mañana cuelga de su hombro la alforja con la merienda para la jornada y sobre ella coloca la manta que, por su estatura, casi arrastra por el suelo.

Es éste uno de los años más rentables en la explotación ganadera: el tiempo ha sido favorable, el pasto es suficiente y el precio del lechazo y la leche hacen que el pastor renueve cada día su entusiasmo ante el resultado obtenido por el trabajo bien hecho.

Conseguir una producción casi continuada, en el rebaño, no es tarea fácil, sin embargo este año se está consiguiendo.

No pasa mucho tiempo entre que la oveja dejó de dar leche y el nacimiento del siguiente lechazo. Quizás pudiéramos afirmar que el rebaño ha entrado en explotación intensiva. En todo caso, es el fruto del esfuerzo y la ilusión que el joven pastor dedica a la tarea que tiene encomendada. El “hombre” se da cuenta, e igual que otro profesional, de cualquier rama de la producción, siente el orgullo del éxito.

Hoy, un día de tantos, el pastor salió de casa seguido por el rebaño, y ayudado por sus fieles canes sube por el camino del Cañuelo, hacia las laderas de El Bon, convencido de que allí encontrará pasto suficiente con el que llenar la andorga de sus ovejas. A la angostura, se le suma la dificultad que supone el agua que por el camino corre desde la base de la ladera como consecuencia del otoño e invierno lluviosos, por lo que los perros tienen que emplearse a fondo para mantener al rebaño lejos de las viñas y cereales que, provocadores, se presentan a la vista de las ovejas.

Al llegar a la ladera comienza el careo y el pastor observa que no se ha equivocado, que la mañana será provechosa. Cercano el mediodía, con su rebaño ahíto, el pastor se da cuenta de que alguna oveja está de parto, por lo que decide que aquel terreno, por lo accidentado, no es el más adecuado para la ampliación del hatajo, y cargar con las nuevas ovejas dificultaría el control del rebaño en su salida por el camino.

Saciado el apetito de los animales, la salida no reviste mayor dificultad. El guarda encargado de vigilar posibles daños en los sembrados ha seguido los movimientos del rebaño por lo que al final del camino felicita al pastor.

Al llegar al pago de El Colorado, dos nuevos seres, inestables, luchan por mantenerse en pie para mamar y seguir a su madre.

Sin ninguna prisa, el rebaño sigue pastando en dirección a la cañada de Carramambres.

Con dificultad –aquí caigo, aquí levanto- las nuevas ovejitas también siguen la misma dirección.

Contra la tarde, el hatajo llega al Tieso de la Legua. Los perros, descansados (el día ha sido tranquilo), rastrean de un lado para otro. Las perdices en su ir y venir van dejando estelas que a los perros no les pasa desapercibidas y no paran hasta hacer volar a la patirroja. Justo al borde del camino que une Carramambres con el Hoyo Simón ha crecido una zarzaperruna (atrancaculos) frondosa y en su base una gran cantidad de yerbajo. Al llegar a su altura, el Belmonte, como impulsado por un resorte, se mete debajo sin temor a los pinchos del escaramujo. El pastor sabía que algún bicho había atraído la atención del can... pero cual no sería su sorpresa cuando el perro salió con la liebre entre las mandíbulas, liebre que, con arroz, alubias o patatas, daría buen juego en la cocina.

Ya es la hora de encerrar el ganado para su ordeño, cuando a otro mamón se le ocurre salir a ver lo que pasa por el mundo. Con el tiempo justo para el parto y la primera limpieza que la madre le hace al hijo, el pastor coge a la cría por las patas delanteras y enfila la cañada de Carramambres camino del corral.



La madre no se despega, lamiendo y limpiando continuamente al hijo.

Todo ocurrió unos metros antes de llegar a los bebederos; el Belmonte, perro fuerte y temido por el rebaño, quiso saber como olía el recién nacido y sin más se acercó al caloyo. La madre no pensó que aquel perro era la misma fiera de la que hubiera huido momentos antes sólo con que el perro la hubiera mirado. A la madre, el can podría matarla, pero a su hijo no habría nadie en el mundo capaz de hacerle daño.

Con la boca semidesdentada, abierta, se lanzó a muerte contra la fiera. La oveja acometía pero la lucha era desigual. Fue un momento; el perro hizo presa en la parte alta de la cabeza de la oveja que seguía atacando y haciendo retroceder a aquella fiera que quería hacerle daño a su hijo. El pastor consiguió alejar al perro, y la madre, con la piel de su cabeza que le colgaba sobre los ojos, volvió junto a su hijo sin dejar de observar en la dirección por la que su enemigo desapareció.

A esto le llamamos instinto, entonces… ¿Qué es el amor?

El pastor consiguió que aquella herida cicatrizara y la recién nacida llegó a ser una hermosa oveja de las que, entonces, daba un cuartillo de leche por ordeño.

Después de muchos años, el pastor sigue emocionándose al relatar aquella lección amor... ¿Por qué será? Son hechos que quedan grabados en la mente para no borrarse jamás.

Camporredondo Octubre de 2007

sábado, 6 de abril de 2013

El alcaraván

Hace tiempo que el joven pastor se ha fijado un reto con el alcaraván: el pájaro, con su facilidad para mimetizarse, lucha para que no le descubran ni a él ni a su nido. El pastor, empeñado en que si la zorra no fue capaz de descubrir al alcaraván, él sí que lo conseguirá.

Cuando el hatajo llega a La Navilla (en su parte sur-este), en la zona habitada por el alcaraván, el pastor va recordando cuando con motivo de la fiesta que en primavera celebraban los animales del bosque, mantenían sus competiciones en las que demostraban las habilidades de cada uno. Entre estas competiciones se encontraba la que establecieron el alcaraván y la zorra: cuentan que en una de estas celebraciones, la zorra presumía de cómo con su fino olfato, su oído y su vista no había nada ni nadie que fuera capaz de esconderse tan sutilmente que ella no fuera capaz de encontrarle. Así fue paseando entre todos los asistentes a la fiesta, pavoneándose con su espléndida cola y retando, uno por uno, a todos sus vecinos para ver si alguno aceptaba su desafío.

Herido en su amor propio, el alcaraván, cuya presencia nadie había notado, dio un salto y se colocó en medio del círculo que formaba el festivo grupo. Acepto, dijo el pájaro: delante de todos los habitantes del bosque, yo te reto a que me encuentres después de que me haya escondido.

Ante reto tan interesante se formó una comisión para ver el premio que se otorgaría al ganador del lance: unos decían que, en el caso de que fuera la zorra la ganadora, se la obsequiaría con una corona de laurel y una gallina en pepitoria.

Otros decían que, si ganaba el alcaraván, sería obsequiado con una opípara comida de lagartija con caracoles. Como no se ponían de acuerdo, fue el alcaraván el que zanjó la disputa diciendo: amiga zorra; si tan lista te crees, yo te ofrezco un premio que no podrás rechazar: yo me escondo, y si me encuentras, tu premio será una buena comida de alcaraván gordo y fresco; allí donde me encuentres tú me comerás, pues después de encontrarme yo no podría sobrevivir con la vergüenza de haber sido descubierto.

El jurado se retiró para deliberar y llegaron a la conclusión de que, si ese era el deseo de los contendientes, ellos no tenían nada que decir. Acordaron que una vez que el pájaro se hubiera escondido ellos darían la señal para que se iniciara la competición. Para evitar que la zorra hiciera trampas y viera en qué dirección se escondía el alcaraván, la obligaron a entrar dentro de su zorrera y cubrieron la entrada con ramas de atrancaculos (escaramujo).

El alcaraván se escondió, y la zorra salió de su zorrera pensando ya en el banquete, a base de pájaro ingenuo, que le esperaba, y así se pavoneó moviendo la cola por delante de los asistentes.



Comenzada la búsqueda, la zorra, pues no tenía ninguna prisa, de vez en cuando hacía señas, mofándose del alcaraván, segura de su triunfo. Pero fueron pasando los minutos, y pasaron las horas. De la mañana pasaron a la tarde. La zorra ya no hacía ostentación alguna, sólo se afanaba en rastrear, escuchar, mirar en todas direcciones posibles... se subía encima de los majanos y las pequeñas dunas de arena para otear mejor. Los asistentes se aburrían de esperar y hasta la luz del día ya se desvanecía después de que el sol, tocando su ocaso, apagara su luz gigante. Entonces la zorra, siempre tan astuta y tramposa, pensó: el alcaraván, asustado, ha huido y yo puedo darme por ganadora de la competición. No comeré alcaraván, pero mi astucia quedará intacta. Entonces, fingiendo relamerse como si acabara de darse un banquete gritó ¡ALCARAVÁN COMÍ! Los asistentes no daban crédito a lo que acababan de oír, se miraban unos a otros y se decían ¡pobre alcaraván! Merece que guardemos un día de luto en su memoria… pero, en ese momento, el alcaraván estirando sus largas patas exclamó: ¡A OTRO TONTO PERO NO A MÍ!

La zorra, al oír esto, metió su rabo entre las patas y dicen que, avergonzada, todavía no ha parado de correr.

El pastor seguía pensando en el cuento cuando el pájaro alzó el vuelo delante del rebaño. ¡Ya está! Dijo el pastor, allí está el nido y hoy sí que encontraré los huevos. Vueltas y más vueltas, pero ni el nido, ni los huevos aparecían por ninguna parte. Entonces el pastor, como la zorra, pensó: el alcaraván no estaba en el nido y por eso nunca encontraré los huevos. Así que, abandonando la búsqueda dejó el reto para mejor ocasión, y siguió con el careo del rebaño.

Cuando, por haberse acabado el pasto, el rebaño abandonaba la zona, al retornar por el mismo lugar en el que, inútilmente, buscó el nido, el pastor se agachó para coger una peladilla y lanzarla a una oveja que se desmandaba. Cuál no sería su sorpresa cuando al abrir la mano para coger lo que pudo ser una piedra vio que lo que allí había eran dos huevos, los mismos que un rato antes no pudo encontrar. El pastor respetó el nido y aprendió lo difícil que es descubrir a este maestro del mimetismo.

A partir de aquel momento el pastor comprendió a aquéllos que creen que el alcaraván es, solamente, de costumbres crepusculares o nocturnas, por la dificultad de descubrirlo durante el día, pues si se mantiene pegado al terreno es muy difícil que el ojo humano lo descubra. Cierto es que en el crepúsculo es cuando más se le descubre por su inconfundible canto.

Así que amigo lector, si no vas al frente de un rebaño de ovejas y quieres observar de cerca al alcaraván, disfrázate de pequeño arbusto (el monte no les gusta) y ten paciencia, te lo dice… un pastor.

El mismo pastor de la historia.

Camporredondo, otoño de 2000