martes, 27 de agosto de 2013

Las espigadoras y el pastor

Buscando ilustración para el pasaje de hoy, encontré “entredosamores.es” del Campo de Criptana y, allí mismo, junto a una fantástica fotografía de espigadoras en plena faena, su autor había incluido -de la zarzuela “La rosa del azafrán”- la canción “La espigadora” del maestro Guerrero.
Muy complacido, al tiempo que repasaba mi humilde escrito, escuchaba el fragmento de la zarzuela. Sentí, en ese momento, una sensación extraña en mis ojos y sorprendido me pregunté: ¿qué es lo que pasa?
Dos gotas de agua, atraídas por la fuerza de la gravedad, serpenteaban por las asurcadas mejillas del pastor.
Así os lo digo, porque así ha sido
¡Qué le voy a hacer!


Los tiempos son difíciles, hay poco y tenemos que aprovechar mucho, el abono químico todavía no está al alcance de todos los agricultores, el orgánico se emplea para el regadío, los métodos de cultivo andan un poco atrasados, la producción es escasa y la necesidad mucha. Los abundantes rebaños, para producir necesitan pasto y en verano el que se pone al alcance de las ovejas es el del rastrojo. Los segadores están obligados a recoger todo lo que la escasa cosecha ha dado de sí y para ello procuran que las espigas no escapen de su mano.

El joven pastor lucha para que sus ovejas llenen el bazaco, pero es muy difícil. Desde que el segador comenzó a segar y recoger en haces los primeros cereales, trata de averiguar si se preparan los carros con los palos de acarreo o el armaje y pregunta -allí donde puede encontrar información- cuándo alguien comenzará sus labores en la era y se ofrece para alcanzar con el horcón los haces hasta el carro con tal de tener un rastrojo para sus ovejas.

Por fin llega el día. Antes de amanecer, el cante de la rueda (el traqueteo de las ruedas del carro) se deja oír por los baches de las irregulares calles del pueblo. El pastor lo oye y se pone en marcha tras la estela del carro esperando adelantarse a los posibles competidores por el careo. Pero son muchos. Aún no ha descartado la posibilidad de que haya más rebaños que el suyo tras el carro, cuando un grupo de personas se acerca por el camino de los valles y, antes de que las ovejas puedan entrar al rastrojo, el grupo se sitúa tras el “vehículo” recogedor de haces y, deshaciendo los hatillos, sacan sus morralas.

En el instante en que el haz es levantado, las pocas espigas que han quedado en el suelo son recogidas por las hábiles manos de la espigadora. Las posibilidades de que una espiga quede en tierra son mínimas, el grupo de espigadoras se colocarán en formación de ataque y en pocas idas y venidas dejarán el rastrojo -para desazón del pastor- con poco más que la -poco nutritiva- paja. Una por una, con las espigas que recogen van formando manadas (moragas) y, separándolas de la paja con la tijera, van llenando la morrala. De nada le sirven al pastor sus reflexiones de que él paga unos derechos por los pastos y que, por tanto, le pertenecen para sus ovejas. Es la lucha por la subsistencia: el pastor defiende el pasto para sus ovejas porque de ello depende la economía familiar y por eso paga unos derechos que ahora le son usurpados por otro derecho, no menos legítimo, como es el derecho a la alimentación de las personas. De las espigas que la espigadora recoja en el verano dependerá que haya un huevo frito sobre la mesa a la hora de comer; es el pienso para sus gallinas. De las espigas que recoja la espigadora, unido a las patatas menudas -las marraneras (se aprovechaba hasta la más insignificante)- también dependerá que en la cochinera pueda ir engordando el marrano, para, cuando llegue San Martín, poder hacer la matanza con la que ir capeando los inviernos interminables y las temporadas de mayor esfuerzo en el campo.

La matanza era la mayor y mejor de las soluciones familiares. De ahí que la familia que conseguía hacerla tenía cubierta una buena parte de las necesidades básicas: la sangre se aprovechaba para hacer morcillas y del resultado de cocerlas se conseguía el grasiento calducho para hacer sopas; de las mantecas se sacaba el chicharrón para merendar durante muchas tardes; del tocino bajo se conseguía el torrezno para el almuerzo o merienda en el campo; los huesos para durante una temporada tener sustancia en el cocido; el tocino más alto para añadirle grasa al cocido y después untar el pan; el chorizo sabadeño para reforzar el cocido; la longaniza para alguna merienda especial y las tajadas de chorizo o lomo, conservadas entre la manteca derretida, para las faenas más duras del verano.

He querido introducir esta parte sobre la matanza, para que nos demos cuenta de lo que la espigadora defendía al reclamar para ella el derecho que el pastor tenía sobre el rastrojo como pasto para sus ovejas. El hambre no entiende de leyes; el pastor cree que la ley está de su parte porque paga por los pastos, y la espigadora defiende su derecho a la vida, ¿de parte de quién estaba la justicia? ¡Es imposible repartir lo que no hay! Mientras un ser humano tenga hambre no puede hablarse de justicia y ahora estamos hablando de repartir -con justicia- la miseria que queda en el rastrojo. Cuando la espigadora recoja las escasas espigas, las ovejas comerán la paja y nadie quedará satisfecho, pero todos tendrán que conformarse.

La espigadora, por si era poco el esfuerzo de recoger espigas del suelo, poco a poco iba llenando la morrala que colgaba de su cintura, con lo que el esfuerzo era aún mayor por tener que colgar el peso sobre su espalda. Así, espiga a espiga, conseguía llenar la morrala y, morrala a morrala, llenaba la talega. Con el sol implacable sobre su cuerpo, la espigadora cargaba la talega sobre su cabeza y por carriles, campo a través, o caminos de tierra, regresaba al hogar donde la esperaba la segunda fase de la tarea que comenzó cuando aún no había amanecido.

Cuando la espigadora llegaba a casa ya tenía el lugar elegido donde vaciar la talega; generalmente a la puerta de su casa, o quizás en la era, tendía el fruto de su esforzada mañana para que mientras ella hacía lo que llamaban sus labores, el sol se encargara de calentar la espiga. Cuando creía que ya desgranaría bien, con un palo o una horca, a base de golpes desgranaba las espigas. Si a continuación hacía un poco de aire, con sus manos levantaba el grano para que el viento se llevara las aristas, pero, si no hacía aire, con la criba y paciencia conseguiría ensacar unos puñados de grano para unirlos con los de ayer y así, como hormiga humana, grano a grano conseguía mantener a raya a la fiera que se mantenía expectante para, al menor descuido, lanzarse sobre la familia: el hambre se paseaba, con plena libertad, por las calles del pueblo, dispuesto a colarse por cualquier rendija que encontrara sobre la desvencijada puerta de la casa.

La espigadora y el pastor: dos competidores por la miseria que quedaba sobre el rastrojo. Cuando hoy recuerdan aquellos tiempos, los dos comprenden la situación del otro, porque los dos luchaban contra un enemigo común. 

Camporredondo, 4 de diciembre de 2009


Palabras de uso poco corriente usadas en este escrito

Chorizo sabadeño.- este chorizo es el que se hacía con la sangre cocida, la asadura y las partes sanguinolentas de la carne del cerdo –las que no valían para el chorizo normal- . Se añadía al cocido –no todos los días, de ahí el nombre de sabadeño- y lo de negro era por su color oscuro.

Patata marranera.- En otro tiempo los calibres de las patatas eran tres: gordas o de consumo humano; sembraderas que eran las de calibre medio y todas las demás que se llamaban marraneras porque con ellas se cebaba al marrano.

Las palabras: arista, armaje, bazaco, calducho, careo, chicharrón, espigadora, haz, horca, horcón, matanza, moraga, morrala, rastrojo, rendija, talega, torrezno… y otras las encontrará en el diccionario de Camporredondo en esta misma pizarra.

lunes, 19 de agosto de 2013

Hijos de la vida

Sirva la siguiente entrada como homenaje a todos los hombres y mujeres del mundo rural a los que tanto debemos porque sin ellos la vida hoy sería muy distinta, estoy convencido. Nuestro protagonista de hoy, os lo aseguro, a pesar de todas las calamidades recogidas, torpemente, por mí en este escrito, fue un hombre que irradiaba felicidad. Yo no recuerdo verle enfadado jamás, aunque creo que motivos tenía para ello. Debo decir que jamás le oí cantar, pero siempre recordaré su risa abierta y sincera.

Amigo ¿…? Quiero que sepas que nunca olvidaré la lección que de ti aprendí aquella mañana del mes de agosto sentados, tú y yo, en el banco de piedra bajo el alféizar de la ventana de la casa en que nací.

Sobre la primera mitad de mi sexto decenio andaba yo vagabundeando y, a veces, me preguntaba: después de lo vivido, visto y oído a lo largo de todos estos años ¿qué podrá sorprenderme acerca de las miserias de la vida?

La respuesta llegó un día de verano, estando yo en la puerta de casa disfrutando de la sombra que proyectaba en su parte norte.

Allí, sentado sobre el banco de piedra bajo el alféizar de la ventana, quizás añorando aquellas tertulias de otro tiempo en las que la televisión, ni siquiera la radio, habían conseguido aislarnos hasta casi sustituir la palabra nosotros por el actual yo. Tertulias en las que se hablaba de lo cotidiano con nuestro más entrañable lenguaje rural, directo al corazón, sin academicismos ni pasotismo... en fin, no quiero desviarme del tema. Decía que la respuesta llegó un día, como otro cualquiera, en que se acercó hasta el arrimadero de piedra un vecino, uno de tantos con los que me satisfacía enormemente conversar o, mejor dicho, a los que yo tanto disfrutaba escuchando (¡qué enciclopedias!) y comenzamos a charlar animadamente, por lo que enseguida surgió... ¿te acuerdas?... Yo que creí que, como decía al principio, nada o pocas cosas podían sorprenderme, pronto me di cuenta de que debía limitarme a atender.

La grabación se puso en marcha y la pantalla, sin más que cerrar los ojos, se iluminó y fueron apareciendo imágenes. Con las primeras, me di cuenta de que no existía relación entre el tamaño de la herramienta y su usuario. En la primera imagen, un niño aparece al lado de una cepa con su azadón en la mano. La criatura debe excavar la viña… ¡pero si casi no puede levantar el azadón! Pues no sólo tendrá que hacerlo, sino que tendrá que justificar el sueldo que le dan haciendo un determinado número de cepas al día. Y lo hizo, y quedó contratado para cuando hubiera de acorrillarse el majuelo. Y tuvo que cavar la pestaña en el cauce y el arroyo y, pasado el verano, sin esperar a que el suelo ablandara por la lluvia, tuvo que arrancar, a golpe de azadón, el panderillo y la mielga, también la gatuña y el quebrantarados en el rastrojo. Además, tendría la suerte de que nunca se quedaría en paro no, no..., si se quedaba sin trabajo pasaría a recoger piñotes, cogollos o ¡llámelos como usted quiera! para una vez conseguido llenar el carro, llevarlo a la capital para que pudieran encender la estufa de carbón o la calefacción central en el edificio común.

El viaje hasta la urbe sería de lo más cómodo y agradable: cargaría el carro por el día; a las doce de la noche unciría los burros y caminaría toda la noche (33 kilómetros tras el carro) para estar a primera hora de la mañana pregonando su mercancía por las calles de la ciudad.

Si no se vendía la carga tendría que pernoctar en la posada (posada El Olmo) con lo que las ganancias, cuasi, se quedaban allí.

Llegando a este punto se me ocurre una pregunta: ¿Ibas tú solo? ¡Nooo! ¡Iba con mi hermano que es un poco mayor que yo! ¡Ah, ya! eso cambia mucho las cosas, porque la misma injusticia se multiplicaba por dos.

Siguió: en la pantalla ahora aparece un niño con un capón hermoso acomodado en una cesta. Va camino de un pueblo cercano. Su madre cebó el pollo con las espigas que pudo recoger espigando por los rastrojos en el verano. Por eso, cuando llegó la Navidad estaba que hubiera dado gusto verlo borboteando sobre la placa de la lumbre pero... ¡no! el gallo se crió porque con el dinero que valiera podrían comprarse cosas de especial necesidad. Esto se entiende enseguida: el comer un pollo no era cosa de primera necesidad dentro de la familia. La familia podía arreglarse con unas sopas de ajo o unas patatas cocidas con agua sin más ingredientes, por aquello del colesterol.

Bueno, pues el niño, dejando sus pisadas marcadas en la nieve, siguió su camino y, cuando llegó a su destino, apenas podía sostener la cesta en su mano: llegó arrecido.

Llamó a la puerta de la compradora; cuando aquella señora lo vio no daba crédito a sus ojos (también era madre). Cogió la cesta con el pollo y al niño y los hizo entrar al calor del hogar.

Cuando se hubieron calentado, la señora tomó la cesta con el pollo y se lo dio al niño que, al ver la acción de la señora, se asustó: no señora, que mi madre necesita el dinero; no te preocupes hijo, el dinero también te lo voy a dar. Toma y le dices a tu madre que el pollo es para que lo comáis vosotros.

En la pantalla aparece una imagen borrosa y no se aprecia lo que fue del destino del capón. Queremos suponer que sirvió para animar un buen guiso de Nochebuena.

Cuando el niño vuelve a la pantalla ya es un hombrecito. De su hombro cuelga la bolsa de los hocinos y el palo de atar. Se encuentra, con otros segadores, en el centro de la plaza de un pueblo de los que llaman “Tierra Segovia”. Un señor se acerca hasta ellos, se conocen de otros años y, tras un tira y afloja, el trato queda cerrado; segarán toda la cebada que el “amo” tiene, a cambio de dinero más la comida y el alojamiento, que correrán a cargo del terrateniente.

Como el grupo de segadores ya conoce el refugio -porque es el mismo de años anteriores-, hacia él se dirigen. Al abrir la puerta, los viejos inquilinos -aunque tal vez son viejos conocidos- huyen en todas direcciones. En un momento, las ratas desaparecen y los segadores acondicionan su ropa dejándola colgada con unos atillos sobre las vigas del viejo pajar. Allí compartirán colchón y almohada con tan agradable compañía. Allí, sobre el colchón “anatómico” que forma la paja, descansarán cuando vuelvan rendidos por el duro esfuerzo que representa la siega desde el amanecer hasta que anochece. Allí se repondrán de algunas de las infecciones propias de la estación, y también cambiarán las vendas (hechas con jirones de sábanas viejas) sobre la herida infestada. Hasta allí les llegará la noticia del hundimiento, en una noche de tormenta, de otro “cómodo dormitorio” próximo al suyo, en el que una viga alivió de todas las fatigas humanas a un desconocido y cercano compañero.

Da un paso atrás la película de la vida de nuestro protagonista y nos le muestra encorvado sobre un campo sembrado de achicorias arrancando las malas hierbas, o reventando terrones con el mazo, el cual apenas podía levantar del suelo para asestar el golpe…

Sorprendido porque no veo pasar la película por delante de una escuela pregunto: ¿nunca ibas a la escuela? Sí, fue la respuesta, cuando llovía o nevaba y, sobretodo, cuando no había nada que hacer.

Cuando son las dos de la tarde, y nos llamaban para comer, le pregunté: ¿cuánto ganabas segando? ¿Por qué no echas un cálculo? me dijo. Yo, que creí que conocía algo de este mundo, calculé y calculé muy mal. Él se echó a reír y, como si estuviera meditando, me espetó: escucha… cuarenta días segando, desde que amanecía hasta que anochecía, por 500 pesetas. Al ponerse de pie, para despedirnos, me dijo algo que jamás podré olvidar: “Gaude, los pobres no teníamos que tener hijos”. Sólo pude contestarle: ¡no digas eso! ¡Los hijos, de los pobres y de los ricos, todos, son hijos de la vida!

Yo esperaba, quizás otro día, aunque fuera de otro verano, seguir escuchando sobre el banco de piedra, bajo el alféizar de la ventana en la parte norte de la casa en que nací, la voz del niño que nunca pudo jugar, la del joven cuya juventud transcurrió entre montes, carreteras polvorientas y pajares–dormitorio... pero no pudo ser. Un día, por la mañana, las campanas de su pueblo, y el mío... ora La Seca, ora La Verde… lloraron por la muerte de un hombre bueno. Un hombre que se fue sin saber que los hijos de aquellas semillas son los que el mundo necesita.
D.E.P.
Camporredondo, verano de 2006
Palabras en desuso usadas en este escrito
Arrimadero.-Todo aquello que pueda arrimarse a algún sitio. Se decía del banco de piedra arrimado a la pared de la casa, que se usaba para sentarse.
Cuasi.- Palabra en desuso, equivalente a casi, por poco. “Tropecé y cuasi (casi) me caí”. 
Pestaña.- Franja de terreno que por su proximidad al cauce o el Arroyo quedaba sin arar. Esta franja solía labrarse con el azadón.

Las siguientes palabras las encontrará en el diccionario de Camporredondo en esta misma pizarra.
Acorrillar, alféizar, arrecido, atillo, azadón, capón, carro, cebar, cepa, cogollo, excavar, gatuña, hocino, mazo, mielga, palo de atar, pajar, panderillo,  piñote, quebrantarado, terrón.                          

sábado, 10 de agosto de 2013

La liebre y la Chica.

El pastor, liberado del peso de la alforja, la manta y la cayada, miraba hacia donde sus nietos jugaban y, observando falta de alegría en sus juegos, preguntó: ¿qué os pasa, Felipe? El niño respondió: es que me aburro.
El abuelo cerró los ojos y repasó: tobogán helicoidal, columpios, anillas, cama elástica, pozo sin peligro para disfrutar de toda el agua que quieran, arena lavada de río, estanque con peces, balancines… todo el parque a su disposición… y se aburren. Y el pastor tuvo un sueño. Vean lo que soñó.


Un día de primavera, como tantos otros, en que por uno u otro motivo no había escuela… ya se sabe, si no hay escuela, y además es primavera, el grupo lo forman el hatajo, los canes ayudantes, el rabadán y el zagalejo.

Con la ilusión puesta en que el herradón rebosará al final de la jornada, los pastores conducen el rebaño por la cañada de Carramambres que lleva directo al Monte Arenas.

A la salida del pueblo la abubilla pone su nota musical a la mañana; tú-tú-tú, y el zagal la anima: ¡Abubilla! ¿Quién te ha comido la olla? Y el pájaro siguiendo con su canción... tú-tú-tú... ¿lo ves? dice el zagal, ¡me contesta! Y sigue; abubilla quién te ha... Así hasta que ni la pregunta la oye el destinatario, ni el que pregunta la posible respuesta.

La ligera brisa que sopla del sur-oeste produce pequeñas ondulaciones sobre el mar verde de cereal en el campo castellano de Camporredondo.

Al llegar a la altura de las bodegas, las collalbas balanceando su pequeño cuerpecillo al tiempo que emiten su alarma... chit-chit-chit, denuncian que su territorio ha sido invadido por seres extraños que amenazan con destruir los hogares que ellas han construido entre los majanos y en los huecos de las paredes de piedra de la entrada a las bodegas. 

En las laderas canta el solitario macho de perdiz mientras la hembra incuba los huevos entre los herbazales de los vallados.

El grupo sigue su marcha después de que el ganado abreve en los bebederos de piedra que para ello se construyeron, mediada la cuesta.

Los pastores van repasando la discordia existente entre el pastor y el amo de las ovejas que por la noche, en la tertulia de la cocina-bar, les ha contado el tío Piluque...

El amo: ¿Vino, vinó?,
El pastor: ¡Vendría!
A: ¿Que si vino el lobo?
P: ¡Que vendría!
A: ¿Y se llevó alguna oveja?
P: ¡Se la llevaría!
A: ¿Cómo era, blanca o negra?
P: ¡Blanca o negra sería, porque colorada no la había!
A: ¡Me parece que te estás volviendo mu contestón!
P: ¡Y usté mu preguntón!
A: ¡El domingo te doy la cuenta!
P: ¡El sábado me marcho yo!

Así llegaron hasta el pinar donde les esperaba su amigo que, después de recoger el “saludo” (amor con amor se paga) les dejó vía libre para que el rebaño devolviera, con el pasto, la materia prima al herradón, y quedar, así, todos satisfechos.

El día es espléndido, el pasto abundante, ¿qué más se puede pedir? El pastor y el zagal recogen piedras con agujero –de las que abundan en el riscal- y con ellas van construyendo un tren con tantos vagones como sus fuerzas les permitan arrastrar. Tren que hasta tiene chimenea por donde evacuar los humos que produce el combustible con el que alimentan la caldera de la supuesta máquina.

Sobre la parte interior del tieso de La Legua las ovejas pastan a sus anchas, el pasto abunda en las, recientemente, abandonadas canteras. Los pastores, cuando llegan a la estación, paran su tren y contemplan satisfechos el espectáculo que para ellos representa que sus ovejas tengan comida hasta dejarla de sobra. La Chica, la perra, dormita a la sombra de la encina. En esto, una oveja parece asustarse, es el momento en que la rabona salta de su cama.

Por estar las ovejas en la parte interior del perdedero natural de la liebre, ésta opta por dirigirse en dirección al labrantío. El leporino no tiene gran recorrido si no quiere salir a campo abierto donde se pondría a descubierto, con el peligro que supondría ser avistada desde lejos, por lo que opta por amonarse en el primer desmonte, de cantera abandonada, que encuentra en su carrera.

Sin más pretensiones de que la perra haga un poco de ejercicio, los pastores la ponen sobre el rastro del lagomorfo. Cuál no sería su sorpresa cuando ven que la Chica baja por el mismo desnivel, en la cantera, por el que desapareció la liebre y que tarda en volver a aparecer. Enseguida corrieron en aquella dirección, pero antes de que llegaran, la Chica, la hija de la Sevilla, les sorprendió con un hermoso ejemplar de liebre que había cazado.

La alegría de los dos imberbes pastores fue indescriptible, el día salió redondo; ovejas satisfechas, herradón a rebosar y arroz con liebre para toda la familia al día siguiente. ¡Qué alegría!

Al abrir los ojos el abuelo pensó: los niños se aburren, pero entonces…aquellos pastores ¿no eran niños? Quizás por eso aquel día fueron muy felices.

Camporredondo Mayo de 2010

Palabras en desuso usadas en este escrito

Lagomorfo.- Mamífero semejante a los roedores.
Leporino.- Perteneciente o relativo a la liebre.
Perdedero.- Espacio natural para esconderse la liebre.

Las siguientes palabras las encontrará en el diccionario de Camporredondo en esta misma pizarra:
Amonar, abrevar, herradón, labrantío, majano, rabadán, rastro, riscal, vallado, zagalejo.

viernes, 2 de agosto de 2013

Los piñeros y el pastor

Si a los hombres a los que quiero dedicar esta entrada es a los que tiran al suelo las piñas y después las recogen,
creo que lo correcto es que la titule los piñeros (recolectores de piñas).
De la misma forma, o por el mismo motivo, el día que le dedique una entrada al hombre que comercia con el piñón (riquísimos piñones tostados vendía Gregorio Calle en Camporredondo)

le denominaré piñonero (que comercia con piñones).
Anticipo esta observación porque lo que me encuentro por ahí es la palabra piñonero

para referirse al que baja y recoge las piñas del pinus pinea, pino albar o piñonero.
Y no es que yo lo haya descubierto ahora, es que en el siglo XIX (siglo de mi abuelo)

 en Camporredondo ya se nombraban así. ¿Antes no?
Apoyándome en mi razonamiento les dedico, con toda admiración y respeto, esta entrada a… LOS PIÑEROS


Cuando el otoño avanza, el frío y la lluvia cambian la rutina del pastor y su rebaño. Ayer el rastrojo, el cauce y el arroyo; hoy, la cañada y el monte por la mañana y, si el tiempo lo permite, por la tarde, en la vega, es la hoja de la remolacha el pasto para la oveja. Si la oveja pastara sólo en el monte el herradón se resentiría, porque el pasto del pinar aporta poca leche. Pero si sólo comiera la hoja de remolacha, a la oveja le produciría disfunción en el aparato digestivo y esto también era negativo para el animal y por ende para la producción de leche. Entonces… ¿qué hacer? Pues lo que el pastor hacía y lo que esta mañana hizo: cañada adelante, seguido por el rebaño, va a por el pasto sólido y saludable; después, por la tarde vendrá el más abundante y productivo.

Durante el tiempo de recolección de la remolacha el pastor no debería preocuparse demasiado por el pasto; excepto si el día se presentaba lluvioso, todos los días recorría el mismo camino: por la mañana al monte y por la tarde a la vega, remolacha de regadío, o al páramo, de secano.

Durante la primavera el pastor tenía un compañero con el que de vez en cuando echar, como decían, una parlada. Pero desde el día quince de noviembre en que acabó la recogida de la resina, el resinero guardó sus herramientas en el sobrao (sobrado) de la casa y -como resinero- desapareció del monte. Pero… he dicho como resinero, porque a partir del 15 de noviembre bien pudo pasar a formar parte de otro grupo de hombres que también tenían el monte como principal medio de vida. Quizás pasó a formar parte de la cuadrilla de hacheros en las cortas de pinos; de los olivadores, o quizás de LOS PIÑEROS.

A estas alturas, o quizás antes, el seguidor de La Pizarra ya se habrá dado cuenta de la importancia del monte en otro tiempo: la resina, la madera, la hornija (combustible para los hornos de pan, cal, yeso, alfareros y para la gloria o calefacción del pueblo), el combustible para el hogar, el pasto y la cama para el ganado… y otra parte muy importante: la piña, cogollo, piñote… o sea, la piña del pino negral o resinero (Pinus pinaster) para encender la calefacción en la ciudad (en los pueblos se empleaban, pero menos, porque por aquí se usaba más la seroja) y la piña del pino albar (Pinus pinea), la de nuestro exquisito y hoy caro piñón, tan usado en pastelería, o para comerlo sin más que, bien tostado. Delicioso y nutritivo es el piñón.

Cuando arropado con su manta pastoril el pastor llegó al monte, en éste ya había actividad: los burros de los piñeros, pastando por el contorno, con sus cencerros rompían el silencio bajo el cielo gris, la escarcha o la niebla. Las piñas, como impulsadas desde las copas de los pinos por algún ser extraterrestre, golpeaban contra el suelo aquí y allá, bajo éste o aquel pino, y bajo el otro y el otro... El grupo de piñeros era amplio, ágil y numeroso, cuantas más piñas más sueldo, y el piñero siempre pensando que el hambre merodea, por los alrededores, como lobo que acechara esperando que el pastor se descuidara para apoderarse del rebaño y diezmarlo.


Para quitarse el frío de encima, el pastor se aproxima a la lumbre que los piñeros encendieron a primera hora en la que, poco a poco, irán ablandando los gabrieles y, mientras se calienta, observa y admira la agilidad del piñero subiendo al pino que lo mismo puede tener cinco que quince metros de altura.

Con la misma soltura que el pastor camina por el suelo, el piñero anda por el tronco vertical del pino sin más que colgarse con la vara de piñas del mismo tronco, o de alguna rama cuando va aproximándose a la copa y, en llegando a ésta, verle desplazarse por las ramas produce vértigo.

El pastor recuerda cuando, siendo niño de muy corta edad, acompañando a sus hermanos mayores en el cuidado del rebaño, vio por primera vez trepar al piñero y apartaba su mirada como esperando oír el golpe del cuerpo del hombre contra la tierra, porque sus infantiles ojos no daban crédito a lo que veían, ¿cómo era posible que aquel hombre, sin pegar su cuerpo al pino, sin más que agarrarse a aquella vara, pudiera recorrer la distancia que había entre el suelo y la copa del pino? Hoy el pastor ya sabe que el piñero quizás está dotado de unas alas que él no es capaz de ver. Por eso contempla con tranquilidad la caída de las piñas de los pinos como si algún impulso especial las precipitara hasta el suelo, porque sabe que el ser que las descuelga de la rama es especial.

El piñero se mantenía de pie y caminaba con la misma seguridad sobre la rama que sobre el suelo. Cubrir las necesidades básicas para la familia, en aquellos tiempos, no permitía tener dudas sobre la forma de ganarse la vida. Allí donde había trabajo había una oportunidad, y tenía que aprovecharse. Quizás mañana llueva o nieve y no pueda bajar ni una quina de piñas hasta el suelo, y si las piñas no bajaban no había sueldo y sin sueldo…

A las horas convenidas, se escuchaba la voz del caporal ¡a recogeeerrrrr...! Y la voz del siguiente piñero, como si fuera el eco, repetía ¡a recoger...!¡a recoger...! así, cada cierta distancia, para que nadie quedara sin aviso del cambio de actividad.

En la recogida de las piñas participaba toda la familia, en la foto de la derecha se puede apreciar desde el niño que quizás hizo novillos en la escuela -porque antes que estudiar había que comer- hasta el abuelo al que los años obligaron a bajar del pino porque las fuerzas y los reflejos le han abandonado. Aun así, mientras hubiera un mínimo de energías, tenía que seguir ganándose el cocido: no hay ventanilla a la que acudir, el piñero nunca tendría derecho a una pensión de jubilación, pero el pino sí que jubilaba al hombre. Mientras la mujer recoge su parte de piñas irá controlando el borbotear de los garbanzos en la olla sobre el –improvisado- fogón de piedras.

Al llegar el mediodía, volvería a escucharse la voz del caporal: ¡a comeeerrr…! Y el eco repetía ¡a comer…! ¡a comer…! Para reunir a todos los piñeros en torno a la amplia mesa con mantel de burrajo.

Una vez recogidas, las piñas se cargaban en los serones sobre el lomo de los animales de carga y después, en reata, se acercaban hasta El Coletillo que es donde, en un tramo de pradera que había en la Cañada Merinera, se descargaban y se formaba el pez hasta que en los meses de calor se extendían para que los rayos del sol se encargaran de abrirlas y saliera el piñón.

Llegando al lugar de descarga se vacían los serones y los sacos y se procede al conteo que servía para fijar el sueldo que cobraría la familia para poder reponer la despensa (los frigoríficos aún tardarían algunos años en formar parte de las cocinas de los piñeros y del pastor).

Lo mismo que hiciera al tirarlas al suelo, una por una iban pasando por su mano. Por cada cien piñas (veinte quinas) que pasaban por su mano, noventa y nueve se echaban al montón y una a la banasta con lo que, al final, tantas unidades había en la banasta como cientos en el montón.

En su universidad se encargaron de que aprendiera a contar hasta cien.

De esta manera, piña a piña, se formaba cada año el enorme pez que durante la primavera era vigilado, día y noche, contra los ladrones de piñas, por aquel matrimonio al que hacíamos mención en la anterior entrada “El chozo el guarda y el queso”.

El pez de piñas se mantendría hasta que, avanzada la primavera, cuando el calor iba apretando, se extendía como parva de cereales en la era, para que el sol abriera las piñas. Una vez abiertas, con el macho o la mula y la rastra se pasaba por encima haciendo que el piñón se separara de la piña y quedara en el suelo. El piñón mezclado con la cáscara se pasaba por la criba quedando limpio de todo, menos del cisco, que era lo que se quitaba al pasarlos por el agua sacada del pozo. Con esta operación el piñón quedaba listo para el mercado.

Éstos son los restos que quedan, en El Coletillo, del hogar de un matrimonio, no joven, que mediado el siglo XX y durante los meses de primavera, guardaban las piñas para que otros pudieran disfrutar del delicioso piñón de Castilla (a 21 de noviembre de 2009).

Y más abajo, aunque hoy parezca imposible, a mediados del siglo XX hubo un pozo con cuya agua se lavaban los piñones de las piñas que producían el Monte Arenas y El Bosque y que los piñeros se encargaban de recoger. Esto es lo que queda.


A partir de aquí quizás podamos haber aprendido un poco más sobre el esfuerzo que hace unos pocos años algunos seres humanos tenían que realizar para conseguir llevar el cocido hasta la mesa de su humilde cocina. Por mi parte, piñeros de antaño, allá donde estéis, o ahí, en el Cielo, os rindo mi humilde homenaje.

Por si no habíamos visto suficiente, tenemos la foto del hombre-volador,
el piñero volando de un pino hasta el otro sin tocar el suelo
Al pastor se le hace la hora de cambiar de pasto al rebaño, y tras un silbido de orden a los animales y un saludo de despedida moviendo la mano, inicia su camino hacia la vega donde las ovejas terminarán de llenar el bazaco.

Al iniciar el camino de bajada el pastor saca el talego de la alforja, lo abre, coge su tortilla y se dispone a remedar a los piñeros que se habían reunido en torno al ecológico mantel.

Camporredondo 21 de noviembre de 2009

El pastor

Las fotos de las personas fueron tomadas del NO-DO nº 528 del año 1955 y pertenecen a la zona de Hoyo de Pinares en la provincia de Ávila.



REFLEXIÓN

Desde su atalaya, hoy, el pastor observa las máquinas sacudiendo sin piedad al pino para bajar las piñas, y siente nostalgia por el pino bien tratado y olivado como estaba en otro tiempo. Ya no se oliva el pino, nos limitamos a quitarle las ramas más bajas, pero no se le limpia de chistos y chamarastos, sólo prima la rentabilidad inmediata, el futuro no es cosa que nos preocupe, volvemos al dicho: “el que venga detrás que arree”. El olivador de aquel tiempo sí que pensaba en el que venía detrás de él: el piñero, y le dejaba el pino limpio, en la copa del pino jamás había leña muerta que estorbara al piñero, ni que pudiera acarrear enfermedades al pino. Por eso había pino, resina, madera, leña y piñas.

Cuando al pastor le llegan nuevas noticias sobre lo que serán las técnicas de elaboración en los pinares, siente preocupación porque no entiende que el tronco del pino se vaya a ver reducido a la altura de la máquina que se encargará de olivarlo y de tirar sus piñas, y piensa el pastor, porque no lo entiende: ¿también podremos renunciar a la madera de nuestros pinares? ¿Ya nunca podrán ver nuestros nietos aquellos pinos que elevaban sus ramas a más 20 metros? ¿Dónde quedarán los pinos que producían cientos de quinas de piñas? Las águilas, incluso las cigüeñas hacían sus nidos en aquellos ejemplares pinos de antaño. Pero no, no sabemos lo que ocurrirá después, de momento la altura del pinus pinea –alarmantemente- ya se va reduciendo.


En el entorno del pastor de hoy ya no existen pinos como el de la foto. Pinos en los que por primera vez sintió miedo por el hombre que podía caer al suelo. De la misma manera que ya no queda pino resinero (Pinus pinaster) que pueda soportar más de 4 caras, tampoco tendremos pinos albares que no podamos contar las piñas desde el suelo. El pastor se pregunta: ¿transformaremos los montes en matorrales?

El pastor no sabe lo que ha sido de la técnica, que él jamás entendió; la técnica de injerto para obligar al pimpollo a producir antes de tiempo, condenándole a morir por exceso de trabajo. Lo nuestro es la prisa, correr…correr…correr… ¿hasta cuándo? Cuando aparecieron estas técnicas de injerto, el pastor nunca entendió como era posible que al pimpollo, sin haber desarrollado su sistema radicular podía obligársele, sin más que injertarle (engañándole) púa de pino adulto, a producir piñas sin darle tiempo a crecer condenándole, a base de engaños, a producir antes de tiempo. Quizás sus impulsores sientan nostalgia de cuando al niño se le obligaba a ganarse el sustento desde su más tierna infancia. Lo cierto es, así lo piensa el pastor, que si el nuevo sistema de producción sigue adelante, habremos cambiado las cuatro quinas de pequeñas piñas que hoy produce el pimpollo, por los cientos de piñas espectaculares que produciría el pino dentro de unos años.


El pastor



Palabras de uso poco corriente usadas en este escrito

Hachero: el que trabaja y se gana el sustento con el hacha. Parlada: conversación intrascendente entre dos o más personas. Pez: montón de mies trillada, piñas etc. de forma alargada. Reata: hilera de caballerías, de tiro o carga, caminando una tras otra. Vara de piñas: conjunto de varal y medialuna o gurbio, que el piñero usaba para subir al pino y tirar las piñas al suelo.

Las siguientes palabras las encontrará en el diccionario de Camporredondo en esta misma pizarra:Banasta, burrajo, chamarastos, chistos, cisco, cogollo, corta, gabrieles, gloria, hachero, herradón, hornija, novillos, olivador, parlada, parva, pastar, pez, piñero, piñote, quina, reata, remedar, resina, seroja, serones, sobrado, vara de piñas.

jueves, 25 de julio de 2013

Terapia al Belmonte



En este episodio de la vida del joven pastor que quiero contaros, se pone de manifiesto cuándo el miedo, infundado o no, nos limita impidiéndonos desarrollar todas nuestras aptitudes por temor al fracaso.

Éste es el caso de un perro, fuerte como un roble y ágil como una gacela, al que ningún peligro asustaba excepto  las culebras. Esto debía de ser así porque, supongo, cuando un día se encontró ante la disyuntiva de tener que enfrentarse a un problema, que a él le parecía  insoluble, siempre optó por soslayarlo.

El pastor, sin ninguna base científica para ello, pensó: ¿cómo le digo al Belmonte que él es más fuerte que cualquiera de las serpientes que reptan por estos contornos? Y encontró la solución con algo tan simple como la camisa del ofidio. Vean el resultado…
  
LA CAMISA DE LA CULEBRA

Las laderas de San Cristóbal ofrecen un día prometedor para el pastoreo de las ovejas. El pastor ya hace días que lo observa; el verde del césped: ballico, grama, etc. contrasta con la flor del matacandiles, la salvia, el panderillo, la mielga, el quebrantarados, la amapola, la amapea, lechinternas... todo indica que el día será rico en pasto para el ganado y no menos para el herradón que rebosará líquido blanco y espumoso con el que después se hará el riquísimo queso que la mujer camporredondesa elabora.

El camino de acceso a las laderas es largo y angosto, por este motivo se moviliza toda la familia. Temprano el pastor ordeñó y apacentó el rebaño, y después del desayuno toda ayuda será poca para llegar hasta el careo.

Envueltos en polvo blanco que las ovejas arrastrando sus pezuñas levantan, cuatro jóvenes dirigen el hatajo por el camino de Montemayor, hasta La Senovilla. Todo ha salido perfecto. A partir de aquí todo es favorable, día soleado, pasto abundante... el pastor rebosa felicidad al contemplar que hay pasto suficiente para que sus ovejas llenen el bazaco y sobrar. El careo es espléndido.

Sobre la ladera, las ovejas comienzan a extenderse y pastar. Los canes, con su guía, guardan los sembrados de las ovejas que no resisten el desafío que representa el verdor del sembrado contra su gazuza.

Bordeando el primer vallado, entre la maleza de la parte de la solana, perfectamente enroscada, reposa la serpiente que, al verse sorprendida, emprende la huida en dirección a su escondite bajo una gran piedra por donde se perdió. En el trayecto se encuentra el Belmonte, perro fuerte y valiente, pero al que las culebras aterrorizan. El can, en vez de enfrentarse al ofidio, salió corriendo en dirección contraria. Esta cobardía enfadó al pastor que se propuso aplicarle alguna terapia, para así hacerle cambiar de actitud ante posibles encuentros con este género de reptiles.

Imagen tomada del blog de Sofía
A pocos metros del -para el perro- desafortunado encuentro con la serpiente, hay una zarza de atrancaculos (zarzaperruna, escaramujo). Al pasar junto a ella, el pastor observa que la culebra ha aprovechado los pinchos para dejar en ellos su camisa de muda, y se le encendió una luz. Llamó al can, cogió la camisa de la culebra y sin que el perro se diera cuenta, lió un extremo al collar, dejando  otra parte suelta para que aireara.

Cuando el animal se dio cuenta del “peligro” que colgaba de su cuello, emprendió veloz carrera. Tal era el terror que debió sentir aquel animal que el pastor creyó haberse quedado, para siempre, sin la inestimable ayuda que representaba para el gobierno del rebaño. El Belmonte corrió y corrió hasta donde sus fuerzas se lo permitieron. Sólo en ese momento paró y enfrentándose a su “enemigo”, lo cogió entre sus fauces y comenzó una “lucha a muerte” hasta que la camisa quedó hecha trizas. Fue entonces cuando el animal volvió al lado de su compañero de fatigas para no separarse nunca más.

Desde aquel momento, el Belmonte fue el más temible azote de todo tipo de reptiles sin importarle el género ni el tamaño, y siempre la victoria estuvo del lado del perro.

¡Nunca se escribió nada del cobarde!

Camporredondo, Junio de 2007

Y, metido en harina, quiero añadir: ¿algún día, seré capaz de hacer trizas la camisa de mi culebra particular? De momento lo que siento es terror cada vez que la tengo delante.

Palabras en desuso encontradas en este escrito:


PASTOREO.- Acción y efecto de pastorear.


Amapea,  atrancaculos,  apacentar, ballico,  bazaco, careo, fauces, gazuza, hatajo, herradón, lechinterna,  matacandiles, panderillo, pastorear,  pezuñas, quebrantarados, trizas, vallado. Todas estas palabras la encontrará recogidas en el diccionario de Camporredondo en la  parte superior derecha de esta pizarra.

miércoles, 17 de julio de 2013

La tormenta

Permitidme que con la siguiente entrada, una vez más, envíe un emotivo abrazo 
a todos los hombres que nadie les dijo nunca que eran niños


El “curtido” pastor no cabe en sí de gozo. Hoy será un gran día para su rebaño y, por ende, del herradón rebosará blanca y espumosa leche cuando mañana, en el ordeño, enjute las ubres de sus ovejas. Ya hace días que observa cómo las laderas de La Cazuelilla verdeguean, por eso el pastor pensó en un buen careo. A primera hora de la mañana, salvando todos los obstáculos, allí estaba el hatajo con su rabadán al frente. ¡Espléndido! Matacandiles, mielgas, panderillos, ballico... ¡qué gozada! Las ovejas se añurgan, quieren comer tan deprisa que la comida no puede pasar por el gargavero. El Belmonte y el Cadete, sus fieles ayudantes, sin excesivo trabajo, siguen el rastro de la perdiz que entre el yerbajo de los vallados tiene su nido… ¡qué alegría la del pastor!

Mientras disfruta viendo comer a sus ovejas, contempla las cuadrillas faenando en el campo: cuadrillas de mujeres escardan mientras entonan -surco adelante- canciones de ciego; los hombres (el trabajo es más duro) encasillan remolachas; grupos de hombres, mujeres y niños, binadera en ristre, capan; algunos arican; otros rozan achicorias... todo transcurre con normalidad en aquella soleada mañana del mes de Mayo en el campo pero… ¡cómo pica el sol! Seguro, piensa el pastor, que esta tarde habrá tormenta.

No ha pasado mucho tiempo cuando las ovejas, ahítas, formando grupos se amorran, no quieren subir la ladera, se niegan a andar. El Belmonte y el Cadete se emplean a fondo para que, poco a poco, el rebaño vaya abandonando la ladera por el cerral.

Al llegar arriba ya no hay duda: la tarde será ruidosa. Por la parte de Portillo la nube amenaza con sus ramos entre gris y blanquecinos que asustan. A lo lejos destellan los primeros relámpagos. El pastor, conocedor del peligro que entraña refugiarse bajo un pino, aprovecha las hacinas de ramera que abundan en el entorno. Durante el invierno pasado grupos de olivadores agruparon en gavillas y hacinas toda la ramera fruto de la olivación. Con la premura que el momento requiere va  formando una cabaña en la que guarecerse durante la tormenta. Terminando el refugio caen las primeras gruesas y amenazadoras gotas.

Por el Sendero de los Frailes un hombre, muy asustado -los relámpagos y truenos son aterradores- aligera el paso en dirección al pueblo. ¿No te da miedo el nublado? Pregunta al pastor. No señor; pero venga, métase aquí porque si no se va a calar. Miedo dan los relámpagos, truenos y granizos que caen. Las ovejas formando un círculo se aprietan unas contra otras. Ante el aterrorizado caminante, el pastor comenta ¿se da usted cuenta, señor Nicolás, cómo huele la sardinilla y el tomillo cuando les golpea el granizo? El señor Nicolás no responde: ¡Pero no tenga miedo hombre, aquí no nos va a pasar nada! Si cayera un rayo caería en el pino. El rayo entra por la copa, por las ramas se dirige al tronco y por el tronco llega a la tierra, aquí no hay peligro.

Pasada la tormenta, el caminante siguió el camino que por el pinar de Los Hoyos y las eras de abajo conduce hasta el pueblo. Al llegar,  lo primero que hizo fue visitar a los padres del pastor –que tenían su vivienda en la casa de  enfrente-  para preguntar: ¿Cuántos años tiene el chico que va con las ovejas? (ésta fue la expresión que empleó para referirse al pastor). Nueve; respondió la madre, ¿por qué me preguntas eso? Porque jamás pude pensar que un niño de nueve años tuviera que consolarme por el miedo que yo tenía ante la tormenta de hace un rato. ¿Dónde está mi niño? Preguntó la madre con preocupación, cantando estaba cuando le dejé en El Bosque, respondió el señor Nicolás.

Y es que el pastor, a sus nueve años, había recibido tantas clases en la universidad de la vida que ya era catedrático en ciencias de la naturaleza. El pastor, otro día más, llegó a casa entonando canciones que el ciego traía hasta el pueblo… “… dos pastores subieron a un árbol/ al ver la tormenta que se levantó/ y cayendo un rayito del cielo/ a un pastorcillo le carbonizó (…)” y la vida sigue.


Camporredondo, invierno de 2007

Palabras en desuso usadas en este escrito

Ahitar.- Comer hasta hartarse o producir indigestión.
Capar.- Dejar, en cada casilla, una sola remolacha.

Las siguientes palabras las encontrará en el diccionario de Camporredondo en la banda derecha de esta misma pizarra: Amorrar, añurgar, aricar, calar, careo, cerral, encasillar, enjutar, escardar, gargavero, hacinar, hatajo, herradón, olivadores, olivar, rabadán, ramera, sardinilla, ubre, vallado, ballico, verdeguear.

martes, 9 de julio de 2013

El queso de Camporredondo

El pastor no tiene ninguna duda del bajo o nulo interés que hoy puede tener aprender a fabricar queso de forma artesanal, como se hacía en otro tiempo; como lo hacían nuestras abuelas y nuestras madres a las que tantas veces vimos inclinadas sobre el entremijo, presionando con sus manos sobre el cincho rebosante de cuajada para ofrecernos el queso por excelencia. Queso que hoy sería prohibitivo por su precio dado lo costoso de su artesanal elaboración, y porque sólo se aprovechaba la esencia de la leche. Recuerdo el comentario que le hacía un día, a mi madre, el quesero industrial cuando ya dejaba de hacerse en casa: “señora Pepa, no se puede hacer el queso como usted lo hace, porque eso no es queso, eso es esencia de queso. Usted pierde muchas propiedades que tiene la leche y que también valen para queso. De la manera que usted lo hace no me extraña que se lo quiten de las manos. Usted lo tendría que vender a más del doble del precio que lo vende” (…). O sea, queda claro que, también en esto, con la industrialización algo hemos perdido.

No quiero pasar por alto una anécdota –relacionada con el queso- que me ocurrió estando en mi querida Tarragona: el queso siempre me ha gustado. Por ese motivo, mi esposa acudía con regularidad a una tienda famosa por la categoría de sus quesos. Como yo no mostraba ningún entusiasmo ante la calidad del queso que me traía, así se lo hizo saber a la propietaria del establecimiento. Un día le dijo: “vas a llevar a tu marido este queso y ya me dirás”. Pasados los días me preguntó mi esposa: ¿qué te ha parecido este queso? Como mi respuesta no fue de desaprobación, pero tampoco de entusiasmo, así se lo hizo saber a la tendera. Entonces, la tendera, me invitó a que fuera un día a visitarla para saber un poco más sobre el tipo de queso que me gustaba. Mire señora, yo le agradezco que se esfuerce en ofrecerme un queso excepcional pero le diré que lo tiene usted muy difícil: no me gusta el queso con aditivos para resaltar el sabor, para que pique en el paladar, me gusta el queso de oveja, de la oveja que no da más de un cuartillo de leche al día, que se cuaja de forma lenta al lado del fuego de la cocina y para lo que se usa cuajo natural del estómago del cabrito cuando la leche se ha secado. Que después se prensa ligeramente a mano antes de pasar a la prensa y la salmuera el tiempo necesario y en su punto… y ese queso sólo era capaz de hacerlo mi madre y las señoras de mi pueblo. Aquel queso ya nunca más podré saborearlo porque era especial, yo creo que le hacía tan especial la materia prima por supuesto, pero sobre todo le hacía especial su elaboración, las manos expertas y el cariño que ponían en ello, siempre pensando en hacer cada día el mejor queso que se hubiera conocido. Y voy a añadirle más... aquel queso, después de tres años entre aceite, era manjar sólo de dioses. Era algo que sólo estaba al alcance, aunque parezca un contrasentido, de los que carecíamos de casi todo. Con un pequeño trocito en la boca se disparaban todas las glándulas salivares.

Aquella señora, no recuerdo bien lo que me dijo, pero fue algo así como: hoy le entiendo, pero aquello que usted pide creo que ya nunca será posible conseguirlo.

Y pasemos a comentar, lo mejor que sepamos, la manera de elaborar el queso artesanal que hacía mi madre y otras señoras de mi pueblo.

Los ingredientes no eran más, ni menos, que estos: leche de oveja de los años 1940 y 50 –que eran los años en que la oveja todavía no era una máquina de hacer leche- y cuajo natural del estómago del cabrito dejado secar durante el tiempo necesario.

Veamos la forma de conseguir este tipo de cuajo: para conseguir un cuajo grande y limpio, el cabrito solo debería estar alimentado con leche. Explicamos un poco el proceso: cuando paría una cabra, al cabrito sólo se le permitía estar suelto para mamar. Después se le encerraba en un lugar lo más reducido posible para que no pudiera correr y quemar energías e ingerir algo que no fuera leche de su madre. Normalmente este lugar era un cesto bajo el que se le metía, ya que el entramado de bimbres (mimbres) no le impedía ver y respirar. De ahí el dicho: “hala, tú a mamar y al cesto”, que venía a referirse a aquel del que poco importaba su opinión, y su libertad era muy limitada.

Cesto dentro del cual el chivillo pasaba sus largas horas
Debajo del cesto debía permanecer el pobre animal, hasta la próxima toma que, en el caso de la noche, debía hacérsele muy larga. De esta forma, el pequeño animal, cuando se le presentaba la ocasión, llenaba el cuajo a tope. Así un día y otro hasta que adquiría el peso adecuado para sacrificarlo (tal era su destino).

Llegado ese momento se le permitía que mamara hasta hartarse y entonces se le sacrificaba. El estómago (cuajo) repleto de leche se colgaba en una viga de la casa hasta su completa desecación. Así se obtenía el cuajo que añadir a la leche para que ésta formara el queso.

Elaboración del queso artesano

La leche, debidamente filtrada a través de paños apropiados para ello, se vertía en el/los perol/es y se ponía sobre el fogón al lado del fuego que, lentamente, iba templando la leche a la temperatura adecuada. Entretanto la quesera cortará el trozo de cuajo adecuado a la cantidad de leche. Debo decir que si la cantidad de cuajo era escasa, la leche cuajaba mal, pero si era excesiva el queso sabría a cuajo con lo que perdería su categoría, o sea, ¿cuánto cuajo? el justo.

Con el trozo adecuado a la cantidad de leche, y sobre un tazón, se le iba majando y mezclando con un poco de leche hasta conseguir su completa disolución. Era entonces cuando se le hacía pasar por un paño fino y se vertía sobre el perol que contenía la leche y, con una vara adecuada, se iba removiendo hasta que todo quedara bien mezclado.

Cuando iba cuajando la leche, las manos expertas de mi madre, mediante pequeñas presiones, decidían cuando estaba a punto para ser transformada en queso. En ese momento transportaba el perol hasta el entremijo, donde previamente había colocado un saco de lienzo sobre el que vertía la cuajada. Por los agujeritos del paño iba fluyendo el suero y, deslizándose por el entremijo, llegaba nuevamente hasta el perol, que ya había sido situado oportunamente.
Entremijo, herradones para el ordeño y piedras-prensa para un solo queso

Ejerciendo ligeras presiones sobre el talego se iban separando la cuajada y el suero hasta que éste dejaba de fluir. Entonces hacía un aro con el cincho, acorde con el diámetro que quería darle al queso, y lo llenaba hasta rebosar. Con sus manos hacía presión para que la cuajada fuera compactando.

Cuando la artesana decidía que el queso ya estaba suficientemente compactado, tomaba éste y lo pasaba a la prensa donde debería permanecer durante veinticuatro horas.

Prensa y cinchos, detalle
Al día siguiente liberaba al queso de la prensa y lo pasaba a la salmuera donde debería estar sumergido otras veinticuatro horas para pasar después al secado donde ya no había límite de tiempo. Aunque debo añadir que jamás llegaban a secarse porque sus clientes no lo permitían (se lo llevaban chorreando).

Por si algún posible lector decidiera hacerse el queso artesano, queremos dar una pequeña explicación de cómo conseguía la salmuera de que hemos hablado: sobre una vasija -barreñón de barro cocido en las cacharrerías de Arrabal- llena de agua, iba vertiendo sal gorda y a base de remover conseguía su disolución. De vez en cuando introducía un huevo en el caldo y, si éste se hundía, debía seguir añadiendo sal hasta conseguir que flotara. Ése era el momento en que la salmuera estaba en su punto para recibir el/los queso/s.

Seguimos: del suero así obtenido, previa cocción, se obtenían unos buenísimos requesones. También había personas que se llevaban el suero para el desayuno, como sustituto de la leche (eran años muy difíciles, para unos más que para otros, con lo que unos degustaban -también en aquel tiempo- el queso y otros desayunaban el suero).

Con el suero sobrante se amasaba la harina de cebada para los marranos y el resultado era excelente: cerdos cebados en tiempo récord.

Muchas fueron las horas que la señora Pepa, mi madre, pasó apretando sus manos sobre el cincho con el esfuerzo que aquello representaba. Para ella y todas las señoras que elaboraban queso en Camporredondo va nuestro reconocimiento y cariño. Os estaremos eternamente agradecidos por todo el amor que nos disteis y el esfuerzo que por nosotros realizasteis.


Palabras de uso poco corriente usadas en este escrito

BIMBRE.- Varita flexible que produce la bimbrera, con el que se producen cestas y más cosas. >Mimbre.
CABRITO.- Cría de la cabra hasta que deja de mamar  >Chivillo.
CESTO.- Cesta grande de altura variable (menos del metro hasta bastante mas), mas alta que ancha, fabricada en mimbre. Su empleo era muy amplio por lo que nos limitaremos a decir que debajo de él se metía al cabrito.
CINCHO.- Cinturón de esparto tejido, de unos dos metros de longitud por unos ocho a diez centímetros de ancho, rematado en un largo atillo para dar forma y dimensiones al queso.
CUAJADA.- Parte caseosa de la leche que por la acción del cuajo y el calor, se separa del suero y de la que se hace el queso.
CUAJO.- Estómago del cabrito que, una vez lleno de leche -deshidratada- da nombre al producto que añadido a la leche fresca hace que esta cuaje para poder transformarla en queso. (Hablo del cuajo natural). Hay otros cuajos.
CUARTILLO.- Medida de capacidad, en desuso, cuarta parte de la azumbre, equivalente a 504 ml.
CHIVILLO.- Cría de la cabra hasta que deja de mamar. >Cabrito.
ENTREMIJO.- Mesa de madera, especialmente diseñada para la elaboración del queso. >Expremijo.
MAJAR.- Triturar una cosa por medio de presión o golpes. En este caso machacar el cuajo para añadirle a la leche.
PEROL.- Puchero grande, de porcelana, que tenía aplicaciones especiales, entre otras la de servir para cuajar la leche.
REQUESÓN.- Exquisitez que se obtiene haciendo hervir el suero resultante de hacer el queso. Por hervir el suero éste se corta, quedando por una parte el requesón y por otra la parte líquida que es prácticamente agua.
SALMUERA.- Agua a la que se va añadiendo sal hasta obtener el grado de salinidad que conviene al uso que de ella se quiera hacer.
SUERO.- En la elaboración del queso; parte líquida que queda después de separarle de la cuajada.
TAZÓN.- Recipiente mayor que una taza, de forma semiesférica y sin asa. >Bol.


Camporredondo, Enero de 2002
El pastor